El Origen del Modernismo Literario: Un Vendaval de Creatividad
El modernismo literario emergió como un vendaval de creatividad que transformó la literatura en español a finales del siglo XIX. Se considera a Rubén Darío, escritor nicaragüense, el creador de este movimiento literario.
Orígenes del término 'modernismo' y contexto histórico
El término modernismo nació cargado de ironía. Derivado del francés modernisme, inicialmente se usó de forma despectiva hacia 1880 para describir las innovaciones literarias que rompían con el realismo dominante. Su gestación coincidió con un momento histórico crucial: mientras América Latina consolidaba su identidad tras la independencia de las provincias americanas del antiguo Imperio Español, España enfrentaba la crisis del 98 tras perder sus últimos territorios de ultramar. En 1898 tuvo lugar un acontecimiento que marcó profundamente a todos los españoles: el desastre del 98. Se denomina con este nombre a la pérdida de las últimas colonias españolas: Cuba y Filipinas. En esta época se agravan los problemas sociales, que habían aparecido con la implantación de la Revolución Industrial. En el siglo XX continúa la inestabilidad política del siglo anterior.
Todos estos problemas políticos y sociales influyen poderosamente en la cultura española y aparecen dos movimientos literarios, el Modernismo y la Generación del 98, que, en el fondo, son dos caras de la misma moneda, ya que ambos son una consecuencia del malestar que produce en las personas todos los acontecimientos que están ocurriendo.
El punto de inflexión llegó en 1888 con Azul..., obra del nicaragüense Rubén Darío. Este poemario, donde conviven cisnes mitológicos y paisajes parisinos, sintetizó las aspiraciones del movimiento: perfección formal, cosmopolitismo y una sensualidad que desafiaba el puritanismo decimonónico.
Máximos Exponentes del Modernismo: Una Constelación Transatlántica
Rubén Darío (1867-1916) se erige como el núcleo de este movimiento. Su trilogía esencial -Azul... (1888), Prosas profanas (1896) y Cantos de vida y esperanza (1905)- definió la estética modernista, combinando metros innovadores como el alejandrino con imágenes de seductora plasticidad. Junto a él destacan figuras como el cubano José Martí (1853-1895), cuyo Ismaelillo (1882) anticipó el lirismo intimista modernista, y el colombiano José Asunción Silva, autor de Nocturnos que transformaron el dolor personal en arte universal.
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En España, el modernismo se entrelazó con la Generación del 98. Antonio Machado, en su etapa inicial, y Ramón María del Valle-Inclán, con sus Sonatas, absorbieron la herencia dariana aunque luego evolucionaron hacia preocupaciones más existenciales.
Al hablar de la literatura española de finales del siglo XIX y principios del XX, los libros más antiguos y casi todos los recientes de carácter divulgativo mantienen la dicotomía Generación del 98 / Modernismo. Se trata de rotulaciones que han sobrevivido durante décadas, no tanto por su validez científica como por su indiscutible utilidad didáctica.
Lo cierto es que cuando, en 1913*, Azorín ideó el concepto de generación del 98, hacía ya muchos años que se hablaba de modernismo. De hecho, ya en el Diccionario académico de 1899 se definía el modernismo como una “afición excesiva a las cosas modernas con menosprecio de las antiguas, especialmente en arte y literatura”.
Por entonces, a la palabra se le daba un significado no coincidente con el que hoy sigue siendo más habitual fuera del ámbito de la investigación universitaria: corriente literaria, fundamentalmente poética (aunque no falten ejemplos narrativos), aparecida en Hispanoamérica a finales del siglo XIX, que se caracteriza por su interés más por la forma que por el contenido, utilizando para ello un estilo refinado y sensual, con abundancia de palabras excéntricas (neologismos, arcaísmos) y de recursos expresivos sonoros y coloristas (el azul es el color preferido), que terminaron resultando demasiado retóricos y artificiales para sus críticos, pero que, sin duda, renovaron la escritura realista dominante en la época.
Si el lenguaje del realismo y el naturalismo decimonónicos se dirigía a un público mayoritario, el del modernismo apunta a una minoría selecta y exquisita, proclive al deslumbramiento producido por adjetivos atípicos y por otras rarezas y exotismos.
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Las páginas modernistas se poblaron, por un lado, de suntuosidades, lujos, jardines, lagos, pavos reales, nenúfares, flores de lis, piedras preciosas, mármoles, ocasos, ninfas y princesas residentes en lugares exóticos, y por otro de melancólicas inquietudes místicas, oníricas, sexuales y estéticas que pueden resumirse en la palabras hiperestesia y neurastenia. Todos estos elementos encarnan el ideal modernista de belleza.
En las historias de la literatura tradicionales, Bécquer y Rosalía de Castro eran considerados poetas románticos que escribían en un tiempo que ya había dejado atrás el romanticismo. Hoy, el papel que se les adjudica es el de avanzadillas del modernismo.
Quizá ningún movimiento literario contemporáneo se desarrolle en un marco cronológico tan difuso como el del modernismo, que hay quien llega a encuadrar entre 1880 y nada menos que 1940. La Segunda Guerra Mundial, pues, representaría el punto final de la era moderna o modernista.
En 1902 el debate sobre el modernismo había alcanzado la categoría de tema polémico. En ese año, la revista Gente Vieja, reducto de los escritores de cierta edad, planteaba una encuesta sobre el tema. Las respuestas permiten apreciar la desorientación existente a principios de siglo sobre lo que debía entenderse por modernismo.
Esa misma desorientación revelan las siguientes palabras de otro poeta español muy próximo a la sensibilidad modernista, Manuel Machado, que en el primer número de la revista Juventud (1901) afirmaba: “Y por Modernismo se entiende… todo lo que no se entiende. Toda la evolución artística que de diez años, y aun más, a esta parte ha realizado Europa, y de la cual empezamos a tener vagamente noticia”.
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Los escritores de los dos últimos bloques se sentían los representantes de la modernidad y tenían en común un deseo de renovación.
Para las interpretaciones más recientes, tan modernistas son quienes oteaban la modernidad desde su atalaya reflexiva sobre el ser español (los antes llamados noventayochistas) como los que se instalaban en una plataforma más estrictamente literaria, desde la cual adornaban la realidad con un lenguaje rico y colorista (los en otro tiempo denominados modernistas).
Ciertamente, las interferencias entre los escritores de los bloques b y c son abundantes. La evocación de Juan Ramón Jiménez en un texto publicado en La corriente infinita es clarificadora: dice haber oído, al llegar a Madrid, llamar modernistas a Rubén Darío, a Benavente, a Baroja, a Azorín y a Unamuno.
Otra ilustración: en 1904 Pardo Bazán escribe sobre la nueva generación de narradores y ahí, por ejemplo, son modernistas Baroja, Azorín y Valle-Inclán. Era habitual, por otra parte, encontrar en la misma revista textos de escritores modernistas y noventayochistas. En definitiva, las fronteras entre uno y otro grupo eran entonces tan borrosas como hoy se lo parecen a la mayor parte de los críticos.
En realidad, los testimonios antimodernistas de los escritores tradicionalmente considerados del 98 se dirigieron más contra los malos imitadores que contra los fundamentos de la nueva estética. Por ejemplo, para Azorín el modernismo era “una alharaca verbalista”, según escribía en su artículo “Romanticismo y modernismo” publicado en ABC el 3 de agosto de 1908.
En el artículo “Arte y cosmopolitismo” publicado en La Nación de Argentina y reproducido en Contra esto y aquello (1912), Unamuno escribía: “Es dentro y no fuera donde hemos de buscar al hombre… Eternismo y no modernismo es lo que quiero; no modernismo, que será anticuado y grotesco de aquí a diez años, cuando la moda pase”. En fin, con su radicalismo habitual, Maeztu, autor de juveniles versos modernistas, habló en la revista Juventud de “la tontería modernista” de “los jóvenes de los lirios y de los nenúfares, las clepsidras y las walpurgis”.
En la tradición española el modernismo, pese a sus orígenes hispanoamericanos, ha estado siempre presente gracias a la adscripción de Rubén Darío a nuestra historia de la literatura. Su modernismo americano, en cualquier caso, es distinto de los españoles de, por ejemplo, Salvador Rueda, Francisco Villaespesa, Eduardo Marquina y el últimamente revalorizado Manuel Machado, a su vez muy diferentes entre sí, hasta el punto de dificultar una consideración unitaria.
En esa misma tradición historiográfica, generación del 98 y modernismo han recorrido caminos distintos, pero siempre paralelos. A ello contribuyó seguramente la difusión del concepto de generación, que había acuñado Julius Petersen en su libro Las generaciones literarias (1930) y que divulgó en España José Ortega y Gasset.
Así, en 1935 Pedro Salinas publicó un artículo en el que defendió la aplicación de la idea al grupo del 98, aunque no pensando en dos corrientes literarias separadas: 98 y modernismo. Sí lo hacía tres años más tarde, cuando hablaba del modernismo como una opción literaria inicialmente de raíz americana que fue entendida por los escritores españoles como una actitud de rebeldía frente a lo antiguo. Otro poeta del 27, Luis Cernada, sostendría más tarde similar diferenciación entre 98 y modernismo.
Desde entonces, mucho ha ido cambiando la opinión de la crítica. Ya en 1934 Federico de Onís había escrito, en su introducción a una Antología de la poesía española e hispanoamericana, que el modernismo era “la forma hispánica de la crisis universal de las letras y del espíritu que inicia hacia 1885 la disolución del siglo XIX y que se había de manifestar en el arte, la ciencia, la religión, la política y gradualmente en los demás aspectos de la vida entera”.
Juan Ramón Jiménez, cuyos inicios como poeta tanto deben al modernismo, avaló el juicio en el periódico La Voz en 1935, avanzando una idea que desarrollaría en un curso sobre el modernismo dictado en 1953. Juan Ramón juzgaba un error “considerar el modernismo como una cuestión poética y no como lo que fue y sigue siendo: un movimiento jeneral teolójico, científico y literario”. Más aún: la llamada generación del 98 “no fue más que una hijuela del modernismo jeneral”
Ricardo Gullón fue ampliando desde los años sesenta esta interpretación, hoy consolidada, de acuerdo con la cual modernista sería toda manifestación estética que pueda considerarse nueva a finales del siglo XIX y principios del XX. Ello obliga a rechazar el concepto de generación del 98 y hablar de modernismo igual que lo hacemos de romanticismo o barroco, por ejemplo: no como una escuela o corriente literaria, sino como un cuerpo de límites muy amplios.
En España, en definitiva, la palabra modernismo debería emplearse en un sentido similar a aquel en que se utilizan otros conceptos extranjeros (aunque no podría identificarse con el término modernismo manejado fuera de nuestro país, que es el equivalente a vanguardia). Nuestro modernismo sería lo que en el ámbito anglosajón fueron el prerrafaelismo y el modern style, en el francés el simbolismo y el art nouveau, en el germánico el Jugendstile, en el italiano el decadentismo, etc.
En 1902 se tradujo en España, se leyó y se comentó ampliamente Degeneración, un libro publicado en Alemania diez años antes por Max Nordau. Su contenido dejaba traslucir el temor al futuro de una civilización occidental sumida en la decadencia y el recreo en la morbosidad. De ello eran responsables, según se exponía en la obra en cuestión, aquellos escritores modernos víctimas de una cierta degeneración mental. De hecho, las censuras al modernismo frecuentemente lo asociaban a los conceptos de degeneración y decadencia.
Decadentes, por ejemplo, se llamó a algunos poetas baudelerianos de los años ochenta en Francia. Para ellos, Los paraísos artificiales (1860), de Baudelaire, fue una obra de referencia, como debió de serlo para Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. Es el malditismo de fin de siglo, con sus conductas asociales derivadas: alcoholismo, drogadicción, homosexualidad.
Y es que el fin de siglo es un tiempo de profundo cambio. Si el creador realista y naturalista creía en el progreso material, el modernista ha perdido la fe en esos valores. Si en el tiempo positivista los nombres más reconocidos eran los de Darwin, Taine y Comte, en la encrucijada del nuevo siglo es el turno de Kierkegaard, Nietzsche y Schopenhauer: al racionalismo ha sucedido el irracionalismo subjetivista.
Zola, el adalid del naturalismo narrativo, era para nuestros escritores de finales del siglo XIX recuerdo de otro tiempo, porque en este nuevo la literatura europea exploraba vías por las que transitaban o habían transitado Tolstoi, Ibsen, Leconte de Lisle, Maeterlinck, Poe, D’Annunzio o Whitman, representantes, junto con los escritores citados en el párrafo anterior, de la modernidad con la que los jóvenes escritores repudiaban la lírica realista de Núñez de Arce y Campoamor y el teatro melodramático de Echegaray.
Si estos últimos autores representan la conformidad con el sistema y la aceptación del orden, los nuevos creadores se sitúan, al menos en principio, en oposición a él. Es la resurrección de la bohemia que ya había sido avanzada por el romanticismo. De su marginalidad negadora del orden social el artista romántico había hecho profesión de fe existencial, aunque se tratara de una marginalidad casi siempre ficticia, como en el caso de un Espronceda de ideas revolucionarias pero cómodamente mantenido en Londres por el dinero enviado por sus padres.
Una de las frases más repetidas por la crítica es esta de Octavio Paz en Los hijos del limo: “El modernismo fue nuestro verdadero romanticismo”. Sin duda, el modernismo tiene mucho de romántico y bastaría para certificarlo la pregunta de Rubén Darío en su “Canción de los pinos” (1906): “¿Quién que es, no es romántico?”.
Romanticismo y modernismo coinciden en su apuesta por la pasión, en detrimento de la razón; en su rechazo del acomodaticio orden burgués, de la mediocridad, de la vulgaridad y de la mezquindad; en su búsqueda de ficticios ambientes en los que evadirse. Al igual que en el romanticismo, en el modernismo se le concede a la mujer un papel relevante como símbolo de aspiraciones idealistas.
Se impone así un nuevo modelo de mujer, distinto del de las novelas realistas y que también habrá de ser diferente del deportivo y masculinizado que encarnará años después la fémina de la vanguardia. La mujer tan bella como perversa, tan voluptuosa como cruel, tan sugestiva como astuta se adueña de la iconografía decadentista retratada por el pintor francés Gustave Moreau.
La conexión entre el mundo romántico y el modernista no puede sorprender, ni en este punto ni en ningún otro, porque cada ismo, como cada generación, tiene la costumbre de saltar por encima del padre al que repudian, pero, impulsado por la necesidad de un asidero que lo salve del vacío de la nada, respeta habitualmente la figura del abuelo. El modernismo, fiel a la costumbre, salta por encima del padre realista para abrazar al abuelo romántico, al que tanto debe.
Como casi todo movimiento estético, el modernismo niega lo anterior. En lo literario, el realismo; en lo político, el canovismo de la Restauración; en lo religioso, los corsés institucionales; en lo filosófico, el positivismo. Se trata de la lógica reacción de quienes desean disfrutar de las prerrogativas hasta entonces al alcance sólo de sus progenitores. En definitiva, la sempiterna lucha por el espacio vital.
Pero no todas las críticas de los jóvenes tenían fundamento: gracias a la novela realista España había recuperado un pulso literario perdido desde mediados del siglo XVII; gracias al turno de partidos acordado por un brillante político conservador, Cánovas del Castillo, y un sensato político liberal, Sagasta, España vivía por fin en paz y daba los primeros pasos hacia la modernidad; la misma Iglesia Católica comenzaba a ser consciente de la necesidad de dar respuesta al problema social, como había hecho en la trascendental encíclica de León XIII Rerum Novarum (1891).
Vista con la perspectiva que proporciona el tiempo, la propuesta, si así cabe llamarla, de los intelectuales críticos tenía casi todo de destructiva y prácticamente nada de constructiva. Ni siquiera el llamado Desastre del 98, al que se engancharon sus protestas, había sido tal. No, al menos, en una magnitud que justificara tan apocalíptico sustantivo, dado que casi toda América estaba perdida desde hacía décadas y lo que España se vio obligada a entregar en 1898 fue una parte insignificante de lo que mucho tiempo atrás había dejado de ser un Imperio.
Pero la bohemia modernista necesitaba la confrontación con lo establecido. De ahí, de lo establecido, parten las sátiras antimodernistas, que retratan un modelo de poeta flaco, desaseado, estrafalario, pesimista, neurasténico y melenudo. Noctambulismo, alcoholism...
Características del modernismo: el código estético de una revolución
El modernismo construyó un lenguaje poético reconocible por su opulencia sensorial y perfección formal. Los poetas se convirtieron en orfebres del verso, combinando influencias del parnasianismo francés (búsqueda de la "escultura verbal") con el simbolismo (sugerencia sobre la descripción).
Los temas revelaban una tensión entre el escapismo y el compromiso. Por un lado, evocaban mundos exóticos (Oriente, la Grecia clásica, el París bohemio) y celebraban el arte como refugio ante la vulgaridad burguesa.
La métrica experimentó una revolución sin precedentes. Se recuperaron formas medievales (el dodecasílabo) y se crearon ritmos nuevos, mientras la prosa se impregnaba de lirismo.
Influencias
Recibe influencias de dos corrientes artísticas francesas:
- El Parnasianismo. Defiende la belleza de las formas, la musicalidad de los versos. Sus temas son la mitología griega, el recuerdo de tiempos pasados (se evocan leyendas antiguas), evasión hacia lugares exóticos… Su mayor representante es Théophile Gautier que enunció la frase más característica de este movimiento: “el arte por el arte”.
- El Simbolismo. Pretende captar la realidad que se encuentra más allá de lo que podemos percibir por los sentidos. Se sirven de símbolos: imágenes sensoriales que provocan asociaciones irracionales y despiertan emociones intensas. Son representantes de esta corriente: Baudelaire, Rimbaud y Verlaine. De este último es la máxima: “¡La música ante todo!”
Temática
La temática modernista trata de:
- Huida de la realidad cotidiana, tanto en el tiempo como en el espacio.
- La intimidad del poeta. Unas veces es optimista, vital; otras, es melancólico y nostálgico.
- La angustia vital, el malestar existencial responden a la frustración que posee el poeta. Tiene su reflejo en los ambientes decadentes, las naturalezas solitarias, los paisajes otoñales, los atardeceres lánguidos…
Los escenarios del Modernismo se caracterizan por ser exóticos, cosmopolitas, elegantes, refinados, pasados y legendarios.
Los modernistas llevarán a cabo una importante renovación y experimentación métrica que se refleja en la recuperación de estrofas en desuso o la modificación de estrofas ya existentes.
Antonio Machado
Obtuvo la cátedra de Francés en Soria, donde vivió durante muchos años. Su mujer, Leonor Izquierdo, falleció a los dos años de matrimonio, debido a la tuberculosis.
- Modernismo: Este poeta siguió las directrices modernistas en su primera época. Destaca su obra Soledades.
- Generación del 98: Coincide con los temas que defienden los noventayochistas en Campos de Castilla. En esta obra trata muchos del los problemas del 98. Abundan las descripciones del paisaje castellano y manifiesta una visón pesimista de su país, sumido en el atraso. Esta obra es la que hace de Antonio Machado un poeta de la Generación del 98. Abandona la corriente modernista y sigue su propio estilo intimista.
Miguel de Unamuno
Fue un intelectual liberal. Defiende la modernización de España. Crea el concepto de intrahistoria.
- Ensayos: Del sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo.
- Novelas: que él mismo denominó nivolas. En ellas plantea problemas filosóficos.
- Poesía: No tuvo el éxito que él deseaba, ya que se trata de una poesía muy filosófica.
Pío Baroja
Es un novelista vasco. En sus obras manifiesta dos obsesiones: el paso del tiempo y la evocación del pasado. En sus novelas destacan las descripciones minuciosas y la utilización de arcaísmos.
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