Cecilia: Dama, dama y la Sátira de la Burguesía en el Tardofraquismo
Uno de los atributos históricos de la cultura española ha sido, desde mediados del siglo XX, su patente complejo de inferioridad respecto a Francia, lo que ha hecho que nuestros más egregios artistas hayan afrancesado sus maneras, en la literatura, el cine o el arte, como signo de prestigio.
Evangelina Sobredo Galanes (El Pardo, 1948, Colinas de Trasmonte, 1976), que tal era su nombre, dispuso de la educación cosmopolita que solo un militar del régimen, dedicado a la carrera diplomática, podía proporcionar a una prole de ocho hijos.
Siendo niña, la familia vivió en Southampton, Filadelfia, Argel, Lisboa y Jordania. Quizá eso hizo de Cecilia una cantautora tan hipnótica. Ocurrió incluso con los cantautores, marcados a finales de los sesenta por los sones poderosos de Serge Gaingsbourg, Charles Aznavour, Jacques Brel, Georges Brassens o Françoise Hardy.
Hija díscola y predilecta de la burguesía castrense madrileña, Cecilia volcó en Dama, dama una combinación de sátira y retrato de costumbres que condensa la combinación de decandentismo y ansia de modernidad en que vivían sumidas las burguesas del tardofranquismo, con los ojos golosos puestos en la revolución de las costumbres que cruzaba el Occidente democrático en aquellos años.
La audacia de su letra concentraba a la vez otra tensión irresuelta en el Madrid castizo de rosarios y novenas, en conflicto con el mundo que le era contemporáneo: la revolución feminista y sexual, la emancipación de mujeres cultas y acomodadas que debían esa ventura al férreo control social de sociedades ausentes de libertad.
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Por una parte, era “puntual cumplidora del tercer mandamiento”, con “algún desliz en el sexto”, pero “buena madre y esposa, de educación religiosa”.
La canción de Cecilia fue un gran éxito -aunque se había publicado como cara B del primer sencillo del LP, que abría en la cara A, Fui- y con sus escasas seis estrofas y su estribillo, se inscribió por derecho propio en la tradición literaria de la mujer adúltera, el arquetipo que inauguró la novela moderna con Madame Bovary, Anna Karenina y La Regenta.
El repaso a los ambientes madrileños de mantilla y cotilleo, de superchería y alta cultura, revela en qué medida la joven Cecilia, que los frecuentaba, podía sentir de forma vívida el temor de verse encarnando a la dama de su canción: “Conversadora brillante en cóctel de siete a nueve -«hoy nieva, mañana llueve, quizás pasado truene»-, envuelta en seda y pieles. (...) Devoradora de esquelas, partos y demás dolores, emisora de rumores, asidua en los sepelios de muy negros lutos ellos (...) El sábado arte y ensayo, el domingo los caballos, en los palcos del Real los tés de caridad, jugando a remediar”.
Y hambre de protagonismo: “Si no fuera por miedo sería la novia en la boda, el niño en el bautizo, el muerto en el entierro, con tal de dejar su sello”.
Quizá la prueba de en qué medida Cecilia habla de una dama que pudo ser ella sea su intención de que su segundo álbum se titulara Me quedaré soltera y la portada fuera ilustrada por una foto suya con un patente embarazo.
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La discográfica reemplazó la foto por otra menos evidente y cambió el título: Cecilia 2. Dama, dama fue el mayor éxito de su primer larga duración, titulado Cecilia. Hija de la burguesía madrileña, Cecilia convirtió su canción en un retrato de Dorian Gray de sí misma.
Dama, dama es una canción que habla sobre la hipocresía, concretamente la de una mujer cualquiera de la clase alta española que mantiene un doble comportamiento ("de alta cuna, de baja cama") y que todavía viene a dar lecciones a los demás.
También sufrió la censura de la época y al principio, cuando decía "Puntual cumplidora del tercer mandamiento, algún desliz en el sexto" se lo cambiaron por "algún desliz inconexo". En el vídeo podemos verla interpretar la letra sin censura.
La cantautora hacía un retrato de la ciudadana adúltera de clase alta, de la doble vida de una señorita bien que, de cara al público, era esposa, madre y devota, pero que soñaba con escribir poemas y escapar de lo predecible con algún canallita intelectual.
Tanto teatro, tanto hipódromo, tanto té y tanta sonrisa la estaban enterrando por dentro. Era obvio que esta obra era carne de cañón para la censura: en el primer verso, “Puntual cumplidora del tercer mandamiento, algún desliz en el sexto” le plantaron un “algún desliz inconexo”. Cómo iba a ser que una señora cometiese actos impuros y los domingos comulgase, por Dios.
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“Ardiente admiradora de un novelista decadente, ser pensante y escribiente”, amén de “conversadora brillante en cóctel de siete a nueve”.
Cecilia acostumbraba a dar en la diana sin que el socavón fuera evidente. Ahí cuando la llama “esposa de su señor… mujer por un vividor”, dando una bofetada sin mano a todos aquellos que creían que una hembra se dignifica como mujer gracias a la monogamia, al parto y al calor de la estufa.
Cecilia nunca fue frágil: no. Nunca fue dulce. Nunca fue complaciente. Nunca fue cándida, nunca fue sumisa. Nunca fue inofensiva, Cecilia -Eva Sobredo-, aunque sus fotos nos devolvieran una mirada tierna de joven cuasihippie de melena larga, siempre retratada entre espigas y árboles, como bucólica, como soñolienta, como poética y abstracta, como idealista sin armas. Pero las tenía: vaya si las tenía.
Sólo que su época la obligó a sacarlas subrepticiamente, con ira clandestina, con versos punzantes, políticos y feministas que equivalían a bofetadas sin mano. Cera para el que la quiera. Para que no hubiera lugar a dudas, ahí dejó la imagen de su primer disco, donde aparecía con un enorme guante de boxeo en la mano: no hizo otra cosa que repartir, Cecilia.
Que dudar siempre. Que enfrentarse desde la palabra y la idea. No hizo otra cosa que criticar a la burguesía, que señalar las hipocresías de una España “con vendas negras sobre carne abierta”, que poner en jaque al hombre machista medio.
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