El Significado de Cuna Moisés en Inglés: Un Análisis Profundo de la Traducción
Las ilusiones que muchas personas creen a pie juntillas, a la vez que un temprano conocimiento de la aritmética elemental, han convencido a la mayoría de los hombres de que en este mundo existen cosas que son punto por punto iguales entre sí.
Un examen más severo de las comparaciones, en cambio, mostrará con rapidez que todos los objetos, vivos o inertes, son absolutamente distintos, a pesar de que presentan ciertas estrechas semejanzas. Educados como estamos desde que aprendemos a leer y a operar numéricamente a pensar que dos y dos son cuatro, y que 2 es por supuesto igual a 2, rara vez caemos en la cuenta de que tal cosa es lisa y llanamente imposible, salvo en tanto concepto puramente teórico y más bien caprichoso, toda vez que el segundo 2 es obviamente un pelo más joven que el primero, y por lo tanto no puede ser igual.
Teniendo esto en mente, no deberíamos de ninguna manera esperar que una palabra, en una determinada lengua, halle su equivalente exacto en otra lengua. Una palabra no es más que la metáfora de un objeto o, en algunos casos, de otra palabra. Este aspecto de la lengua queda admirablemente demostrado en la tercera parte de Los viajes de Gulliver, donde describe Swift un «proyecto» en la escuela de lenguas de la Academia de Lagado, en razón del cual, con objeto de suprimir la molesta intermediación de las palabras, la gente se tendría que pertrechar de los objetos en cuestión, llevarlos a todas partes en un saco y sacarlos cada vez que tengan necesidad de mencionar dicho objeto, ahorrándose de ese modo la necesidad de las palabras y el peligro de los matices que entrañan las palabras.
Siguiendo el hilo de esta idea de Swift, es fácil ver que una palabra, en una traducción, se halla no a uno, sino a dos pasos del objeto que pretende describir.
La palabra dog y la palabra «perro» tal vez conjuren una imagen semejante en la mente del inglés y en la mente del español, pero otra serie de imágenes subliminales seguramente acompaña a cada una de las versiones, dando por tanto a las dos palabras nuevas diferencias más allá de las puramente sonoras. Siguiendo el ejemplo anterior y dando por sentado que, al igual que las palabras, dos metáforas no son nunca iguales, por similares que puedan resultar, podemos aprovechar el caso de la experiencia anterior que haya tenido el lector con los perros: uno puede haber tenido un cachorrillo delicioso en su infancia, y por tanto le caldea afectivamente la palabra cada vez que se la encuentra, mientras que a otro puede haberle mordido un sabueso en ese mismo período de su vida, con lo cual se le helará la sangre en las venas cada vez que tropiece con una mención de dicho animal.
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Por seguir con este perruno asunto, también hemos de tener en cuenta las diferencias culturales. Entre algunos pueblos, como por ejemplo los musulmanes, el perro está considerado como un animal vil, rastrero, merecedor a lo sumo de un puntapié, mientras que entre otros, sobre todo los pueblos del norte de Europa, es tenido en gran estima. Por eso, dog nunca puede traducir «perro» en todos sus sentidos ocultos.
A la luz de todo esto, toda traducción es realmente lo que llamaríamos una transformación. Es una forma de adaptación, gracias a la cual se consigue que la nueva metáfora encaje en la metáfora original. En una mala traducción, los resultados pueden ser bastante más propios de un forcejeo realizado con un calzador.
Jorge Luis Borges tenía una afinada concepción de cómo se utilizan las palabras, así como de sus limitaciones swifteanas, como bien trasluce el hecho de que indicase a su traductor que no escribiese lo que él había dicho, sino lo que él había querido decir. En este caso, Borges estaba aprovechándose de una locución idiomática propia del español, con objeto de generar (si se me permite aproximarme a su terminología) un sentido bifurcado: en español, la locución «quiero decir», que no tiene equivalente en inglés, significa literalmente «intento decir», aunque asimismo haya adoptado el sentido idiomático de «significo». Lo que pretendía el argentino era hacer hincapié en la inadecuación de las palabras, especialmente cuando nos esforzamos por lograr una forma de expresión platónica que fuera más práctica que la solución lagadiana.
Más mortífero aún que los matices personales y culturales a la hora de lastrar una traducción exacta es el propio sonido de las lenguas y de las palabras de que están compuestas. Ya hemos visto de qué modo difiere el canto del gallo, así que es natural que los nombres de los objetos reciban sonidos diferentes. Ello explica la extrema dificultad de la traducción de poesía, como bien se puede imaginar, especialmente cuando se trata de poesía rimada. El gallo ya nos ha enseñado que incluso las onomatopeyas varían de una lengua a otra, y los autores ponen orden en las huestes sonoras de sus idiomas con objeto de sacarles el máximo partido, de apurar hasta sus últimos efectos.
A drum! A drum! Macbeth doth come!, dice Shakespeare. Y este anuncio como un trueno a lo sumo cabrillea en francés: Un tambour! Un tambour! Macbeth vient. Es obvio que el traductor tendrá que tomarse ciertas libertades dentro del texto con el objeto de preservar el espíritu de lo que Shakespeare quiere decir.
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La otra cara de la moneda se ve (o se oye más bien) cuando Verlaine organiza los sonidos particulares de la lengua francesa para imitar el plañir de un violín (aunque a mí me suena más bien como un cello) al decir Les sanglots longs des violons de l’automne.
Las palabras y las frases, así pues, no son meras descripciones de los objetos o las circunstancias a que aluden, pero es más frecuente que denoten el espíritu que entrañan. Casi tan difícil como verter la poesía a otra lengua es el caso de las maldiciones, las interjecciones, las palabras llamadas malsonantes. Los significados pueden ser diferentes, pero el espíritu es tan universalmente humano que resulta el mismo. Por lo tanto, cuando traducimos un taco, es preciso ir a los sentimientos que encubre, y no a las palabras que lo configuran.
En inglés, cuando insultamos a alguien por su ascendencia materna, lo llamamos son of a bitch, mientras que en español será un hijo de puta, es decir, son of a whore. Lo más próximo a esta expresión sería el inglés arcaico whoreson, que, aun cuando se entendiese, a lo sumo suscitaría poco más que una vaga indignación. El portugués deja en cambio al albedrío auditivo del oyente la deducción del impacto imaginativo cuando se limita a decir filho da mae, hijo de tu madre, que es patente y obvio, pero que deja la puerta abierta a toda suerte de viles conjeturas relativas a la progenitora del mentado.
Un insulto mucho más común en español es cabrón, cuckold. No tiene equivalente exacto en inglés, ya que la palabra por sí misma tendría un efecto parecido al de whoreson. También convendría notar que el español es completamente distinto del inglés en el modo por el cual llega a designar al desventurado marido. El inglés se remonta a la raíz europea del cuco, ave que como es sabido pone sus huevos en los nidos de otras aves (puesto que el americano no hace tal cosa; en Norteamérica, el culpable es el cowbird), mientras que el español recurre a la imagen del macho cabrío. Es inocultable la ironía que subyace a este epíteto, ya que el macho de la cabra ha sido tradicionalmente símbolo de la virilidad, como bien retrata la figura de los sátiros y de otros seres por el estilo. Así, la víctima sexual es denominada despectivamente mediante el nombre de quien le ha engañado. Se trata del mismo espíritu que rige la creación de la palabra dunce (bobo, burro), que se deriva del nombre de pila de Duns Scoto, el cual tenía fama de ser el hombre más sabio de su tiempo, y está emparentado con la costumbre estadounidense de llamar Einstein al tonto del pueblo.
Todo este concepto hace que sea difícil verter al inglés las numerosas agudezas que en el folclore y la literatura mediterráneas tienen que ver con los cuernos. San Jerónimo debiera haber estado más atento a las consecuencias cuando cedió a esta tentación en su traducción del Antiguo Testamento y condujo a Miguel Angel a ponerle a su Moisés un par de cuernos que todo el mundo iba a ver en lo sucesivo.
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En el Génesis, a Adán se le otorga el delicioso privilegio de dar nombre a los animales recién creados por Dios. Esa misma fue también la tarea inventiva de los descubridores y los exploradores del Nuevo Mundo cuando se encontraron con una fauna y una flora desconocidas en sus filosofías heredadas. El escritor mexicano Andrés Iduarte decía que le habría maravillado ser el primer hombre que hollase la Luna sólo por poder dar nombre a las cosas. Los recién llegados al Nuevo Continente tuvieron que recurrir a tres métodos para establecer su nomenclatura: uno, aceptar el nombre indio de las cosas, en una versión habitualmente coloreada por su propia lengua; dos, asignar un nombre que identificase al nuevo objeto o animal o planta con alguno que se aproximase a un objeto, animal o planta del Viejo Mundo; tres, aplicar un nombre totalmente nuevo, pero descriptivo de la realidad que designaba.
Existen abundantes ejemplos de los tres métodos. Así, woodchuck (formación que podría traducirse por «mastica-madera», pero que designa a la marmota), quetzal y jaguar son muestra del primero; no obstante, algunos españoles, cuando vieron por vez primera a ese tercer animal, lo bautizaron como tigre, aunque nunca hubieran estado en la India, aunque nunca hubiesen visto un tigre. Los portugueses, que sí habían estado allí, fueron más precisos y lo llamaron onça (onza). El petirrojo norteamericano, al que a veces se denomina con cierta pedantería y con mayor exactitud «tordo migratorio», traducción de su nombre científico en latín (turdus migratorius), del cual se sabe que puede inducir en los alumnos de una escuela una risa incontrolada, en realidad es muy diferente de la variedad europea.
Somos no lo que somos, sino lo que se nos llama, hasta el punto de que no son pocos los adjetivos acuñados a partir de nombres propios: por ejemplo, Churchillian, cervantino, balzacien. Sin nombre, carecemos de identidad. A veces, un nombre es lo que da existencia a un objeto.
Bill Klem, durante muchos años decano del colegio de árbitros de la Liga Nacional de Béisbol, describió con elocuencia su posición de creador por medio de la nomenclatura cuando dijo con meridiana claridad: «No es nada, mientras yo no diga qué ha sido. Ni una bola es una bola, ni un strike es un strike, ni nada».
En estos casos de creación lingüística, el traductor debe recrear, y esto es algo que debe hacer con sabiduría y con extremo cuidado. Debe saber que «tigre» puede significar tiger en inglés sólo cuando el animal sea un habitante del Viejo Mundo; si aparece un tigre en Venezuela, por fuerza ha de ser vertido al inglés como jaguar en aras de la exactitud, y a expensas de todas las connotaciones que pueda arrastrar el nombre original, y erróneo, debido a los descubridores. De alguna forma, el dicho venezolano «Donde ronca tigre, no hay burro con reúma», perdería buena parte de su fuerza si sustituyéramos jaguar por tigre en español, aunque eso es lo que hemos de hacer en inglés. El resultado sería tan plano como si sustiuyéramos woodchuck por groundhog en How much wood could a woodchuck chuck if a wood chuck could chuck wood, o similar a lo que sucede con el nombre de la casa de corretaje cuando se sustituye Mr. Bean por Mr. Smith: Merrill, Lynch, Pierce, Fenner and Bean se queda en melodía desafinada cuando se convierte en Merrill, Lynch, Pierce, Fenner and Smith.
Hay matices de sentido que a veces acechan en los distintos nombres que pueden darse a un mismo objeto, a un mismo animal. En inglés, vulture y buzzard son palabras que describen la misma ave, pero cuando se usan como epítetos y se aplican a seres humanos, son muy distintas: un old buzzard es algo que no tiene nada que ver con un old vulture. El primero connota cierta imbecilidad senil, mientras que el segundo alude a la simple rapacidad. En portugués existe una sutil diferencia entre burrice y asneira, actividades adscritas a los seres humanos cuando se les compara con un burro o un asno, que al fin y al cabo son la misma cosa. En inglés, hay una leve diferencia de tono al llamar a alguien ass o jackass (en este caso, la burra al parecer ha escapado a todo estigma). En el uso lingüístico norteamericano, con la confusión que se da entre ass (asno) y arse (ano), el término asshole (que a Julio Cortázar le entusiasmaba por no tener auténtica equivalencia en español, aunque suele traducirse por «gilipollas») parece aludir más a la bestia de carga que al orificio anal.
En el habla, oral y escrita, lo que hacemos habitualmente es elegir la palabra (o la metáfora) que consideramos, muchas veces instintivamente, que mejor describe o transmite el sentido que deseamos comunicar (Borges de nuevo). El autor hace su elección y la pone por escrito. Luego aparece el traductor, que debe hacer entonces otra elección, sólo que en otra lengua, a otro nivel. A veces, la única palabra posible en el original se enfrenta a varias traducciones posibles en la segunda lengua (me ahorro lo de «lengua de llegada», que en inglés se dice target lenguage, es decir, lengua blanco, porque cuando realicé el servicio militar un blanco -aunque fuese negro- era algo contra lo cual había que disparar e, idealmente, matar, cosa que ciertamente sucede en materia de traducción).
Podría proponerse como ejemplo clásico entre el español y el inglés la palabra «rama». Si se traduce por branch, puede aplicarse por igual a un árbol y a un banco (de tipo monetario), y ambos sentidos se alcanzan en ambas lenguas. Si traducimos «rama» por limb, término perfectamente legítimo si pertenece a un árbol, nos habremos traído a nuestra versión inglesa el matiz referente a un brazo o a una pierna, algo que el término español no contiene; por otra parte, hay que contar con la posibilidad de bough, que no puede aplicarse ni a un banco ni a una extremidad del cuerpo humano. Es esta cuestión de elección lo que endemonia al traductor cuando se propone aproximarse a la lengua en la que está trabajando desde un punto tan cercano como le sea posible. En algunos casos, se trata de cosas tan elementales como los artículos. Siempre he sostenido que la traducción es esencialmente la lectura más ceñida que puede hacerse de un texto. El traductor no puede ignorar las palabras menos relevantes; hay que tener en consideración hasta lo que pueda parecer más despreciable. En el caso, por ejemplo, del latín y del ruso, no existen los artículos. Al trasponer esas lenguas al inglés y a otras, el traductor debe decidir qué quiso decir el autor. ¿Será el perro o un perro? En la mayor parte de las obras literarias, el comienzo s...
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