Enrique VIII: Hijos legítimos y su legado
La sucesión fue la máxima preocupación de Enrique VIII de Inglaterra (1491-1547) pues no tenía un heredero varón. De numerosos embarazos y partos, a la infeliz reina Catalina (1485-1536) solo le vivió una criatura delicada y frágil, María Tudor (1516-1558).
Este nació mucho después, el futuro Eduardo VI (1537-1553), hijo de Juana Seymur, su tercera esposa. Ambos muchachos, el bastardo y el legítimo, murieron jóvenes.
Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, era la viuda del príncipe de Gales, Arturo, fallecido en 1502. A la muerte de su marido ella quedó casi prisionera de su suegro, Enrique VII, que si bien no quería mantener la alianza con España no estaba dispuesto a devolver su magnífica dote.
Entre tanto su majestad reconoció a su hijo bastardo, Enrique Fitzroy (1519-1536), hijo de una dama de la corte, Isabel Blount. Incluso se rumoreó que el rey fue amante de Isabel Howard, madre de Ana y María Bolena.
El hecho de que Enrique VIII tuviera favoritas no implicaba que perdiera el afecto por su querida esposa, continuaba visitándola en sus aposentos y cenaban juntos. Pero seguía necesitando un varón legítimo.
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En 1522 la jovencita María Bolena, se convierte en la nueva amante del rey. Era una de las damas de compañía de la reina Catalina y estaba casada con William Carey, un biznieto del conde de Somerset que gozaba del favor real.
La muchacha era hija de un diplomático, Tomás Bolena, y de una aristócrata, Isabel Howard, era nieta por tanto del alcalde de Londres y del duque de Norfolk, pertenecía a una de las mejores familias del reino pero también de las más intrigantes.
Dos hermanos tuvo María. Jorge, apuesto y popular entre las mujeres, amigo del rey y caballero favorito de la reina con una de cuyas damas está casado, Juana Parker. Y Ana, una encantadora muchacha recién tornada de la corte francesa donde se dice que ha enamorado a Francisco I, y que se convierte en un “icono” de la moda y en un “imán” para los hombres.
Hermosa en opinión de sus contemporáneos, versada en canto, música y danza, tocaba varios instrumentos, era buena conversadora, políglota, inteligente, culta e instruida en teología, una de las aficiones del monarca. “Los tres Bolena” fueron la compañía preferida de Enrique VIII.
Por entonces Ana cometió una grave indiscreción. Se comprometió en secreto con Enrique Percy, el hijo del duque de Northumberland, el hombre más rico del reino. La ambiciosa jugada no le salió bien. No se sabe si llegaron a consumar el matrimonio pero las familias deshicieron el entuerto: enviaron a Ana al campo, a las posesiones familiares de Hever, y al muchacho lo casaron con otra aristócrata, María Talbot.
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En 1524 María Bolena tuvo una hija, Catalina Carey, y en 1526 un hijo, Enrique Carey, sin duda ambos eran bastardos del rey. Pero su majestad era inconstante en sus amores y eso que se hacía llamar “sir Corazón Leal”. Así que mantuvo un affaire con otra dama de compañía de la reina, Margarita Shelton, una prima de las Bolena. El clan de los Howard apostaba fuerte, lo primordial era que su majestad no cayera en las garras de una Seymur, sus rivales.
Entonces se dieron cuenta de que la encantadora Ana, la favorita de la corte, estaba desaprovechada en el campo así que la hicieron regresar de su destierro para ser dama de la reina pero con el encargo de ganarse el favor del rey. Hizo su papel a la perfección pero no consumó su relación con el soberano. Se dijo entonces que Enrique era “una espina entre dos rosas”, “una amapola entre dos espigas de trigo”: las dos Bolena. Ana pasaba el día con el rey y la discreta y dócil María pasaba la noche.
No era poco lo que se jugaban: altos cargos en la corte que implicaban poder y riqueza, numerosos títulos nobiliarios y feudos, palacios y mansiones, pensiones anuales del rey, y joyas (las de la reina Catalina, por cierto, que eran regalo de su madre Isabel de Castilla y de las que la Corona inglesa se había apropiado).
En 1527 la sucesión obsesionaba a Enrique VIII y no era para menos, no tener un heredero varón podía significar una nueva guerra civil y el fin de los Tudor. El divorcio pendía de la cabeza de Catalina de Aragón como una espada de Damocles. Y para colmo el rey echaba de menos a Ana Bolena. Los Howard dieron un paso más, ya no les bastaba con una amante real en la familia, querían una reina, así que la llamaron a la corte, pero mientras Ana fuera virgen, María debía seguir en el real lecho.
Cada día era más intenso el deseo del rey por Ana y más próxima la posibilidad de una boda. El divorcio no era fácil. El rey quería que se anulara la bula papal que había permitido su matrimonio con la viuda de su hermano Arturo, pero la reina Catalina se negaba a dejarle el campo libre. Aceptar hubiera significado renunciar a los derechos de su hija María y prefirió sufrir humillaciones y vivir recluida y exiliada de la corte, casi prisionera, que ceder. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V, sobrino de la reina, no podía permitir que el papa le diera la razón a Enrique VIII. El pueblo tomó partido por la reina Catalina y acusó a Ana Bolena de ser una bruja que había hechizado al rey.
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A pesar de todo corrían buenos tiempos para Ana, de momento tenía a Cromwell y al arzobispo Cranmer de su parte y el rey había eliminado a su mayor enemigo, el cardenal Wolsey, cuyas posesiones y fortuna se habían repartido los Howard. Pero tenía nuevos antagonistas como Tomás Moro. En 1533 estaba embarazada así que el rey y ella se casaron en secreto y al año siguiente fue proclamada públicamente esposa de Enrique VIII. El lema de la nueva consorte era “La más feliz” y “Las cosas van a seguir siendo así le pese a quien le pese”. Aunque la felicidad le duraría poco.
Entre 1533 y 1535 Ana tuvo al menos dos abortos, uno de ellos con malformaciones. Esto sería decisivo en su perdición. La superstición y la ignorancia acusaba a las mujeres de brujería si sufrían un aborto y más si se trataba de una criatura visiblemente deforme, o como entonces se decía de un “monstruo”, de un “hijo del demonio”. En 1533 el ambicioso tío Tomás Howard casó a su hija, María Howard, con el bastardo real Enrique Fitzroy. Si el rey decidía nombrarlo príncipe de Gales, su heredero, ante la falta de un varón legítimo, su hija María sería la siguiente reina.
La agonía de la reina Catalina de Aragón finalizó en 1535 con su fallecimiento. Hubo fiestas y bailes de celebración en la corte, así que corrieron rumores de envenenamiento. Pero esta desgraciada muerte no benefició a los Howard sino a los Seymur que los sustituyeron en el poder, el rey quería casarse con una dama de Ana, Juana Seymur (por cierto que también estaba emparentada con el tío Howard). Se repetía la historia de la joven virtuosa que solo se entregaría a su marido cuanto este se hubiera divorciado de su esposa incapaz de darle un varón. Y ahora los obstáculos eran menores, el matrimonio con Ana se podía disolver por “afinidad”, ya que el rey había sido amante de su cuñada María Bolena. Su tío Tomás Howard, el miembro más destacado de su clan y el principal estratega, le dio la espalda. Lógico, quería conservar la cabeza sobre los hombros y, además, había otras muchachas Howard que meter en el lecho real cuando se cansara de la Seymur, Ana era sustituible.
Así que en 1536 la segunda esposa de Enrique VIII se encontró en la misma situación que la triste reina española, estaba apartada de todos. Ana y Jorge Bolena fueron enviados a la Torre. Un grupo de caballeros de su círculo cortesano, Henry Norrys, Francis Westton, William Breton y Mark Smeaton, fueron juzgados por los comunes y encontrados culpables de adulterio con la reina. Todos los chivos expiatorios fueron colgados. Ana y Jorge fueron juzgados por los pares del Salón del Rey en la Torre. Se acusó a Ana de seducir a Enrique VIII con hechicerías, de echarle mal de ojo, de volverle impotente, de cometer incesto con su hermano Jorge, de invocar al diablo, de engendrar con su hermano el “monstruo (es decir, el aborto que era visiblemente deforme). Ana y el rey se acusaron mutuamente de ser los culpables de los abortos, el soberano también la acusó de utilizar trucos de “ramera francesa” y de ser una “puta venenosa”. Juana Parker, la esposa de Jorge, declaró contra su marido y su cuñada: afirmó que ambos eran amantes y que Jorge era el padre de Isabel, la futura Reina Virgen. Todos los miembros del tribunal, excepto su “primer marido”, Enrique Percy (que no estuvo presente alegando enfermedad), encontraron a Ana culpable. Jorge fue decapitado en el Green, ante la ventana de Ana, en la Torre. Ella fue decapitada por un verdugo francés mediante espada. Por suerte María Bolena se salvó.
Años después Enrique VIII volvió a casarse con otra Howard, Catalina, prima de Ana y María, que también acabó descabezada junto con su dama de compañía Juana Parker, la vengativa viuda de Jorge Bolena. Cuando murió el rey el intrigante Tomás Howard aguardaba en la Torre su turno de ejecución. Fue liberado por la reina María I. Las mujeres de su familia a las que había utilizado en su propio beneficio no tuvieron tanta suerte.
Es curioso que, de las seis esposas de Enrique VIII, tres se llamaban Catalina (Catalina de Aragón, Catalina Howard y Catalina Parr) y dos Ana (Ana Bolena y Ana de Cleves). Más curioso aún es que ninguna de las cinco fueran enterradas tras su muerte con el rey. Sólo la única con nombre diferente, Jane Seymour, comparte tumba en Windsor con Enrique VIII.
La reina Isabel II no fue la única en llegar a reinar sin ser la primera en la línea de la sucesión. Enrique VIII se convirtió en rey tras la muerte de su hermano y no sólo eso, se casó con Catalina de Aragón, que era su cuñada.
Catalina de Aragón era hija de los Reyes Católicos, Fernando II e Isabel I, y hermana de Juana, conocida como Juana “la loca”. Con tan solo 15 años se casó con Arturo (príncipe de Gales), de la misma edad. Fue un matrimonio para solidificar alianzas entre España e Inglaterra y, tras morir Arturo a los pocos meses, el rey Enrique VII hizo lo que pudo para mantenerlas. El resultado fue el compromiso entre Catalina y Enrique (5 años menor que ella), que vivieron juntos en la corte durante unos 6 años hasta su matrimonio. Se dice que los jóvenes consiguieron llevarse muy bien y tuvieron unos años de amor. Pero Enrique estaba obsesionado con tener un hijo. Catalina tuvo seis embarazos, varios abortos y tres bebés que nacieron muertos o murieron inmediatamente después del nacimiento, Sólo una niña, Mary, sobrevivió. Tras 24 años de matrimonio y la irrupción en escena de Ana Bolena, Enrique forzó el divorcio.
Nacida en una familia noble, Ana atrajo la atención de Enrique mientras estaba casado con Catalina de Aragón, de quien era dama. Pese a la insistencia del rey, Ana se negó tajantemente a ser su amante. La obsesión de Enrique con Ana era tal, que pidió el divorcio de Catalina. Para conseguirlo, rompió con la iglesia católica y creó la iglesia anglicana, de la que se nombró máxima autoridad. Ana dio a luz a una hija, la futura reina Isabel I, pero no pudo proporcionar el ansiado heredero varón. Después de tres años de matrimonio y varios embarazos fallidos, Ana cayó en desgracia. Fue acusada de adulterio, incesto y alta traición. Aunque la veracidad de estas acusaciones es objeto de debate, fue declarada culpable y condenada a muerte. Fue ejecutada en la Torre de Londres, poniendo fin a uno de los matrimonios más tumultuosos de Enrique VIII.
Jane fue dama de las dos reinas anteriores y además prima de Ana Bolena, aunque parece que no se tenían mucha estima. Ella fue la única en conceder el hijo legítimo que tanto deseaba Enrique VIII, el futuro rey Eduardo VI. Sin embargo, el matrimonio terminó en menos de un año y medio, pues Ana enfermó y murió dos semanas después del parto. Fue la única esposa de Enrique en recibir un funeral real.
Ana de Cleves fue elegida a ciegas como esposa por Enrique VIII en un intento de formar una alianza política con Alemania, ya que Enrique estaba ansioso por recuperar poder en Europa y tener otro heredero varón para suceder a su hijo Eduardo. Ante la imposibilidad viajar para conocer a Ana y a su hermana personalmente, envió a su retratista favorito a Alemania para que pintara un retrato de ambas. Con el retrato como referencia, Enrique eligió a Ana, que llegó a la corte el día de la boda. Para sorpresa y decepción del rey, Ana no era como la imagen que aparecía en el retrato. La total ausencia de atracción y la gran diferencia de edad (el rey tenía el doble de edad que su esposa), hizo que el matrimonio no se consumara y llegaran a un divorcio “amistoso” gracias a una generosa pensión que permitió a Ana seguir viviendo en Inglaterra.
Catalina era prima hermana de Ana Bolena y, según los historiadores, tuvo una infancia bastante difícil debido a las circunstancias de su familia y su entorno. Se dice que con tan sólo 13 años tuvo relaciones sexuales con su profesor de música (probablemente no consentidas) y después con Francis Dereham, el cual estaba muy enamorado de ella. Cuando tenía 17 años se casó con Enrique VIII. Casi inmediatamente salieron a la luz sus pasadas relaciones y, además, se la relacionó sentimentalmente con Tomás Culpepper. Ambos dejaron testimonio de su enamoramiento y fueron acusados de adulterio. Catalina negó la evidencia, Culpepper negó haber tenido relaciones -pero admitió haber querido tenerlas- y ambos fueron acusados de alta traición y decapitados.
Fue la última esposa de Enrique VIII y sobrevivió tras la muerte del rey. Y podemos decir sobrevivió porque casi fue ejecutada por herejía y logró convencer a Enrique de que le perdonara la vida. Catalina Parr tuvo un papel muy importante en la educación de dos de los hijos de Enrique VIII, Eduardo e Isabel I. Además, influyó en la aprobación de la Tercera Ley de Sucesión, que permitió a las hijas de Enrique, María e Isabel, suceder al trono, algo que anteriormente no estaba permitido.
Antes de casarse con Catalina de Aragón, Enrique tuvo un hijo ilegítimo, Henry FitzRoy. Se dice que tuvo otro hijo ilegítimo con la hermana de Ana Bolena e incluso se le relacionó con ¡la madre de Ana!
La vida en la corte del siglo XVI estaba llena de historias fascinantes, y la de Enrique VIII es una de las más intrigantes.
Los hijos de Enrique VIII
Enrique VIII tuvo tres hijos legítimos y al menos uno ilegítimo:
- María: Nació el 18 de febrero de 1516 de Enrique y su primera esposa, Catalina de Aragón. Se convirtió en María I, reina de Inglaterra e Irlanda, el 6 de julio de 1553, tras la muerte de Eduardo. Reinó hasta su muerte, el 17 de noviembre de 1558.
- Isabel: Nació el 7 de septiembre de 1533 de Enrique y su segunda esposa, Ana Bolena. Se convirtió en Isabel I, reina de Inglaterra e Irlanda, el 17 de noviembre de 1558, tras la muerte de María. Gobernó hasta su muerte, el 24 de marzo de 1603.
- Eduardo: Nació el 12 de octubre de 1537, hijo de Enrique y su tercera esposa, Jane Seymour. Se convirtió en Eduardo VI, rey de Inglaterra e Irlanda, el 28 de enero de 1547, tras la muerte de Enrique, cuando sólo tenía nueve años. Gobernó hasta su muerte, el 6 de julio de 1553.
- Enrique Fitzroy: Henry Fitzroy nació el 15 de junio de 1519, hijo de Enrique y su amante Elizabeth Blount. Henry Fitzroy fue el único hijo nacido de una amante que fue reconocido por Enrique. Era hijo ilegítimo, pero obtuvo los títulos de duque de Richmond y de Somerset. Murió el 23 de julio de 1536.
A continuación, se presenta una tabla con las esposas de Enrique VIII y sus hijos:
| Esposa | Hijos |
|---|---|
| Catalina de Aragón | María |
| Ana Bolena | Isabel |
| Juana Seymour | Eduardo |
| Ana de Cleves | Ninguno |
| Catalina Howard | Ninguno |
| Catalina Parr | Ninguno |
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