El Asesino que Retornó como el Hijo del Duque: Un Resumen Detallado

25.10.2025

Gracias a las dotes singulares de mi compañero he podido oír la narración de los numerosos casos que sirven de base a estas crónicas. En ocasiones incluso he llegado a representar el papel de actor en algún extraño drama.

No es extraño, pues, que al publicarlos me recree más en sus éxitos que en sus fracasos, y ello no tanto en aras de su reputación —si bien es cierto que su energía y versatilidad se aguzaban justamente en sus momentos más críticos—, cuanto porque donde él no tenía éxito sucedía a menudo que los demás tampoco, y el relato quedaba inacabado para siempre.

Sin embargo, de cuando en cuando ocurría que, aunque él se equivocara, la verdad llegaba a descubrirse.

Sherlock Holmes era un hombre que no solía hacer ejercicio por simple placer. Pocas personas serán capaces de mayores esfuerzos musculares, y era sin duda uno de los mejores boxeadores de su peso que jamás he visto.

Pero consideraba el ejercicio corporal una pérdida de energías, y no era frecuente que se moviera salvo que lo requiriera algún objetivo profesional. En esos casos era de todo punto incansable e infatigable. Es asombroso que bajo estas circunstancias se mantuviera en forma, pero su dieta era de lo más frugal, y sus costumbres tan sencillas, que rayaban en la austeridad.

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Un día, a comienzos de la primavera, se había relajado tanto que me acompañó a pasear al parque, donde los olmos mostraban los primeros brotes verdes, y las pegajosas puntas de los castaños empezaban a estallar en hojas palmeadas.

Caminamos juntos durante dos horas, en silencio la mayor parte del tiempo, como corresponde a dos hombres que se conocen íntimamente.

—Perdón, señor —dijo nuestro criado al abrirnos la puerta—, ha venido un caballero preguntando por usted.

—¿Ve lo que ocurre por ir de paseo? —dijo—.

—Media hora, señor. Era un caballero muy inquieto, señor, estuvo moviéndose y paseando todo el tiempo que se quedó aquí. Por fin salió al pasillo y gritó: «¿Es que no va a volver nunca ese hombre?». Esas fueron sus mismas palabras, señor. «No tendrá usted que esperar mucho más», le dije yo.

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—Bueno, bueno, hizo usted lo que pudo —dijo Holmes mientras nos encaminábamos a nuestro cuarto—. Pero es una lata, Watson. Necesitaba urgentemente un caso, y a la vista de la impaciencia del hombre este parecía poder tener importancia.

Pero ¿qué es esto? Esta no es su pipa, Watson. Debe de habérsele olvidado. Es de buen brezo, con un hermoso cañón de los que los tabacaleros llaman ámbar. Me pregunto cuántos cañones de auténtico ámbar habrá en Londres.

Algunos dicen que el distintivo es que tengan una mosca. Esto de poner falsas moscas en el ámbar es realmente una rama del comercio.

—¿Cómo sabe que la valora mucho?

—Bueno, calculo que el precio original de la pipa debe de andar por los siete chelines y medio. Como ve, la han arreglado dos veces, una en la parte del cañón, que es de madera, y otra en la parte del ámbar.

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Como puede observar, cada uno de estos arreglos se ha hecho en plata, y deben de haber costado más que la pipa.

—¿Hay algo más?

—Las pipas tienen a veces un extraordinario interés —dijo—. No hay nada que tenga más individualidad, salvo quizá los relojes y los cordones de los zapatos. Pero aquí las muestras no son ni muy marcadas ni muy importantes.

—¿Piensa usted que alguien que use una pipa de siete chelines debe estar económicamente desahogado?

—Esta —dijo Holmes vaciando la cazuela en la palma de su mano— es una mezcla de tabaco Grosvenor, a ocho peniques la onza.

—Tiene la costumbre de encender la pipa con un mechero de gas o una lámpara. Observe que está chamuscada por un lado. Una cerilla no hace eso: ¿por qué iba alguien a acercar la cerilla al costado de la pipa? Pero es imposible encenderla con una lámpara sin chamuscar la cazuela. Y es el lado derecho, de lo cual deduzco que es zurdo.

Si usted acerca su pipa a la lámpara, verá cómo, al ser diestro, arrima el lado izquierdo a la llama de forma instintiva. Quizá en alguna ocasión lo haga al revés, pero no como norma. Esta, sin embargo, siempre se ha encendido por el lado derecho. En segundo lugar, tiene el ámbar mordisqueado. Eso requiere una dentadura buena y un tipo fornido y enérgico.

Un instante después se abrió la puerta, y un joven alto penetró en la estancia. Vestía de gris, pero con discreción, y en la mano llevaba un sombrero de ala ancha.

—Disculpen —dijo nuestra visita, un poco desconcertado—, debí haber llamado a la puerta. Sí, debí llamar.

—Veo que lleva un par de noches sin dormir —dijo Holmes con esa llaneza suya tan genial—. Eso altera más incluso que el trabajo o el placer.

—Quería su consejo.

—No solo. Quisiera su opinión de hombre sensato, de hombre de mundo. Quiero saber qué tengo que hacer a continuación.

—Es algo delicado —dijo—. A uno le disgusta hablar de cosas íntimas con desconocidos. Parece horrible comentar con dos hombres a quienes jamás he visto antes la conducta de mi esposa. Es horrible tener que hacerlo.

—¡Cómo! —exclamó—.

—Si desea mantener el incógnito —dijo Holmes sonriendo—, le sugeriría que dejara de escribir su nombre en el forro del sombrero, o que mantenga vuelta la copa hacia la persona con quien habla.

Iba a decirle que mi amigo y yo hemos escuchado innumerables secretos extraños en esta habitación y que hemos tenido la fortuna de poder llevar la paz a muchas almas apesadumbradas. De nuevo nuestro visitante se pasó la mano por la frente como si le fuera harto difícil.

De cada uno de sus gestos y expresiones deduje que era hombre reservado y contenido, con un punto de orgullo en su personalidad, más dispuesto a ocultar sus heridas que a exponerlas.

—Estos son los hechos, señor Holmes —dijo—. Estoy casado desde hace tres años. Durante ese tiempo mi mujer y yo nos hemos querido mucho y hemos sido más felices que jamás pareja alguna. No hemos tenido una sola diferencia de palabra, pensamiento o hecho.

Pero desde el lunes pasado ha surgido de repente una barrera entre los dos, y descubro que hay algo en su vida y en sus pensamientos de lo cual sé tan poco como si de una mujer que se cruza conmigo en la calle se tratara.

»Hay una cosa que quiero señalar antes de proseguir, señor Holmes: Effie me quiere. Me niego a que haya equívocos a ese respecto. Me quiere con toda su alma, y nunca tanto como ahora. Lo sé, lo noto. No quiero discutir sobre eso. Un hombre sabe bien cuándo una mujer le quiere.

—Le contaré lo que sé de la historia de Effie. Aunque joven (tenía veinticinco años), era ya viuda cuando la conocí. Su nombre era entonces señora Hebron. De joven marchó a América y vivió en la ciudad de Atlanta, donde se casó con Hebron, abogado con una buena clientela. Tuvieron una criatura, pero hubo una grave epidemia de fiebre amarilla a causa de la cual murieron tanto el marido como el hijo. He visto su certificado de defunción. Esto la hizo rechazar América y regresó aquí para vivir con una tía soltera en Pinner, Middlesex.

Debo mencionar que su marido la había dejado bien económicamente y que tenía un capital de cuatro mil quinientas libras, que él había invertido tan certeramente, que le rentaba un siete por ciento. Llevaba solo seis meses en Pinner, cuando la conocí; nos enamoramos y nos casamos pocos meses después. Yo soy comerciante de lúpulo y tengo unos ingresos de unas setecientas u ochocientas libras, con lo que nos encontramos bien situados, y alquilamos una bonita casita en Norbury que costaba ochenta libras al año. Para lo cerca que está de la ciudad, nuestro pequeño lugar era muy rural. Cerca había una posada y dos casas, y otra nada más cruzar el prado que hay enfrente de nosotros. Salvo estas, no hay más casas hasta la mitad de camino de la estación. En determinadas épocas del año, mi negocio me llevaba a la ciudad, pero durante el verano tenía menos trabajo y era entonces cuando mi mujer y yo nos sentíamos más a gusto con nuestra vida rural.

»Antes de proseguir, hay algo que debo decirle. Cuando nos casamos, mi mujer me cedió todos sus bienes, muy en contra de mi voluntad, pues, en caso de que mis negocios no marcharan bien, la situación iba a ser incómoda. Sin embargo, así lo quería y así se hizo.

»—Por supuesto —le contesté—.

»De forma que me tuve que contentar con eso, aunque era la primera vez que había secretos entre nosotros. Le di un cheque y no volví a pensar en el asunto.

»Bien. Ya le he dicho que hay una casita cerca de la nuestra. Solo las separa un prado, pero para llegar hasta ella hay que ir por la carretera y luego seguir por un sendero. Un poco más allá hay un bosquecillo de abetos, y a mí me gustaba pasear hasta él, pues los árboles son siempre acogedores. La casita llevaba deshabitada ocho meses, y era una lástima, pues era bonita, de dos plantas y tenía un porche antiguo de madreselva.

»El lunes pasado estaba paseando por allí al atardecer, cuando me crucé con una camioneta vacía que iba por el sendero y vi que en el césped, al lado del porche, habla una pila de alfombras y otros enseres. Estaba claro que por fin habían alquilado la casita. Seguí andando y luego me paré. La miré indolentemente pensando en qué tipo de personas serían las que venían a vivir tan cerca de nosotros.

»No sé lo que vi en aquel rostro, que sentí escalofríos, señor Holmes. Me encontraba un poco apartado, de modo que no pude ver las facciones con nitidez, pero tenía algo de inhumano. Esa fue mi impresión, y me acerqué rápidamente para ver mejor a la persona que me observaba. Pero en ese momento el rostro desapareció de manera tan brusca, que parecía como si lo hubiera absorbido la oscuridad del cuarto. Me detuve allí durante cinco minutos, meditando el asunto e intentando analizar mis impresiones. No sabía si el rostro era de un hombre o una mujer. Pero fue el color lo que más me impresionó. Era un lívido color amarillo y había en él algo rígido que hacía que pareciera sorprendentemente poco natural. Me encontraba tan desasosegado, que me propuse averiguar algo más acerca de los nuevos inquilinos. Me acerqué a la puerta y llamé.

»—¿Qué quiere usted?

»—Soy su vecino. Vivo en aquella casa —dije, indicándole mi hogar—.

«Molesto por el rudo desaire, me di la vuelta y regresé a casa. Aunque intenté pensar en otras cosas, durante toda la noche me volvía una y otra vez la imagen de la ventana y la aspereza de la mujer. Decidí no decirle nada a mi mujer, pues es persona nerviosa y emocional, y no deseaba que compartiera la desagradable sensación que yo sentía.

»Por lo general tengo un sueño muy profundo. En mi familia siempre se han hecho bromas acerca de que no había nada que pudiera despertarme durante la noche. Sin embargo, aquella noche, quizá por la excitación que me había producido mi pequeña aventura, no lo sé, dormí peor que de costumbre. Medio en sueños, me di cuenta vagamente de que algo ocurría en el dormitorio y poco a poco me hice cargo de que mi mujer se había vestido y se estaba poniendo la capa y el sombrero. Estaba a punto de murmurar unas palabras de somnolienta sorpresa o reprimenda ante lo inoportuno de aquella acción, cuando de repente mis ojos entreabiertos se posaron sobre su rostro, iluminado por la luz de la vela, y enmudecí de asombro. Tenía una expresión que jamás le había visto antes, una expresión que la hubiera creído incapaz de adoptar. Estaba mortecinamente pálida, respiraba con agitación, y mientras se colocaba la capa miraba furtivamente hacia la cama para ver si me había despertado. Después, creyéndome aún dormido, salió a hurtadillas de la habitación y un instante más tarde escuché un chirrido que solo podía provenir de los goznes de la puerta principal. Me senté en la cama y golpeé en la cabecera con los nudillos para cerciorarme de que estaba de verdad despierto. Saqué el reloj de debajo de la almohada. Eran las tres de la madrugada.

«Durante unos veinte minutos le di vueltas al asunto, intentando encontrar una explicación plausible. Cuanto más lo pensaba, más inexplicable me parecía.

»—Pero por todos los santos, Effie, ¿dónde has estado?

»Al oírme, se sobresaltó y profirió un grito entrecortado que me perturbó aún más que todas las otras cosas, pues había en ambos actos algo de indescriptible culpabilidad.

»—¿No duermes, Jack? —dijo con una risa nerviosa—.

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