Julio Alberto Moreno: Una vida de fútbol, superación y compromiso social

23.11.2025

Julio Alberto Moreno (Candás, 1958) nunca imaginó que el fútbol lo reclamaría. Nacido en un pueblo asturiano, prefería el piragüismo y el ciclismo a correr tras un balón, pero el destino lo llevó de las calles de Madrid, donde trabajaba como botones para ayudar a su familia, a los templos del Atlético de Madrid y el FC Barcelona.

De Candás a la élite del fútbol español

De niño, el fútbol no era mi pasión. Crecí en Candás, un pueblo marinero de Asturias, y prefería el piragüismo y el ciclismo. Apenas jugué unas pocas veces en la playa con el Candás Club de Fútbol, donde me apunté a los trece años pero apenas me sacaban porque era muy malo; sólo me ponían en el campo para correr detrás del balón y poco más. Básicamente para perder tiempo.

En aquella época publicaban en el periódico unas solicitudes de cara a hacer las pruebas en el Real Madrid y Atlético de Madrid, que generalmente solían coincidir en el tiempo. Si querías hacerlas, debías rellenar aquella solicitud, la enviabas por carta y un tiempo después te convocaban para que fueras allí a las pruebas. En aquella época eché las dos solicitudes, y gracias a Dios, la primera carta de respuesta que me llegó fue la del Atlético de Madrid. Soy muy creyente, y esto es una de las pruebas.

Tendría catorce años y en aquellas pruebas había una cantidad de gente enorme, a lo mejor había mil chicos. Por la mañana era botones en el Banco Vitalicio de España y por la tarde entrenaba con el Atlético de Madrid en los campos del Cotorruelo. Para llegar hasta allí nos bajábamos en Carabanchel e íbamos andando hasta los campos, que entonces eran de tierra. Además, detrás había un parque fenomenal donde también nos entrenábamos.

Bajo la mirada de Luis Aragonés, su mentor, Julio Alberto dio sus primeros pasos en el Atlético, aprendiendo que el fútbol era más que talento: era sacrificio y compañerismo. Comencé a subir a entrenar con el primer equipo desde muy pronto, con dieciocho años recién cumplidos. Luis Aragonés siempre pedía jugadores para hacer el partidillo del jueves, me vio un día en uno de aquellos entrenamientos y se me acercó: «Venga mañana por la tarde a las oficinas del club tranquilamente. ¿Tienes dieciocho años, verdad? Pues deja a tu madre en casa, que no hace falta que venga, y vas a firmar contrato con el primer equipo».

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Fue un contrato hasta final de temporada y doscientas mil pesetas. Lo primero que pensé fue: «Estos tíos se han fumado algo, están flipados» (risas). Y como ellos sabían perfectamente la situación que tenía en casa, que era el mayor y tiraba de tres hermanos con mi madre y entre los dos teníamos que sacar la casa adelante, ya me dieron el primer sueldo: «Esto es para que lo tengas, y luego vas al Banco Urquijo, que te darán un crédito para que puedas coger una casa». Aluciné.

Primero, porque no me creía que con un papel me iban a dar un crédito. Incluso pregunté a Ángel Castillo, que era el encargado del fútbol base: «¿Con este papel puedo ir al banco y a mí me van a dar cien mil o doscientas mil pesetas? Explícamelo, por favor». Fue ahí donde me enseñaron que era un crédito. Me lo enseñaron absolutamente todo. Ese primer sueldo que me dieron fueron sesenta y ocho mil setecientas pesetas e imagina la cara de mi madre cuando abrí aquel sobre. «¿De dónde los has sacado?», me preguntó. Cuando intenté explicarle, me contestó que o devolvía lo que había robado o que no volviera, por lo que tuve que llamar al Atlético de Madrid para que ellos le explicaran que era mi sueldo.

Fui a comprar equipamiento a mis hermanos, los puse de punta en blanco. Toda. Hubo muchas tardes en las que incluso se quedaba conmigo después de las sesiones hablando conmigo. Además, por las mañanas, cuando entrenábamos, me daba muchos consejos: «No te sirve de nada tener estas cualidades que tienes, que eres una máquina corriendo que no te para nadie, si cuando llegas al final pegas un pelotazo a la grada. Esto no te sirve, así que hay que mejorar. Te vas a ir con García Cuesta -que era el preparador físico- y te vas a preparar. Le voy a contar lo que tienes que hacer y te vas a poner a centrar balones. En el día a día, estate tranquilo y si tienes cualquier problema o alguna otra cosa, vienes y me lo dices».

Me advirtió: «Niño, vas a jugar hoy y tienes que marcar a Idígoras». Luego me empezó a contar cómo jugaba, lo que hacía y que yo era más fuerte que él. En ese momento, le miré: «Míster, ¿usted ha visto a Idígoras?». El símil de hoy sería un gladiador de la película Gladiator. Un tío, un bicho, con un bigote y una cara de mala hostia que te cagas. Yo le preguntaba, «pero míster, ¿a este qué le hago?». Y me responde: «¡Mátalo, que eres más fuerte que él!». ¡Y ganamos!

En ese partido hay un incidente que me viene a la cabeza de vez en cuando. Mi debut fue la única vez en que mi madre fue a un campo de fútbol e incluso tengo una foto guardada. Ella fue junto a mis hermanos y en un momento dado, algunos aficionados de la Real Sociedad que estaban al lado, detrás del banquillo contrario, me llamaron hijo de puta porque le había dado un pisotón a Idígoras. Cuando me insultaron, mi madre se estaba tomando una Coca-Cola, cogió el bote y ¡pum! le dio a uno en la cabeza y se la abrió… ¡veinte puntos le dieron! Entonces, de repente me voy a sacar de banda y veo que los grises se estaban llevando a mi madre detenida. Lo primero que me salió fue mirar a Luis y avisarle: «Míster, que se llevan a mi madre», como un niño pequeño.

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Sí, me marqué un gol en propia puerta frente al Athletic, había estado llorando durante el partido porque también había dado un mal pase que acabó en gol de ellos y Luis se dio cuenta. Entonces, volviendo de Bilbao se sentó a mi lado en el tren y me pidió que hiciera un análisis de los siguientes tres partidos. Pasado ese tiempo, volvió a hablar conmigo y me preguntó si tenía la sensación de haber perdido o empatado y que cogiera un papel para apuntar cuántas veces habían fallado mis compañeros. Después, me soltó una frase que me sirvió mucho: «Nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. Y todos fallamos, incluso yo.

Después de esa temporada en la que debutas, juegas otro año más en el Atlético de Madrid y te marchas cedido al Recreativo de Huelva en Segunda División. Creo que en el club querían que me fogueara y me hiciera más fuerte. También vino otro entrenador, también es cierto, y cada maestrillo tiene su librillo: había tres laterales izquierdos, uno sobraba y me tocó la china. De cualquier modo, aquella cesión no salió nada bien, porque me rompí el menisco al poco de llegar. Y además de la forma más tonta del mundo. Estábamos jugando en Santander cuando intenté ayudar a un jugador del Racing que se iba a caer con tan mala suerte que se cayó encima de mi rodilla… y ¡crack!, noté rápidamente que me había roto el menisco. Jugué apenas unos pocos partidos y volví a Madrid para recuperarme; luego regresé a Huelva y ahí ya me recuperó el Atlético de Madrid.

Etapa en el FC Barcelona y convivencia con Maradona

Luego, en Barcelona, vivió noches de magia junto a Maradona, cuando el sueño de las Copas de Europa parecía al alcance. No, eso no te lo puedo contar. Me lo comentó Marcos. Él ya había fichado y me advirtió: «El presidente quiere hablar contigo, te van a hacer un ofertón. Cuando supe del interés lo consulté con mi mujer: «Carmen, están interesados en el Barça y van a hacer una oferta fantástica». Lo hablé incluso con mi suegro y fue un sí rotundo.

Ese verano en que vas al FC Barcelona, precisamente Luis Aragonés regresa al Atlético. No. Una vez que consultas con la familia y estás dispuesto a hacer un cambio para bien, porque lo que quieres es al final estar dentro de los libros de historia del fútbol, ya no cambias. Mucho, mucho. Son ciudades totalmente diferentes. Madrid es una capital espectacular, pero Barcelona es la mejor. Estaba a la vanguardia de todo.

El Diego que conocí es el Diego que estaba a años luz. Bastaba con verlo. Mi taquilla estaba al lado de la de Marcos y justo después se encontraba la de Diego, por lo que estaba muy cerquita y te quedabas ahí, embobado, mirando todo lo que era capaz de hacer. Cualquier cosa que pudieras hacer con un balón o con unas medias parecía ridículo: él cogía cualquier cosa y era capaz de hacer magia. Diego era especial.

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Y luego, la personalidad. La primera vez que coincidimos en el vestuario fue el día que nos presentamos y no queríamos ni salir después de lo que le vimos hacer. Recuerdo que llegó allí, se sentó en el vestuario, cogió las medias -que por aquel entonces siempre nos las dejaban allí enrolladas como si fueran una bola junto a la camiseta, los pantalones y las botas- y se puso a dar toques con ellas mientras estaba sentado: pum, pum, pum… ¡y no se le caían! Después de eso, le comenté que teníamos que estar con él y me acerqué: «Diego, si necesitas algo, no te preocupes. Y cualquier cosa, nos dices» (risas). El Pichón se partía de la risa.

Luego, como compañero, Diego era espectacular: generoso, buen amigo… Nosotros nos sentábamos en el vestuario y hablábamos de la Copa del Rey, la Liga, la Copa de Europa, los premios, las primas, los viajes o las comidas y él era el primero en dar la cara. Allí el capitán éramos Alexanco, Migueli o yo, que éramos los más veteranos, pero él siempre daba la cara por todos. Incluso por los que venían del fútbol base, porque cada vez que subía algún chaval de la cantera, si había que dar la cara por él y arreglar el contrato, el primero que iba a hablar por él era Diego.

Pero no sólo te hablo de la generosidad con los compañeros, sino también con los pobres, con la gente que estaba en la calle, la más necesitada. Lo conocí durante años y me cansé de ver la cantidad de gente a la que ayudó y a la que incluso metía en su casa. Veía a un chico pobre tirado en la calle y lo metía en su casa. Un tío que necesitaba comer, también lo llevaba a su casa y le daba dinero. Y esa es una parte de Diego que se conoce muy poco, pero que sí que era cierta.

Maradona se quejaba bastante de los entrenamientos de Udo Lattek y aquellos balones medicinales. Era un entrenador alemán. Udo era una grandísima persona, muy grande. Además, tuvo un problema con un hijo que se le murió muy joven y eso le marcó bastante. Sí, el presidente había hecho un equipo mucho más apropiado para la forma de ser y de entrenar de Menotti, que venía de ser campeón del mundo en 1978, que la de Udo Lattek, que tenía una idea de fútbol diferente. Ni mejor ni peor, sino diferente.

Con él en el banquillo ganáis una Copa del Rey muy recordada, la de 1983 frente al Real Madrid. Maravilloso. Aquel partido en Zaragoza lo recuerdo con una alegría tremenda porque todos lo tenemos en el corazón: ganar al Madrid en el último minuto, con un pase mío y un gol de Marcos. Sin embargo, si se lo dices a un entrenador, te mete la bronca, dado que estábamos 1-1, íbamos a la prórroga y yo, como lateral, no me puedo ir al ataque.

A mí me estaban echando la bronca, me estaban diciendo «párate, vamos a tener el balón, esto se acaba y vamos a la prórroga». Teníamos muchas expectativas debido a que estaban Diego, Menotti, y había un equipo totalmente reforzado… pero no se lograron los objetivos. Vino la lesión de Diego, la hepatitis de Diego y lo echamos mucho de menos. Con Maradona hubiéramos cambiado el curso de la historia en cuanto a la Champions. Si Maradona no se lesiona, hubiéramos ganado cuatro...

La lucha contra las adicciones y la Fundación Relife

Sin embargo, fue abandonar la élite del deporte y verse atacado por la depresión y arrastrado a las drogas. No le gusta hablar de “bajada a los infiernos”, porque detesta los tópicos, más aún en estas cuestiones en las que cada caso es un mundo. Pero, desde luego, tocó fondo: sufrió varias sobredosis, llegó a ver la luz al final del túnel, lo perdió casi todo… Las historias que se cuentan de él -y las que él mismo relata en su autobiografía, Nunca recordaré haber muerto (2016)- hacen palidecer la fama autodestructiva de Keith Richards.

Logró dejarlo, regresó al fútbol ocupando diferentes cargos en el equipo azulgrana, obtuvo el título de entrenador, realizó un máster en gestión deportiva (“Me lo regaló Cruyff”, dice con orgullo), pero sobre todo se centró en utilizar su amarga experiencia para evitar que otros, sobre todos los jóvenes, pasen por lo mismo.

Ha impartido charlas por toda España, colaboró cuatro años con las prisiones de Cataluña, ha intervenido en programas sobre delincuencia juvenil, cooperado con los gobiernos de Galicia, País Vasco y Murcia, con el Colegio de Enfermería de Guadalajara… Ahora todo ese compromiso se ha consolidado con la creación de la Fundación Relife, constituida este pasado marzo con la intención de convertirse en vehículo que canalice sus nobles iniciativas.

En los últimos veinte años, el tiempo que Julio Alberto lleva libre de adicciones, el problema de las drogas no solo no se ha atenuado sino que se ha recrudecido. Así lo explica: “Se han juntado las drogas viejas, las de siempre, que no se han ido, con las nuevas; se han solapado. Es decir, ahora tenemos un cóctel donde están las antiguas drogas, aquellas que todos conocemos, las de los setenta, ochenta y noventa, con las nuevas, que son las pantallas, la pornografía, las apuestas… Ahora se presenta un problema aún mayor. Pienso que la clave está en la educación de base”.

“No podemos seguir -prosigue- sin asignaturas de habilidades sociales y hábitos saludables donde se hable de todo esto, donde los niños sepan qué son las drogas, cómo se consumen, qué problemas pueden tener, qué patologías, enfermedades, trastornos provocan… Todo eso debemos explicarlo. El problema de la ansiedad, la angustia, los miedos, de quiero pertenecer a este grupo donde no me aceptan si no consumo… Y ahora están las drogas sin sustancias, que son igual de peligrosas o más que las que teníamos antes. El móvil es una herramienta peligrosísima. A los políticos les diría que me parece muy bien que hablemos de empleo y economía, pero hay que hablar también de educación”.

Las adicciones siguen produciéndose, y para Julio Alberto “lo más difícil de todo” es que el adicto se deje ayudar. “Es clave que el terapeuta sepa usar muy bien el lenguaje, esos códigos que hay en el mundo del consumo -afirma-, y conocer muy bien cómo es una persona drogodependiente. Para los demás, la vida está montada desde el día que naces hasta el día de hoy. Para una persona adicta, está montada desde el día que nace hasta el que empieza a consumir, y desde el día que empieza a consumir hasta el día de hoy. Las cabezas se estructuran en base al tipo de sustancia que tomas: hablamos de la heroína, en los años setenta y ochenta, que fue terrible, de la cocaína de los noventa, de las pastillas, el éxtasis… Por eso la persona que va a ayudarte tiene que tener un conocimiento exacto para saber cómo ir manejando ese coche hasta el terreno que se desea”.

Acepta Julio Alberto que él era “carne de cañón”. Su infancia fue terrible: nació en una familia humilde y, separados sus padres, fue enviado a un orfanato, donde un monitor abusó de él en repetidas ocasiones. Aun así, ha hecho lo posible por pasar página: “Me gusta pensar que me llevo muy bien con mi padre, que me llevo muy bien con mis hermanas y me llevo muy bien con todo el mundo y que se me olvidó todo lo que he vivido”.

Pero no resulta fácil empezar de cero. Durante años, Julio Alberto ha tenido que soportar el sambenito de “el exfutbolista que se drogaba”, carga injusta para alguien que ha puesto todo de su parte para salir adelante y lo ha conseguido. “En España se castiga mucho a la persona que ha tenido adicciones. Conmigo no van a poder. Llevo treinta años aguantando todo lo que han dicho, han escrito cosas que ni son verdad… Me han llegado a casar con mi hija. La fuerza de voluntad es importante. Procuro no leer nada que se publique sobre mi pasado, ni hacer ninguna entrevista sobre el tema, para que no vuelva a estar presente cada día de mi vida. En Estados Unidos estaría cobrando cinco mil dólares por conferencia. Aquí te siguen recordando que te has equivocado. Vale, gracias por recordármelo. Es duro”.

“A los chicos con los que hablo les digo que deben tener una fuerza interior grande para poder superarlo”, añade. “El rechazo social en este país es muy intenso. Se te señala, aunque sea en un pueblo. No te digo ya si es un caso como el de Diego [Maradona], como el mío… Precisamente esta fundación nace para dar segundas oportunidades. Todos las merecemos. ¿Acaso no tengo derecho a rehacer mi vida?”.

Pero ¿cómo un deportista de élite, ejemplo de vida sana, puede pasar al lado oscuro? Julio Alberto apunta al momento de después, cuando la carrera termina y atletas como él, aún jóvenes, se enfrentan a una nueva realidad. Pese a todo, recalca que sucede contadas veces. “Son casos sonados porque hemos estado en deporte de élite. Si Maradona, Paul Gascoigne o yo hemos tenido problemas, lo sabe todo el mundo. Al final se sabe porque has estado en la élite. Pero si hablamos de artistas, de cine, de la música…, en comparación son muy pocos casos. El deporte tiene disciplina, horarios, y eso ayuda muchísimo a la gente. Otra cosa es cuando dejamos la actividad. ¿A qué te vas a dedicar? Debemos siempre prepararnos para el día después. Hacernos muchas preguntas: qué quiero hacer y qué no”.

De hecho, opina que el deporte es un valioso antídoto contra los malos hábitos. “Es una manera de vivir. Una herramienta que ayuda mucho a las personas a vivir de otra manera. Hoy estamos viendo que hay una generación que apuesta por la salud y por la vida sana y otra que dice: ‘Voy a vivir cada día como si fuera el último’. No hay término medio”.

Por su experiencia, se atreve a trazar un perfil de las personas que más han sufrido con las drogas. “De las que conocía y se han ido, casi todas eran personas maravillosas, tremendamente vulnerables emocionalmente, débiles y con mucha necesidad de cariño, con muchas necesidades de algún tipo de reconocimiento. Yo creo que tiene mucho que ver con el entorno, con las familias, los amigos, las parejas… Es curioso, porque el 80% de las personas que he conocido que ya no están aquí, eran maravillosas, buenas, generosas, amables, tímidas, introvertidas. Es un patrón muy general”.

Desde hace seis años, Julio Alberto vive en su tierra, Asturias (nació en Candás). Una de sus tres hijas vive con él y sus tres perros. De las otras dos, una vive en Girona y la otra en Madrid. Se siente “muy feliz” con lo que está consiguiendo a través de la Fundación Relife.

Julio Alberto Moreno llegó a lo más alto que puede llegar un futbolista. Jugó en el FC Barcelona, pero por circunstancia de la vida conoció el mundo de las drogas y su vida cambió. Sin embargo, ha logrado superar este bache y aprovecha su experiencia para dar charlas de motivación. Participó como ponente en una conferencia organizada por la Fundación Lo Que De Verdad Importa.

Ahora, desde su refugio en la montaña, Julio Alberto mira atrás sin arrepentimientos. El fútbol no solo fue su profesión, sino su escuela para entender el mundo. Mi hija de nueve años siempre me pregunta a quién he entrevistado. Puedes decirle que has estado con una persona a la que no le gustaba el fútbol y que fue el fútbol quien lo eligió a él.

Congreso para jóvenes

El pasado día uno de diciembre, el ex futbolista del Atlético de Madrid y el Fútbol Club Barcelona, Julio Alberto, participaba en el noveno congreso para jóvenes "Lo Que de Verdad Importa" con una conferencia en la que plasmó sus experiencias vitales y su afán de superación ante las adversidades que le trajo la vida. Disfrutó de las mieles del éxito deportivo pero cayó en el mundo de las drogas, del que supo salir, reinventándose, y hoy dedica su tiempo a ayudar a personas que sufren adicciones.

Las charlas del congreso organizado por la Fundación Lo Que de Verdad Importa tratan siempre de destacar los valores humanos y la superación personal como mecanismos para alcanzar un espacio mejor en el que habitamos todos. Yo trato siempre de poner en valor lo que he aprendido a lo largo de mi vida, que se sustenta en la importancia que tienen la familia, las amistades, la toma de decisiones y las habilidades sociales.

Sí, continúo viviendo en Asturias y, como dices, volcado al 100% en la Fundación Relife. Somos una organización que tiene menos de un año de vida, pero que ha llevado muchos años de preparación y que, en este 2023, ha comenzado a andar. Nació con el objetivo de educar, formar y prevenir contra las adicciones de cualquier tipo. Somos una fundación que quiere cambiar la forma de aproximarse al mundo de las adicciones porque creemos que se ha dejado de hablar de ellas.

Queremos educar en lo que supone caer en una adicción, pero también pretendemos formar en habilidades sociales que les permitan tomar decisiones correctas a lo largo de su vida, deseamos ser un apoyo a tantos familiares o amigos de una persona con adicción, que muchas veces no saben dónde acudir o qué pasos tomar para ayudar, y, por último, queremos ser el punto de encuentro entre tantos profesionales: profesores, sanitarios, policías… que tienen que lidiar con las adicciones en algún momento y no tienen las herramientas necesarias para hacerlo.

Les recomiendo que se enamoren de la vida, que vivir no es durar en el tiempo, sino enamorarse de las cosas que nos hacen felices, como comer en familia, ir a ver el fútbol con los amigos o estar con tu pareja. Alcohol, tabaco y drogas son algunas de las adicciones más viejas que siguen presentes en la sociedad. A ellas se suman ahora otras más nuevas, como son las redes sociales o los videojuegos. Clásicas o innovadoras, todas son peligrosas.

Para concienciar sobre sus consecuencias y enseñar cómo evitarlas o a quién pedir ayuda, la fundación Relife ha creado, de la mano de CaixaForum, el Circuito Relife, un ciclo de jornadas dirigido a estudiantes de entre 15 y 18 años que se estrenó ayer en Zaragoza.

Aunque Moreno comenzó a formular la idea de crear Relife hace «seis o siete años», este no se hizo realidad hasta 2022, cuando formó el que él mismo definió como un «grupo maravilloso». «Soy un hombre de equipo porque he jugado toda mi vida en equipo», indicó. Ahora, bien rodeado y tras varios años de trabajo, expone en el Circuito Relife algunos de los temas que preocupan en la fundación, como la «pornografía, los malos tratos o el suicidio».

La forma de hacerlo, señaló Moreno, es a través de la «educación». «Hay que formar a los jóvenes para que sepan distinguir una buena decisión de una mala», sostuvo, y agregó que «la clave está en enseñar qué se van a encontrar en la calle». Según relató el fundador, su labor pasa por «divulgar, prevenir y formar», no solo a los jóvenes sino también a los padres y madres que tienen alguna adicción.

La fundación Relife tiene también un convenio con clínicas sanitarias, a las que derivan desde la entidad y que son las encargadas de hacer el tratamiento psicológico y psiquiátrico de los pacientes con adicciones.

Y todo, subrayó Moreno, con un mismo objetivo: transmitir a los jóvenes que las adicciones «no son un juego». «Roban la vida y acaban con las personas. Hay que tomarlas muy en serio», afirmó.

Aunque el Circuito Relife acaba de comenzar, continuará en otras ciudades como Lleida o Sevilla. «O ponemos freno ya a las adicciones, o pasará como en los 80, que seremos una generación perdida», indicó Moreno. Él, por el momento, está «contento» con el trabajo realizado. «Estoy como cuando jugaba al fútbol, rodeado del mejor equipo», comentó.

Tabla resumen de la trayectoria de Julio Alberto Moreno

Equipo Periodo Títulos
Atlético de Madrid 1977-1982
Recreativo de Huelva (cedido)
FC Barcelona 1982-1991 2 Ligas, 3 Copas del Rey, 1 Recopa de Europa, Supercopa de España

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