Silvia Marsó: Biografía de una Actriz Apasionada
Silvia Marsó se convirtió en una figura destacada de la actuación a finales de los 80 y en los 90, gracias a su participación en series de televisión muy exitosas.
Inicios y Ascenso a la Fama
Nacida en Barcelona en 1963, Silvia Marsó demostró desde temprana edad su vocación por la interpretación. Con tan solo 14 años, se inscribió en la Escuela de Pantomima del Instituto de Teatro de Barcelona, una experiencia que la impulsó a actuar en las calles.
Su debut en televisión se produjo en 1979 en el programa ‘Gent d’aquí’ de TVE en Cataluña. En ese momento comenzó en la obra ‘Los derechos de la mujer’, para seguir con papeles en series como ‘Segunda enseñanza’ y ‘Turno de oficio’.
El programa Un, dos, tres… responda otra vez le brindó un gran salto a la fama, donde muchos la recuerdan como una de las azafatas. Posteriormente, se enfocó en su carrera como actriz, protagonizando y produciendo numerosas obras.
Trayectoria Profesional
En el cine, Silvia Marsó ha participado en películas como ‘La madre muerta’, ‘Amor, curiosidad, prozac y dudas’ y ‘Los muertos no se tocan’.
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En televisión, destacan series como ‘El secreto de Puente Viejo’, ‘Gran Reserva: el origen’, ‘Gran Hotel’, ‘Ana y los 7’ y ‘Manos a la obra’.
Vida Personal
Su vida amorosa ha estado marcada por dos hombres. De 1981 a 1987, su pareja fue Rafael Carrizosa. Más tarde, se casó con Emilio Marco, con quien tuvo a David, su único hijo; sin embargo, la pareja se separó.
Siempre ha mantenido su vida privada con discreción. En una entrevista en 2013, declaró: «Yo me separé hace cinco años y no se ha enterado nadie. Soy una persona discreta y quiero que se me conozca por mi trabajo, no por otra cosa.
Silvia Marsó lleva más de cuatro décadas dedicadas en cuerpo y alma a la interpretación.
Decisiones Vitales
Una de las decisiones más importantes de su vida fue dejarlo todo para cuidar a su madre. Así lo contó en su reciente visita al programa Y ahora Sonsoles, donde hizo un repaso de su vida profesional y personal, recordando emocionada que, tras años de entrega a los escenarios, decidió apartarse de ellos cuando más falta hacía en casa.
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“Estoy muy feliz de haberlo hecho porque lo dejé todo. Estuve con ella los últimos años de su vida… Renuncié a trabajos, series, obras, giras.
La actriz confesó que sigue en proceso de duelo desde el fallecimiento de su madre en enero de 2023, tras haber superado cuatro operaciones y una pandemia. “Mi madre era mi vida. Todo lo bueno que yo pueda tener se lo debo a ella. Estoy de duelo, y si fuera por mí, no saldría de casa”, compartió ante Sonsoles Ónega.
Aunque evita derrumbarse en público, dejó claro lo que ha supuesto esa pérdida: “Perder a una madre es un antes y un después en la vida de cualquier ser humano. No se puede superar.
Marsó, que vivió esa etapa de cuidados con una profunda conexión emocional, explicó cómo la música también unió a madre e hija. “Desde pequeña la escuchaba cantar mientras cocinaba. Tenía mucho arte, aunque no se dedicara a esto.
Durante la entrevista, Silvia también habló de su hijo David, fruto de su relación con el actor Emilio Marco, y de cómo siempre ha mantenido su vida privada al margen. “Es muy discreto, siempre me dice: ‘mamá, a mí no me saques’”.
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Consciente de la necesidad de seguir adelante, Silvia Marsó está actualmente de gira con Claveles, una obra escrita por Emma Riverola y dirigida por Abel Folk. “Ayer hizo un año que la estrenamos y justo coincidió con el aniversario de la Revolución de los Claveles, que es lo que cuenta esta historia. Es brillante”, explicó.
En cada palabra y cada gesto, Silvia Marsó dejó claro que, pese al dolor y la pérdida, su compromiso con la vida -y con el arte- sigue tan vivo como siempre.
Proyectos Recientes
Nadie podrá llamar cobarde a Silvia Marsó (59 años). Como actriz, acaba de estrenar la función 'La Florida' en las Naves del Matadero, en Madrid, en la que da vida a Lola, «una cantante que se hizo famosa en los tiempos en que ... los señores con puro mandaban en este país, pero tomó una decisión que la hundió y vive frustrada desde entonces».
Como Lola, Silvia también tomó una decisión arriesgada: en su caso, dejar la fama y la fortuna por el teatro. «Es en lo único en que nos parecemo», pero lejos de equivocarse, construyó una carrera marcada por retos apasionantes.
Principios y Valores
Silvia Marsó es actriz por convicción. Desde que debutó a los trece años, el mundo de la interpretación la atrapó.
Es básico el afán de superación, la preparación exhaustiva. Eso me ha permitido hacer “Yerma”, y “Gran Reserva: El origen”. Yo sigo tomando clases de voz, de baile...
Siempre pienso mucho en los proyectos en los que me meto porque, cuando me decido, lo hago a muerte, con toda mi alma. Para vincularme a un proyecto tengo que creer en él.
Yo tengo la intención y la estima suficiente como para no tener que hacerme un lifting, porque las actrices tenemos que ir creciendo con los personajes que interpretamos. Para conseguirlo tenemos que ser naturales.
Conciliación y Vida Familiar
He tenido la suerte de dar con Bambú, la productora de “Gran Reserva: El origen” y “Gran hotel”, cuyos horarios coinciden con los horarios de clase de los hijos.
En mi caso es la razón por la que voy alternando teatro, cine y televisión, para poder estar más tiempo con mi hijo. A los dos nos gusta mucho la montaña. Hacemos nuestras escapaditas. Hay tantas cosas por ver, hay tal despliegue de medios para poder enriquecernos como seres humanos...
Soy muy pasional, a mí me ganan con los sentimientos tanto los amigos como los compañeros y mis parejas.
Ilusión y Proyectos Futuros
Lleva más de treinta años en esta profesión y dice que cada día aprende un poco más, pero que todavía conserva la ilusión con la que la veíamos en “Un, dos, tres”.
Hace años que elijo, porque prefiero estar parada antes de hacer una cosa en la que no creo. Para mí la profesión de actriz es sagrada.
Me encantaría dirigir teatro.
Silvia Marsó es una mujer que lleva consigo una historia de viajes que no solo está marcada por kilómetros recorridos, sino por las huellas que dejan en el corazón de todos los que la llevamos siguiendo desde el principio, incluso desde que éramos pequeños.
Desde su inolvidable aparición como azafata en el Un, dos, tres hasta su reciente papel en La Encrucijada, pasando por su participación en El secreto de Puente Viejo o Gran Reserva: el origen, Silvia ha recorrido más que territorios físicos: ha cruzado puentes entre emociones, culturas y lenguajes.
Pasión por los Viajes
Viajo constantemente por toda España con las giras teatrales y por trabajo, por lo que para mí un verdadero sueño es pasar las vacaciones de Semana Santa en casa. Disfrutar de un puente largo en mi hogar se ha convertido en algo casi utópico.
Si puedo elegir, el tren. Lo que menos me gusta es el avión, pero no tengo más remedio que coger algunos.
Conduzco bastante bien, modestia aparte. Mi hijo siempre dice que tengo un radar psicológico para detectar la velocidad exacta, porque justo antes de que aparezca una señal, ya voy al límite que marca.
Lo que más me inquieta es la velocidad excesiva de muchos conductores que ignoran por completo las señales. Van tan rápido que da la sensación de que las normas no van con ellos, y eso pone en riesgo a todos los que compartimos la carretera.
Si viajo haciendo paradas, por supuesto, disfruto del trayecto, pero cuando vas fuera de España y tienes que coger un avión, lo que más deseo es llegar. Son circunstancias distintas. En las giras teatrales, a veces, el trayecto es muy divertido y entrañable, porque vas con tus compañeros contando anécdotas y experiencias.
Sí, cuando viajas sin la presión de llegar a un sitio concreto, a una hora exacta, el trayecto se vuelve mucho más libre. Y si, por ejemplo, hay niebla y tienes que tomar otra carretera, y de repente descubres un bosque, haces una parada para explorarlo.
Recuerdo la primera gira de teatro, a los 17 años, con Vicky Luzón; la hicimos en furgoneta. Íbamos todos los actores de ciudad en ciudad haciendo funciones. Te hablo de los años 80. En aquella época, las giras consistían en actuar varios meses cada día en una ciudad distinta. Me iba de casa en septiembre y volvía en diciembre.
Sí, recuerdo que cogí mi primer avión y, además, fui sola. Tenía 18 años. Me acompañó al aeropuerto mi hermano, que me llevaba la maleta y me hizo una foto, que aún conservo, antes de embarcar. Cogí el avión y me fueron a buscar del programa. Iba con mi book rosa profesional, con todas mis fotos y trabajos que había hecho, para buscar otras oportunidades laborales de Madrid.
Solo he viajado con compañeros de trabajo en las giras teatrales. Mi primera serie, Segunda enseñanza, fue un rodaje en Oviedo, al que fui en tren y recuerdo que, a la vuelta, iba con Ana Marzoa, que era una de las protagonistas. Era por la noche, salí del compartimento, me puse a mirar por la ventana y me saltaron unas lágrimas. Entonces, Ana Marzoa me preguntó: “¿Qué te pasa?” y le respondí: “Es que se me ha hecho corto el rodaje; me hubiera gustado quedarme más tiempo con mis compañeros”. Ella me dijo: “Te tienes que acostumbrar”. Claro, yo era muy joven, tendría unos 20 años y era lo primero que hacía en televisión como actriz en una serie. Me explicó: “En esta profesión los trabajos son muy intensos emocionalmente con los compañeros, pero luego se acaban y no los ves más hasta que vuelves a trabajar con ellos. Es difícil mantener las amistades. A veces, sí puedes hacerlo, pero dejas de verlos. Esa unión tan increíble, emocional, lúdica y creativa desaparece cuando el trabajo termina y te quedas colgado”. Fue la primera vez que fui consciente de esto.
Ahora no hay demasiadas cosas, pero recuerdo cuando se podía fumar en el coche o en el avión. Lo pasaba muy mal porque tengo alergia al tabaco desde pequeña. Me afecta tanto física como emocionalmente; me produce mucha angustia. En los viajes con las compañías de teatro, la gente fumaba y yo lo pasaba fatal, pero tenías que aguantar porque todos lo hacían. Se formaba una especie de niebla dentro del coche, que además olía fatal.
Sí, estábamos rodando una película en la Alpujarra colombiana y teníamos que ir desde el pueblo en el que estaba hasta el aeropuerto de Neiva para coger un vuelo a Bogotá.
Fue surrealista: el coche en el que viajábamos no tenía parabrisas, por lo que todo el trayecto lo hicimos con el viento y el polvo entrando a raudales, como si fuera un descapotable. A medio camino, nos encontramos con una piedra gigante en la carretera y tuvimos que rodearla por el lado derecho en el que había un acantilado sin quitamiedos, lo que hizo que el viaje fuera aún más peligroso. Fue una experiencia muy rara, pero sobre todo, muy aterradora para mí. Desde luego, nunca olvidaré ese viaje.
Las giras en furgoneta con músicos son más divertidas, porque siempre tienen esa facilidad para estar creando y de repente te encuentras con ellos tocando la guitarra en cualquier lugar. Con esto no quiero decir que con mi compañero Abel Folk y su mujer, Gloria Casanovas, que es la productora, no me lo pasara bien, porque la verdad es que me lo pasé muy bien.
A cualquier lugar donde haya naturaleza. No tengo un sitio concreto; me atrae la naturaleza en general, que es como la madre tierra.
Sí, uno de los momentos más increíbles de mi viaje fue el trekking W en las Torres del Paine, en Chile. Es un trekking dificilísimo, pero lo hice en las cinco etapas reglamentarias. Para mí, fue un reto enorme poder hacerlo a mi edad, pero, sobre todo, me regaló ese contacto con la naturaleza durante cinco días y noches en mitad de un parque natural donde no entra ni una moto, ni una bicicleta, ni nada que no sean caballos o personas. No hay senderos, es montaña pura. También fui a Bolivia y visité el Salar de Uyuni, que me pareció algo apoteósico.
El camino Kumano Kodo está hermanado con el Camino de Santiago desde 2008. Yo hice la última etapa y con eso obtuve el sello de Peregrina Dual, que es el mismo que se pone en ambos caminos. Este camino es tan milenario, religioso y místico como el de Santiago, lleno de templos, lugares sagrados y bosques antiguos. Cada pocos kilómetros te sellan una credencial, y quienes lo completan pueden ir al Camino de Santiago y ser considerados peregrinos duales. La emoción que se siente allí es tan profunda como la del Camino de Santiago. El Nakashendo, otra de las rutas por las que pasé, atraviesa el centro de Japón. Era una antigua ruta comercial, pero se dejó de usar hasta que la gente se dio cuenta de su valor histórico. Ahora se preserva para que los turistas lo puedan recorrer. El trazado te lleva por pequeños pueblos y aldeas, y en uno de ellos me ofrecieron té hecho a la leña, todo en un ambiente muy auténtico, como si estuvieras reviviendo cómo era la vida en el siglo XIV.
Lo que más me atrae de los lugares que visito es la historia, la cultura y la artesanía, todo lo que tiene que ver con cómo muestran su identidad a través del arte. Antes de viajar a un país, me informo, veo películas, me meto en los teatros. No viajo solo para pasar un buen rato; mi objetivo es conocer la cultura, así que mis viajes son principalmente culturales y de naturaleza. Por ejemplo, cuando estuve en Cuba, no fui a Varadero, y cuando fui a México, no fui a la Riviera Maya. Todo lo relacionado con el turismo masivo y la oferta de diversión no es para mí, me rechina. Prefiero estar en una aldea, conociendo a la gente real del lugar, que en un resort.
En 1992, fui a Estambul para ver el Palacio de Topkapi, porque era el escenario de La gran sultana, una obra de Cervantes que yo tenía que interpretar. Quería ver con mis propios ojos el lugar donde esta mujer creció y llegó a ser la sultana del serrallo del gran turco. Allí, una de las experiencias que más me marcó fue conocer a un anciano fabricante de perfumes. Llevaba una caja llena de pequeñas botellas de aluminio, cada una con un dibujo hecho a mano y un perfume distinto. Como parte de mi proceso creativo, siempre busco un perfume para cada personaje que interpreto, porque la memoria olfativa es la más poderosa y me ayuda a conectar con distintas emociones. Aún no había empezado a estudiar La gran sultana, pero elegí un perfume de ese señor que me acompañó durante todo el proceso, en la gira y en todos los viajes que hicimos. Estuvimos en México, Inglaterra, la Expo de Sevilla, y el montaje duró dos años.
En el Kumano Kodo, el primer camino que te mencioné en Japón, conocí a un señor muy mayor de una aldea que, con su Instagram, se dedica a preguntar a los turistas qué les ha parecido el camino sagrado. Graba sus respuestas en todos los idiomas, y tiene muchos seguidores. Mi hijo y yo también aparecemos en su Instagram, compartiendo nuestra opinión sobre el camino. Es curioso porque este hombre, ya jubilado, está triunfando en las redes. Gente como él son esos encuentros en los viajes que no olvidas nunca.
Fue en Cuba, en 1995. Entonces allí había una situación muy difícil porque no tenían recursos. En ese viaje, se me rompieron los zapatos y fui a comprar unos nuevos. Solo había zapatos de hombre y de mujer, sin grandes opciones ni variedades, solo las tallas. Eso me impactó. Pensé que no tenía que elegir nada más, solo el tamaño. Después, viví en casas particulares, ayudando a las familias con el dinero que me hubiera gastado en un hotel internacional. Comía en los paladares, casas donde las amas de casa preparan comida para los turistas. Fue una inmersión total en el país y en su gente. Cuando volví a España, fui a comprar algo para la cocina en unos grandes almacenes y me sorprendió ver una estantería llena de ollas de todos los tipos: de aluminio, de acero inoxidable, de barro, de colores… Me quedé pensando: ”¿Es necesaria tanta variedad?” Me acordé de las sandalias que compré en Cuba, que me acompañaron durante todo el viaje, y me cuestioné el consumismo. En Cuba, con una sandalia era suficiente, y eso me hizo reflexionar sobre el exceso de opciones que tenemos.
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