¿Dónde Nació San Juan de la Cruz?

27.10.2025

El verdadero nombre de San Juan de la Cruz era Juan de Yepes, y nació el 24 de junio de 1542 en Fontiveros, un pequeño pueblo abulense enclavado en la comarca de la Moraña abulense, de economía agrícola y ganadera, aunque con cierto embrión de una industria de telares.

Fue el segundo de los tres hijos del matrimonio formado por Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez, modestos tejedores de telas bastas, quienes eligieron para él uno de los nombres más habituales en el siglo XVI castellano.

El padre procedía de Toledo y, aunque para la madre se ha sugerido la posibilidad de una ascendencia judeoconversa o morisca, estas hipótesis no han podido ser confirmadas documentalmente, si bien algunos especialistas insisten en el mudejarismo antropológico que rodeó la infancia del futuro santo. Parece que las diferencias de clase social y de nivel económico entre el padre y la madre fueron determinantes para el distanciamiento con la familia paterna.

Perdió muy pronto a su padre, Gonzalo de Yepes, lo que dejó a la familia en una situación de penurias económicas, y desde entonces fue educado por su madre, Catalina Álvarez. A la muerte temprana del padre, quizá a consecuencia de la crisis agraria y del hambre que se cebó en Castilla por los años cuarenta del siglo XVI y que también se llevó consigo al segundo de los hermanos, Luis, la madre, viuda pobre, intentó recabar infructuosamente ayuda de ciertos parientes toledanos.

Su desesperada situación le llevó a trasladarse a Arévalo, villa abulense predominantemente agrícola, pero con una pequeña industria textil, donde permanecieron unos cuatro años, para posteriormente, en 1551, establecerse en Medina del Campo. Esta villa de la provincia de Valladolid, aunque había iniciado su declive, era sede todavía de las ferias más importantes de la Corona de Castilla y uno de los principales mercados financieros de Europa, por lo que constituía un núcleo urbano de los más ricos y poblados de la Meseta Norte.

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Desde hace unos años se viene insistiendo en el ambiente marcado por la pobreza -verdaderos niveles de miseria- en que se desenvolvieron la infancia y adolescencia de Juan de Yepes. Estas duras circunstancias tuvieron como consecuencia la endeblez de su corta estructura física, a consecuencia de la desnutrición y del raquitismo infantil, y su obligada inserción en los grupos sociales «sin calidad».

A los nueve años, se trasladó con su madre al abulense pueblo de Medina del Campo. En los arrabales medinenses se crió el huérfano Juan de Yepes como pobre de solemnidad, categoría socioeconómica -diferenciada de la de los pobres envergonzantes o la de los vagos y maleantes- que le proporcionaba la posibilidad, mediante asistencia social prestada a través de instituciones de caridad, de asistir al Colegio de los Niños de la Doctrina. Por tal «privilegio», derivado de su ínfima extracción social, declarada y legalizada -para su reconocimiento era necesario someterse a probanzas múltiples.

En este centro, entre reformatorio y escuela de enseñanza primaria, recibió una preparación elemental, lógicamente subordinada a la religiosa, pero que, en lugar de encauzarle hacia el habitual aprendizaje de un oficio. Como alumno externo y a tiempo parcial, Juan de Yepes debía compaginar sus estudios con un trabajo asistencial en el hospital de Nuestra Señora de la Concepción de Medina, especializado en la curación de enfermedades venéreas contagiosas y conocido popularmente como el Hospital de las Bubas.

Continúa su formación en un colegio jesuita donde adquiere una buena base en humanidades. Entre 1559 y 1563 estudió con los jesuitas, donde recibió una formación según la novedosa ratio studiorum en la que el latín era la base de todos los estudios. De entrada, el latín era el eje de todos los estudios. Fueron profesores de Gramática latina Miguel de Anda, Gaspar de Astete y, quizá, Jerónimo Ripalda. Superados estos tres años, se podía pasar a un cuarto de Humanidades, en el que los alumnos aprendían a escribir con corrección en latín, a construir versos latinos y a traducir a Cicerón, César, Virgilio, Ovidio, ciertas cosas de Marcial y aun de Horacio. En la clase de Retórica se leía la Epístola ad Herennium, algunos libros de Quintiliano y diversos discursos de Cicerón.

Desde 1557 Juan Bonifacio, profesor de Retórica, actuaba, además, como director de estudios, sustentando un nuevo espíritu que incorporará las nuevas corrientes del humanismo cristiano y que marcarán una impronta decisiva en la mentalidad de San Juan de la Cruz.

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La vocación religiosa llevó a Juan de Yepes, a los veintiún años de edad, a ingresar en los Carmelitas de Medina, con el nombre de Juan de Santo Matía, decisión que supuso el rechazo de propuestas concretas de una ordenación sacerdotal como paso previo a la capellanía del Hospital de las Bubas, beneficio eclesiástico que hubiera solucionado los apuros económicos de la familia. Su elección -frente a la posible continuidad entre los jesuitas, por ejemplo- pone de manifiesto una tendencia a la soledad y evidencia ya una inclinación contemplativa que aspiraba a satisfacer en una Orden con raigambre eremítica.

Con 21 años ingresa en el Convento de los Padres Carmelitas y adopta el nombre de Fray Juan de San Matías. El noviciado lo realizó entre 1563 y 1564 en el convento medinense de Santa Ana, fundado en 1557 por el P. Rengifo, quien se inspiró para sus estatutos en el Colegio de San Gregorio de Valladolid.

Como fraile profeso ya, se instaló en Salamanca en el Colegio de San Andrés, situado a extramuros de la ciudad, donde estudiaban carmelitas venidos de todas las provincias de España. En las aulas de la universidad salmantina realizó fray Juan de Santo Matía los tres cursos preceptivos para bachillerarse en Artes, durante los años 1564-1567.

En el primer curso de Artes, 1564-65, asistió a las clases de Pedro García Galarza, Hernando de Rueda y Martín de Peralta, que impartieron docencia sobre las Súmulas de Domingo de Soto y la Lógica de Aristóteles, además de otras lecturas complementarias. En el segundo año, 1565-66, estudió lógica según las explicaciones de los profesores Hernando de Rueda, Andrés de Morales y el mercedario Gaspar de Torres. Durante el tercer año, 1566-67, siguió los cursos de filosofía impartidos por Hernando de Rueda, Diego Rodríguez, Alonso de Calahorra, Miguel Francés y Diego Bravo. Las materias tratadas fueron Físicos, De generatione et corruptione, De anima -libros segundo (teoría de la potencia y acto, facultades del alma, órganos de los sentidos) y tercero (la sensibilidad, la imaginación, el intelecto, activo y pasivo)- y Metafísica de Aristóteles, además de la Ética a Nicómaco y la Política.

Del plan de estudios se desprende que el curso más fuerte era el último, en el que parece desencadenarse una crisis vocacional en el joven carmelita. Frente a las tensiones del mundillo universitario salmantino, en las que se veían involucrados los propios estudiantes, bullían sus inquietudes religiosas interiores, coincidentes en el tiempo con su ordenación como sacerdote en la primavera de 1567.

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El año 1563 tomó los hábitos de la orden religiosa Carmelita, adoptando el nuevo nombre de fray Juan de san Matías; al año siguiente se trasladó a Salamanca para cursar estudios de teología en su célebre universidad. En el año 1567 fue ordenado sacerdote, y adoptó el nuevo y definitivo nombre de Juan de la Cruz.

Mientras tanto, dentro de la propia Orden habían surgido tendencias reformistas -en la década de los 60 el Capítulo de Roma acababa de aceptar una reforma de acuerdo con las directrices de Trento, para cuya difusión se envió al propio general de la Orden, Juan Bautista Rubeo, quien debió de visitar el convento de San Andrés en 1568, estando el futuro santo allí-.

En medio de esta crisis se produce el decisivo encuentro con Santa Teresa, por el otoño de 1567 en Medina. En 1567 es ordenado presbítero y celebra su primera misa, entonces conoce a Santa Teresa de Jesús quien lo convence para que se una a su causa, la reforma carmelita. La Madre fundadora, que proporciona su propio testimonio en las Fundaciones (3,16-17), le ofreció la alternativa de encauzar sus deseos en el seno de la reforma de la misma Orden, en la línea de la restauración de un ideal eremítico-contemplativo, entroncado con otros movimientos reformistas de raíz hispana apoyados desde la Corte e independientes de Roma.

El santo decide, en la espera de la creación de algún monasterio, volver a Salamanca e iniciar estudios de Teología durante el curso 1567-68, pero sin intención de culminar su carrera académica. En la Facultad de Teología, la más prestigiosa de la Universidad, junto a la de Derecho, el dominico Francisco de Vitoria acababa de propiciar una renovación neotomista que, sin menoscabo del predominio de Santo Tomás, propugnaba una conciliación entre la Escolástica Especulativa y la Teología Positiva.

Por otro lado, frente a la corriente tradicional, que defendía la necesidad de profundos conocimientos escolásticos y rechazaba los conocimientos lingüísticos y filológicos como requisitos para explicar los textos bíblicos, los estudiantes -entre los cuales se encontraba fray Juan de Santo Matía- reclamaban más lecciones de Sagrada Escritura, con profundización de estudios de hebreo, en cuanto clave de acceso a los libros sagrados. Biblistas y hebraístas, pues, se enfrentaban a escolásticos, rígidos defensores de la Vulgata, como bloques polarizados entre los que se cruzaban también las controversias y disparidades de agustinos y dominicos.

Al primer grupo pertenecían Luis de León, Gaspar Grajal y Martínez Cantalapiedra; al segundo, Juan Gallo, Bartolomé de Medina y León de Castro. La planificación de los cursos de Teología era más flexible, por lo que es verosímil la asistencia de Juan de Santo Matía a diversas cátedras, en sesiones de mañana y tarde. Así pudo acudir a la de Mancio del Corpus Christi, en Prima de Teología, quien leyó la Tercera parte de la Summa de Santo Tomás sobre la Encarnación del Verbo; a la de Juan de Guevara en Vísperas, en la que se desarrolló la cuestión Prima Secundae de Santo Tomás; a la de fray Luis en la cursatoria de Durando, quien trató cuestiones relativas a las distinciones 23-25 del tratado De fide; a la de Juan Gallo en la cursatoria de Teología tomista, donde explicó la Primera parte de la Summa; a la de Cristóbal Vela en la cursatoria de Escoto, donde se leyó el libro IV acerca de la resurrección de los muertos; a la de Gaspar de Grajal en Teología positiva, quien explicó los Salmos, desde el 50 hasta el 70; a la de Martín Martínez Cantalapiedra, quien desarrolló 40 capítulos del profeta Daniel en filología semítica; a la Cristóbal de Madrigal en hebreo, quien analizó diversas secciones del Éxodo, Malaquías, Ezequiel, y Génesis.

Además, como sustituto de la cátedra de Prima de Teología, esto es de Mancio del Corpus Christi, explicó fray Luis el De Eucharistia y, tal vez, el De predestinatione, por lo que todo ello nos abre múltiples posibilidades de vinculación universitaria entre Fr. Luis y Fr. Juan de Santo Matía.

Por otro lado, existe la posibilidad de que el carmelita asistiera a materias ajenas al propio curriculum, como la explicación de los Cantares de Salomón, en la cátedra de propiedad de Lenguas Semíticas, durante el curso 1565-66, o escuchara las teorías copernicanas, en parte admitidas por los estatutos salmantinos de 1561, desarrolladas por el catedrático de Astrología Hernando de Aguilera, toda vez que se han rastreado influjos copernicanos en la concepción del alma por parte del santo. Además, el mismo Juan de Aguilera es autor de un Ars memorativa, materia también explicada por el Brocense en 1567, de la cual también se han detectado influencias en San Juan de la Cruz.

En agosto de 1568 fray Juan de Santo Matía abandonó Salamanca y su Estudio para acompañar a Teresa de Jesús en su fundación femenina de Valladolid, viaje interpretado como una especie de «noviciado» necesario para familiarizarse con el nuevo talante de la reforma, previo al inminente traslado a Duruelo.

Aquí se inauguró el primer convento de descalzos, según la Regla primitiva y no mitigada de la Orden del Carmen, el 28 de noviembre de 1568, ceremonia en la que cambió su nombre por el de fray Juan de la Cruz.

En 1570 la fundación se trasladó a Mancera, donde fray Juan desempeñó el cargo de subprior y maestro de novicios. En la primavera de 1572 Santa Teresa lo reclamó como Vicario y confesor de las monjas de la Encarnación, comunidad de la que era priora, tras superar una serie de dificultades y crisis internas. Este convento femenino, el más importante de Castilla, a la sazón albergaba 130 monjas. En este cargo permanecerá fray Juan de la Cruz hasta diciembre de 1577, por lo que pudo acompañar a la Madre en la fundación de diversos conventos de Descalzas, como el de Segovia.

Se ha sugerido la posibilidad de que durante su permanencia en Ávila fray Juan de la Cruz tuviera tiempo y ocasión de realizar amplias lecturas, escolásticas y místicas e, incluso, de madurar en su experiencia espiritual y poética. Por entonces, en esta ciudad castellana, en gran apogeo cultural, artístico y religioso, existía un Estudio General de los dominicos (Santo Tomás), además del Colegio de jesuitas de San Gil, en el que residían teólogos como Francisco Suárez, y pedagogos como el P. Ripalda o el propio Juan Bonifacio, preceptor de Juan de Yepes en Medina del Campo. Otros especialistas han insistido asimismo en que estos años constituyeron una etapa de preparación para la creatividad absoluta de los inmediatamente siguientes.

Durante este tiempo las negociaciones entre España y la Santa Sede habían entrado en una fase en la que la reforma de las órdenes de España quedaba encomendada a los ordinarios bajo la dirección de la Corona. Paralelamente, en el seno de la Orden del Carmen se habían agravado las tensiones jurisdiccionales entre los carmelitas calzados y descalzos, debidos primordialmente a distintos enfoques espirituales de la reforma, conflicto que tuvo que experimentar San Juan en Salamanca y quizá en Medina. Mientras los primeros, empeñados en evitar la separación de un grupo cada vez más nutrido, estaban impulsados por la curia romana y el Papa, los segundos, seguidores de la regla Primitiva no mitigada y ávidos de rigor, fueron apoyados por Felipe II, reticente ante Roma y promotor de una reforma a la hispana, radical y rápida: el pleito de calzados y descalzos se enmarca en la permanente confrontación entre el poder real y el pontificio por dominar el sector, también poderoso, de las órdenes religiosas.

En 1575 el Capítulo General de los Carmelitas, reunido en Piacenza, adoptó la medida especial de enviar un Visitador de la Orden para Calzados y Descalzos, el P. Jerónimo Tostado, con el objetivo de suprimir los conventos fundados sin licencia del General y de recluir a la M. Las confrontaciones jurisdiccionales irán en aumento hasta el punto de hacerse perceptible la necesidad de independencia para la rama de los Descalzos.

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