¿Dónde Nació Maradona? Un Recorrido por la Cuna de la Leyenda
Diego Armando Maradona, futbolista legendario, para muchos el mejor de la historia, nació en 1960 en Lanús, Argentina, y creció en Villa Fiorito, un barrio humilde del Gran Buenos Aires.
El lunes 30 de octubre de 1960, Diego nació en el Policlínico Evita de Lanús. Su infancia se desarrolló en Villa Fiorito. Allí forjó un estilo, dentro y fuera de la cancha.
En Villa Fiorito, cuando hacía sol había polvo y cuando llovía había barro. El barrio donde nació y vivió hasta la adolescencia era pobre y humilde. Ahí aprendió a luchar Maradona. Ahí dio sus primeros toques a una pelota.
Ahí, en un barrio perdido en la inmensidad de Buenos Aires, Maradona era un niño inocente que soñaba con jugar en la selección argentina y ganar un Mundial.
Maradona nació un 30 de octubre de 1960 en una pequeña casa de la calle Azamor. Era el quinto de ocho hermanos del matrimonio entre don Diego y Tota.
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En esa casa de chapa y madera no sobraba nada. Había una verja de alambre en la entrada, después un patio de tierra y unos metros más allá, la casa. Tenía un comedor y dos habitaciones. A la derecha, la de los padres.
"A la izquierda, no más de dos metros por dos, la de los hermanos..."
"Si debo definir con una sola palabra Villa Fiorito, el barrio donde nací y crecí, digo lucha. En Fiorito, si se podía comer, se comía; y si no, no", añadía El Pelusa en las memorias que publicó en el año 2000.
En Villa Fiorito no había nada de eso. Las preocupaciones de la familia pasaban por alimentar diez bocas con el único sueldo de don Diego, un empleado de fábrica que entraba a trabajar a las cuatro de la mañana.
La casa no contaba ni con agua corriente y la familia tenía que andar en busca de un caño para cargar bidones. "Así empecé a hacer pesas yo, con los tachos de veinte litros de aceite YPF", escribió.
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Los bidones volvían llenos a casa y ese agua servía para todo: para cocinar y para lavarse.
Cuando Maradona tenía tres años, recibió un regalo que le marcó para siempre. A él, a su país y al mundo del fútbol. "La primera pelota que tuve fue el regalo más lindo que me hicieron en mi vida: me la dio mi primo Beto, Beto Zárate, hijo de la tía Nena.
Aquella pelota le acompañó una buena temporada. Y cuando no había un balón, se lo inventaba. Cuando Tota, su mamá, le mandaba a hacer algún recado, Diego tenía que ir dando toques a algo. Si era a un balón, mejor, pero no era necesario.
Su vida quedó unida a la pelota. Era su día a día. Su único pasatiempo.
"Si los viejos nos buscaban, sabían dónde encontrarnos. Ahí estábamos, corriendo detrás de la pelota", señalaba.
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Había varias canchas cerca de su casa y ahí empezó a gambetear. No había césped, sino tierra. No tardó en despuntar y en 1969, con nueve años, ingresó en las divisiones inferiores del club Argentinos Juniors.
Los Cebollitas, se llamaba aquel equipo con el que Maradona llegó a ganar 136 partidos consecutivos. Jugaba con chicos varios años mayores e incluso en algún momento le cambiaron el nombre para no despertar suspicacias.
"¡Si me contaran los goles que hice ahí, tengo más que Pelé!", bromeaba Maradona, cuyo nombre empezó a sonar cada vez más en el mundillo de la pelota. De hecho, el 28 de septiembre de 1971 salió por primera vez en la prensa: fue en el diario Clarín, el primero que informó el jueves de su muerte, donde se habló de un chico "con porte y clase de crack".
Once años después, su primera aparición en los medios de comunicación: el diario Clarín, por las brillantes actuaciones de los Cebollitas, publicó una nota en la que decía que "había un pibe con porte y clase de crack", aunque lo llamaban equivocadamente "Caradona".
Su magia le hizo subir como la espuma en las inferiores de Argentinos Juniors y cuando no tenía ni 16 años hizo su debut en la Primera División Argentina. Tres meses después iría convocado con la selección argentina.
"En tres años, nada más, había pasado de Fiorito a las revistas, a la tele, a los reportajes", escribió en su libro. "Maduré de golpe. Me quise comprar todo: camisas, camperas, pantalones, remeras".
Después llegaría Boca Juniors, el Barcelona, el Nápoles y la gesta del Mundial de 1986, pero también el descenso a los infiernos, la droga, los problemas familiares, los excesos.
"Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía", señaló una vez el escritor Eduardo Galeano. "La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero. Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio".
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