¿Dónde Nace el Surrealismo?
El Surrealismo nace en París en la década de 1920 a partir de los escritos de los poetas Guillaume Apollinaire, André Breton, Louis Aragon, Philippe Soupault y Paul Eluard. Este movimiento artístico y literario germina en el contexto de la posguerra con el anhelo de derribar los valores del orden y la razón, y la necesidad de volver a fascinar al mundo.
André Breton fue el gurú del surrealismo. Poeta de vocación, se unió al dadaísmo, pero al perder fuelle este movimiento decidió que había que continuarlo mediante una base teórica sólida. Breton había sido camillero en hospitales psiquiátricos durante la guerra, y ahí conoció tanto la obra de Sigmund Freud como conoció la extraña realidad oculta tras la locura. Breton quería, con esa locura como herramienta, unir eso de Rimbaud de «cambiar la vida» con eso de Marx de «transformar el mundo».
Definición del Surrealismo
Nace así el surrealismo que según su líder «se basa en la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos y a sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida».
En principio, esta vanguardia, aún viva hoy en día, quería incorporar los conceptos psicoanalíticos de Sigmund Freud a la mentalidad Dadá. De Freud interesaba sobre todo su investigación sobre el importante papel del subconsciente en el comportamiento humano, y por tanto en su faceta creativa. Por ello los surrealistas empezaron a dejar al subconsciente trabajar, ya fuera mediante escritura o pintura automática, por plasmar sueños, por regresar a la infancia… en definitiva por ser libre y espontáneo.
Acceder al subconsciente significaba mostrar pensamientos y deseos indecorosos, plasmar imágenes chocantes para exponer la depravación del ser humano, disfrazado de civilizado por la sociedad burguesa.
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El Surrealismo en el Arte
En sus comienzos el surrealismo era un proyecto esencialmente literario, pero poco a poco fue infectando a las demás disciplinas artísticas (pintura, escultura, fotografía, cine…). Como eso del subconsciente es algo tremendamente personal, no hay un «estilo surrealista». Una automática, espontánea y fluída, con universos figurativos propios. El arte surrealista suele ser incongruente, onírico y muy original, en el sentido que el artista muestra su faceta más individual, aunque es curioso, pues el arte surrealista tiene algo universal, que todos podemos entender. Hasta los niños pueden captar si algo es surrealista o no.
Con el movimiento ya establecido en los años 30, y con los más extraordinarios artistas apoyándolo, Breton se convirtió en una especie de papa. Tan celoso era de la pureza de su teoría que realizaría purgas a todo aquel que cuestionara sus postulados.
Fue Apollinaire quien acuñó el término. Hasta tres veces lo utilizó en 1917. Primero en una carta a Paul Dermée. Luego en el folleto del ballet Parade de Diáguilev. Y por fin en el subtítulo de su drama Les mamelles de Tiresias. Nada más surrealista, sin embargo, que la muerte del poeta: herido en la Gran Guerra, padecía unas fiebres letales cuando oyó entrar por la ventana el griterío de la multitud que exigía la muerte de Guillermo.
Al contrario que los futuristas, los surrealistas no pretendían abolir el pasado: necesitaban crearse un árbol genealógico con vestigios de su movimiento. Su aforismo sobre el encuentro fortuito en una mesa de disección de un paraguas y una mesa de coser, casi les sirvió como eslogan primordial de los presupuestos formales del movimiento, junto a ese otro que dice: "La poesía debe ser hecha por todos".
Otro nombre imprescindible: el de Jacques Vaché, el poeta que afirmaba que la principal labor de un gran poeta es no rebajarse a escribir ningún poema y al que André Breton consideraría hermano mayor. En cuanto a la filosofía, había dos nombres imprescindibles: Henri Bergson y Freud. Escribe Yves Duplessis en su libro El Surrealismo: "Todo Bergson resalta los límites de la inteligencia, que no puede actuar sobre el campo de la materia mientras que la intuición permite alcanzar la fuente misma del ser.
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Tzara lo dijo más rotundamente: "El surrealismo nace de las cenizas de Dadá". O sea, la concepción radiantemente negativa de Dadá exigía su autodestrucción y de ese estallido nacería un movimiento nuevo de carácter positivo. Se refiere a la revista de Ivan Goll, Surréalisme, a la de Paul Dermee, Le movement aceleré, y a la revista Philosophies de Pierre Morchange.
Desde que en 1909 Marinetti lanzase su primer manifiesto futurista, el manifiesto fue el método predilecto de los sucesivos movimientos de vanguardia. El surrealismo no podía ser menos, y el 15 de octubre de 1924 se publica el Premier Manifeste du Surréalisme en la revista Révolution Surréaliste.
La psique se expresa sola, si se la deja, no hace falta ningún psicologismo explicativo: la aventura consiste en que se vaya revelando el misterio del ser que atesoramos en el inconsciente donde, hasta la llegada del surrealismo, no parece que quisieran llegar las palabras. El Primer Manifiesto es una especie de prosa poética en la que se combina el lirismo con el ensayismo, el arrebato con la reflexión.
La parte más humorística se encuentra allí donde Breton, después de estudiar velozmente a Freud, de llamar género inferior a la novela, de ponderar lo maravilloso, de cantar la locura, decide apropiarse de la palabra surrealismo y la define así, antes de dar una lista de autores que fueron parcialmente surrealistas (Sade era surrealista en su sadismo y Reverdy era surrealista en su casa): "Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar tanto verbalmente como por escrito o de cualquier otro modo el funcionamiento real del pensamiento.
En el Primer Manifiesto Breton da la alineación de quienes han hecho profesión de fe del SURREALISMO ABSOLUTO (las mayúsculas son suyas). Ahí están Aragon, Soupault, Eluard, Péret… Serían las voces. Luego vendrían los ecos. El éxito del Manifiesto lo hace expandirse y obtener seguidores, imitadores, hinchas en todas partes. Raro es el idioma o el país en que el surrealismo no hace escala y gana adeptos.
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España, naturalmente, fue de las primeras en hacerse eco, con indudable fortuna. Aragon anduvo por aquí en 1925 y es mítico el viaje surrealista a las Canarias de los años treinta. Después de la aventura ultraísta se dio una especie de llamada al orden que nos volvió a formas clásicas -de la composición popular de Marinero en tierra, de Alberti, a la recuperación de Góngora que es médula de la Generación del 27-.
En pintura la nómina puede ser igualmente copiosa: entre los surrealistas con carnet estaban Óscar Domínguez y Remedios Varo, escultores como Ángel Ferrant y cineastas como Buñuel. Mención aparte merece el grupo canario, compuesto por Agustín Espinosa, Emeterio Gutiérrez Albelo, Pedro García Cabrera, Eduardo Westerdahl, Domingo Pérez Minik y Ramón Feria. Entre sus obras están algunas de las piezas más importantes del primer surrealismo español.
El gran nombre del surrealismo español es Luis Buñuel. Empezó queriendo ser poeta y repartió algunos poemas en diversas publicaciones: tenía intención de recopilarlos en un libro que habría de titularse Un perro andaluz, y estaban empapados de imágenes irracionalistas, torpedeo de la retórica poética, osadías. En sus memorias confiesa que solía ver tres películas diarias. En Madrid, Giménez Caballero le propuso colaborar con el cineclub de La Gaceta Literaria, donde proyectó todo el cine que producían las vanguardias.
No hace falta insistir en que dos de los hitos fundamentales del cine de vanguardia son sus películas Un perro andaluz, firmada con Dalí, y La edad de oro. Para la primera invirtió las 25.000 pesetas que le dio su madre y su éxito fue tal que permaneció durante nueve meses en cartel en el Studio 28. La realización de La edad de oro lo distanció de Dalí, que se sintió traicionado -a la vez que Buñuel culpaba a Gala de tener demasiado extasiado al pintor-.
La lista podría ser muy larga si juntamos los distintos idiomas y vamos de Leonora Carrington a Valentine Penrose pasando por Nahui Olin, Hope Mirless o Maruja Mallo. La pintura de esta última ha de considerarse como hito fundamental de nuestras vanguardias. Los logicofobistas apostaban por tratar de trasplantar a lo pictórico estados del alma, hurgar en el inconsciente y atrapar imágenes que agrandaran la realidad precisamente porque era imposible encontrarlas en la realidad.
En París, antes del desastre, participó de algunas performances surrealistas; su favorita era escribirle una carta de amor a un desconocido, para lo cual escribía la carta, después tomaba la guía telefónica, copiaba un nombre y una dirección y enviaba el texto.
André Breton no admitía la más mínima disidencia en el grupo, a pesar de tener a la libertad por una de las condiciones esenciales del surrealismo, así que resolvía cualquier discusión con expulsiones intempestivas. El grupo oficial fue menguando en cuanto a la potencia de sus personalidades. El título de su revista de los años 30 es definitivo: El Surrealismo al servicio de la revolución. Dalí fue una de esas víctimas.
Tras la guerra el surrealismo siguió tiñendo voces, atrapando con su hipnosis a poetas, pintores y cineastas. Hasta el 13 de enero el Centro Pompidou de París celebra una de las exposiciones más deslumbrantes de la historia del movimiento: Surréalisme. Arquitectónicamente diseñada como una espiral, en su centro el Manifiesto del Surrealismo irradia su legado en trece salas que iluminan el periodo de 1924 a 1969.
Este movimiento artístico y literario germina en el contexto de la posguerra con el anhelo de derribar los valores del orden y la razón, y la necesidad de volver a fascinar al mundo. Esta corriente permeó todos los ámbitos de la creación artística y dio origen a innovadores procedimientos técnicos y artísticos. Autores como Man Ray, Breton y Max Ernst pusieron en práctica fructíferos juegos entre la realidad y su transfiguración.
Las obras surrealistas se prestan a la hibridación y a las superposiciones, como evidencian las piezas de Victor Brauner y Francis Picabia. Se abordaron nuevos temas a caballo entre el esoterismo y el simbolismo, lo que permitió a algunos artistas, como Claude Cahun, Prinner y Brauner, explorar nociones relacionadas con la androginia y la fluidez de género.El Surrealismo promueve lo irracional, lo revolucionario, la liberación de la mente.
Las ideas asociadas con este movimiento se desarrollaron a lo largo de varias décadas y fueron difundidas, adoptadas y reinventadas a través de redes internacionales de intercambio. Artistas como Wifredo Lam, Vera Pagava y Leonor Fini, por ejemplo, investigaron en su trabajo distintos aspectos del totemismo, la Antigüedad rediviva y un simbolismo de tintes arcaicos, respectivamente. Otros autores, como Breton, Ernst, André Masson y Roberto Matta, dejaron Europa y se trasladaron a Nueva York, donde pudieron conocer en la galería de Peggy Guggenheim Art of This Century los efectos del Surrealismo en EE. UU. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el Surrealismo siguió estando muy presente en París, donde los artistas del grupo se mezclaron con las nuevas generaciones.
Para los surrealistas el arte era un método de conocimiento, un ejercicio de asociación mental del todo libre, sin la intromisión censora de la conciencia. “Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar tanto verbalmente como por escrito o de cualquier otro modo el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensamiento, con exclusión de todo control ejercido por la razón y al margen de cualquier preocupación estética o moral”.
El automatismo psíquico es crear de forma automática, “sin pensar”. Dibujar, pintar, o escribir sin lógica, moviendo al azar la mano o el pincel a través del papel, dejándose guiar por la intuición, y atribuir el resultado al subconsciente. Al ser el subconsciente algo, ante todo, personal, no hay un “estilo surrealista”.
Existen dos vertientes principales:
- Una línea naturalista, objetiva.
- La línea automática, anti objetiva. Método automático de producción.
Consiste en poner un papel o lienzo sobre un objeto o superficie irregular que tenga relieves más o menos marcados. Técnica derivada de colocar entre dos superficies algo de pintura y hacer presión con ambas. Pinturas unitarias pero incoherentes. Diversos autores. Desarrolló su teoría del “método paranoico-crítico”. Ideó la técnica del frottage, e investigó muchas otras como el grattage y el dripping.
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