Experiencias Humillantes en Pañales: Un Análisis Profundo
El control de esfínteres y la retirada del pañal son conceptos distintos que a menudo se confunden. Un niño al que se le retira el pañal sin estar preparado seguirá sin tener el control de esta función, incluso con empeño, lo cual puede ser perjudicial. Si un niño se hace pis cuando se ríe, se pone nervioso, se olvida de ir al lavabo o está concentrado en una actividad, significa que no tiene el tema controlado. No se debe confundir el hecho de que un niño pueda andar con cierta dignidad por la calle, sin mancharse, con que el control de esfínteres sea una realidad.
Lo ideal sería esperar a quitar el pañal cuando el niño esté preparado para ello, es decir, cuando pueda controlar esfínteres por sí mismo. Se suele creer que si uno no le retira el pañal al niño, éste nunca llegará a controlarse y tendrá problemas de incontinencia. Lo cierto es que, a no ser que haya un problema funcional real, ningún adulto tiene problemas con el control de esfínteres. Desde este punto de vista, en vez de retirar el pañal y correr con el orinal detrás de nuestros hijos, sería mucho más cómodo esperar a que el propio niño nos diga que ya no necesita el pañal.
En la mayoría de las escuelas no se admiten niños con pañal. Pensar que todos los niños, a los 3 años (algunos a los 2 años y 9 meses) deben tener controlada esta función corporal es una idea difícil de materializar. Cada niño controla esfínteres a una determinada edad, igual que cada niño habla, anda o salta a una determinada edad. El que se asuma habitualmente que a partir de los 2 años debemos empezar a retirar el pañal tiene más que ver con la universalización de la educación infantil y de las condiciones que ésta nos impone para admitir a nuestros hijos.
El control de esfínteres no se aprende, se adquiere cuando el niño está maduro para ello. Caminar, hablar, comer, son funciones que se adquieren cuando los niños están lo suficientemente maduros. Son adquisiciones paulatinas, lentas, que llevan mucho tiempo. Aunque la estimulación puede influir en algunos niños, lo cierto es que todos intentarán caminar alrededor del año, comer alrededor de los 6 meses, y controlar esfínteres entre los 2 ½ y 3 años. Los adultos deberíamos preguntarnos qué nos pasa que estamos tan apurados por conseguir logros en nuestros hijos.
Aprovechar el verano para quitar los pañales es una conveniencia de los adultos. Perseguimos entonces a los niños incansablemente preguntándoles si tienen ganas de hacer pis, les tocamos las ropas, los sentamos en el inodoro sin ganas, e invertimos preciosas horas en comunicarnos en este nueva escala de valores donde lo más importante, lo que pone feliz o triste a mamá, es “si me hice o no me hice”. Algunos podrán controlar temporalmente esfínteres, cuando todos estamos de vacaciones, y tienen a mamá todo el día consigo, pero al comenzar las clases, las exigencias, las separaciones, vuelven a “retroceder”, dejando en claro que aún no pueden ocuparse de controlar esfínteres en situaciones donde están frágiles emocionalmente.
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Aspectos Psicológicos y Emocionales
La etapa de adquisición del control de esfínteres de nuestros hijos, nos enfrenta con muchas cosas que quizás nos cuesta ver: el placer de los niños al poder decidir casi por primera vez, si retienen su pis o su caca, y hacerlos donde y cuando los desean; la delimitación de una zona de autonomía, de la cual quedamos excluidos. Es un espacio de poder, donde son ellos quienes deciden y les causa placer estrenar esta capacidad de hacerlo por sí mismos. Nos cambia radicalmente de lugar: aquí no podemos ordenar, ni forzar, ni apurar las cosas. Cada uno hace cuando quiere.
Aunque un niño controle esfínteres durante el día, pueden pasar aún muchos meses más hasta poder hacerlo por la noche. El niño debe estar de acuerdo y saber exactamente qué está ocurriendo, qué se espera de él. Como todo proceso, el control de esfínteres no es algo lineal, sino que habrá muchos avances y retrocesos. En cualquier orden de la vida, el reforzamiento positivo es beneficioso. Bajo ningún concepto es aceptable que retemos al niño, que lo humillemos, que lo ridiculicemos o comparemos con otros amigos o hermanos que ya han logrado el control de esfínteres.
SIEMPRE se puede volver atrás. El único mensaje debiera ser “Te acompaño, y si ayer pudiste estar sin pañal y hoy lo necesitas, te lo pondré”. Los chicos tienen cosas mucho más interesantes que hacer a esta edad, antes que estar todo el día preocupados en sus pises y cacas. En estos casos, sin importar la edad de quien consulta, la solución pasa por volver a usar el pañal, por el tiempo que sea necesario, sin vivirlo como algo humillante, como un retroceso o como un castigo, sino simplemente entendiendo que esta función debe terminar de adquirirse, y como adultos, acompañaremos todo el tiempo que haga falta.
Trauma y Represión Política: Un Caso Clínico
La feroz y prolongada represión política durante las dictaduras militares en América del Sur, entre 1970 y 1990, provocó efectos de catástrofe psíquica y de derrumbe del vínculo social, dejando marcas en el psiquisme que hoy se hacen presentes en la clínica psicoanalítica de muchos adolescentes y adultos jóvenes, a través de síntomas y anclajes psíquicos y corporales no representables de la catástrofe de sus propias vidas y la de sus padres. El entorno, en tanto conjunto transubjetivo, falla en sus funciones de continencia y apuntalamiento.
La confusión entre realidad traumàtica interna y entorno, puede llevar a una connivencia entre la organización fantasmática de la realidad interna y larealidad histórico-social. El grupo, la familia, expuestos a esta violencia destructiva, pueden organizarse alrededor de un «pacto denegativo», acuerdo para mantener una zona de desconocimiento de aspectos dolorosos y conflictivos de la realidad con el fin de preservar algunas creencias que son el soporte identificatorio del grupo. Haber sido incluidos en estas situacions extremas, humillantes e infamantes, obstaculiza la capacidad de pensar, de representar el traumatismo.
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Hace varios años recibimos a Clara, quien se presenta como ejemplo paradigmático de una articulación del pasado violento no tramitado por los padres, con marcas, en su estructuración psíquica, de acontecimientos traumáticos en su historia infantil y la emergencia sintomática que trae el impacto de la pubertad. La historia familiar comporta el peso de las exigències y limitaciones del pasado, de sus vínculos con el entorno desde el momento de su concepción. También implica una herencia transgeneracional fantasmática cuya transmisión es siempre enigmática.
Clara, tiene dieciséis años. Es bonita, pero hosca, apenas saluda. La acompaña su madre, más enojada que angustiada cuando se queja de su hija que los obliga a suspender las vacaciones familiares porque se niega a ir a la playa. «Desde hace dos años dice que no tiene senos. Se colocó postizos; se quería morir cuando las chicas del barrio le hicieron comentarios». La madre acentúa: «Lo mejor es volver a la normalidad, con el cuerpo que tiene. A los 15 exigió una cirugía, pero el padre y yo nos opusimos. Consiguió un certificado para no hacer gimnasia». Después de la menarquía sus preocupaciones se incrementan y se transforman en conflictos con los hermanos y en estallidos de cólera con sus padres, reclamandoatención especial.
En las primeras consultas, al preguntar por la infanci de Clara, los padres me preguntan a su vez si los cambios en Clara tendrían relación con lo que ellos pasaron siendo jóvenes durante la dictadura. A lo largo de varios años logramos trabajar las dificultades actuales de la pareja, el trato violento y la amenaza de separación y, a la vez, situar, de modo bastante general, el origen de los conflictos en el desencuentro de los años de prisión de la madre y destierro del padre. A pesar de la experiència de cárcel y tortura de la madre; terror, separación y maltrato de Clara bebé, y de la ausencia del padre, apenas lograron hablar sobre las vivencias y los afectos de ese tiempo dramático y violento que cambió sus vidas.
Los objetivos del terror político, que es expulsar al opositor al exilio o silenciarlo en la tortura y la cárcel, parecen cumplirse. La expulsión tiene efectos a nivel de la palabra, sofocando y silenciando, reemplazándola por el sinsentido de la represión y el desmentido. El efecto de destrucción de la tortura recae en la lengua misma, sin que se logre constituir un lenguaje para su representación, haciendo fallar, por la destitución de los referentes simbólicos, la transmisión de la vivencia traumática.
El trauma de la violencia dictatorial sobrevino cuando los padres ya eran adultos que, como tales, disponían de su psiquismo y de su lengua, pero Clara recibió el impacto en la fragilidad de la etapa temprana de su vida psíquica. La catástrofe de los traumatismes sociales se trasmite a los hijos y se difunde como una desgracia sin contención ni término. La memoria de los hechos es relatada y Clara los ha escuchado. La dificultad es re-memorar la experiencia de terror porque se acompañaría de un monto de angustia intolerable.
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La irrupción de la pubertad actúa como un desencadenante al empujar al cuerpo a una transformación irreversible, específica en cuanto a su morfología, cambio desconocido y amenazante que provoca fuertes angustias ante la vivencia de pérdida del sentimiento de continuidad de la existencia. Es su cuerpo el portavoz de las dificultades relacionales tempranas y actuales con su madre y su padre. A la vez su fobia revela la relación con ella misma, afirmando una solución rígida, intransigente e inflexible, que pondrá en acto comprometiendo su propio cuerpo.
La joven utiliza gran parte de su energía psíquica en organizar defensas para exhibir su desgracia, en su cuerpo, en sus senos. Clara, capturada por su síntoma: la fobia paralizante enfocada en una parte significativa del cuerpo sexual, sus senos, pone en jaque el trabajo psíquico de represión, desplazamiento y figuración. Constituye una dismormofobia, fenómeno obsesivo no delirante ligado a preocupaciones anormales en relación a la estética del cuerpo, marcada en su vertiente fóbica por la vergüenza y rechazo al mismo, y el miedo al estigma, y a la afrenta social.
Cuando Clara tiene quince años, inicia un psicoanàlisis que interrumpe a los seis meses de iniciado sin ninguna explicación, cuando el embarazo de la analista se hacía notoriamente visible. Un año demora Clara en alcanzar una concurrencia regular de dos veces por semana; cada cierto tiempo entrevisto a la madre y muy ocasionalment al padre. Largo tiempo tardaron los padres en recordar y revivir su propia historia y la de Clara. Muchas veces la puesta en palabras desencadenaba violentos afectos -tal reminiscencia fulgurante- pero siempre conseguían mantener la discriminación con la realidad fuera del consultorio.
Clara nació en medio de una catástrofe, de cara hacia el derrumbe. Derrumbe de su entorno social, el Uruguay de los años 70; derrumbe de la pareja de sus padres deshecha por la persecución política y la huida del padre al extranjero; derrumbe de sus primeros vínculos con el pecho materno por la prisión política de su madre al mes de nacida. Al cumplir un año, las intensas crisis de llanto de Clara, durante las visitas a su madre al cuartel, continúan. Madre y abuela deciden suspender esos insuportables momentos traumáticos interrumpiendo las visitas.
El padre, que huye a un país vecino donde vive en situación semiclandestina, nos dirá que la mayor violencia fue la negativa de la abuela a llevar de visita a la niña: «Mi suegra nunca me quiso, me hacía responsable de la prisión de M». Clara es así empujada por el huracán de la historia hacia el futuro, creciendo al lado de su abuela, el vinculo con su madre roto precozmente, marcada por encuentros terroríficos y, luego, durante años, el vacío, la ausencia de contacto con su madre y su padre.
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