El Origen del Ingeniero del Meme: Un Viaje al Interior del Oído
El pabellón de la oreja sirve, en los mamíferos, para orientar y concentrar los sonidos en dirección al tímpano, pero nuestros lóbulos aplanados son solamente un vestigio de la evolución. Podemos consolarnos pensando que los pájaros y los delfines no tienen ese lóbulo externo, solo un pequeño agujero en el cráneo.
Avancemos unos centímetros en el conducto auditivo, hasta el tímpano. Imaginad una pequeña membrana tendida, una especie de piel de tambor de un centímetro cuadrado, que resuena. Habrá que amplificar ese sonido. Es el rol de los perfeccionados mecanismos que le siguen, el oído medio y el oído interno.
Unos puntos de conexión, fantásticamente miniaturizados y precisos, parecen un racimo de cosas pegajosas, salidos de una mente mezcla entre Salvador Dalí, Jérôme Bosch y Alien. Se descubre ese cafarmaum bajo el Renacimiento Italiano, en el siglo XVI, gracias a los grandes anatomistas diseccionadores como Vésale, Ingrassia, Eustachio y Fallopio.
Encontramos primeramente el hueso del peñasco que todo lo cobija: una escultura ósea, una excrecencia del hueso temporal, denso como el marfil, el bloque más duro de todo el esqueleto humano.
El Oído Medio: Un Amplificador en Miniatura
El primero, el oído medio, ocupa el volumen de un terrón de azúcar: un engranaje de tres huesecillos en un espacio de un centímetro: el martillo, el yunque y el estribo (éste de una talla casi como un grano de arroz). El sonido se propaga de uno a otro y también por <conducción ósea> y repercute en otra membrana, la <ventana oval>, un mini tímpano de un milímetro cuadrado. Pero el oído medio sirve también para defenderse del sonido. Protege los órganos más delicados, agazapados tras la ventana oval.
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El Laberinto del Oído Interno
Entramos en el santuario del oído: el laberinto, el oído interno. Dos vesículas, tres tubos curvados a modo de asa y una ensaimada enroscada como un caracol. Todo el conjunto de un tamaño de la punta del dedo meñique. El oído interno protegido en el fondo del cráneo, un vestigio acuático, un microcosmos del océano primitivo.
La audición nace en el agua, al igual que en todas las criaturas vivas. En ese laberinto hay dos órganos, cada uno conectado directamente con el cerebro, cumplen dos funciones diferentes. El primero y más antiguo en la evolución se llama vestíbulo, está formado por dos sacos y tres tubos curvados a modo de asa, es el órgano del equilibrio, informa al cerebro de la posición del cuerpo, y de sus miembros, en el espacio. ¿Cómo? Gracias al juego de las vibraciones internas que en esos tubos sacuden los miles de piezas de calcio que se encuentran en suspensión en una capa de aspecto similar a una especie de jalea.
El segundo órgano del oído interno, como clave de vuelta de la audición, se llama cóclea y posee una estructura de caracol. Su funcionamiento ha sido por mucho tiempo un misterio. Hasta Georg von Békésy, en 1948. Este ingeniero de teléfonos de Budapest, ese genial constructor de maquetas de oídos, modelados en metal y en caucho, herramientas de micro-cirugía y procedimientos micro-fotográficos, pudo visualizar el trayecto del sonido en cócleas disecadas. Obtuvo el Premio Nóbel en 1961.
Esas ondas se propagan a lo largo de la cóclea, dan tres vueltas y media en esa rosca, y se disipan sobre una membrana. En ese recorrido cada onda llega a un pico de ondulación, en un punto determinado de la cóclea. Impacta en la membrana enrollada en el interior de la cóclea, fina y tensa en la entrada y densa y mullida en el interior del caracol. Las frecuencias agudas se sitúan en la parte tersa y fina y los graves en la mullida y densa, entre los dos extremos se distribuyen el resto de frecuencias.
En ese estadio falta otra etapa a superar, entre la energía mecánica del sonido y la energía eléctrica en el cerebro. Esa es la tarea de las veinticinco mil células de Corti, distribuidas a lo largo de la superficie gelatinosa de la membrana. Cada una de esas células es a la vez un captor y una central eléctrica. Como en todas las células, la central eléctrica es una mitocondria, pero el captor es un apéndice único en su género. Con él conectamos con la prehistoria absoluta del oído. Ese ancestro da lugar a las células auditivas peludas, en cada célula, y así por decenas y centenas. A su alrededor se establecen órganos, evolutivamente unos tras otros.
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La construcción calcárea que flota en la vesícula, el oído primitivo, es una invención de las medusas microscópicas. La audición fina aparece con los primeros animales terrestres. El tímpano y los huesecillos aparecen en los batracios, las primeras cócleas en los saurios y los pájaros. Todos tienen un oído líquido en el fondo de su cráneo, salvo los insectos que poseen solo un tímpano, una pastilla pegada en el tórax, en la base de las alas o en las patas.
Los oídos más perfeccionados de la creación: los de los murciélagos y los delfines. Los dos practican la audición por eco-localización. Lanzan pitidos, gritos muy agudos y analizan el eco que les llega, con ello se hacen una imagen mental del mundo que les rodea más preciso que el de la vista. Eso exige una superagudeza, hipersensibilidad en los agudos.
El Misterio del Pelo y la Amplificación del Sonido
El pelo todavía no nos ha revelado todos sus misterios. A partir de los trabajos de von Békésy, quedaba pendiente una duda. La solución apareció a partir de 1978. Dos investigadores, un inglés y un sueco presentan una nueva teoría sobre el pelo. Después de años de desconfianza de sus colegas, obtuvieron la consagración final: un artículo en la revista Nature, la Biblia mensual de los biólogos. Su descubrimiento: dos capas de células ciliadas y dos funciones distintas para el pelo. En la capa interna, los cilios sirven como captor sensorial, pero en la capa externa la maquinaria es muscular. Una célula sensorial capta pasivamente las vibraciones gracias al desplazamiento del pelo. Hemos encontrado el amplificador que nos faltaba.
Pero nos queda todavía un enigma: ¿cómo se transmite el sonido a escala atómica y subatómica? Si tomamos las intensidades ínfimas y los sonidos muy agudos. Según los cálculos los pelos deberían ser bombardeados, al mismo nivel sonoro, por los ruidos parásitos salidos de su propia maquinaria-actividad celular. Pero no es así, solo se toman en cuenta los venidos desde el exterior.
Por su parte, la ciencia del cerebro aporta también elementos nuevos. En el cerebro ya no hay sonido en tanto tal, sino un código de impulsos eléctricos que sigue un recorrido complicado, a través de cinco o seis puntos de conexión sobre los cuales hay mucho que descubrir todavía. En cada paso de esos puntos de conexión, el mensaje sonoro sufre un filtrado sufriendo una eliminación progresiva de información considerada inútil. Una parte de los sonidos es percibida sin participar la atención como un <ruido de fondo>. ¡Sin embargo una parte del cerebro los percibe incluso cuando están mezclados con música audible!
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Alfred Tomatis y la Reeducación del Oído
Nuestro oído posee, pues, una sensibilidad vertiginosa, increíble, espectacular. Ahí es donde interviene Alfred Tomatis, el investigador entusiasta del oído. Un francés de avanzada edad que desde los años 50 acumula descubrimientos. Algunos le consideran iconoclasta, otros hasta charlatán, pero miles de músicos y cantantes, así como sordos, tartamudos, niños con discapacidades, o depresivos, han utilizado sus aparatos de reeducación del oído. He necesitado unos tres meses para hacerme una idea, una opinión.
He ahí la historia, entre 1945 y 1950, Alfred Tomatis, joven médico ORL (oto-rino-laringólogo) trataba a los empleados y obreros de los Arsenales de Aeronáutica, personal que trabajaba en un ambiente terriblemente ruidoso. Con sus propios ahorros instaló en el sótano del taller industrial, la carbonera, un laboratorio en el que medía las curvas de audición, es decir la sensibilidad a diferentes frecuencias sonoras, de las más graves a las más agudas.
En primer lugar el <audiograma> de un mismo obrero podía variar según sus expectativas sobre la futura utilización de esos datos - si temía perder el empleo o si esperaba obtener una pensión de invalidez - sin falsificarlo conscientemente: el oído se ajusta y funciona de modo autónomo, sin que se le haya dado indicación. Segunda sorpresa, los obreros desarrollaban sorderas selectivas a unas frecuencias que les son más agresivas, pero que si el obrero abandona el trabajo o se retira, con el tiempo recupera espontáneamente la audición normal.
A base de recoger audiogramas, Tomatis constató similitudes asombrosas: enfermedades, tipos físicos, rasgos de carácter, etc. Los cantantes fatigados, con dificultades de fonación, creían tener un problema en la laringe, pero los medicamentos no producían ningún efecto. Se sorprendió de no encontrar relación alguna entre forma y talla de la laringe y la tesitura vocal - bajo, barítono o tenor. Por si acaso, y a falta de otros instrumentos, les pasaba los tests audiométricos similares a los establecidos a partir de los resultados de los obreros. La curva auditiva aparecía muy específica para cada tipo de voz.
¿Se podía hacer algo más? Con un casco o un altavoz, se pueden suprimir o reforzar algunas frecuencias, gracias a unos determinados filtros. Tomatis colocaba sobre la cabeza de sus pacientes unos cascos y les hacía cantar mientras manipulaba esos filtros. Sus hipótesis se confirmaron. Se divertía incluso analizando y reconstruyendo, a partir del análisis de la voz registrada en los discos, la curva de audición de Caruso, el legendario cantante, de su admiración. Cuando instalaba en un casco una <escucha al modo de Caruso> sus pacientes, cantantes o no, comenzaban a vocalizar con el mismo timbre que Caruso y además conseguía darles una gran energía, sintiéndose eufóricos.
Los efectos registrados llevaron a poner atención sobre el oído derecho. Cuando suprimía la audición a la derecha, un cantante perdía todo el control de la voz. Conclusión: existe un <oído rector o director> que controla la voz, tanto en el canto como en el lenguaje hablado.
Un día, Zino Francescatti, el gran violinista, notó un malestar en los brazos y en los dedos al pasar bajo algunos de los filtros, y Tomatis encontró una nueva dirección de investigación: cuando se modifica la audición, la voz cambia, pero también la postura, el control de los movimientos, el humor. Evidentemente, el efecto funciona bajo los cascos. Y lo consiguió. La curva auditiva se transforma, el oído aprende a percibir ciertas frecuencias o a <atender preferentemente> los sonidos a la derecha. Podía curar unas sorderas, unos problemas vocales y tal vez otras cosas.
Si tienen dificultades en comprender o en pronunciar el inglés, se debe a su oído que no llega a percibir algunas frecuencias agudas, muy habituales en el inglés. Algunas lenguas son más ricas que otras en frecuencias extremas - el ruso, por ejemplo. De ahí la facilidad desconcertante de los rusos para aprender lenguas. ¡Y las dificultades de los franceses y los españoles! El Oído Electrónico llega a condicionar la audición, hace que el aprendizaje sea más rápido.
Las primeras experiencias en los institutos dieron unos resultados curiosos: los alumnos mejoraron también en otras asignaturas, su memoria y su atención aumentaron, en especial en los <disléxicos>, esos pobres diablos que no son tontos pero que tienen dificultades para concentrarse en clase y no consiguen aprender la sintaxis y la ortografía. Los disléxicos, según él, sufren unos bloqueos auditivos. Sus oídos están cerrados por razones psicológicas, que se remontan a su más tierna infancia, a las frecuencias que vehiculan el lenguaje y no han adquirido la <lateralidad>, la escucha regida por el oído derecho.
Decididamente, Tomatis encontró una pista que le llevó muy lejos del punto de partida. Y no se habían terminado las sorpresas. Las ideas se atropellan en su cabeza, experimenta sin cesar. Según él, a partir del tímpano, el sonido se transmite por conducción ósea hasta la cóclea. El rol de los tres huesecillos, de los músculos que los accionan y de los fluidos internos no consiste en transmitir el sonido, sino bien al contrario están ahí para amortiguar el sonido, para regularlo, con el fin de adaptar la audición al entorno acústico y a las necesidades inconscientes del cerebro.
Otra herejía de Tomatis: el vestíbulo hace mucho más que asegurar el sentido del equilibrio, ejerce un control sobre todo el conjunto del cuerpo: los miembros, los órganos, los músculos y la piel. De ahí el reflejo de las enfermedades y de las particularidades físicas en la curva de audición, y el efecto de retorno de una reeducación sobre todo el cuerpo.
Tercera herejía: la detección de los sonidos no es más que una de la funciones del oído. De modo que es el oído el que provoca la elaboración del sistema nervioso, desde el pelo del flagelo hasta nuestro cerebro esculpido por y para el lenguaje. Y es para oír mejor que nos sostenemos de pié. Las adendas sucesivas en el oído interno empujan a la especies, poco a poco, hacia la verticalidad.
El oído con toda su potencia nace en la noche de los tiempos, pero también en la <noche uterina>. Y ese fue otro polo de sus investigaciones. Los indicios: el oído es el primer órgano sensorial en aparecer en la génesis del embrión, desde las primeras semanas del embarazo. Y el único que está completo y en estado de revista mucho antes del parto, a los cuatro meses y medio aproximadamente.
El trabajo de Tomatis: en primer lugar, grabar los ruidos intrauterinos con micrófonos aplicados sobre el vientre de las mujeres embarazadas. ¿Eso es lo que verdaderamente oye el feto? No, explica Tomatis. Hay un efecto de retrotracción imprevisto. Esos ruidos son demasiado agresivos, demasiado abrumadores. Si el feto verdaderamente los estuviera escuchando, se sentiría aturdido permanentemente. ¿Y qué es lo que oye? ¡Ante todo la voz de su madre! Le llega por conducción ósea, a través de la columna vertebral, para amplificarse en la caja de resonancia formada por la pelvis.
La primera demostración sucedió por casualidad. Tomatis dio a escuchar a un amigo una reconstrucción de un <parto sónico>, el paso de la audición líquida, intrauterina, a la audición aérea. El amigo estaba acompañado por una niña, su hija de nueve años, que asistía pasivamente a la sesión. De repente la niña comenzó a gritar: < ¡Veo dos ángeles blancos! ¡Veo a mamá! >.
Algunas semanas más tarde, Tomatis recibió a Françoise Dolto, psiquiatra famosa. Ella había oído hablar de parto sónico y quiso hacer algunas pruebas, una con un paciente esquizofrénico de 11 años, que, según ella <no había nacido>. <Era un niño infernal, irascible, que se movía sin parar, no podía estar quieto sentado en un lugar, lo rompía todo a su paso. <Yo me estaba ocupando de los filtros descendentes hacia el parto sónico. Los filtros se volvían menos potentes, permitiendo sucesivamente el paso de los sonidos cada vez más graves. El chico se puso a balbucear, como lo haría un bebé. Cuando la cinta terminó, se levantó, se dirigió al interruptor, encendió la luz y volvió al lado de la mujer. Era invierno,...
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