Dios Envió a Su Hijo Nacido de Mujer: Un Significado Profundo
Al comienzo de un nuevo año que el Señor nos concede, es hermoso poder elevar la mirada de nuestro corazón a María. Ella, siendo Madre, nos evoca la relación con el Hijo; nos remite a Jesús, nos habla de Jesús, nos orienta hacia Jesús. De ese modo, la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, nos introduce nuevamente en el misterio de la Navidad.
El apóstol Pablo sintetiza este misterio afirmando que «Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer» (Gál 4, 4). Nacido de una mujer. Esta expresión nos remite ante todo a la Navidad: el Verbo se hizo carne.
El apóstol Pablo especifica que nació de una mujer, como si sintiera la necesidad de recordarnos que Dios se hizo verdaderamente hombre a través de un vientre humano.
Hay una tentación, que atrae hoy a muchas personas y que puede seducir también a muchos cristianos: imaginar o fabricarnos un Dios «abstracto», vinculado a una vaga idea religiosa, a alguna agradable emoción pasajera. En cambio, es real, es humano: nació de una mujer, tiene un rostro y un nombre, y nos llama a relacionarnos con Él.
Cristo Jesús, nuestro Salvador, nació de una mujer; tiene carne y sangre; procede del seno del Padre, pero se encarna en el vientre de la Virgen María; viene de lo alto del cielo, pero habita en las profundidades de la tierra; es el Hijo de Dios, pero se hizo Hijo del hombre. Él, imagen de Dios omnipotente, vino en la debilidad; y aun sin haber conocido el pecado, «Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro» (2 Cor 5, 21).
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La Humanidad de Cristo en la Fragilidad
Nacido de una mujer. Esta expresión nos habla también de la humanidad de Cristo, para decirnos que Él se revela en la fragilidad de la carne. Se encarnó en el vientre de una mujer, naciendo como todas las criaturas, de esa manera Él se muestra en la fragilidad de un Niño.
Por eso los pastores, cuando fueron a ver con sus propios ojos lo que el Ángel les había anunciado, no hallaron signos extraordinarios ni manifestaciones grandiosas, sino que «encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre» (Lc 2, 16). Encontraron a un niño indefenso, frágil, necesitado del cuidado de su madre, necesitado de pañales y de alimento, de caricias y de amor.
San Luis Grignion de Montfort decía que la Sabiduría divina «no quiso, aunque hubiera podido hacerlo, entregarse directamente a los hombres, sino que prefirió comunicárseles por medio de la Santísima Virgen, ni quiso venir al mundo a la edad del varón perfecto, independiente de los demás, sino como niño pequeño y débil, necesitado de los cuidados y asistencia de una Madre» (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 139).
Y en toda la vida de Jesús podemos ver esta elección de Dios, la elección de la pequeñez y el ocultamiento; Él no cederá nunca al esplendor del poder divino para realizar grandes signos e imponerse sobre los demás como le había sugerido el diablo, sino que revelará el amor de Dios en la belleza de su humanidad, habitando entre nosotros, compartiendo la vida ordinaria hecha de fatigas y de sueños, mostrando compasión por los sufrimientos del cuerpo y del espíritu, abriendo los ojos de los ciegos y reanimando a los extraviados de corazón.
Hermanas y hermanos, es hermoso pensar que María, la joven de Nazaret, nos conduce siempre al misterio de su Hijo, Jesús. Ella nos recuerda que Jesús viene en la carne y, por eso, el lugar privilegiado donde es posible encontrarlo es sobre todo en nuestra vida, en nuestra humanidad frágil, en la de quienes pasan a nuestro lado cada día.
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Invocándola como Madre de Dios, afirmamos que Cristo ha sido generado por el Padre, pero nació verdaderamente del vientre de una mujer. Afirmamos que Él es el Señor del tiempo, pero habita este tiempo nuestro, también este nuevo año, con su presencia de amor. Afirmamos que Él es el Salvador del mundo, pero podemos encontrarlo y debemos buscarlo en el rostro de todo ser humano.
Confiémosle entonces este nuevo año que comienza a María, Madre de Dios, para que también nosotros aprendamos como Ella a hallar la grandeza de Dios en la pequeñez de la vida; para que aprendamos a cuidar de toda criatura nacida de una mujer, sobre todo protegiendo el don precioso de la vida, como lo hizo María: la vida en el vientre materno, la vida de los niños, la de aquellos que sufren, la vida de los pobres, la vida de los ancianos, la de quienes están solos, la de los moribundos.
Y hoy, en la Jornada Mundial de la Paz, todos estamos llamados a aceptar esta invitación que brota del corazón materno de María: proteger la vida, hacernos cargo de la vida herida ―hay tanta vida herida―, dignificar la vida de cada «nacido de mujer»; es la base fundamental para construir una civilización de la paz.
María, Madre de Dios y Madre nuestra, nos espera precisamente ahí, en el belén. También a nosotros, como a los pastores, nos muestra al Dios que nos sorprende siempre, que no viene en el esplendor de los cielos, sino en la pequeñez de un pesebre. Encomendémosle a ella este nuevo año jubilar, entreguémosle a ella los interrogantes, las preocupaciones, los sufrimientos, las alegrías y todo lo que llevamos en el corazón. ¡ella es madre!
La Plenitud de los Tiempos
La lectura comienza diciendo: "Cuando llegó la plenitud del tiempo" La palabra "pleroma" se refiere a algo que está lleno, puede querer decir también integridad, totalidad, consumación. Algunos comentaristas han pretendido ver que Jesús vino durante la Pax Romana, un período de paz relativa provocado por el hecho de que los romanos habían conquistado la mayor parte del mundo conocido y habían construido las vías romanas facilitaban mucho los desplazamientos y en consecuencia facilitar la difusión del Evangelio.
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La palabra "pleroma" tiene un sentido más teológico que histórico. La expresión es de origen apocalíptico. Esta literatura es muy aficionada a contar tiempos, épocas y períodos. Los cómputos de la apocalíptica tienen generalmente un sentido marcadamente mesiánico. En este sentido, el término interesa a Pablo. Dios es señor de la historia y tiene un proyecto, tiene un designio que es el de enviar a su propio Hijo a fin de liberar a quienes viven bajo la Ley.
En este sentido es ilustrativo el texto de Efesios: “Nos ha dado a conocer su designio secreto, la decisión benévola que había tomado para ejecutarla en la plenitud de los tiempos: ha querido unir en Cristo todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra” (Ef 1,9-10). Plenitud del tiempo significará también que ha llegado el momento del cumplimiento de las profecías.
Llama la atención la expresión que aparece en el texto "nacido de mujer" sin ninguna referencia al nacimiento virginal de Jesús. ¿Desconocía Pablo la tradición que explicaba el nacimiento de Jesús de una madre virgen?, ¿la conocía pero deliberadamente no quiere hablar de ella?, ¿da por conocida esta tradición por sus comunidades y considera que no viene al caso hablar de ella?
En nuestro texto la expresión "nacido de mujer" aparece junto a "nacido bajo la ley" lo que pone de manifiesto que Pablo está pensando en la precariedad de la existencia de Jesús que asume una existencia humana para salvarnos. Lo dice bien claro la carta a Filipenses “Se hizo nada: tomó la condición de esclavo y se hizo parecido a los hombres. Tenido por un hombre cualquiera, se bajó y se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”. Dios envió a su hijo para que nosotros que vivíamos bajo Ley recibiéramos la condición de hijos. Este pequeño fragmento insiste en la filiación. Recibimos la condición de hijos por adopción.
La huiothesia, la adopción, era un término técnico en el derecho romano para referirse a un acto que tenía efectos jurídicos y sociales y mediante el cual una persona adquiría los mismos derechos y tenía las mismas obligaciones que un hijo legítimo que lo era por nacimiento o por también por adopción.
La Encarnación: Un Misterio de Humildad y Libertad
Este es probablemente el momento cumbre de la Epístola, en el que Pablo anuncia el cumplimiento de la salvación. Dios Padre interviene en el curso de la historia con un acontecimiento extraordinario, pues ha llegado la plenitud (en griego: «el llenado») de los tiempos: el tiempo mesiánico. Las épocas que precedieron a este punto de inflexión no son sólo un período previo, sino un tiempo de preparación y expectación para el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento. Ahora se han hecho realidad porque ha comenzado el tiempo del Mesías, y es el tiempo nuevo, definitivo, el tiempo de la salvación: Dios ha enviado a su propio Hijo, Jesús, «nacido de mujer, nacido bajo la Ley» (Gal 4,4).
En una síntesis extraordinaria, el Apóstol presenta el misterio de la Encarnación: en primer lugar, la preexistencia divina de Jesús, que es Dios e Hijo de Dios; después, su naturaleza humana: el Hijo es al mismo tiempo hijo del hombre, puesto que es engendrado por una madre. «Nacido de mujer» significa que Jesús nació verdaderamente hombre, desde el primer momento de su concepción y entrada en el mundo: una humanidad como la nuestra, necesitada de cuidados, atención, ternura, amor.
Sin embargo, enseguida se dice que no se trata de una humanidad gloriosa: el anuncio, por el contrario, revela la humillación de Jesús desde su nacimiento. La primera expresión que subraya la humillación de Jesús es precisamente el haber «nacido de mujer». En la Biblia, la fórmula indica la condición humana, la fragilidad y la corruptibilidad de la carne, la precariedad de la existencia y la incertidumbre del presente. Job lo dice claramente: «El hombre, nacido de mujer, tiene una vida breve y llena de problemas. Brota como una flor y se marchita, se esfuma como la sombra, sin detenerse» (Job 14:1-2).
F. Karl Rahner medita sobre el significado de «hacerse carne»: «La eternidad se ha hecho tiempo, el Hijo se ha hecho hombre, la Idealidad, el Logos que abarca y penetra toda la realidad, se ha hecho carne, y el tiempo y la vida humana se han transformado: porque Dios mismo ha tomado carne humana. […] Ahora que se ha hecho verdaderamente hombre, este mundo con su destino está cerca de Su corazón. Ahora no es sólo Su obra, sino una parte de Sí mismo. […] Ahora Él también está en nuestra tierra, donde no goza de una existencia mejor que la nuestra, donde ningún privilegio le fue asegurado, sino cada parte de nuestro destino: hambre, cansancio, hostilidad, angustia de tener que perecer y muerte miserable. La verdad más improbable es ésta: la infinitud de Dios ha penetrado en la angustia humana, la dicha ha asumido la tristeza mortal de la tierra, la vida ha recibido en sí misma la muerte».
La segunda expresión que acentúa la humillación es haber «nacido bajo una Ley» (en griego no hay artículo). Jesús no es sólo un hombre entre los hombres, sino también un judío: está sometido a la ley mosaica. Por eso vino en condición de esclavo: la situación del hombre antes de la venida mesiánica, debida precisamente a la Ley (cf Gal 4,5), es decir, a una norma externa, a la que hay que someterse, obedecer, y que conlleva incluso la pena de muerte.
Sin embargo, lo que podría parecer sólo humillación, paradójicamente se abre a una dimensión positiva de libertad y fraternidad: Jesús nació bajo la Ley para redimir a los que eran esclavos de la Ley. Asumió la carne que lleva consigo con las consecuencias del pecado para transformar la realidad del pecado en una lógica de amor. Así se cumple el misterio de la encarnación, que nos da a Jesús, pero que también exige una colaboración insustituible: Dios necesita a los hombres. El que haya «nacido de mujer» presupone una madre para nacer; el que haya «nacido bajo la Ley» implica un padre «legal», que le permita entrar en la dinastía mesiánica.
La Adopción como Hijos de Dios
Al salvarnos, Jesús se hace hermano nuestro y nos convierte en hijos de Dios. Pablo utiliza un término técnico jurídico: «para que recibiéramos el ser hijos adoptivos» (Gal 4:5b). La nueva realidad es, pues, ser hijos adoptivos, miembros de la familia de Dios: ella establece una relación singular, íntima, totalmente personal con el Padre. Con una consecuencia más: ser «hijos» conlleva el don del Espíritu, el Espíritu de Jesús y del Padre. El bautismo, es decir, la inmersión en el Hijo, vuelve a proponer en nuestro corazón la relación personal con Dios y nos permite gritar: «Abbà, Padre» (v. De esto sigue una cristología que es al mismo tiempo soteriología: «¡El Hijo es enteramente Hijo para nosotros!» (F. Mussner, La lettera ai Galati, Brescia, Paideia, 1987, 422).
Nace en la historia por nosotros: un acontecimiento que transforma el mundo y marca indeleblemente la historia. Esta es la Navidad según Pablo. La venida de Jesús puso fin al «nada nuevo bajo el sol» del sabio Qohelet (Ec 1,9) y destruyó la sabiduría de los antiguos filósofos, según la cual todo se repetía cíclicamente con un eterno retorno. Ahora se da la mayor novedad jamás revelada en el pasado, la única novedad que cuenta en la historia: es la novedad de Dios que asume en el Hijo, el Emmanuel, el «Dios con nosotros» (Mt 1,22), la historia del hombre.
En la Epístola a Tito, fiel discípulo de Pablo, la Navidad se presenta bajo una luz diferente: «Porque la gracia de Dios que salva se manifestó a todos los seres humanos, educándonos para que, rechazando la impiedad y los deseos desordenados, llevemos en este tiempo presente una vida sobria, recta y religiosa» (Tit 2,11-12): una página importante para orientar la vida del cristiano.
La gracia de Dios, su bondad, su amor (en griego es philanthrōpia) nos han salvado, por el bautismo, de la esclavitud de toda clase de «deseos desordenados y placeres diversos», y de vivir en la maldad y la envidia, odiando y aborreciéndonos unos a otros (cf Tit 3,3). Se trata de un punto de inflexión definitivo no sólo en la historia, sino también en la vida del cristiano: la Carta a Tito afirma que «esto es bueno y útil para todos» (Tit 3,8).
También es esclarecedor el modo en que la Vulgata traduce al latín la philanthrōpia del texto griego (cf Tito 3,4). Para celebrar la divinidad de Dios, traduce - con un golpe de genio - philanthrōpia con «humanidad» (humanitas), como para indicar que, frente a nosotros, la bondad y el amor divinos son humanitas. Nuestro Dios es «humano», y la humanidad es la celebración de su divinidad.
Celebramos la Navidad con luces, cantos y fiestas que nos conmueven íntimamente, pero no debemos olvidar que la belleza de la celebración navideña para el cristiano es el testimonio de la vida bautismal, es la perseverancia en la gracia, en la vida nueva en Cristo, en el darse a sí mismo a los hermanos, en lo humano que hay que compartir con los demás y que el Señor Jesús, Hijo de Dios, nos ha revelado al hacerse hombre por nosotros.
El Nacimiento de María: Aurora de la Salvación
El 8 de septiembre celebramos el Nacimiento de la Virgen María o Natividad de María. Muchos siglos habían pasado desde que Dios, en los umbrales del Paraíso, prometiera a nuestros primeros padres la llegada del Mesías. Cientos de años en los que la esperanza del pueblo de Israel, depositario de la promesa divina, se centraba en una doncella, del linaje de David, que concebirá y dará a luz un Hijo, a quien pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios con nosotros (Is 7, 14).
Generación tras generación, los piadosos israelitas esperaban el nacimiento de la Madre del Mesías, aquella que ha de dar a luz, como explicaba Miqueas teniendo como fondo la profecía de Isaías (cfr. A la vuelta del exilio en Babilonia, la expectación mesiánica se hizo más intensa en Israel. Una ola de emoción recorría aquella tierra en los años inmediatamente anteriores a la Era Cristiana. Muchas antiguas profecías parecían apuntar en esa dirección. Hombres y mujeres esperaban con ansia la llegada del Deseado de las naciones.
Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos (Gal 4, 4-5). Dios se esmera en elegir a su Hija, Esposa y Madre.
Con razón la liturgia pone en labios de María unas frases del Antiguo Testamento: me establecí en Sión. Hasta que nació María, la tierra estuvo a oscuras, envuelta en las tinieblas del pecado. Con su nacimiento surgió en el mundo la aurora de la salvación, como un presagio de la proximidad del día.
«Estos primeros documentos, tal como son leídos en la Iglesia y son entendidos bajo la luz de una ulterior y más plena revelación, cada vez con mayor claridad, iluminan la figura de la mujer Madre del Redentor; bajo esta luz, es insinuada proféticamente en la promesa de victoria sobre la serpiente, dada a nuestros primeros padres caídos en pecado (cfr. «También Ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emmanuel (cfr. Is 7, 14; Mi 5, 2-3; Mt 1, 22-23). Sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que de Él esperan con confianza la salvación.
«Mirad a María, hermosa como la luna, pulchra ut luna. Es una manera de expresar su excelsa belleza. ¡Qué hermosa debe de ser la Virgen! ¡Cuántas veces nos ha impresionado la belleza de una cara angelical, el encanto de la sonrisa de un niño, la fascinación de una mirada pura! Ciertamente, en el rostro de su propia Madre, Dios ha recogido todos los resplandores de su arte divino. ¡La mirada de María! ¡La sonrisa de María! ¡La dulzura de María! ¡La majestad de María, Reina del cielo y de la tierra! Como brilla la luna en el cielo oscuro, así la hermosura de María se distingue sobre todas las hermosuras, que parecen sombras junto a Ella. María es la más hermosa de todas las criaturas. No es sólo la belleza natural la que se refleja en aquel rostro. Dios ha revestido su alma con la plenitud de sus riquezas por un milagro de su omnipotencia y ha hecho pasar a la mirada de María algo de su dignidad sobrehumana y divina.
«Pero la Iglesia no compara a María tan sólo a la luna; sirviéndose también de la Sagrada Escritura (cfr. Ct 6, 10), pasa a una imagen más intensa y exclama: ¡Tú eres, María, electa ut sol , elegida como el sol! La luz del sol tiene una gran diferencia con la de la luna: es luz que calienta y vivifica. Bajo la luz y el calor del sol florecen sobre la tierra y dan su fruto las plantas; bajo el influjo y la ayuda de este sol que es María, fructifican en las almas los buenos pensamientos.
María, Madre de Dios: Un Dogma Cristocéntrico
Hoy celebramos la fiesta de María Madre de Dios, con esta fiesta termina la octava de la Navidad. El título dado a María, "Madre de Dios" es el dogma central de la mariología, y la base de todos los demás dogmas, a su vez se trata de un dogma cristocéntrico, pues como toda verdad mariana tiene su origen y fin en Jesucristo. Responde este dogma al dilema de las dos naturalezas de Cristo, unidas sin confusión en una persona divina. María es madre de una persona, no de una naturaleza ( trozo de carne), toda madre da a luz a un hijo y ese hijo por el mero hecho de llamarse "hijo" es una persona, por tanto, Cristo también fue "hijo de María", luego María da a luz a una persona, esta persona es la segunda persona de la Trinidad, es persona divina, se llama Jesús. Al ser madre de una persona divina, una persona que es Dios, entonces ella es Madre de Dios.
En estos tres concilios ecuménicos se establece el dogma de la maternidad divina y se recuerda posteriormente lo mismo. Podemos preguntarnos ¿Era necesario definir este dogma? La respuesta es sí, y lo era porque necesitaba salvaguardarse la divinidad de Cristo.
Años antes del Concilio de Éfeso, había un obispo llamado Nestorio que afirmaba que María no era Madre de Dios (Theotokos en griego) sino que era simplemente la Madre de Cristo. De esta manera lo que Nestorio hacía era dividir la persona de Cristo en dos, una persona humana y una persona divina. María vendría a ser la madre de la persona humana de Cristo y no de su persona divina pero la Escritura y los santos Padres nunca hablaron de dos personas en Cristo. Además, que esto carecería de sentido porque anularía el sacrificio de Cristo en la Cruz pues quién murió fue un simple hombe y no Dios mismo. Es por ello, que la iglesia tuvo que establecer el concepto de persona y afirmar claramente que en Cristo solo hay una persona, la cual sería la divina, pero posee dos naturalezas: la divina, que es eterna y procede del Padre y la humana, creada en el seno de María en la plenitud de los tiempos (Gálatas 4,4). Estas dos naturalezas son indivisibles y conforman la persona divina de Cristo. María es madre de la persona no de la naturaleza solamente.
Afirmar María es solo la madre de la naturaleza humana de Cristo, es afirmar dio a luz a un trozo de carne inanimado, y eso es absurdo, pues las mujeres dan a luz a personas.
La Biblia y la Maternidad Divina
Veamos algunos pasajes de la Biblia que nos hablan sobre la maternidad divina:
- Lucas 1,43: ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Es importante señalar, que Santa Isabel usa la palabra griega Κυρίου que significa Señor (Kyrios). Esta palabra es usada en las Escrituras solamente para referirse a Dios Padre y también a Jesús, Dios hijo.
- Mateo 1,23: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. Si Emanuel es Dios con nosotros, significa entonces que María es madre “del Dios con nosotros”. Es similar a decir Madre de Dios.
- Gálatas 4,4: Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley. San Pablo enseña es Hijo de Dios e Hijo de mujer, pues es nacido de mujer y engendrado por el Padre. Ese Hijo de Dios ya existía antes del "cumplimiento del tiempo" pues San Pablo dice fue enviado a Nacer bajo la ley y de mujer. Por tanto, el Hijo de Dios existía como Hijo del Padre desde la eternidad. Este niño que nace tiene a Dios por Padre y a María por madre. Del Padre adquiere lo divino, por eso se llama "Hijo" y de la madre lo humano, por eso se escribió "nacido de mujer".
Finalmente dos palabras Hijo y nacido de. Hijo, significa que tienes la misma esencia o naturaleza de tu Padre, por ende, al ser Hijo de Dios tiene naturaleza divina. Cuando, dice “nacido de” significa que la Mujer es su madre y que de ella hereda la naturaleza humana. Pero, como es una persona el «Hijo» debe por tanto creerse que María dio a luz al Hijo de Dios, persona divina con dos naturalezas, humana y divina indivisibles.
Los Santos Padres y la Maternidad Divina
Con estos textos pretendo demostrar como se ha venido creyendo en este dogma mariano desde los primeros siglos del cristianismo. En aquel tiempo no existían dudas sobre que María había dado a luz a Dios, pronto en el siglo III se la llamará Theotokos, o sea Madre de Dios.
- San Ignacio de Antioquia (106 D.C): "Pues nuestro Dios, Jesucristo, fue concebido por María de acuerdo con el plan de Dios".
- Arístides de Atenas (130 D.C): "Y engendrado de una virgen santa sin germen ni corrupción, tomó carne y apareció a los hombres, para apartarlos del error de los muchos dioses".
- San Dionisio de Alejandría (250 D.C): "María, Virgen Madre de Dios".
- Félix (269-274 D.C): "Creemos en nuestro Señor Jesucristo, nacido de la Virgen María, que Él es el Hijo eterno y el Verbo de Dios".
- San Gregorio Taumaturgo (260 D.C): "Para Lucas, en los relatos de los evangelios inspirados, ofrece un testimonio no sólo a José, sino también a María, la Madre de Dios".
- Alejandro de Alejandría (313 D.C): "derivado de la Madre de Dios".
- San Atanasio (325 D.C): "de la Virgen María, la Madre de Dios”.
- San Gregorio Nacianceno (380 D.C): "Si alguien no está de acuerdo en que Santa María es la Madre de Dios, está en desacuerdo con la Divinidad".
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