Alfonso X el Sabio: Biografía de un Rey y su Legado

25.09.2025

Al morir en 1252, Fernando III «el Santo» dejó a su hijo Alfonso X (1221-1284), llamado «el Sabio», los reinos unidos de Castilla y León. La unión de los dos reinos fue permanente.

Alfonso X (1221-1284) heredó unidos los reinos de León y Castilla a la muerte de su padre, Fernando III, en 1252. A tal unión, que ya no se disolvería, Fernando III había agregado nuevos territorios en el sur de la Península Ibérica, conquistados a los musulmanes, que incluían Córdoba, Murcia y Sevilla, y el propio Alfonso había participado, junto a su padre, en la toma de estas dos últimas ciudades.

Poco se sabe acerca de su formación, pero puede al menos detallarse el nombre de algunos intelectuales ligados a él desde su juventud. Jacobo de Junta, un importante hombre de leyes, le dedicó siendo infante las Flores de derecho, según afirma un prólogo a esta obra. Pedro Gallego, autor de algunos textos científicos, fue su confesor, y recibió el obispado de Murcia a la conquista de esta ciudad. Parece haber sido el destinatario de un ars dictaminis a cargo de Pedro de Provenza en 1252, lo que podría indicar que este importante personaje tuvo parte en su educación. Por fin, uno de los colaboradores más activos y relevantes de Alfonso, Judá ben Moisés ha-Cohen, figura ligado a él al menos desde 1243, como informa el prólogo al Lapidario. Por lo demás, Fernando III parece haber cuidado en detalle la educación de sus hijos y, uno de ellos, el infante Felipe, estudió en París con San Alberto Magno.

El 1 de junio de 1252, Alfonso accedió al trono del reino cristiano más importante de España. A su subida al trono, Alfonso X heredaba el reino más importante de la Península Ibérica, y lo hacía en unas circunstancias de indudable optimismo, por las cuales parecía que se estaba llegando al cumplimiento de un destino histórico, sin duda relacionado con una ideología que pretendía recobrar la forma y el esplendor del poder visigodo desaparecido a comienzos del siglo VIII con la invasión musulmana.

Como observó Antonio G. Solalinde, uno de los mayores especialistas en la obra alfonsí, la biografía del rey, al menos con los datos de que disponemos, no permite intuir ni presuponer el extraordinario impulso que dio a la cultura. Esta consideración, por sencilla que sea, apunta a una cierta distancia entre los hechos y los textos, e invita también a entender la obra de Alfonso X como un proyecto con una ineludible raigambre histórica pero sin circunscribirlo estrechamente a los vaivenes o conflictos inmediatos de su reinado. En otras palabras, parece que el proyecto alfonsí se gestó con una mirada a largo plazo, por lo que no es susceptible de una contextualización puntual o unidireccional.

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El Legado Cultural de Alfonso X

Desde el comienzo de su reinado, el rey puso en marcha un programa cultural en el que destacaron la ciencia, el derecho y posteriormente la historia y la poesía. Se trata de una percepción que sin duda debió de favorecer el amplio programa cultural puesto en marcha por el rey ya desde los inicios de su reinado, cuyos pilares fueron, en principio, la ciencia (incluyendo astronomía, astrología y magia) y el derecho, incorporándose después la historia y la poesía.

Este proyecto está gobernado por la idea de la difusión de los textos y su aprovechamiento por parte de los súbditos, algo que trataba de propiciar una visión favorable de tal programa en base a su implícito carácter benéfico. Es por ello que la lengua fundamental en dicho programa fue el romance castellano, algo encaminado también a dotar de una identidad textual, por decirlo así, a sus destinatarios. Sin embargo, no es fácil determinar con exactitud cuál fuera la audiencia real de los textos y tampoco cuáles hayan sido las condiciones concretas de la recepción de la obra alfonsí.

En este impulso cultural tiene gran importancia el uso de la lengua romance castellana, con el que pretendía llegar a una audiencia más amplia en el conjunto de sus súbditos. Al mismo tiempo, toda esta producción constituye el legado en el que se basa la primera cultura en castellano, tanto desde el punto de vista lingüístico como intelectual. Por otra parte, redactó de su propia pluma las Cantigas de Santa María en la lengua culta del momento en la corte, el galaicoportugués, lo que constituyó una gran aportación al prestigio de esta lengua romance.

La producción cultural de Alfonso X puede agruparse en torno a varios bloques: obras científicas y paracientíficas, obras doctrinales y didácticas, obras legales, historiografía y poesía. En general, tiene una eminente vocación práctica y constituye, en su conjunto, un magnífico elogio del saber, como una condición liberadora, que puede llevar al hombre a coronar con éxito todas sus iniciativas. Se encuentra encaminada a conocer y actuar sobre la naturaleza y el destino (ciencia), a ofrecer una serie de consejos sobre moral y conducta (didactismo), a sentar las bases de una organización social fundamentada en el bien común (obras legales) y a proporcionar los pilares de una identidad colectiva y de una conciencia histórica (historiografía).

No todos los textos son reductibles a este esquema, pues hay algunos, como los poéticos, que tienen que ver con prácticas cortesanas que no son exclusivas del contexto alfonsí, aunque la inclinación mariana del rey, con sus Cantigas de Santa Maria, resulta bastante singular. Tampoco es sencillo saber qué líneas de fuerza ligan los diversos componentes de este proyecto, pues no existen indicaciones al respecto en los textos.

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Aunque el mecenazgo artístico y literario de la realeza es un hecho bien documentado y conocido, con importancia creciente a partir del siglo XII, la forma en que Alfonso X se encargó de impulsar la cultura tiene unos rasgos netamente distintivos. Como señaló la investigadora Evelyn S. Procter, en la que es aún una de las mejores visiones de conjunto de la producción alfonsí, la corte de Alfonso se singulariza frente a otras próximas, como la de Federico II en Sicilia, por el uso de la lengua vernácula y por la existencia, implícita al menos, de un programa cultural destinado a proporcionar una serie de obras de referencia. Además, como indica esta misma estudiosa, la posición de Alfonso como mecenas presenta igualmente caracteres propios: las obras no fueron, por lo general, elaboradas por tal o cual autor, que después las dedicaba al rey, sino que parecen haber sido el fruto de un esfuerzo colectivo, de labores en equipo, llevadas a cabo bajo la supervisión, más o menos directa, del propio rey.

Es en la definición del papel desempeñado por Alfonso donde resulta más difícil ofrecer precisiones. El prólogo al Libro de la ochava espera afirma que el rey revisó el resultado final, aunque no está claro si se refiere a los contenidos o al lenguaje. Más allá de esta declaración, se diría que Alfonso tuvo un estrecho contacto con sus colaboradores y que fue en buena medida responsable del diseño global de su producción, así como del diseño general de las obras más importantes y originales, como las históricas, las legales, las compilaciones mágicas o las Cantigas de Santa Maria. Para las obras más técnicas, como las Tablas alfonsíes, cabe suponerle una intervención menos decisiva.

Hacia esa forma de dirección y supervisión general apunta, en efecto, un conocido pasaje incluido en la General estoria, donde se explica el sentido de una afirmación como la de que el rey hace un libro: «el rey faze un libro non porque él escriva con sus manos, mas porque compone las razones d'él, e las enmienda e yegua e enderesça, e muestra la manera de cómo se deven fazer, e desí escrívelas qui él manda; peró por esto dezimos por esta razón que él faze el libro». Don Juan Manuel escribió que el rey encontraba tiempo para dialogar con sus intelectuales, y para planear sus obras con ellos. Uno de sus colaboradores, Bernardo de Brihuega, nos ha dejado un precioso testimonio de la exigencia del rey, que afecta también a la definición de sus tareas, pues parece que se encargaba de supervisar los materiales con los que se redactaban sus obras, con el objetivo, típicamente alfonsí, de que fueran lo más completas posibles. Dice Bernardo que nadie debe maravillarse si ha acabado escribiendo varios volúmenes sobre las vidas de los mártires y los santos, obra que ha emprendido por encargo del rey, pues éste le hizo reunir muchos libros, y aun después de ello, le obligó a recorrer su reino en otras dos ocasiones en busca de varios textos más que faltaban en su obra.

Ahora bien, la obra alfonsí es una obra de equipo, y resulta inimaginable sin los colaboradores. Desafortunadamente, sólo conocemos bien los nombres y el trabajo de los colaboradores científicos y de algunos de los traductores. Entre los colaboradores científicos destacan especialmente dos, ambos judíos: Judá ben Moisés ha-Cohen e Isaac ben Sid. El primero, ligado a Alfonso desde su juventud, al menos desde 1243, parece haber tenido una importancia decisiva en las obras astrológicas y mágicas, y estuvo implicado en casi todos los textos en estos dos campos. Su perfil intelectual es el que hoy conocemos mejor, merced en especial a los trabajos de Gerold Hilty. Participó, junto a Isaac ben Sid, en la elaboración de las Tablas alfonsíes, aunque su tarea en esta obra ha sido caracterizada por Julio Samsó como la de un astrónomo de biblioteca. Isaac ben Sid fue, en cambio, el científico de Alfonso X: a él se debe en su mayor parte la traducción de los tratados sobre instrumentos y la redacción de aquellos para los que no existían originales árabes disponibles. Es posible que desarrollara el Tratado del cuadrante señero, para el que no se han descubierto fuentes posibles. Y copió, en 1268, un manuscrito árabe sobre autómatas, quizá construyendo algunos de los mecanismos que en él se detallan. La actuación de estos dos intelectuales fue sin duda brillante. En torno a ellos se sitúan otros colaboradores, que en unas ocasiones trabajaron a su lado y en otras de forma independiente. Con alguna excepción, su perfil intelectual es más difuso.

Mientras que para el caso de las obras científicas y de ciertas traducciones disponemos de estos datos y nombres, para el resto de la producción alfonsí debemos movernos entre conjeturas. Este hecho no parece casual, pero no resulta fácil de explicar. Se diría que los conocimientos técnicos requeridos por los textos científicos propiciaron la mención de sus responsables directos, y también parece que en la mayor parte de las traducciones del árabe se hizo consignar el nombre del traductor o traductores. No así para los textos de raigambre latina, que constituye el fondo cultural de donde proceden las obras legales, historiográficas y poéticas, y que el rey asume sin distancia. En todo caso, pueden ofrecerse algunos nombres que seguramente estuvieron implicados en estos trabajos, aunque sus tareas concretas no puedan delimitarse en la mayoría de los casos. Es muy posible que Jacobo de Junta, que habría dedicado al joven Alfonso las Flores de derecho, tuviera un peso importante en la producción legislativa. Lo mismo se ha sugerido a propósito de Fernando de Zamora, autor de un tratado sobre derecho procesal, y que participó en varias misiones diplomáticas de Alfonso.

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Entre todos los que se han aducido (Burgos, Sevilla, Murcia y Toledo), esta última ciudad parece haber tenido un peso muy significativo, y cabe pensar que allí se encontrara el escritorio regio. Toledanos eran varios de los colaboradores alfonsíes, en Toledo se llevaron a cabo las observaciones astronómicas, y allí se documenta la traducción de algunas obras, como el Libro conplido.

Política y Conflictos Durante su Reinado

En el plano político y militar, el legado alfonsí no resulta tan importante como cabría esperar del impulso de su padre a la empresa de la Reconquista. Precisamente por la gran expansión territorial experimentada, se ocasionaron problemas sociales y de creación de estructuras que impidieron continuar con el mismo brío la soñada expulsión del invasor musulmán. Conquistó Jerez y Cádiz y realizó expediciones contra Salé y el puerto de Rabat. Fracasó en sus aspiraciones al trono del Sacro Imperio Romano Germánico al que tenía derecho como hijo de Beatriz de Suabia.

En lo político, el optimismo con el que Alfonso X accedió al trono de León y Castilla no se vio refrendado por el curso de los hechos. La enorme expansión territorial y los problemas estructurales y sociales que acarreaba precisarían de mucho tiempo antes de que pudiera alcanzarse ese destino histórico soñado por el rey, y que sólo se lograría, bajo premisas muy distintas ciertamente, con los Reyes Católicos. Varias revueltas nobiliarias, crisis económicas endémicas, paralización de las conquistas territoriales y un azar no siempre favorable dan una imagen de su reinado un tanto sombría, aunque la valoración histórica de Alfonso X debe permanecer sin duda abierta al debate.

Alfonso desarrolló activamente una política económica beneficiosa para el reino. Reformó la Hacienda y la moneda y otorgó la concesión de numerosas ferias.

Por otro lado, Alfonso fue elegido Rey de Romanos en 1256 y propuesto como candidato al Imperio, aunque no llegó a obtener esta dignidad. En el momento más propicio, el de su elección por las ciudades italianas, el rey no pareció dar demasiada importancia a estos hechos, y cuando lo hizo, diez o quince años después, fue demasiado tarde, obligado a renunciar a sus aspiraciones por el papa Gregorio IX en 1275. Ello supuso una indudable decepción para el rey.

El Conflicto Sucesorios

El revés más doloroso del monarca fue la muerte en 1275 de su primogénito y sucesor al trono Fernando de la Cerda. Los últimos años de su reinado fueron ensombrecidos por el conflicto sucesorio que desembocó en abierta rebelión de su segundo hijo, Sancho, al que se unió gran parte de las ciudades y la nobleza.

Ello supuso una indudable decepción para el rey, aunque el revés más doloroso y significativo en sus planes fue la muerte, en ese mismo año, de su heredero, Fernando de la Cerda, con quien estaba estrechamente unido. Este imprevisto dio lugar a un complejo y conflictivo proceso de sucesión, en el que acabó triunfando el partido que apoyaba al infante Sancho, el segundo hijo del rey, en torno a quien se agruparon los sectores más descontentos con Alfonso.

Fernando de la Cerda murió en 1275 Villa Real (Ciudad Real), cuando se dirigía a la frontera para enfrentarse a los benimerines, quienes habían cruzado el estrecho de Gibraltar. La Crónica de Alfonso X detalla cómo, desde ese momento, se planteó el conflicto sucesorio que su fallecimiento acarreaba. Fue Fernando hijo de Alfonso X, rey de Castilla, y de su esposa, la reina Violante de Aragón. Era nieto de Fernando III, rey de Castilla y León, y también de Jaime I el Conquistador, rey de Aragón.

En las Cortes de Vitoria de 1256 fue proclamado y juramentado como heredero al trono. Al cumplir el infante llamado De la Cerda diez años de edad su padre convino su matrimonio con la infanta Blanca, hija de Luis IX de Francia. Contaba entonces el infante Fernando con catorce años de edad, siendo su esposa tres años mayor que él. Después de los esponsales el infante fue armado caballero por su padre el rey.

En 1271 Alfonso X, ordenó que todos los asuntos fueran transferidos al infante Fernando de la Cerda, que en esos momentos se encontraba en la ciudad de Valladolid. En 1272, durante la revuelta de los nobles contra Alfonso X, intervino el de la Cerda en las negociaciones mantenidas entre su padre y los nobles sublevados. De nuevo en marzo de 1273, participó en el concejo de Almagro, en el que se trató de las dificultades de la presión fiscal, así como del cobro de los diezmos derivados de los aranceles, y el problema de los negocios de Cortes.

El día 25 de julio de 1275, falleció el infante Fernando de la Cerda de forma repentina en Ciudad Real, llamada en aquella época Villa Real, cuando iba a ponerse al frente del ejército destinado para combatir a los benimerines en el sur de la península. “…Et estando el infante don Ferrando en esta villa, adolesció de gran dolencia.

Los restos del infante D. Fernando reposan en la actualidad en un sepulcro colocado en la nave de Santa Catalina del monasterio burgalés. El sepulcro se encuentra cobijado bajo un arco con lucillos de arcos escalonados, con adornos vegetales y escudos de Castilla y León cuartelados, sin corona. Las arquivoltas interior y exterior del arco se encuentran adornadas con hojas de vid y racimos de uvas, mientras que la arquivolta central se adorna con castillos y leones. El sepulcro que contiene los restos del hijo primogénito de Alfonso X conserva su policromía, consistente en escudos, enmarcados, de Castilla y León, apareciendo intercalados entre ellos escudos con las armas del Reino de Aragón, por ser la madre del infante hija de Jaime I el Conquistador.

Conflictos a causa de la muerte prematura de Fernando de la Cerda

En las Cortes de Segovia de 1278, reconocía Alfonso X como heredero a su segundo hijo, el futuro Sancho IV, en aplicación del derecho tradicional. Fue entonces cuando Violante, mujer de Alfonso X, acompañada de sus nietos los infantes de la Cerda, y de la madre de éstos, Blanca, huyeron a Aragón, bajo la protección de Pedro III, hermano de Violante.

La vida de Fernando corrió pareja a la de su hermano Alfonso, si bien su protagonismo político fue mucho menor, así como la documentación que de él se ha conservado, y secundó en todo momento las aspiraciones de Alfonso al Trono castellano. Desde 1281, los infantes de la Cerda estuvieron prisioneros en el castillo de Játiva, rehenes del esperado entendimiento entre el infante Sancho IV y Pedro III, tras haberse entrevistado en Ágreda.

Tras la muerte de Alfonso X, su hijo Sancho pudo coronarse rey. El 13 de julio de 1288, Sancho IV y Felipe IV de Francia suscribieron el tratado de Lyon en virtud del cual el monarca castellano concedía a sus sobrinos los infantes de la Cerda el Reino de Murcia con todas sus villas y rentas y Villa Real, donde reinarían con absoluta independencia con respecto a Castilla. Si los infantes morían sin hijos, tales posesiones pasarían a su madre Blanca, que las tendría mientras viviese, pasando después al que fuera rey de Castilla. Cuando los infantes fueran puestos en libertad deberían renunciar a sus derechos a la Corona castellana y jurar respeto al contenido del tratado de Lyon. Para mayor garantía Alfonso de la Cerda casaría con la infanta Isabel, primogénita de Sancho IV.

Los últimos años de su reinado fueron especialmente sombríos, debido al conflicto sucesorio provocado por la muerte prematura de su primogénito, Fernando de la Cerda, y la minoridad de sus hijos, lo que desembocó en la rebelión abierta del infante Sancho y gran parte de la nobleza y las ciudades del reino.

El rey se inclinó en principio por satisfacer las aspiraciones de Sancho, que se había distinguido en la guerra contra los invasores islámicos en sustitución de su difunto hermano. Pero luego el rey, presionado por su esposa Violante y por Felipe III de Francia, tío de los llamados «infantes de la Cerda» (hijos de Fernando), se vio obligado a compensar a éstos.

Finalmente, el infante Sancho y buena parte de la nobleza del reino se rebelaron, llegando a desposeer a Alfonso X de sus poderes, aunque no del título de rey (1282). Sólo Sevilla, Murcia y Badajoz permanecieron fieles al viejo monarca. Alfonso maldijo a su hijo, a quien desheredó en su testamento, y ayudado por sus antiguos enemigos los benimerines empezó a recuperar su posición. Cuando cada vez más nobles y ciudades rebeldes iban abandonando la facción de Sancho, murió el Rey Sabio en Sevilla, el 4 de abril de 1284. Sancho, a pesar de haber sido desheredado, fue coronado en Toledo el 30 de abril de 1284.

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