Antonio Bienvenida: Biografía de un Torero Inolvidable
Los grandes toreros siempre han inspirado grandes obras. Antonio Bienvenida es mucho más pero este es nuestro guiño hacia una figura inolvidable.
La Dinastía Bienvenida en la Literatura
Filiberto Mira escribió un libro imprescindible si quieres conocer la historia de Antonio Bienvenida. En cada página desprende la grandeza de la dinastía y el aroma a torero de una vida ejemplar dentro y fuera del toro. Lo mejor es que es muy fácil de encontrar y muy económico.
La inolvidable colección La Tauromaquia de Espasa-Calpe también dedicó un libro a la dinastía Bienvenida. Un repaso pormenorizado por la historia de todos los toreros de la saga que transmite compromiso, verdad y honradez por la profesión. De Manuel Mejías Luján, Bienvenida I, a Manolo, Antonio, Pepe, Juan, Angel Luis, o el pobre de Rafaelito.
Tendremos tiempo para volver profundizar más en los libros dedicados a la familia Bienvenida.
El Señor del Gran Poder y la Capilla de Las Ventas
En la capilla de los toreros de la plaza de Las Ventas, junto al cuadro de la Virgen de la Paloma que preside el altar, se encuentra una imagen del Señor del Gran Poder. Es de tamaño académico pero despierta una honda devoción en los hombres de luces que buscan el consuelo y el amparo de lo trascendente en esas horas inciertas que anteceden la soledad del ruedo y el duelo ancestral con el toro bravo.
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La imagen encierra una hermosa historia de fe, devoción y hasta confianzas que no se quebraron. Recaló en la capilla de Las Ventas en 1978 tras el cierre de la histórica casa que la familia Bienvenida -la histórica saga de toreros- había tenido en la madrileña General Mola -actual Príncipe de Vergara- que funcionaba como un auténtico centro de operaciones del clan.
Fue Ángel Luis Bienvenida, ya fallecido, el que ofició la cesión a la Diputación de Madrid -su heredera fue la actual comunidad autónoma- para que el Señor pasara a la capilla del coso madrileño con una única condición: su correcta conservación.
Orígenes de la Dinastía Bienvenida
Pero para entender la acendrada devoción de los Bienvenida por el Señor del Gran Poder hay que refrescar parte de la historia de la saga. Manuel Mejías Rapela, el célebre Papa Negro, era hijo del fundador de esta una dinastía taurina que hunde sus raíces en la localidad pacense de Bienvenida, de la que tomaron el apodo familiar.
Manuel Mejías, que vivió desde muy chico en el sevillano barrio de La Carretería, había rozado la gloria en los primeros años del siglo XX -la Edad de Bronce del Bomba y Machaco- antes que la trascendente cornada de un toro de Trespalacios, la irrupción de Joselito y Belmonte y los propios dictados de la edad precipitaran su decadencia profesional.
Bienvenida, al que el crítico don Modesto había apodado el Papa Negro en su antigua competencia con Bombita, había tenido que liar el petate con su creciente prole para marcharse a América en las postrimerías de 1917. Se trataba de sobrevivir haciendo lo único que sabía hacer: torear. Fuera dónde y cómo fuese.
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Con él habían partido su mujer, la sevillana Carmen Jiménez, y sus hijos Manolo, Pepe y Rafael, muy niños aún; el infortunado Rafaelito apenas contaba unos meses de vida... Había nacido también una niña que murió prematuramente y fue sepultada en Cartagena de Indias, base de operaciones de aquella tropa.
El periplo se alargó aún unos años y el cuarto hijo varón, Antonio, iba a venir al mundo en Caracas. Se le bautizó de urgencia -el agua de socorro- sin saber si saldría adelante pero, aunque costó, Antoñito Mejías Jiménez acabó respirando.
Cuentan que fue Carnicerito de Málaga -futuro suegro de Rafael de Paula- el primer maestro de los hijos del Papa Negro. El capitán ya andaba rumiando el retorno de su tropa menuda a la añorada España.
Regreso a España y Primeros Pasos en el Toreo
La vuelta, finalmente, se fijó en 1924. Quedaba pendiente el bautizo formal de Antonio que se acabaría uniendo al de otro retoño. Era Angel Luis que ya nació en Sevilla con la familia recién instalada en el barrio de la Feria. Juntos acabarían recibiendo las aguas bautismales en la misma pila, la de Omnium Sanctorum, en la que había sido cristianado el mismísimo Juan Belmonte. Antonio, que ya tenía más de dos años, entró andando en el templo. Cuentan que sus hermanos le animaron a apedrear al monaguillo…
Al año siguiente, el 28 de junio hará un siglo, los dos mayores -Manolo y Pepe- se presentaban como incipientes torerillos en la plaza de la Maestranza en una novillada organizada a beneficio de una asociación de empleados. Su padre los había fogueado en aquel periplo americano llegando a torear en Coney Island de Nueva York después de pasear vestidos de corto entre los rascacielos de Manhattan.
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Aquella cuadra de toreros la completaban Juan, y Angel Luis. También el infortunado Rafaelito… Los niños Bienvenida seguían jugando al toro por las calles de Sevilla y la fortuna empezaba a sonreír en coincidencia con la pujanza profesional de Manolo, nacido en Dos Hermanas en 1912, que fue figura del toreo desde el instante de su alternativa -la tomó en Zaragoza en 1929- aunque su vida sería sentenciada prematuramente por una enfermedad irreversible.
La familia al completo iba a vivir su época más dichosa en la finca La Gloria, en Montellano, comprada por Manolo gracias a sus éxitos profesionales.
La Tragedia de Rafaelito
Pero un suceso truculento iba a destrozar aquella armonía familiar el 17 de marzo de 1933. El administrador de la familia, llamado Antonio Fernández, iba a asesinar a tiros a Rafaelito -incipiente novillero- en el piso que Ignacio Sánchez Mejías poseía en la Punta del Diamante. El chico estaba acompañado de José Ignacio -hijo de Ignacio, que hablaba por teléfono sin advertir lo que iba a suceder- y habían invitado al administrador a tomar café.
Celos, pretensiones no correspondidas de aquel adulto en un torero que aún era un niño y había puesto distancia marchándose a la finca… El administrador descerrajó dos tiros -en el pecho y la cabeza- que acabaron con la vida de Rafael Mejías Jiménez.
La versión más difundida señala que el asesino se quitó la vida mientras José Ignacio huía escaleras abajo. Aquella tragedia iba a forzar el traslado de la familia a Madrid dejando atrás los mejores años de su vida.
La Casa de General Mola y el Gran Poder
Llegados a la Corte, los Bienvenida establecieron su cuartel general en esa casa, ya desaparecida, de General Mola -hoy Príncipe de Vergara- en la que fue entronizada la imagen de Jesús del Gran Poder que doña Carmen Jiménez, la matriarca del clan, había encargado a Rafael Lafarque para poder seguir rezando al Señor de Sevilla mientras añoraba la ciudad de la Giralda.
Seguía pesando el recuerdo de Rafaelito, un novillero alegre y pinturero, un chico simpático que se hacía querer... Es la misma imagen -recuerda su bisnieto Gonzalo Bienvenida- a la que doña Carmen Jiménez -sevillana de la calle de la Pimienta- rezaba en las múltiples tardes de toros en las que los hermanos Bienvenida se vestían de luces. Cuando toreaban en Madrid el rito se cumplía en la propia casa encomendándose a esa devoción heredada de sus años sevillanos, alimentada por el recuerdo de Rafaelito.
Pero Gonzalo Bienvenida, nieto del gran Antonio, refiere un suceso poco conocido que refleja fielmente los vaivenes de la propia historia de España. Aquella casa contaba con un patio terrizo que los cinco hermanos toreros con su padre al frente convirtieron en una especie de placita de entrenamientos en la que no faltaban ni los burladeros.
“Durante la Guerra tuvieron que envolver la imagen del Gran Poder en una alfombra para enterrarla en el patio” evoca Gonzalo que recuerda que en su última época profesional su abuelo Antonio limitaba la capilla de sus devociones a una estampa del Señor, del que era hermano, y otra de la Esperanza Macarena.
Con los tiros habían tenido que abandonar la capital dejando la imagen sepultada para evitar su profanación por los exaltados. “Cuando volvieron a la conclusión de la guerra lo primero que hicieron fue desenterrar al Gran Poder; estaba intacto después de pasar más de tres años bajo tierra”. La imagen de Lafarque, la misma a la que rezaba Carmen Jiménez en las tardes de toros, retornó hace cinco años a Sevilla con motivo de la exposición conmemorativa del 400 aniversario de la hechura del Señor del Gran Poder por parte de Juan de Mesa.
La Trágica Muerte de Antonio Bienvenida
45 años antes había velado el cuerpo de su hijo Antonio -cubierto por un hermoso capote grana con bordados de oro- muerto tras ser cogido por una becerra de Amelia Pérez Tabernero en los campos de El Escorial. Pronto hará medio siglo.
El 8 de octubre de 1975 llevaba ABC a su portada la noticia de la muerte de Antonio Bienvenida. Un malhadado percance durante una tienta, la tarde del sábado anterior, había traído ese final impensable, tan triste, tan ingrato. Se cumplía un año justo de la retirada definitiva de los ruedos del maestro.
Su figura, vestida de luces y envuelta en el capote de lujo, se alzaba con su porte señorial en la primera plana de la edición de Madrid. Con su elegancia natural, el andar desenvuelto pisando el albero venteño, el gesto vivaz, la mirada inteligente, risueña, y pintada en el rostro la sonrisa, esa inconfundible sonrisa de los Bienvenida. La viva imagen de la alegría serena y luminosa que Manuel Mejías Rapela, el 'Papa Negro', había inspirado de siempre en sus hijos para que estos revistieran con su gracia, ante el público, la seriedad tremenda de la profesión.
«¡Qué pena!», titulaba Vicente Zabala su crónica con un nudo en la garganta. La comitiva fúnebre había partido de la casa familiar de los Bienvenida.
Esa misma casa, que ahora acogía el último adiós de tantos amigos, toreros y aficionados, había sido escuela de torear. «En el jardín de General Mola, 3 -recuerda Rafael Gómez López-Egea en su biografía de Antonio Bienvenida- el Papa Negro impartía lecciones: 'Esa mano, Antonio, esa mano. Parece mentira… y eso que os lo digo veces. La muñeca, atención… ahora, sigue, eso lo has hecho bien… ¿ves cómo tengo razón?». Bien pudiera ser que el toreo, por una magnífica paradoja, en puridad no se enseñe, sino que sencillamente se aprenda.
Los hermanos Bienvenida no sólo aprendieron de su padre la técnica indispensable, el oficio. Crecieron en el abrazo de su vocación inmensa, que, de manera ejemplar, prolongó esa vida torera -la imagen es de Vicente Zabala- en la de sus hijos: Manuel, Pepe, Rafael, Antonio, Ángel Luis y Juan. Cada uno con sus dones y su personalidad taurina. Los primeros pasos en la vida son siempre los decisivos. Mucho más aún han de serlo en la vida de un torero.
Legado y Estilo Taurino
Felipe Sassone acompañó a Antonio Bienvenida desde sus albores como becerrista. Precoz, como lo fueron su padre y sus hermanos Manuel y Pepe, que tantísimos éxitos cosecharon ya de chicos. En su excepcional 'Pasos de toreo' cuenta Sassone de cuando, en la finca de don Félix Gómez, en Colmenar, vio dar a Antoñito un pase largo a un «becerrete, mansurrón e incierto», después de sacarlo con arte y porfía de su querencia en el muro. «¿Quién le ha enseñado eso?», preguntó el asombrado Sassone al Papa Negro. «Lo trae en la barriga, lo trae en la sangre», fue la réplica de este.
Es como si el episodio anunciase ese tirar lentamente de los toros que caracterizará más tarde el toreo de Antonio. Fueron luego los triunfos como novillero. El 15 de junio de 1940, en Sevilla, en un mano a mano con Paquito Casado, este es cogido por su fiero primero y Antonio tiene que matar la encastadísima corrida de Manuel Arranz. El dominio, la serenidad y la maestría que exhibe en ese trance no dejan lugar a dudas de su categoría lidiadora. El 3 de noviembre de ese mismo año, también en Sevilla, es la tarde de su famoso 'quite de la escoba' (o 'del milagro'), templando y bajando las manos al torear por chicuelinas. El propio Antonio le dirá a Filiberto Mira: «Más que con el cuerpo aquello fue torear con el alma».
Finalmente, el 18 de septiembre de 1941, en Madrid, su faena de los tres pases cambiados a Naranjito, de Antonio Pérez, supone su consagración.
Sabemos sin embargo que el verdadero maestro, si bien es cierto que se fragua en las tardes triunfales, sólo se templa en la dificultad. Vino la terrible cogida de Barcelona, el 26 de julio de 1942, al citar de lejos para el pase cambiado, con la muleta plegada en la mano izquierda, a Buenacara (un 'trespalacios', como aquel que había malogrado la carrera de su padre). Antonio salva la vida y se recupera para, el 12 de octubre, en la misma plaza, dar el cambio a muleta plegada a su primer toro.
Su desempeño como matador hasta su primera despedida en Madrid, el 16 de octubre de 1966, en que lidia en solitario, en una tarde de intensa emoción, una corrida de seis ganaderías, pasa por altibajos. Y son numerosas y graves las cogidas a las que ha de sobreponerse. Pero conoce hitos inigualables, como la gesta repetida de lidiar seis toros en Madrid (en Las Ventas y en Vista Alegre), o la que es considerada su mejor faena, el 5 de septiembre de 1964, en San Sebastián de los Reyes, a Parlador, de los hermanos Cembrano.
Tras su reaparición en Las Ventas, el 18 de mayo de 1971, la naturalidad del toreo de Antonio Bienvenida se depura aún más. Son el temple y la despaciosidad. Son la variedad de los remates, el desplante elegante, el caminar en el ruedo con el gesto feliz, como en la maravillosa foto de El Puerto, el 18 de julio de 1971.
Pero el compromiso de Antonio y de los Bienvenida con la Fiesta fue más allá del empeño de hacer bien el arte de torear. Son incontables los festivales que organizaron. Una bonita muestra este pasado mes de septiembre rememoraba, por ejemplo, la vinculación de la familia Bienvenida con Arganda del Rey. Y en el Montepío de Toreros Antonio prosiguió la labor de Bombita y de Marcial Lalanda.
'Torero de Madrid' como pocos han merecido ese título, aunque sin dejar de llevar a Sevilla en el alma, Antonio Bienvenida representa, en todas las facetas de su vida (incluida la del creyente), lo que con una bella expresión denominamos hombría de bien. Hombre de bien es aquel dispuesto a arrostrar peligros (y, en el caso del toreo, el peligro de muerte) en nombre del valor y de la dignidad. Una abnegación que hoy (permítaseme este inciso) parece inconcebible en nuestra vida pública española.
«Me voy acercando a hacerlo mejor», decía. Pero tanto o más verdadera es esta otra declaración suya: «Es el toro el que muchas veces te hace ser mejor como persona».
Ha transcurrido medio siglo desde la muerte de Antonio Bienvenida. Ejemplos como el suyo hacen que la Fiesta de los toros persista. Esta obra nace para reivindicar una forma de entender la tauromaquia: el clasicismo que, en opinión del autor, es mucho más importante que la tradición. También es un homenaje al talento de un torero, Antonio Bienvenida, que encandiló con su arte a millones de aficionados a lo largo de treinta y un años de carrera en todo tipo de plazas.
En este libro, los aspectos personales de Antonio Bienvenida son tratados con especial relevancia, en el convencimiento de que su perfil humano, su comportamiento con familiares y amigos, su ética y solidaridad con la profesión y, cuando fue necesario, contra la parte peor de la profesión, nos explica como entendía el toreo.
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