Desde que nace el día hasta que muere el sol: Un viaje a través del simbolismo solar
Hola, soy Llanos del blog Be Salvaje. Hasta hace unos años las celebraciones de nuestra cultura no significaban mucho para mí. Ahora compramos nuestra comida en supermercados y tenemos luz eléctrica pero antaño, el ciclo de la luz y las cosechas era de vital importancia.
El ciclo de la luz y las estaciones
Antes de la ciencia, los mitos explicaban los fenómenos naturales. En muchos mitos el sol toma forma de dios/hombre, es la energía masculina, la energía femenina será la tierra. En el solsticio de invierno el sol nace y es tan solo un bebecito (atención a su parecido con el niño Jesús.) Va creciendo a través de las celebraciones de la primavera y tomando fuerza hasta el solsticio de verano cuando llega a su triunfo.
La Rueda comienza al acabar la cosecha y con la entrada del frío y la oscuridad. Esto divide nuestra rueda en 8 partes iguales, cada una de estas partes es una cuarentena. Así la rueda del año son 8 celebraciones basadas en el ciclo de la luz y las estaciones.
Celebraciones a lo largo del año
- Los Santos/Samain (1 Noviembre): La naturaleza nos regala la oscuridad y celebramos el final de la cosecha.
- Navidad/Yule (21 de Diciembre): Solsticio de invierno. En lo más oscuro del invierno, celebramos el nacimiento del bebé sol con esperanza. A partir de este día los días empiezan a hacerse más largos.
- La Candelaria/Imbolc (1 de Febrero): El cambio ya se palpa, las hembras entran en celo y las semillas comienzan a germinar bajo tierra. El bebé sol que nació en el solsticio, va tomando fuerza. Encendemos velas y hogueras para avivar y animar la llegada de la primavera.
- Pascua/Ostara (21 de Marzo): Equinoccio de primavera. Las noches y los días son igual de largos. La vida explota. Los huevos, las liebres y los nidos simbolizan la fertilidad que nos regala la primavera.
- Los Mayos/Beltane (1 de Mayo): Celebramos la fertilidad de la primavera con simbología pagana explícita. Los muchachos del pueblo traen un árbol para instalarlo en la plaza del pueblo.
- San Juan/Litha (21 de Junio): Solsticio de verano. Celebramos el triunfo del dios sol y la energía expansiva de los largos días y de la vida. En muchos lugares se celebra la noche más corta con hogueras, agua y hierbas mágicas.
- Fiestas patronales/Lammas (1 de agosto): Celebramos la cosecha. Durante agosto se hacía la cosecha del trigo. Se fueron convirtiendo a la celebración de los santos y santas patronas de los pueblos en agradecimiento a la cosecha.
- San Miguel/Mabón (21 de Septiembre): Equinoccio de otoño. Los días y las noches son igual de largos y se nota ya el retroceso de la luz. Agradecemos la cosecha y los frutos de la tierra.
Por eso pienso que la Rueda del año y la pedagogía Waldorf tienen mucho en común. Conexión hacia dentro y hacia fuera, con ellos mismos y con su mundo.
El simbolismo del sol en Oriente y Occidente
La dualidad Oriente-Occidente fue concebida, en un principio, como apelativo para los dos puntos cardinales por los que el sol realiza su itinerario espacial. Cicerón acuñó las expresiones Oriente sole y Occidente sole, que podrían traducirse como “donde nace el sol” y “donde muere el sol”. Con el tiempo, el significado literal de ambos términos ha sido relegado al ámbito lírico (y etimológico). Actualmente se hace uso de estas expresiones para delimitar dos zonas geográficas, con matices culturales, sociales y económicos diferentes.
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Hermann Hesse hizo gala de esta dicotomía, en un artículo publicado por Die Zeit: “En este mísero Occidente, hemos desgarrado el tiempo en partículas […] cada uno de los cuales sigue teniendo el valor de una moneda; en cambio, en Oriente, sigue fluyendo sin rupturas […] capaz de calmar la sed de un mundo”. A pesar de datar de 1904, las consideraciones de Hesse constituyen un retrato imperecedero de la sociedad.
Al sumergirnos en la vida de Emil Sinclair y de Siddharta, un joven europeo testigo del origen de la Primera Guerra Mundial y el espiritual hijo de un brahmán indio, respectivamente, participamos en la lucha del individuo con el universo contra sí mismo, y consigo contra el universo. En Demian, esta eterna lucha sitúa su núcleo con la desmembración del mundo en dos realidades: El mundo modélico y conveniente y el mundo prohibido, que constituye el principio del camino iniciático hacia nosotros mismos, integrando todo aquello que el mundo correcto prohíbe.
Sin la permutación de ambas esferas, sería imposible lograr un equilibrio en la realidad, y por ende, en nuestro interior. Esta visión occidental dicotomiza la entereza de su pensamiento, de manera que la realidad queda siempre constituida por el concepto y su antónimo; lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, Dios y Demonio… Esta dinámica de opuestos provoca un eterno enfrentamiento entre los dos mundos citados.
El espíritu oriental de Siddharta va más allá; obvia la trivialidad del dilema, cediendo el protagonismo al segundo mundo; al interior de cada uno. Tan sólo en una ocasión Siddharta se siente perdido, precisamente cuando entra en el juego veleidoso del resto de la sociedad; en el primer mundo. Aquí se constata la disyuntiva de la búsqueda de uno mismo versus la coexistencia en el mundo.
La orientalidad de Siddharta se desprende de objeto e individuo; se aleja de la guerra, de la sensualidad mundana y todo desencadenante de la misma, proclamando la paciencia, el estoicismo y la meditación. Emil necesita (a Demian), desespera y navega en el vaivén de lo terreno, y sin embargo ambos individuos, ambos arquetipos del individuo, persiguen idéntico ideal; a sí mismos.
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El girasol: Un símbolo de búsqueda constante
Regalar un girasol tiene varios significados pero si tuviera que destacar uno, sin lugar a dudas, sería que estás diciendo «eres un sol«. Y es que aunque las plantas y flores dependen del sol en el caso del girasol hay algo más, hay una relación más allá del simple recibir, el girasol no espera, va en busca del sol. Es característica de los girasoles jóvenes seguir al sol en todo su trayecto, desde que nace por la mañana y hasta que muere al anochecer.
Si alguna vez te encuentras con girasoles que no miran hacia el sol, no te asustes, no es debido al calentamiento global ni a ningún efecto extraño de la naturaleza. Simplemente es que no son girasoles jóvenes, éstos son los que siguen al sol, los de más «avanzada edad» se orientan hacia el este y así permanecen, lo más llamativo es que por la noche se inclinan como si estuvieran durmiendo.
El amarillo de sus pétalos y el verde tanto del centro de la flor como de las hojas, hacen de ésta una bonita flor capaz de revalorizar la decoración de cualquier espacio. De aspecto romántico y elegante, pero sin tener esa imagen de flor demasiado edulcorada y pomposa, el girasol es capaz de irradiar luz a cada parte de nuestra casa.
El girasol es una flor “simpática”, que gusta tanto a hombres como a mujeres y niños. El Girasol es una planta herbácea que podemos encontrar en casi todo el mundo. Los girasoles son plantas de gran tamaño, pueden llegar a alcanzar entre los 3 y 5 metros de altura en algunos casos. Su flor es de un inconfundible color amarillo. Estas flor brota en los meses de otoño y verano que es cuando alcanza su mayor maduración, que es en este momento donde podemos distinguir las “pipas de girasol”. El Girasol es originario de América, llegando después a América central.
España es uno de los países del sur de Europa con más tradición en el cultivo de este tipo de flores, por lo que llegará a tu destinatario sin problema, fresca, radiante y son ese color que tanto nos gusta.
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La resurrección y el ciclo del sol
Así dice el Credo de los cristianos: “creo en la resurrección de la carne”. Pero yo creo también en la resurrección de la carne en el más acá. Lo creo y lo espero. Y esto es fruto de mi camino personal de encuentro con el sufrimiento y la vulnerabilidad humana en los contextos en los que me he movido. Mi fe se va transformando también gracias al estudio de la teología que enseña el Señor sufriente con su rostro interpelador: el del pobre y el enfermo.
Yo creo que cada vez que nos “ponemos en pie”, resucitamos. Cada vez que conseguimos que triunfe la vida y el amor sobre cualquier forma de muerte y de límite humano, apostamos y experimentamos la resurrección. Y eso es lo que yo espero, que nazca de nuevo nuestra carne, la carne, la salud en nuestro modo de concebir “la carne”. Nace de nuevo la carne cuando ha habido una herida y vemos que al curarse, crece. Nace de nuevo la carne cuando un órgano que no funcionaba ha recuperado su funcionalidad.
Cada día, cuando sale el sol, siento que resucito al alba, a la relación, a la carne. Me pongo en pie (porque puedo), pero podemos todos, al menos simbólicamente, para afrontar las cosas de la vida. También la relación de ayuda produce resurrección: cada vez que empujo a otro para que supere cualquier dificultad, he sido instrumento de resurrección.
Espero en la resurrección de un nuevo modo de mirar, de un nuevo modo de tocar, de un nuevo modo de escuchar, de un nuevo modo de gustar de las cosas y de la vida, de un nuevo modo de oler cuanto nos rodea. Confío en que cambie la connotación del color negro que Platón pone uno de los caballos del mito del auriga y el carro alado en Fedro.
Sin embargo, si escuchamos allá en el corazón, en alguno de los últimos rincones, no podemos más que reconocer que la muerte no puede tener la última palabra. La experiencia del amor es más fuerte que la de la muerte.
La Navidad y el solsticio de invierno
Los Evangelios no nos indican el día en que nació Jesús. Esto no significa que ese día no fuera importante para los primeros cristianos o para los propios evangelistas. Probablemente, no encontramos este dato en los Evangelios porque no forma parte de su objetivo. Los Evangelios, como san Juan apunta, no lo pueden contener todo.
Si miramos las pruebas escritas, el Cronógrafo del 354 se considera el documento más antiguo que hace referencia al 25 de diciembre como la fecha consolidada del nacimiento de Cristo. En la VIII calenda de enero (25 de diciembre) está anotado: «Nace Cristo en Belén de Judea». Por un lado, la hipótesis del cálculo se basa en sumarle nueve meses a la fecha tradicional de la Anunciación, el 25 de marzo. Por otro lado, la teoría de la historia de las religiones propone que la fecha de la Navidad no se fijó hasta ese siglo IV. Según esta teoría, el emperador romano Aureliano fijó en el 274 la fiesta del nacimiento del dios Sol, Sol Invicto, el 25 de diciembre. En el calendario juliano, ese día corresponde al solsticio de invierno: el primer día de aumento de las horas solares.
Concretamente, la idea de que el nacimiento de Jesús se fija sustituyendo o compitiendo con el nacimiento del dios Sol la capitanearon Usener y Heim entre 1899-1905. La aproximación de Usener es doble: por un lado, presenta el culto de Sol Invicto como un competidor del Cristianismo; y, por otro, presenta el día natal de Jesucristo como una fecha aún sin importancia que podía usarse para «tapar» o «apropiarse» del día natal de Sol Invicto.
Sin embargo, Hijmans demuestra que el culto solar romano nunca desapareció, y que la diferenciación entre Sol Indiges y Sol Invicto es imposible de probar. Por otra parte, Usener se apoya en textos cristianos que parecen hablar de la Navidad en esos términos, implícita o explícitamente.
Hijmans sí opina que la Navidad se fijó en el solsticio de invierno por su simbología, aunque sin tener en cuenta que ya se celebrara (o no) el nacimiento de Sol Invicto en ese día. Al leer el tratado anterior entero, es fácil llegar a esta conclusión. El autor explica durante todo el tratado la arquitectura cósmica derivada de que Cristo fuera concebido en el equinoccio vernal y san Juan Bautista, en el otoñal, y que Cristo naciera en el solsticio de inverno y san Juan Bautista, en el de verano.
Específicamente, la fecha de la Pascua. Este es un tema muy extenso, y ya se publicó en este mismo boletín un artículo[8], pero diremos de forma sintética: la Pascua, la primera luna tras el equinoccio vernal, era la fecha más importante del año por decreto divino desde el Deuteronomio.
La fiesta central, desde el primer año del cristianismo, fue la Resurrección del Señor. Sabemos que la espiritualidad y la liturgia cristiana más primitiva estaban fuertemente ligadas con el concepto de la Parusía, la venida del Señor. Sin duda, la interpretación más directa de la Parusía es la Pascua, pero no es la única.
Esta dualidad de la venida del Señor se traduce en dos polos complementarios del año litúrgico: Resurrección y Navidad. Los paralelismos resultan evidentes si nos fijamos. La Resurrección es precedida por un tiempo penitente (Cuaresma), tiene su tiempo propio (Pascua) que finaliza con Pentecostés. El tiempo litúrgico, como las estaciones, sigue un mismo ciclo repetitivo que tiene dos grandes días de cambio: la Pascua y la Navidad. Ciertamente, la fiesta central siempre fue la Pascua, y de ahí se desprendió la Navidad.
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