Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete: Legado y Familia

17.11.2025

Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, IV Marqués de Ruchena, fue una figura destacada en la historia de España. Este artículo explora su vida, desde sus logros académicos y políticos hasta su legado familiar.

Orígenes y Familia

Nació el 27 de octubre de 1881 en Loja, Granada. Sus padres fueron Gonzalo Fernández de Córdoba y López de Vinuesa, rentista, natural de Loja y Elisa Morales Uceda, natural de Manila. El matrimonio tuvo ocho hijos: Francisco, Gonzalo, María de los Ángeles, María de la Presentación, Elisa, María de la Trinidad, María de la Concepción y María Josefa. Sus abuelos paternos fueron Francisco de Paula Fernández de Córdoba Campos y Tamara López de Vinuesa y Sánchez del Corral, natural de Alhama de Granada. Contrajo matrimonio con María del Rosario Moreno Agrela.

Formación Académica

Acabó sus estudios de secundaria en el Instituto de Granada, el 8 de mayo de 1898, obteniendo la calificación de Aprobado. Ese mismo año comenzó los estudios de Derecho en la Universidad de Granada. Terminó sus estudios de licenciatura el 16 de junio de 1903, obteniendo el título el 10 de mayo de 1904 con la calificación de Sobresaliente con premio extraordinario. Fueron jueces de la licenciatura: Pablo de Peña, Agustín Hidalgo y José Martos de la Fuente. Todas las asignaturas de la carrera habían sido calificadas con Sobresaliente y premio.

Realizó los estudios de doctorado en la Universidad Central. Su memoria doctoral se tituló: “Investigación de un criterio que sirva para determinar la ley que compete a las relaciones jurídicas”. La memoria mereció la calificación de Sobresaliente, el 14 de diciembre de 1904. Los miembros del tribunal que calificaron su ejercicio de doctorado fueron: Felipe Sánchez Román, como presidente y Niceto Alcalá-Zamora como secretario. Como vocales: Tomás Montejo, José María Olózaga y Alfonso Retortillo. El título de doctor le fue expedido el 28 de julio de 1905.

Carrera Profesional y Política

Ingresó por oposición en la cátedra de Derecho Internacional Público y Privado de la Universidad de Salamanca el 16 de marzo de 1907. Tomó posesión de la misma el 26 de marzo siguiente. El título de catedrático le fue expedido el 29 de julio de 1907. En 1910 se encuentra en la Universidad de Valladolid, ocupando la cátedra de Derecho Internacional. En 1925 es Vicerrector de la Universidad de Granada, universidad donde se jubilará en 1951.

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Diputado en las Cortes Generales por el distrito de Loja en 1918, 1919, 1920 y en 1923. Previamente se había presentado a las elecciones en 1913 como líder del Partido independiente conservador, escindido del Partido Conservador, y conocido como Partido “Gonzista”. Aunque fue elegido, su elección fue anulada por el gobierno y se dieron por vencedores a los candidatos del Partido Conservador tradicional. Fue el lider del Partido Conservador independiente de Loja durante la Restauración, conocido como los “gonzalistas”.

En 1951 se le otorgó la Orden de Alfonso X el Sabio, como premio a los servicios universitarios prestados durante 44 años.

Muerte y Legado

Murió el 20 de abril de 1955, a los 73 años, en Madrid, tras una rápida enfermedad. Fue enterrado tres días después en el panteón familiar de Loja.

El Crimen de Los Galindos

La finca pertenecía a Mercedes Delgado Durán y a su marido, Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, comandante y marqués. Al frente de la intendencia estaba Antonio Gutiérrez Martín, viejo amigo del dueño, teniente del Ejército, que funcionaba como administrador. Ninguno de ellos estaba en el lugar el día de autos.

El cortijo de Los Galindos, con sus 400 hectáreas de olivos y desierto, parecía hervir bajo el sol. Las moscas, en cambio, disfrutaban de la sangre de cinco personas asesinadas a golpes y tiros de escopeta. Era 22 de julio de 1975. Hace 50 años.

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A las cuatro de la tarde, Antonio Fenet, uno de los trabajadores que venía de acuchillar olivos, vio una columna de humo que salía del cobertizo. Alertó a sus compañeros. Era raro que alguien hubiera hecho fuego a esas horas. Todo parecía un incendio accidental. Acudieron corriendo hasta el lugar. Llamaron a voces, pero nadie contestó. Dieron la vuelta al edificio y encontraron un reguero de sangre que les cortó la respiración. Antonio, el más avispado, cogió una moto y se fue al cuartel de la Guardia Civil gritando: “¡Sangre y fuego en Los Galindos!”. Volvió con dos agentes de la Benemérita. Envalentonados, los hombres se dispusieron a seguir el rastro sanguíneo.

Llegaron así a la casa de Manuel Zapata, el capataz de la finca. Uno de los guardias llamó a la puerta y todos esperaron en vilo. Al no recibir respuesta, dispararon al cerrojo y entraron. Les recibió una perra bodeguera, que aguardaba junto a un gran charco de sangre del que salía otro camino rojo. La sangre nunca miente, y les llevó hasta la habitación donde encontraron a Juana Martín, la mujer del capataz, de 53 años. Tenía la cabeza llena de golpes que habían provocado su muerte.

Llegaron entonces Alejandro Arcenegui, el forense del juzgado de Paradas, y su hijo Ildefonso, que era estudiante de medicina. Mientras, los hombres habían apagado el fuego. Entre los rescoldos, el vástago del forense halló dos cuerpos quemados. La cosa se complicaba. Estaban calcinados, pero las gafas de Pepe González, grandes, de pasta negra, eran inconfundibles. La persona que yacía a su lado no podía ser otra que su mujer, Asunción Peralta, de 34 años. Llevaban solo siete meses casados, y ella estaba embarazada. A pocos metros se veía el coche de la pareja con las puertas abiertas. Dentro del vehículo apareció una escopeta con la culata rota. Parecía que la habían usado para golpearlos hasta la muerte. Uno de los trabajadores la identificó: “Es el arma de Zapata, el capataz”.

Pero el rastro de sangre no terminaba ahí. Ildefonso Arcenegui lo siguió como si fuera un episodio de “Colombo”, la serie que echaban en TVE. Entre la maleza descubrió el cuerpo sin vida de Ramón Perrilla, tractorista, que mostraba dos heridas en los brazos, y dos disparos, uno en el pecho y otro en la espalda. En ese momento apareció la prensa y la televisión hasta pisotear el lugar del crimen unas 50 personas.

El principal sospechoso era Manuel Zapata, el capataz, un tipo trabajador que había sido legionario y Guardia Civil. La hipótesis era que había matado a los cuatro a golpes usando la escopeta y una pieza de la empacadora llamada “pajarito”, salvo a Ramón, al que descerrajó dos tiros. La elucubración tenía fallos. Esa pieza solo la tenía el administrador, que no estaba en Paradas. No era el único en faltar en la escena del crimen. Fernández de Córdoba había asistido al funeral de un familiar, y su esposa estaba en Sevilla. Cuando se enteraron, el marido y el administrador se dirigieron a Los Galindos. Echaron a todos, y se quedaron a dormir dos noches los dos solos.

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Curiosamente, o no, al tercer día apareció Manuel Zapata, aunque muerto. Su perra lo encontró debajo de una montaña de paja. Tenía un golpe en la cabeza propinado con el “pajarito”, y exhibía en el pecho una horquilla de tres púas que casi le salía por la espalda. El forense dijo que fue el primero en morir, por lo que dejó de ser el principal sospechoso, claro. Pensaron entonces en Pepe, cuya mujer, Asunción, le era infiel con Zapata, y que, quizá henchido de celos, se había liado a matar.

Perdidos, el juez pidió ayuda a la Policía Nacional, que se negó porque la escena del crimen y las pruebas estaban absolutamente contaminadas. Y ahí se quedó.

Tabla resumen de los hechos del Crimen de Los Galindos

Víctima Descripción
Juana Martín Esposa del capataz, encontrada muerta con golpes en la cabeza.
Pepe González Cuerpo quemado, identificado por sus gafas.
Asunción Peralta Esposa de Pepe, embarazada, encontrada junto a su marido en el incendio.
Ramón Perrilla Tractorista, presentaba heridas de bala.
Manuel Zapata Capataz, encontrado muerto con un golpe en la cabeza y una horquilla clavada.

Atribución falsa

La investigación se reabrió en 1983, cuando Heriberto Asencio, juez de Marchena, recibió una carta. Procedía del alcalde de Paradas. Tenía fecha de 1976. Estaba sellada en Zaragoza y firmada por “Juan”, que se atribuía los crímenes, confesaba haber recibido 10.000 pesetas. Decía que el verdadero objetivo era Manuel Zapata por estar enterado del fraude fiscal que implicaba a Fernández de Córdoba. Asencio exhumó los cadáveres. Encontraron que Pepe fue asesinado a golpes y que trataron de desmembrarlo. No había sido él.

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