El Impacto Psicológico de los Gritos en los Niños

29.10.2025

Gritar a los niños es una forma habitual que tienen los padres de educar a sus hijos, pero esto ha cambiado en los últimos años. Ya no se recurre ni a los temidos azotes o bofetadas, pero todavía muchos padres gritan a sus hijos en alguna ocasión. Aunque la mayoría sabemos que no funcionan los gritos para educar a nuestros hijos siguen utilizando este recurso.

Para los expertos los gritos no solamente son totalmente ineficaces, sino que influyen en la autoestima de los hijos y en el aumento de la ansiedad y la depresión. Un estudio de 2014 realizado por The Journal of Child Development demostró que gritar produce resultados similares al castigo físico en los niños y supone un aumento de los niveles de ansiedad, estrés y depresión y en los problemas de conducta.

Consecuencias Emocionales y Psicológicas

Los métodos de crianza tienen un impacto duradero en el desarrollo emocional y psicológico de los niños. Entre estos, el uso de gritos como forma de disciplina ha sido tema de discusión y estudio, ya que gritar a los niños puede parecer una salida rápida para gestionar su comportamiento.

El cerebro de un niño está en constante desarrollo y es sensible a los estímulos negativos, incluyendo los gritos. Según investigaciones, la exposición repetida a gritos puede activar la amígdala, una estructura cerebral responsable de las respuestas emocionales de «lucha o huida».

Estudios de neuroimagen han mostrado que los gritos reiterados pueden alterar las conexiones neuronales, impactando el desarrollo del cerebro en áreas relacionadas con la regulación emocional y la toma de decisiones (Siegel & Bryson, 2012; Perry, 2009). La disciplina basada en el grito genera una serie de respuestas emocionales que afectan el bienestar del niño.

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Efectos Específicos

  • Ansiedad y Estrés: Los niños que crecen en ambientes donde los gritos son una práctica frecuente tienden a presentar niveles elevados de cortisol, la hormona del estrés.
  • Problemas de Autoestima: Los gritos reiterados pueden dañar la autoestima de los niños. Esto ocurre porque ellos suelen interpretar los gritos como mensajes de rechazo o desaprobación, lo que lleva a la internalización de creencias negativas sobre sí mismos.
  • Problemas en el Vínculo Familiar: La crianza basada en el grito deteriora la relación entre padres e hijos, ya que el niño tiende a percibir al adulto como una figura de temor en lugar de una fuente de apoyo y seguridad.

Los niños expuestos a gritos tienden a desarrollar patrones de conducta negativos en sus relaciones sociales y tienen más dificultades para manejar sus propias emociones. Esto se debe a que aprenden a reaccionar de manera defensiva, lo cual afecta su capacidad para gestionar conflictos, empatizar y desarrollar relaciones sanas con otros.

Algunos de los problemas emocionales que pueden aparecer son, por ejemplo, el miedo y la ansiedad. Los gritos pueden generar miedo intenso en los niños, que puede derivar en estrés. Esto puede afectar a su capacidad para regular sus emociones y dificultar su desarrollo social y emocional, además de que puede llegar a normalizarlo, lo que puede afectar negativamente el desarrollo del cerebro e, incluso, generar depresión infantil. Además, los niños que son gritados con frecuencia son más propensos a ser agresivos con otros niños y adultos. Un grito empeora los problemas de comportamiento que de por sí ya puede tener un niño, ya que puede llegar a pensar que gritar es una manera eficaz de conseguir lo que quiere. Algunos niños se vuelven «sordos a los gritos”, porque los han normalizado. En definitiva, gritar elimina toda la autoridad que pueda tener el padre o la madre.

Educar sin Gritos

Aunque los padres utilizamos este recurso en algunas ocasiones, la mayoría no están seguros si es una buena decisión. Se suelen utilizar para poner orden en una situación familiar conflictiva o para que nos tengan más respeto. Pero el resultado suele ser el contrario ya que nuestros hijos sienten que su actitud nos ha desequilibrado y nos deja fuera de control. Esta actitud demuestra que ante el conflicto no sabemos qué hacer. Si supiésemos lo que tenemos que hacer no estaríamos gritando.

A la mayoría de los padres nos cuesta eliminar el recurso de gritar a los niños para educar, ya que a nosotros nos han adoctrinado así. No ocurre lo mismo con los azotes y las bofetadas que ya no se contemplan como recurso para educar en ningún contexto. Pero los gritos todavía están muy extendidos.

Los últimos estudios señalan que gritar a nuestros hijos para corregir un mal comportamiento o una actitud es totalmente ineficaz. Si les gritamos a nuestros hijos lo mismo todos los días, este recurso seguro que no funcionará. Podemos gritarles mil veces órdenes como “No pegues a tu hermano” u “Ordena tu cuarto”, pero seguro que a la segunda vez ya no tendrá ninguna efectividad. El grito puede servir a los padres para desahogarse, pero si el objetivo es cambiar un comportamiento es totalmente ineficaz. Tenemos que buscar otras estrategias más efectivas y positivas para educar a nuestros hijos.

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No gritar a nuestros hijos a veces es complicado, pero a la larga puede ser beneficioso para toda la familia. Gritar asusta a nuestros hijos y no les ayuda a gestionar sus propias emociones.

Cómo Dejar de Gritar a Nuestros Hijos

A los padres nos cuesta no gritar a los niños en algunas ocasiones, pero es importante para su educación y su desarrollo como persona. Os vamos a dar algunos consejos para conseguirlo.

  1. Adquirir el compromiso de no gritar: Si estamos decididos a cambiar, debemos comprometernos a dejar de gritar a nuestros hijos y hablarles siempre con respeto. Incluso les tenemos que decir a nuestros hijos que vamos a dejar de hacerlo, aunque nos va a costar un poco. Si ellos tienen paciencia cada vez lo haremos mejor y de forma menos constante.
  2. Controlar nuestras emociones: Los padres tenemos que enseñar a nuestros hijos a controlar sus emociones. ¿Cómo les vamos a enseñar si nosotros mismos no las controlamos? Tenemos que hacer un esfuerzo para trabajar nuestras emociones y a partir de ese punto podremos ayudar a nuestros hijos.
  3. Recordad que los niños actúan como niños: Muchas veces nuestros hijos parece que están sordos. Les regañamos y los niños repiten el mismo comportamiento. Tenemos que darnos cuenta de su edad y que muchas veces no es que no quieran hacerlo, sino que están pensando en jugar y divertirse y simplemente se les olvida. Es muy difícil que un niño por ejemplo de cinco años tenga comportamientos de uno de diez.
  4. Escuchar a nuestros hijos: Nuestro último consejo es que siempre intentemos escuchar a nuestro hijo. Tiene que sentirse amado y escuchado en todo momento. Debe saber que entendemos sus sentimientos. Ese será el primer paso para que cambie su comportamiento. Cuando los niños son tratados con respeto y empatía, suelen empezar a comportarse bien y a querer tratar con respeto a los demás.
  5. Respirar antes de gritar: Muchas veces no controlamos nuestros gritos, sino que tenemos que pararnos, respirar. contar hasta 10 y hacer un esfuerzo para no hacerlo. En estos momentos de tensión todo se descontrola: los padres gritan, los niños lloran. Tenemos que evitar estos momentos y los mejor es controlarnos a nosotros mismos. Antes de gritar a los niños es mejor esperar a que nos calmemos todos. Si ya le hemos gritado debemos pedirle disculpas y una vez que nos hayamos tranquilizado sentarnos a hablar con él e intentar que verbalice porque tiene ese comportamiento. Tenemos que ayudarle a gestionar la rabia que ha originado su actitud.

Si en vez de gritar ayudamos a nuestros hijos a gestionar sus emociones, seguro que en futuro cambiará su comportamiento y su actitud.

La Ciencia Detrás de los Gritos

No lo olvides: si no quieres que tus hijos griten, sé el primero o la primera en no hacerlo. A lo anterior se suma un segundo agravante: el grito del adulto eleva el nivel de activación del niño impidiendo cualquier tipo de aprendizaje. Aunque haga un esfuerzo por pasar por alto la forma en cómo papá o mamá le transmiten la información (es decir, gritando) y trate de centrarse en el mensaje exclusivamente, no será capaz de generar las conexiones necesarias para que se produzca un aprendizaje significativo.

A modo de recordatorio: los niños no nacen sabiendo gestionar los conflictos: aprenden viendo cómo lo hacen los adultos, en particular, si estos son sus referentes. Si acostumbramos a perder los nervios, ellos también los perderán. Y cuando desaparece la calma, el niño no aprende.

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La explicación básica reside en la inmadurez de su cerebro: en la etapa infantil y también durante los primeros cursos de educación primaria, las funciones cognitivas encargadas de regular las emociones y la conducta de nuestros hijos están en pleno desarrollo. Debido a estas dificultades de regulación, recurren a los gritos (e incluso a los llantos) para comunicar sus emociones. Con el paso del tiempo y la consiguiente maduración cerebral, los niños aprenderán a regular su comportamiento y a expresar sus emociones de enfado, alegría o de cualquier otro tipo, sin necesidad de recurrir al grito.

Investigadores recomiendan utilizar estrategias de disciplina positiva para corregir el comportamiento sin generar un impacto negativo en el desarrollo emocional del niño. La evidencia científica es clara al mostrar que el grito como estrategia de disciplina tiene efectos negativos en el desarrollo emocional, psicológico y social de los niños.

La crianza positiva, que se enfoca en el respeto mutuo y en la empatía, ofrece una alternativa MUCHO MÁS EFICAZ y beneficiosa para fomentar un ambiente seguro y de confianza en el hogar.

Referencias

  • Bender, H. L., Allen, J. P., McElhaney, K. B., Antonishak, J., Moore, C. M., Kelly, H. O., & Davis, S. M. (2007). Uso de disciplina severa y problemas de comportamiento infantil: Una perspectiva a largo plazo. Desarrollo Infantil, 78(3), 964-976.
  • Groh, A. M., Roisman, G. I., van Ijzendoorn, M. H., Bakermans-Kranenburg, M. J., & Fearon, R. M. (2014). La importancia de la seguridad en el apego para la competencia social de los niños con sus pares: Un estudio meta-analítico. Apego y Desarrollo Humano, 16(2), 103-136.
  • McLeod, B. D., Wood, J. J., & Weisz, J. R. (2007). Examinando la asociación entre crianza y ansiedad infantil: Un meta-análisis. Revisión de Psicología Clínica, 27(2), 155-172.
  • Perry, B. D. (2009). Examinando el maltrato infantil desde una perspectiva neurodesarrollista: Aplicaciones clínicas del modelo de terapia neurosecuencial. Revista de Pérdidas y Trauma, 14(4), 240-255.
  • Siegel, D. J., & Bryson, T. P. (2012). El Cerebro del Niño: 12 Estrategias Revolucionarias para Cultivar la Mente en Desarrollo de tu Hijo. Bantam Books.
  • Simons, R. L., & Conger, R. D. (2007). Conectando las diferencias en la crianza de padres y madres con el autoconcepto de un niño en la adolescencia. Psicología del Desarrollo, 43(2), 294.
  • Wang, M., Liu, L., & Zhao, Y. (2016).

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