Desde la Cuna a la Tumba: Un Viaje de Entendimiento y Desarrollo
El camino del niño hacia la conquista del idioma comienza en el vientre de la madre.
Según investigaciones recientes se sabe que si la madre y el padre le hablan al niño, o le leen cuentos durante el proceso del embarazo, éste reconocerá las voces de sus progenitores al nacer, puesto que el lenguaje es el primer patrimonio familiar que recibe el recién nacido; le acompaña desde la cuna hasta la tumba, y es la herencia, a veces la única, que se transmite de generación en generación.
El niño, apenas nace, grita porque tiene hambre, dolor o molestias.
Los gritos se diferencian y los padres aprenden a diferenciar los gritos para saber qué es lo que tiene o quiere.
“Con un grito entra el niño en la vida -dice Otto Elgelmayer-.
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Las expresiones sonoras durante los primeros días y semanas (mezclados con gritos, más tarde sonidos y gorjeos), que ocupan en un principio la mayor parte de la vigilia, son acciones instintivas tan certeras en su aspecto funcional como el mamar (Elgelmayer, O., 1970, p.
El desarrollo del lenguaje infantil, en el período prelingüístico (aproximadamente hasta los 5 meses), se manifiesta a través de ruidos y balbuceos; un gesto que, si el niño está alegre, se transforma en risa.
Durante las primeras semanas, el niño emite sonidos que sirven como señales en su ámbito y aprende a identificar la voz humana.
En la etapa del balbuceo comienza a articular sonidos aislados a manera de garabato verbal.
A los 2 meses es capaz de diferenciar las voces de su entorno y los sonidos fuertes de los débiles.
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Después produce todos los sonidos que puede emitir la voz humana y enlaza sílabas con vocales abiertas (a, e, o), consonantes explosivas (p, b, d) y consonantes nasales (m, n).
La primera vocal que aprende es la (a) y la consonante (b, d, m y p) cuya unión forman las sílabas: ba, da, ma y pa.
Por eso la primera palabra que cae de su boca, como fruto maduro, es la palabra mamá, cuya pronunciación conlleva varios significados: mamá, mira; mamá, lleva; mamá, viene; mamá, ¿dónde estás?; y así sucesivamente.
Desde el punto de vista lógico-conceptual, las frases mono-verbales, según su función de denominación y juicio, son conceptos universales, esquemas lingüístico-conceptuales, análogos a los esquemas gráficos en los comienzos del dibujo infantil.
Así, guau-guau es un concepto universal de todo lo que tenga cuatro patas; auto, de todo lo que rueda; hombre, de todo lo que muestre una cara humana (Elgelmayer, O., 1970, p.
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Cerca de los 6 meses aparecen las llamadas pseudo palabras, compuestas de algunas sílabas unificadas por el acento, la entonación y una articulación única.
El cambio cuantitativo y cualitativo en el lenguaje del niño, entre los ocho y doce meses, se refleja en el surgimiento de un fenómeno lingüístico que se podría denominar fonética sintagmática.
Es decir, se reproduce la estructura sonora de la palabra o solamente el esquema silábico de la palabra acentuada, sin intento alguno de aproximación al sonido real (ejemplo: nanana por medicina).
Característica particularmente esencial de este período es la arbitrariedad del lenguaje (que, por lo demás, no se extiende a la pronunciación de sonidos aislados).
En este período los sonidos adquieren una característica relevante, o sea que la composición sonora del lenguaje del niño es correlativa a la composición sonora del idioma correspondiente (Petrovski, A., 1980, p.
En el período mono-verbal, tanto en lo fonético como en lo semántico, el niño produce palabras onomatopéyicas, que expresan deseos y hechos concretos, ya que el desarrollo idiomático y motriz están interrelacionados.
Después aprende a pronunciar palabras compuestas por los sonidos reflexivos.
Este aprendizaje se realiza sin que el niño se dé cuenta de ello, repitiendo las palabras que escucha en su entorno.
El deber más importante y el propósito de la vida humana es buscar el entendimiento.
El esfuerzo para lograrlo, conocido como educación, es un perfecto proceso a través del cual se obtiene, en lo que a la dimensión espiritual, intelectual y física como seres humanos se refiere, el rango asignado para nosotros como modelo perfecto de la creación.
Al nacer, el comienzo de la fase terrenal de nuestro viaje del mundo de los espíritus a la eternidad, somos absolutamente impotentes y necesitados de un sinfín de cuidados y requerimientos.
En comparación, la mayoría de los animales vienen al mundo plenamente desarrollados y perfeccionados con antelación.
En pocas horas, días o meses, aprenden todo lo necesario para su supervivencia, así como para relacionarse con su medio ambiente y con otras criaturas.
Nacemos indefensos así como ignorantes de las leyes de la vida y debemos llorar para obtener la ayuda que necesitamos.
Después de un año más o menos, podemos levantarnos sobre nuestros pies y caminar un poco.
Cuando tenemos alrededor de quince años esperamos entender la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo beneficioso y lo perjudicial.
Sin embargo, nos acarreará toda una vida adquirir la perfección intelectual y espiritual.
Nuestro deber más importante en la vida es adquirir la perfección y pureza de pensamiento, de las nociones y las creencias.
Nuestra humanidad es directamente proporcional a la pureza de nuestras emociones.
Aunque aquellos que están llenos de malos sentimientos y cuyas almas son interferidas por el egoísmo al parecer son seres humanos, en realidad es dudoso que lo sean o no.
Casi todos pueden cultivar su cuerpo, pero pocos pueden educar su mente y sentimiento.
Desde los tiempos de Ibn Miskawayh[1], las facultades humanas o «instintos» han sido definidos dentro de tres categorías: razón, ira y codicia.
La razón abarca todas nuestras facultades de percepción, imaginación, cálculo, memoria, aprendizaje, etc.
La ira incluye a nuestra facultad de autodefensa, a la que la jurisprudencia islámica define como necesaria para defender nuestra fe y religión, cordura, nuestras posesiones así como la vida, la familia y otros valores sagrados.
Se les ha hecho atrayente a los hombres de modo innato el amor apasionado por las mujeres, los hijos, (acumulados) tesoros de oro y plata, los caballos de raza, los rebaños y los cultivos.
Estos instintos se encuentran en otras criaturas.
Sin embargo, ya sea en sus deseos, su inteligencia, o su determinación para defender la vida y el territorio, estos impulsos están limitados en todas las criaturas excepto los seres humanos.
Cada uno de nosotros está excepcionalmente dotado con la libertad de acción -libre albedrío- y la obligación consecuente de dominar nuestras facultades.
Esta lucha por la disciplina determina nuestra humanidad.
No nos componemos solamente de cuerpo y mente.
Cada uno de nosotros posee un espíritu que necesita complacencia.
Sin ello, no podemos encontrar la verdadera felicidad y la perfección.
La satisfacción espiritual solamente es posible a través del conocimiento de Dios y creyendo en Él.
Confinado dentro del mundo físico, nuestro ser carnal así como el tiempo y el espacio pueden ser experimentados como una mazmorra.
Podemos librarnos de ello mediante la creencia y la devoción frecuente y absteniéndonos de nuestros comportamientos extremos mientras hacemos uso de nuestras facultades o atributos.
No debemos anular nuestros impulsos, pero sí hacer uso de nuestro libre albedrío para contenerlos y purificarlos, así como canalizarlos y dirigirlos hacia la virtud.
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