El Derecho de Nacer: Un Resumen de los Capítulos Clave
En un famoso párrafo, al poco de comenzar La riqueza de las naciones, Adam Smith afirma que "no es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde confiamos obtener nuestra cena, sino de su propio interés. No invocamos su humanidad, sino su amor propio, y nunca le hablamos de nuestras necesidades, sino de sus beneficios". Estas líneas resumen a la perfección algunos de los principios fundamentales que caracterizan nuestra sociedad, probablemente con un rigor que el propio Adam Smith jamás hubiera previsto, ni tampoco deseado.
La División del Trabajo y la Responsabilidad
Resulta significativo que el párrafo se incluya en uno de los capítulos dedicados a la división del trabajo. La intención del autor es demostrar -a través del también famoso ejemplo de la producción de alfileres- los extraordinarios beneficios económicos y sociales de "reducir la ocupación de cada hombre a una simple operación y de hacer de esta operación la única ocupación de su vida".
La búsqueda del interés individual no es más que el motor que da lugar a la división del trabajo y también el aceite que lo lubrica. Sin embargo, no cabe desconocer que esos beneficios no se obtienen sin una contrapartida: la inevitable división de la responsabilidad por el resultado final. Es obvio que la división de la tarea común en tareas particulares implica una correlativa división de la responsabilidad por el producto obtenido. Cada trabajador se ocupa de su parcela, por lo que si esta se desempeña correctamente no procedería exigirle responsabilidad por los fallos que pudieran sobrevenir.
Ahora bien, la división de la responsabilidad no debería llevar a su completa delegación a menos, claro está, que esta tarea dividida y adjudicada sea, efectivamente, la única. La división del trabajo puede ser perfectamente compatible con el hecho de retener ciertas competencias o facultades de carácter común. Pero también puede pasar -y de hecho es lo que ha pasado- que el rigor de la división se agudice tanto que desaparezcan esas competencias comunes. Y no sólo porque se piense que lo más conveniente es que sean también divididas y adjudicadas, sino porque se considere que no hay aportación al bienestar común de mayor valor que la que resulta de ocuparse únicamente de una tarea: la maximización del propio interés.
La Delegación de Responsabilidad y la Mano Invisible
La delegación de responsabilidad se produce automáticamente cuando se asume como principio fundamental que la persecución del interés individual es el mejor medio de contribuir a un buen resultado colectivo. Se delega, por tanto, en una hipótesis que se considera verdadera: la mano invisible, usando los deseos egoístas de los hombres como vehículo del progreso, guía a la humanidad hacia un estado de cosas beneficioso y productivo, incluso aunque este objetivo no formase parte de la intención de uno sólo de esos individuos. El extraordinario triunfo del capitalismo -con todas sus sombras y miserias, por supuesto- constituiría una prueba evidente de la corrección de dicha hipótesis.
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Sin embargo, que el triunfo del capitalismo obedezca exclusivamente a tal presupuesto (para abreviar, "la hipótesis de la mano invisible") es algo que ha sido muy discutido. Existe una tesis antigua, pero que hoy ha sido retomada con nuevos bríos, que afirma que es absolutamente imposible construir una sociedad viable exclusivamente sobre deseos egoístas, y menos aún un sistema tan sofisticado y eficiente como el capitalista.
El Debate sobre la Moral y el Mercado
El origen -científico- de esta opinión se encontraría, por supuesto, en Max Weber, concretamente en su trabajo sobre la Ética protestante y el espíritu del capitalismo, y también en sus estudios en torno a las sociedades precapitalistas, donde la falta de escrúpulos y la persecución del descarnado interés estaban bastante más extendidos que en las mucho más competitivas sociedades capitalistas. Pero lo cierto es que cabe rastrearlo más atrás, hasta Edmund Burke, que defendía que la expansión del comercio dependía de la previa existencia de "maneras" y de "civilización", en definitiva, del "espíritu del gentleman".
Frente a estas posiciones se alegaba, desde una corriente que podríamos denominar "evolucionista" (mano invisible por excelencia), que aunque es cierto que el mercado necesita normas "morales" para funcionar adecuadamente, éstas son un producto del propio mercado, más que un presupuesto del mismo. La búsqueda del propio interés se afina con el tiempo hasta dar lugar a la creación de mecanismos "éticos" (así hemos convenido en llamarlos) a su servicio. Es lógico, por tanto, que las sociedades capitalistas sean más "morales" que las restantes, pues la moral es el producto de la persecución racional del interés.
De nuevo aquí cabe rastrear el origen de la opinión muy atrás, hasta antes que Hume, aunque fuese este autor el que la formuló con mayor propiedad, secundado luego por Hayek. Ésta es, sin duda, la opinión dominante en la actualidad, al menos entre los economistas liberales neoclásicos. Las reglas colectivas que rigen los comportamientos humanos, como la reciprocidad y la honestidad, pueden ser comprendidas, dentro del marco de la teoría de juegos, como el producto de interacciones entre individuos racionales que entran en sociedad para satisfacer inclinaciones puramente individuales.
Como afirmó Gary Becker en su discurso de recepción del Nobel (1993), el conjunto de comportamientos humanos y no sólo el capitalismo moderno puede ser considerado como resultante de una optimación racional. El tema, desde luego, es fascinante y su definitiva aclaración algo bastante pertinente en relación a temas tan cruciales para una sociedad como, precisamente, el de la responsabilidad individual y colectiva, la idoneidad y alcance de la intervención pública, las estrategias para superar las crisis económicas, las posibilidades de éxito de las distintas políticas de desarrollo y de cooperación internacional, etc.
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El Gen Egoísta y la Cooperación
Hace más de treinta años el biólogo y divulgador Richard Dawkins publicó un libro -que rápidamente se hizo mundialmente famoso- llamado El gen egoísta. No hace falta ni comentar que la perspectiva evolucionista domina de principio a fin, no sólo en lo que hace a genes y vehículos (o seres vivos), donde, por cierto, resulta terriblemente convincente, sino en todo lo demás. Concretamente el capítulo 12 lleva por título "los tipos majos llegan primero" y en él busca demostrar que la cooperación y el mutuo entendimiento derivados de una conducta que hoy llamaríamos honesta, o incluso generosa, es una estrategia estable desde el punto de vista evolutivo.
La tesis se apoya sobre la lógica del dilema del prisionero reiterativo. Es decir, en el dilema del prisionero a secas, lo racional es no cooperar. Pero cuando el juego se repite periódicamente entre los mismos jugadores (o entre distintos pero informados) -como suelen ocurrir las cosas en una sociedad- la estrategia racional es cooperar. Esta estrategia se suele denominar "Tit for Tat" (si me defraudas te castigo, si cooperas coopero) y termina provocando la cooperación de forma necesaria en beneficio (individual) de todos los jugadores.
La Necesidad de Normas Morales Preexistentes
Pues bien, en el año 1994 un economista llamado Jean-Philippe Platteau publicó dos artículos en los que defendía que la existencia de relaciones personales a largo plazo, creadoras de mecanismos reputacionales entre los jugadores, es incapaz por si sola de resolver los problemas de confianza que plantea toda sociedad, y especialmente la capitalista. Apoyándose en los trabajos de especialistas en teoría de juegos, concluía que para que la honestidad pueda predominar en una sociedad y convertirse en una estrategia estable es imprescindible:
- Que una gran cantidad de personas tenga de entrada una preferencia por la honestidad.
- Que esas personas tengan suficiente confianza en que la predisposición de las demás es también hacia la honestidad.
- Que su inclinación por la honestidad sea lo suficientemente fuerte como para no flaquear fácilmente por experiencias negativas y, en cambio, reforzarse por las positivas.
- Que los tramposos estén sujetos a fuertes sentimientos de culpabilidad cuando comprueban que la mayoría es honesta.
- Que las personas honestas estén dispuestas a sancionar las conductas deshonestas incluso cuando sus intereses particulares no hayan sido dañados.
En base a todo ello deduce que el cumplimiento de las cinco condiciones exige la preexistencia de normas morales en una sociedad, que la dinámica del juego no produce por si sola. Citando a Binmore afirma "que no hay nada inevitable en el "Tit for Tat", incluso en el marco restringido del dilema del prisionero reiterativo. Lo que la evolución produce es el resultado de accidentes históricos. En particular, no podemos confiar en que la evolución sea capaz de eliminar otras estrategias mucho más desagradables...".
La Eliminación de Normas Morales por el Mercado
Es más, cierta corriente de opinión dentro de esta tesis afirma, no sólo que el mercado no genera la moralidad que necesita para funcionar adecuadamente, sino que su tendencia es a eliminar la poca o mucha que una determinada sociedad tenga previamente gracias a sus particulares accidentes históricos, lo que constituye la antítesis directa de la postura evolucionista. El origen de esta opinión también es antiguo, incluso dentro de la propia teoría económica (véase Schumpeter, por ejemplo) pero ha sido defendida en la actualidad, entre otros, por el destacado politólogo Michael Sandel.
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Sus partidarios consideran que la idea -que ha devenido completamente dominante- de que el capitalismo se apoya básicamente en la búsqueda del interés individual, tiende gradualmente a eliminar las normas morales sin las cuales este sistema no puede funcionar adecuadamente. A medida que el proceso de división del trabajo se agudiza, en contra de lo que Durkheim opinaba, se reduce el ámbito de experiencias compartidas sobre el que se construye el mutuo entendimiento. Cada agente, cada rodamiento de la máquina, persigue su propio interés, y se desentiende completamente del interés final o común al que obedece la propia existencia del conjunto.
El proceso de racionalización que implica el capitalismo avanzado lleva a suprimir cualquier exigencia que no resulte de manera evidente de la lógica de la organización (el interés), bajo el argumento de ser un residuo -cuando no un prejuicio- histórico. Década tras década las exigencias se van limando, y si el sistema está construido sobre el interés individual (como lo está el capitalismo y también la democracia representativa) la lima va dejando a la vista un interés cada vez más elemental, individual y cortoplacista. La consecuencia lógica es la total delegación de responsabilidad en el sistema.
Cada uno puede perseguir su interés como tenga por conveniente, mientras se respeten las reglas del sistema, porque las reglas -el sistema- garantiza que el resultado final sea bueno. Pero como cada vez hay menos reglas y las que quedan cada vez se vigilan menos, el presupuesto no se sostiene. Y no se sostiene porque el capitalismo no está construido sólo sobre el interés individual, sino un conjunto de presupuestos ideológicos y de normas morales que definen lo que se ha dado en llamar una "civilización".
El Republicanismo Clásico y la Ética Cívica
En esta vía de pensamiento han encontrado un verdadero filón los partidarios de las teorías "culturalistas" -quizá los más conocidos de entre ellos sean hoy Samuel Huntington y Francis Fukuyama- algunos de los cuales han llevado la teoría quizá demasiado lejos, pero que resulta interesante recordar. Según los autores que más han afinado en esta línea lo que se encuentra en el origen del capitalismo en Europa no es tanto la ética calvinista y puritana característica de las ciudades protestantes del siglo XVII, ni el cristianismo propio de las ciudades medievales del centro y del norte de Italia, sino la ética secular del republicanismo clásico, tal como fue formulado por Maquiavelo.
Una ética centrada en las virtudes del humanismo cívico y en la necesidad de relegar las conveniencias particulares a un segundo plano cuando su búsqueda pone en peligro el interés de la ciudad. Aun admitiendo que la tesis sea correcta, de ahí no cabe deducir, lógicamente, que para que un sistema capitalista pueda prosperar adecuadamente sea imprescindible bombardear a sus ciudadanos desde el parvulario con cursos intensivos sobre Sócrates, Cicerón y Maquiavelo (lo que por otra parte tampoco estaría mal), ni que haya que ser cristiano o al menos nacer en un país con esa tradición. La realidad demuestra que no es así.
Lo que defienden sus partidarios es que para que el capitalismo nazca y se conserve en buena forma es necesaria la existencia de una ética -que puede tener un origen muy variado- que genere normas de conducta abstractas y generales aplicables a una gran cantidad de relaciones sociales, mucho más allá del restringido círculo del clan o de las personas conocidas. Se cita como ejemplo a Japón, a partir de su éxito a la hora de extender su versión del confucionismo más allá del limitado círculo de los samuráis.
La Importancia de los Modelos Personales
Lo que en definitiva viene a trascender de todas estas tesis es la importancia de ciertos modelos personales en la sociedad, de ciertas actitudes positivas que puedan servir de referencia para una mayoría de personas. Los propios especialistas en teoría de juegos lo han subrayado. Ya de por sí resulta "sorprendente" que se devuelvan intactas casi la mitad de las carteras perdidas en la ciudad de Nueva York (al menos en 1968). Pero es que cuando a los (involuntarios) jugadores se les mostraba previamente una actitud especialmente elogiable por parte de un tercero, el índice de devolución era todavía mucho más alto.
Las emociones, no la descarnada razón, es lo que guía a la gente a comportarse de una determinada manera, y en muchas ocasiones para bien, al permitirles descartar el gratificante corto plazo en aras a un lejano interés compartido. Los investigadores del cerebro humano han demostrado que las personas actúan 100 milisegundos antes de "decidir" hacerlo. Las decisiones supuestamente libres o "racionales" se toman en un ochenta por ciento en base a información subconsciente.
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