El Nacimiento de Moisés: Un Análisis Histórico y Bíblico
Lo que sabemos sobre Moisés procede tan sólo de testimonios literarios. Tanto la Biblia como los cronistas posteriores mencionan siempre a propósito de Moisés su papel de líder religioso, las relaciones con la población asiática y la enfermedad (plaga).
En el libro del Éxodo de la Biblia, redactado definitivamente en el siglo V a.C., se narran los episodios más conocidos de su vida, empezando por su salvación milagrosa cuando era un bebé y sus padres, para burlar la orden del faraón de exterminar a todos los varones judíos, lo lanzaron al Nilo en un cesto que recogería la hija del faraón.
Otras fuentes ofrecen un relato distinto. Por ejemplo, el sacerdote egipcio Manetón (siglo III a.C.) cuenta que en tiempos de Amenofis Egipto sufrió una plaga y que un grupo de personas contagiadas decidieron marchar a Palestina. En el camino se refugiaron en Avaris, antigua capital de los hicsos, y allí eligieron como líder a Osarsef, un sacerdote egipcio de Heliópolis. Osarsef dictó una ley absolutamente opuesta a la de los egipcios, y tras aliarse con los hicsos conquistó el país del Nilo y adoptó el nombre de Moisés (el cual, en efecto, procede del egipcio mose, "he nacido", del mismo modo que en el caso del faraón Tutmosis: "[el dios] Toth ha nacido").
En la década de 1930, Sigmund Freud señaló la semejanza entre el culto de Atón y el de Yahvé, y consideró que Moisés era en realidad un egipcio que transmitió a los judíos el monoteísmo de Akenatón. Autores posteriores han desarrollado explicaciones más elaboradas.
Jan Assmann considera que los sucesos traumáticos que vivieron los egipcios en la dinastía XVIII originaron un relato mítico en el que aparecían invasores asiáticos, un líder religioso y una plaga. Como el recuerdo de Akenatón, el faraón hereje, quedó borrado, su puesto lo ocupó un nuevo protagonista, Moisés.
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En estas circunstancias nació Moisés. El Éxodo relata así su nacimiento: “Un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu. Ésta quedó embarazada y tuvo un hijo. Al ver ella que el niño era hermoso, lo escondió durante tres meses. Pero no pudiendo ocultarlo más tiempo, tomó una cesta de papiro, la impermeabilizó con betún, metió en ella al niño, y la puso entre los juncos a la orilla del río. La hermana del niño se puso a lo lejos para ver qué pasaba. En eso bajó la hija del faraón a bañarse en el río, y vio la cesta entre los juncos. Envió a una de sus criadas para que la recogiera, y al abrirla vio adentro a un niño llorando. Se compadeció de él y exclamó: «Es uno de los niños hebreos». Entonces se acercó la hermana del niño y dijo a la hija del faraón: «¿Quieres que llame una nodriza hebrea para que te críe este niño?». «Sí», le contestó la hija del faraón. Fue, pues, la joven y trajo justamente a la madre del niño, y la hija del faraón le dijo: «Toma este niño y críamelo, que yo te lo pagaré». Tomó la mujer al niño y lo crió.
Según el Éxodo, se trata de un nombre hebreo (derivado del verbo “mashah” = sacar), y la princesa egipcia se lo puso al niño porque había sido “sacado de las aguas”. Pero, ¿cómo una princesa egipcia iba a conocer la lengua hebrea, idioma de un despreciado grupo de esclavos?
Hay además otro punto oscuro en el relato. Éste describe cómo Moisés salvó su vida milagrosamente en las aguas del Nilo, pero más adelante aparece también vivo un hermano suyo llamado Aarón (Ex 4,14). ¿Cómo se salvó él de la orden del faraón?
Todas estas incoherencias nos muestran que, aun cuando Moisés fue un personaje real, la forma como está contado su nacimiento en el Éxodo es poco creíble. ¿Por qué la Biblia recurre a una leyenda para contar el nacimiento de la máxima figura nacional hebrea? Porque era común entre los pueblos antiguos adornar con detalles más o menos fabulosos el relato del nacimiento de sus héroes.
Incluso podemos decir que los arqueólogos han descubierto, a principios del siglo XX, el cuento en el cual está basada la narración bíblica del nacimiento de Moisés. El relato de su nacimiento dice así: “Yo soy Sargón, el poderoso rey de Acad. Mi madre era una sacerdotisa, y a mi padre no lo conocí. Mi madre la sacerdotisa me concibió, y me dio a luz en secreto. Entonces me colocó en un cesto de cañas, lo recubrió con betún y me colocó en el río. Pero no me hundí. El río me condujo hasta un hombre que regaba los campos, llamado Akki. Él me sacó del cesto, me educó como hijo suyo y me hizo su jardinero. Mientras era jardinero, la diosa Ishtar se enamoró de mí.
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Cuando, en cierto momento de la historia, un escritor judío quiso escribir la vida de Moisés, se encontró con una curiosa tradición: el libertador hebreo había sido criado y educado nada menos que en la misma corte del faraón de Egipto. Por esto mismo, es más seguro que el nombre de “Moisés”, puesto por la princesa egipcia, no sea de origen hebreo como dice el libro del Éxodo, sino egipcio. En efecto, la palabra “mosis” en lengua egipcia significa “hijo de”, y siempre va unida al nombre de algún dios, del cual se consideraba especialmente protegida esta persona.
Ahora bien, volviendo a nuestro escritor judío, éste debió pensar que a sus lectores les resultaría escandaloso ver al caudillo hebreo viviendo en la corte del faraón. Entonces, inspirado por Dios, decidió tomar la leyenda de Sargón I, el rey de Acad sacado de las aguas, y basarse en ella para relatar el nacimiento de Moisés.
La Biblia no es un libro de historia, sino un libro con un mensaje de salvación. Y ese mensaje puede a veces llegarnos a través de leyendas, como la del nacimiento de Moisés. Transmitir esta idea (que normalmente no advertimos en nuestra vida) era mucho más importante para el escritor bíblico, que contarnos exactamente cómo vino Moisés al mundo y por qué terminó educado en la corte del faraón.
Moisés es el protagonista de una de las mayores epopeyas jamás contadas. Ocupa un puesto central en los libros sagrados del cristianismo, el judaísmo y el islam. Entre las muchas incógnitas en torno a Moisés se encuentran la de su origen y la estancia de su pueblo en Egipto.
El relato bíblico nos cuenta que era hijo de Amram y Lojebed, miembros de la tribu hebrea Levi, una de las doce que emigraron al país del Nilo. Sabemos que Egipto fue desde siempre tierra de acogida para poblaciones seminómadas procedentes de la vecina Siria-Palestina. Llegaron huyendo de las hambrunas o de la guerra, buscando las riquezas y las tierras fértiles egipcias, que para muchos representaban la panacea. Se asentaron sobre todo en la región del Delta, la tierra de Gessen, descrita en la Biblia, que tenía además un gran papel comercial debido a su posición fronteriza con Oriente.
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La arqueología egipcia es muy escueta en lo que se refiere a los israelitas. Para buscar sus huellas se ha de comenzar rastreando la palabra apiru (o habiru), presente en numerosos textos egipcios y mesopotámicos del II milenio a. C. Fue en 1890 cuando se relacionó por primera vez este término con el de “hebreos” que se cita en la Biblia. Se desató entonces un intenso debate para comprender quiénes eran estas gentes, a las que se podía encontrar desde el sur de Anatolia hasta el valle del Nilo. ¿Una prueba del Éxodo?
Y es que, aunque la Biblia recoge los ecos de un pasado común entre egipcios e israelitas, la historia no es tan explícita. La primera vez que las fuentes egipcias les llaman por su nombre les consideran enemigos y los establecen fuera de Egipto. Aparecen en una gran estela erigida por el faraón Merenptah (c. 1212-1202 a. En ella, Merenptah cuenta las victorias militares de los principios de su gobierno. Las dos últimas líneas aluden a una campaña en Canaán donde el faraón conquistó ciudades como Ascalón y Gezer. Esta referencia constituye la mención más antigua de Israel como una entidad propia.
La historia de Moisés en el Antiguo Testamento se redactó probablemente entre los siglos VII y VI a. C., es decir, muchas generaciones después de los acontecimientos descritos. La narración no permite determinar cuándo vivió Moisés, y el silencio abrumador de la arqueología no hace sino alimentar el misterio.
La Biblia lo describe como un personaje distante que encarna todos los clichés de un gobernante tiránico. Le atribuye la orden de matar a los primogénitos hebreos. Con su negativa a dejar marchar a los Hijos de Israel desafió a Dios, desatando las diez plagas. Y finalmente persiguió a los evadidos hasta los confines del desierto. Sin embargo, el relato le mantiene en el anonimato. Hoy por hoy ninguna de las teorías sobre la identidad de “Faraón” es concluyente.
La más popular es la que atribuye este papel a Ramsés II (1279-1212 a. C.). Su imagen de guerrero y conquistador encajaría a la perfección, aunque la hipótesis adolece de problemas. Se basa en que la Biblia menciona que los hebreos trabajaron en las ciudades de Pithom (Per-Atum) y Ramsés (Pi-Ramsés, capital construida por Ramsés II y su padre Seti I). Sin embargo, Pi-Ramsés se mantuvo en pie durante siglos hasta que Tanis (paradójicamente, también citada en el texto) tomó el relevo.
No obstante, para otros autores la reconstrucción de su vida pasa por más de un faraón. Así, su nacimiento y educación en la corte pudieron acontecer bajo el reinado de Seti I o incluso antes. Los sucesos relativos a la muerte del capataz egipcio y la posterior huida de Moisés al país de Madián (donde contrae matrimonio con Séfora) ocurrirían ya en época de Ramsés II.
Existe una sugerente teoría que se desmarca por completo de la cronología ramésida y que busca a “Faraón” más de trescientos años antes: entre los monarcas de la dinastía XVIII. Su principal apoyo es una versión egipcia de la historia de Moisés que fue muy popular durante el Egipto grecorromano, a partir del siglo IV a. C. Sus defensores relacionan los extraños fenómenos naturales que describen las diez plagas con las catástrofes provocadas por la erupción del volcán de la isla griega de Tera (Santorini). Esos fenómenos se podrían relacionar también con los que figuran en algunos textos egipcios de esta época.
Muchos especialistas han vuelto sus miradas hacia los autores del Éxodo bíblico y los motivos de su redacción, proponiendo una interpretación diferente. La compilación y redacción del texto debió de producirse lentamente, entre los siglos VII y VI a. C., con fines esencialmente ideológicos. Con él se buscaba justificar la situación política que el estado de Israel vivía en esos momentos: su conquista por el imperio babilónico de Nabucodonosor el Grande (605-562 a. C.) y la deportación de un gran número de israelitas a la ciudad de Babilonia.
Según esta interpretación, Moisés formaría parte de la leyenda, que, como cualquier otra, tiene un fondo de verdad. Los hebreos habrían hecho su propia lectura y la habrían adaptado a sus necesidades. La historia de Moisés se transformó entonces en el mito que legitimaba el derecho a establecerse a los hebreos que regresaban a Canaán.
Para el escenario del relato bíblico los autores probablemente mezclaron el Egipto de su época con el recuerdo de estancias anteriores como fruto de migraciones reales. Esto explicaría algunas de las contradicciones del texto, como la presencia de topónimos de tiempos de Ramsés II con otros de fases más tardías. En la ambientación, con toques sobrenaturales y mágicos, se pueden identificar guiños a temas bien conocidos de la literatura egipcia.
Hoy por hoy no es posible comprobar la veracidad del relato bíblico, pero en todo caso Moisés y el Éxodo se ganaron su espacio en la historia. Ambos se convirtieron en símbolos esenciales de identidad nacional para los israelitas basándose en la idea del viaje, que tanto ha caracterizado a este pueblo.
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