¿Dónde Nace el Concepto de Perdón? Una Exploración Profunda
No es fácil hablar del perdón. Desde el inicio nos encontramos con una serie de interrogantes que nos dejan perplejos: ¿qué significa perdonar?, ¿qué se puede perdonar?, ¿quién puede perdonar?, ¿a quién se puede perdonar?, ¿qué es lo que no se puede -o no se debe- perdonar?, ¿existe lo imperdonable?, ¿qué diferencia hay entre el perdón, la disculpa, la clemencia, la amnistía y el indulto? Sin duda son preguntas que la filosofía no puede eludir.
Pero, en cualquier caso, algo parece claro, a saber, que estamos viviendo un momento histórico en el que se usa demasiadas veces la palabra perdón a la ligera. Es urgente la necesidad de un análisis profundo.
La Finitud y el Perdón: Una Relación Intrínseca
La primera tesis que quiero poner encima de la mesa, y que será el detonante de todo lo que vendrá después, es la siguiente: sólo un ser finito puede perdonar, aunque no debe perdonar. Perdón y finitud se remiten mutuamente. A diferencia de lo que a veces se ha dicho, o se ha pensado, no tiene sentido hablar del perdón de Dios, porque el perdón, si existe, si se da, es un asunto netamente humano, radicalmente inscrito en la condición corpórea de los seres finitos.
Antes de continuar, es necesario recordar que finitud, en el contexto en que aquí utilizo esta palabra, no es sinónimo de muerte. Obviamente, somos finitos porque sabemos que vamos a morir, porque somos capaces de anticipar nuestra propia muerte, porque asistimos y sobrevivimos a la muerte de los demás. Todo eso está claro, pero también lo somos porque irrumpimos en un tiempo y en un espacio que no hemos escogido y que no controlamos.
Somos finitos porque al nacer heredamos una gramática, esto es, un conjunto de signos, símbolos, gestos y normas que configuran, de forma explícita o implícita, la imagen que tenemos del mundo, de los demás y de nosotros mismos. Porque somos finitos no es posible crear nuestra vida de forma absolutamente libre, sino sólo desde la herencia gramatical que nunca podremos abandonar del todo. Somos más lo que nos sucede que lo que programamos o planificamos. Ser finito quiere decir que, de forma contingente y azarosa, llegamos a un trayecto histórico concreto, a una geografía, a una familia.
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Un ser finito no puede vivir totalmente al margen de este mundo que no ha escogido y hacer como si su gramática no existiera, porque todo eso configura su existencia, esto es, sus anhelos y sus expectativas. Es cierto que todo lo que hemos heredado puede cambiarse, variarse o transformarse, pero sólo relativamente.
Ahora bien, para considerar el tema que nos ocupa, el perdón, hay que tener en cuenta que otra de las características fundamentales de la finitud es la inevitable relacionalidad de la vida humana, porque no somos seres solitarios. Desde el inicio, desde nuestra llegada al mundo, establecemos relaciones con los demás. Nacer significa ser acogido, encontrarse en un tejido de relaciones. Amor, amistad, educabilidad, paternidad o maternidad, son algunas de las formas relacionales que los seres finitos no pueden esquivar, que necesitan para poder instalarse en su trayecto temporal. Pero estas relaciones no son reversibles. Hannah Arendt se ocupó de esta cuestión en La condición humana.
Puesto que finitud implica también vulnerabilidad, precariedad y fragilidad, ¿cómo deshacer lo que ya está hecho? Arendt encuentra en el perdón la respuesta a esta pregunta. La fragilidad de las acciones humanas sería insoportable si no fuera por la capacidad que tenemos de perdonar. Si fabrico un objeto y me sale mal, si no consigo realizarlo como quería, puedo destruirlo y comenzar de nuevo. Pero ¿qué sucede con mis acciones?
El Perdón como Necesidad Humana
Un ser es finito, entre otras cosas, porque puede perdonar. Quizás incluso necesita perdonar para poder deshacer lo que ha hecho, para deshacer lo que sus palabras y sus acciones han provocado, para reiniciar algo que parecía definitivamente cancelado, para reconciliarse con los demás y consigo mismo. Ahora bien, como he dicho hace un momento, que un ser finito pueda perdonar no significa que tenga que perdonar. Esta es una idea importante que no debería olvidarse.
Precisamente, en el caso de que se dé o se pida, se da y se pide sabiendo que nada podrá compensar la falta, la ofensa o el crimen. Uno tiene que saber que las cicatrices de aquella herida no desaparecerán y, sin embargo, puede perdonar, quiere perdonar, y a pesar de todo pide perdón, quiere que le perdonen. Pero ¿por qué? No hay una respuesta concluyente. ¿Quizás lo hace por puro interés, porque necesita perdonar para seguir viviendo? Sin duda, es posible esta argumentación, pero también cabe pensar que existe la gratuidad en las acciones de los seres finitos, y que, a pesar de que el perdón no tiene razón de ser, de que quizá sea un sinsentido, puede darse al margen de las razones. Y algo equivalente puede sostenerse del hecho de pedir perdón. ¿Pido perdón porque no puedo seguir viviendo inmerso en el rencor?
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El Ámbito del Perdón: Ética, no Moral ni Política
Vayamos paso a paso. El perdón, si existe, si se da, si se pide, no se da o se pide por deber, por eso no hace referencia ni a la moral, ni a la política. No hay un deber de perdonar, salvo en el caso de situarnos en un ámbito religioso en el que algo o alguien sagrado nos lo dicte. Tampoco hay ninguna razón moral para el perdón. Más bien sucede todo lo contrario. Seguramente, hay muchas razones para no perdonar, y muchos también encontrarían razones -circunstancias atenuantes que justificarían la falta cometida- para no pedir perdón.
Decididamente, el perdón nada tiene que ver con la moral, ni menos aún con la política. La moral trata del deber de disculparse y la política de la amnistía y del indulto, pero ninguna de las dos pueden ocuparse del perdón. Por ello el perdón tampoco pertenece al ámbito público, al de la justicia. El perdón no hace justicia, no sustituye al derecho. En resumen, el perdón, si existe, si se da o si se pide, sólo puede surgir en el ámbito extrajurídico y extrapolítico. Y es en este sentido que sostengo que no hay ni un deber de perdonar -por eso no hay ni puede haber una moral del perdón-, ni tampoco un derecho al perdón, ni es posible una legislación sobre el perdón, que sería algo así como una especie de perdón político o una política del perdón. El perdón no puede someterse a criterios, a normas, a códigos deontológicos. Entonces, ¿dónde ubicarlo?
La respuesta es en la ética, en la relación ética. Sólo se puede perdonar en una relación singular, dual, íntima. El perdón, si se da, si se pide, tiene que ser cara a cara entre la víctima y el culpable, ni más ni menos. Sólo el culpable puede pedirle perdón a la víctima, y sólo la víctima puede perdonarle.
La Imprevisibilidad del Perdón
Pero, al mismo tiempo, el perdón siempre es imprevisible, porque ¿cómo responderé? Quizás he estado esperando este momento durante años, pero cuando llega, cuando irrumpe, ¿qué decir? ¿Quién no ha vivido ese instante en el que lo que hago no tiene nada que ver con lo que pensaba que haría? Esta es la terrible imprevisibilidad del perdón. Una vez pedido, nadie puede saber lo que va a suceder.
Puesto que el perdón sólo puede darse de singular a singular, de nombre propio a nombre propio, en una relación cara a cara, resulta imposible de planificar. ¿Quizá también de educar? ¿Se puede educar el perdón? Sólo una persona de carne y hueso puede pedir perdón y sólo se puede perdonar a alguien de carne y hueso. Este alguien ha vivido el dolor en su propia carne, y le ha dejado una cicatriz que, a diferencia de las del alma, aquellas que Hegel decía que podían borrarse, resulta imposible hacer desaparecer. Las heridas del cuerpo no se curan, siempre dejan cicatrices. Tampoco el perdón las podrá curar.
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“Tienes que pedir perdón”, se dice. Pero ¿por qué?, ¿quién puede exigirlo? La respuesta parece obvia: el que ha recibido una ofensa, la víctima de una ofensa, de un mal. Aquí surgen dos cuestiones: en primer lugar, el riesgo de que el que exige que se pida perdón no sea la víctima directa, sino alguien que habla en su nombre, con todo el peligro que esto conlleva, ya que siempre es un riesgo el que alguien quiera apropiarse del nombre de la víctima y que exija el perdón en su nombre. En segundo lugar, hay que preguntarse si el mal que el culpable ha provocado es irreparable o no, porque el perdón sólo tiene sentido si el mal es realmente irreparable, ya que si no lo es no hay lugar para el perdón. Sólo tiene sentido el perdón cuando el culpable aún es culpable y en el caso de que la deuda siga siendo deuda. El perdón es un don que se da por añadidura.
La Exigencia del Perdón y la Sinceridad
Pero volvamos a la pregunta: ¿la víctima puede exigir que el culpable pida perdón? Es obvio que puede esperar que lo pida, pero esperar es una cosa y exigir es otra. ¿Acaso el perdón no es algo que el culpable tiene que pedir -si es que quiere pedirlo- libremente? En otras palabras, ¿de qué le sirve a la víctima un perdón obligado? Por eso siempre, en este escenario, en nuestra vida cotidiana, y especialmente en el momento histórico que nos ha tocado vivir, surge la duda: ¿se trata de un perdón sincero?
Porque si no lo es, entonces no nos sirve. Imaginemos a alguien que pide perdón, pero el tono de su voz, su forma de mirar, su expresión corporal, muestra que no es una demanda sincera. Si no hay de verdad arrepentimiento, entonces se destruye el perdón. Sin sinceridad sólo hay burla. En este caso, pedir perdón sería muchísimo peor que no pedirlo. Aunque no es exclusivo de la religión, el perdón sí está muy arraigado en algunas tradiciones religiosas como la cristiana. En las iglesias ortodoxas, el domingo anterior a la Gran Cuaresma se celebra tradicionalmente el llamado domingo del Perdón, que recuerda la expulsión de Adán y Eva del Paraíso.
El problema es que es imposible saber, en muchos casos, si hay sinceridad en el perdón, si hay, de verdad, arrepentimiento. Aquí no queda más remedio que confiar en el culpable, en su palabra. Ahora bien, y esta es otra paradoja del perdón, el culpable es alguien en quien, en principio, no se puede confiar, precisamente porque sólo puede pedir perdón alguien que, de alguna manera, nos ha traicionado, nos ha hecho sufrir, alguien que sabe que nunca podrá reparar su deuda, su falta, porque el perdón no devolverá a la vida a aquel que nos fue arrebatado salvajemente.
Pensemos ahora no desde el punto de vista de la víctima, sino desde la óptica del culpable, desde el que quiere pedir perdón, del que sinceramente se ha arrepentido. Pedir perdón es arriesgado. ¿Por qué? Porque existe el riesgo de que la víctima no te lo conceda, el riesgo de que la víctima no esté dispuesta a perdonarte. En el momento en el que la víctima no sólo no te acepta la demanda de perdón, sino que aprovecha tu vulnerabilidad, -porque arrepentirse de verdad es exponerte delante del otro a una vulnerabilidad extrema-, cuando esto sucede, entonces el dolor puede ser insoportable.
¿Para qué Sirve el Perdón?
A lo largo de nuestra reflexión hay una pregunta que no deja de aparecer: ¿de qué sirve el perdón? En principio no sirve para nada, porque el perdón no repara. La acción ya se ha realizado y, debido a su fragilidad, no hay reparación posible. El mal se ha cometido, y la víctima no regresará. Entonces ¿por qué pedir perdón? ¿Por qué perdonar? ¿Es el perdón el enésimo absurdo de la condición finita de los seres humanos? Es posible que así sea. Los seres finitos no pueden eludir tampoco situaciones absurdas, que viven en la ausencia de sentido.
La única respuesta que una filosofía de la finitud puede ofrecer aquí es que, aunque el perdón no repara, aunque el perdón no hará desaparecer la herida, aunque la cicatriz siempre permanecerá, sin perdón no hay posibilidad de continuar, no hay posibilidad de reconciliación, no sólo entre la víctima y el culpable, sino también para la misma víctima. El perdón hace posible reconciliarse con uno mismo y seguir viviendo, pero sabiendo que la herida seguirá abierta. Sabemos que nadie volverá de la muerte, que las cicatrices del dolor y de la ausencia permanecerán inmóviles en lo más hondo de los cuerpos. Pero, a pesar de eso, el perdón, tanto para el que lo solicita como para el que lo concede, podría servir para algo, aunque quizá para muchos siga siendo absurdo.
En efecto, el perdón puede hacer posible que uno tenga el coraje de volver cada mañana a levantarse después del horrible sueño de la venganza, del odio y del rencor. El conde de Montecristo o Moby Dick son dos magníficos ejemplos literarios para ilustrar en qué consiste la venganza. Pero, en este contexto, nunca puedo olvidar a Electra. Pienso sobre todo en la Elektra de Hugo von Hofmannsthal, a la que puso música Richard Strauss, porque es más sombría, más trágica, si cabe, que la de Sófocles. La vida de Electra no tiene otro sentido que esperar el regreso de su hermano Orestes, al que se cree muerto, para vengar el asesinato de su padre, Agamenón. Y así ocurre. Finalmente, Orestes regresa a palacio y puede culminarse la venganza largo tiempo esperada.
Condiciones para el Perdón: Reconocimiento y Arrepentimiento
Jacques Derrida dice que el perdón es un don incondicional, pero Vladñimir Jankélévitch sostiene todo lo contrario. Según él, hay una condición sin la que el perdón sería una simple payasada. Jankélévitch sostiene, a mi juicio con acierto, que antes de que se pueda plantear el perdón es necesario que el culpable se reconozca culpable. Y lo haga en serio, sin alegar circunstancias atenuantes, sin intentos de justificación. No, no hay justificación posible. El arrepentimiento del criminal, y sobre todo su remordimiento, es lo que da sentido al perdón.
Si el culpable se arrepiente, entonces existe una posibilidad de reconciliación. Quizá no sea suficiente, porque perdonar no es un deber, pero la posibilidad existe. Es verdad que estamos viviendo tiempos complicados en este sentido, quizá porque muchos creen que admitir la culpa es una forma de humillación. Pero sin sentimiento de culpa no hay posibilidad de perdón. Hay que recordar, como hemos dicho al principio, que sólo un ser finito puede perdonar porque sólo un ser finito puede reconocerse culpable y tener vergüenza de lo que hizo, de lo que dijo o de lo que ignoró. Vivimos tiempos de falta de culpa y también de falta de vergüenza. Pero para que el perdón pueda tener un mínimo de sentido, la culpa y la vergüenza son necesarias.
El Perdón desde la Perspectiva Psicológica
A todos nos han hecho daño alguna vez a lo largo de nuestra vida. Insultos en el patio del colegio, malas contestaciones de compañeros de trabajo, decepciones de amigos, infidelidades… La lista de ofensas y agravios puede ser tan larga como queramos. Es normal que ante estas situaciones nos enfadamos, nos sintamos heridos e incluso desarrollemos sentimientos odio hacia el otro. Sin embargo, si no trabajamos sobre estas emociones pueden enquistarse y acumularse, generando una colección de “espinitas clavadas” que me limitan en el momento presente y condicionan mis relaciones personales.
El perdón es una forma de manejar el enfado o la ira cuando alguien produce un perjuicio en nuestros derechos e intereses. Estas emociones tienen una función protectora y nos ayudan a defender nuestros límites y nuestra integridad. Sin embargo, en ocasiones pueden enquistarse produciendo sentimientos más complejos como el rencor o el odio. El perdón es una decisión, no un sentimiento. Perdonar significa entender que hay otras opciones diferentes a mantener el resentimiento y dolor que nos provoca el daño causado. Mediante el perdón, las personas reducen las respuestas negativas hacia sus transgresores, encontrándose más motivadas a mostrar comportamientos positivos en su lugar.
Pero perdonar no es negar ni olvidar, no hay que minimizar o excusar la falta. Es importante que tengamos en cuenta que perdonar no significa necesariamente retomar la relación con la persona que nos ha dañado, sino estar dispuestos gestionar las emociones que nos mantienen atrapados en situaciones del pasado.
En los últimos años, la psicología positiva ha estudiado la relación existente entre el perdón el bienestar o la felicidad de una persona, descubriendo una relación positiva entre perdonar y la satisfacción con la vida (Thompson, Snyder, Hoffman, Michael, Asmussen y Billings, 2005). En la medida en la que abandonamos los sentimientos negativos como la ira, la irritación, la venganza o la culpa causados por cualquier motivo, y convertimos estos sentimientos en una actitud de perdón hacia quien nos ha generado un agravio, experimentaremos un balance entre las emociones positivas y negativas.
Las expresiones de perdón sirven para reparar y mejorar las relaciones interpersonales, aunque no por ello el perdón siempre deba implicar una reconciliación. Los incidentes derivados de las transgresiones suelen crear una deuda interpersonal, produciendo emociones, cogniciones y comportamientos negativos que afectan a nuestra forma de relacionarnos con el otro.
Fases Emocionales y el Perdón
- Enfado/Ira: Cuando tomamos conciencia del daño podemos pasar a un estado de enfado o ira. Al fin y al cabo sentimos que nuestros límites han sido transgredidos y la forma que nuestro organismo tiene para darnos aviso es “enfadarnos”. En esta fase pueden surgir deseos de venganza, agresividad, hostilidad, que dan mucha energía pero no nos alivian a largo plazo.
- El mayor beneficio del perdón es la liberación, es un regalo que nos hacemos a nosotros mismos.
- Empatía: La empatía ha sido relacionada directamente con el perdón, siendo necesario cultivarla para poder dejar ir el dolor. Podemos generar empatía teniendo en cuenta el contexto y la situación que pudo llevar a la otra persona a actuar de esa manera.
- Dependencia: La dependencia emocional también parece estar relacionada con una mayor capacidad de perdonar. La persona dependiente teme las consecuencias de un conflicto explícito con la otra persona, ya que necesita de forma continuada su presencia y aprobación, respondiendo con una mayor probabilidad de perdón ante una transgresión.
Juan Nieto, Licenciado en Psicología y Máster en Psicología General Sanitaria. Psicólogo Experto en Ansiedad, Depresión y Orientación Sexual.
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