Lo Que No Nace No Muere: Reflexiones Sobre la Muerte
La muerte, un tema universal y profundamente humano, ha sido objeto de reflexión a lo largo de la historia. August Corominas, profesor de Fisiología Humana, comparte una reflexión sobre los efectos que están trayendo consigo la conjunción de la pandemia de la Covid-19 y la actual crisis climática.
Filósofos Ante la Muerte: Chardin, Heidegger y Morin
Pierre Teilhard de Chardin (1881-1958), Martin Heidegger (1889-1976) y Edgar Morin (1921) son los que han dado vida literaria al tema de la muerte del hombre en el último siglo. Reflexionar sobre nuestra muerte es reflexionar sobre nuestra vida. La muerte es una dimensión de la vida.
Martin Heidegger y la Aventura Humana
Para Martin Heidegger, filósofo existencialista, la muerte es el acontecimiento esencial en la aventura humana. La muerte es un misterio, la consideramos como el momento de decir adiós a todo, es el viaje de irás y no volverás. Pero la vida del hombre se define por el fin del mismo, como un camino a cuya meta conduce.
Teilhard de Chardin y la Visión Cristiana
Pierre Teilhard de Chardin estudia profundamente el tema de la muerte relacionado con el cristianismo. Teilhard de Chardin era pensador, filósofo, sacerdote y jesuita. La muerte es el acontecimiento esencial en la aventura humana. En «El medio divino» expone que la creación, la encarnación y la redención son indisociables.
La historia de la cosmogénesis, de la biogénesis y la antropogénesis se presenta como un esfuerzo de síntesis convergente hacia la existencia de un fin último que Teilhard de Chardin llama punto omega. En la muerte es como en un océano, viene a confluir nuestras disminuciones, bruscas o graduales, y la muerte es el resumen. La muerte es una debilidad incurable de los seres corporales.
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El mismo autor tiene los ojos fijos en Cristo resucitado, hacia quien toda la creación aspira y en quien encuentra su consistencia. Cristo ha vencido la muerte.
Edgar Morin y la Crisis de la Muerte
Morin, sociólogo, pensador, filósofo y político dice que el hombre comienza las creencias religiosas a partir de enterrar a los muertos, magia, brujería, espiritismo, chamanes, creencias en la otra vida, resurrección, inmortalidad… nacen del intento humano de resolver el problema de la muerte. Su credo científico era separar conceptos hombre-cultura, vida-naturaleza y física-química.
Morin es el gran pensador de los siglos XX y XXI, se le concedieron 14 premios importantes, 15 honoris causa. Ha publicado 35 libros, entre el que destaca «El hombre y la muerte». En su centenario se puso de manifiesto su gran contribución a este tema, sobre el que se realizaron diez películas.
Una de sus frases acertadas y valiosas es «el hombre ha olvidado demasiado a la muerte». No sabemos nada de la psicología de la muerte. Morin plantea la crisis de la muerte. Explica el concepto de amortalidad en las células. Algunos autores, de hecho, aceptan la posibilidad de la inmortalidad (Cordeiro, Grey).
La Perspectiva Científica de la Muerte
Quiero comparar el concepto de muerte en la mentalidad filosófica-pensadora con la vertiente científica. Hay que recordar que la vertiente filosófica por pensadores se desarrolla entre los siglos XIX y XX; en cambio, los hallazgos científicos son a partir de la Segunda Guerra Mundial.
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En el periodo científico, la ciencia y la tecnología, junto con otras ciencias, ha progresado muchísimo. Lynn Margulis y Dorion Sagan han definido las vidas animales y la humana pasando por todas las etapas de seres vivientes. ¿Qué es la vida? Han sido definitivos los instrumentos radiológicos para analizar cuándo ha tenido lugar la muerte.
Son importantes para saber cuándo podemos aprovechar tejidos u órganos conociendo exactamente la muerte cerebral irreversible. Los métodos primitivos ya no se pueden usar (expiración, prueba del espejo, prueba del dolor, pulso cardiaco…).
La vida es un proceso dinámico, activo, integrado, perfectamente ordenado, estructurado, conectado, integrado; la muerte es un proceso destructor, es el caos metabólico, disfunción mitocondrial, ausencia del proceso de fosforilación oxidativa, desintegrado.
No sintético, lítico, fatiga de materiales, autodestructivo. ¿Mueren todas las células al mismo tiempo? Es muy interesante el libro «¿Qué es la vida?», de Margulis y Sagan.
El ser vivo es un ser distinto en el conjunto del mundo, de la biosfera, separado del resto. Las características de un ser vivo dependen de cinco propiedades:
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- Autopoyesis
- Automantenimiento
- Evolución
- Reproducción
- Transmutación de materia y energía
Alexandr Oparin considera que una atmósfera primitiva formada por hidrógeno, metano, amoniaco y una fuente de energía creaba moléculas vivas. Otros autores iniciaron ya más adelante la síntesis de ATP y la síntesis de ADN. La vida permanentemente es asediada por la muerte, que es parte de la vida.
Siguen la célula precariota o eucariota. Más adelante las células agrupadas, multicelulares, animales. Para la vida es necesaria la materia, que se convierte en energía según el segundo principio de termodinámica. Para cumplir con los principios de la biosfera es necesario el ciclo de la fotosíntesis. El fuego solar se transforma en el fuego verde de la fotosíntesis. La vida es la celebración de la existencia.
La Muerte Como Tabú y la Aceptación de la Mortalidad
August Corominas: «Hombre, biosfera, muerte». August Corominas: «Fisiopatología ambiental y espacial» (Col. Lynn Margulis y Dorion Sagan: «¿Qué es la vida? Para muchas personas, el día más feliz es cuando nació alguno de sus hijos.
Y el día más triste, cuando muere alguno de sus seres más queridos. Es decir, que en general ensalzamos la vida y vilipendiamos la muerte. Tanto es así que se trata de un tema tabú en nuestra sociedad. Principalmente porque al ego no le gusta nada que le recuerden que tarde o temprano va a morir.
De hecho, vive en negación constante de su propia mortalidad. De ahí que lo pase tan mal cuando fallece alguien cercano. Esta es una de las razones por las que la cultura occidental ha convertido la muerte en un drama. Prueba de ello es que el ambiente que se respira en la mayoría de los funerales sea de absoluta desolación.
Y que en el velatorio se hable siempre del muerto con desazón. El ego tacha cualquier otra actitud como una falta de respeto. Parece que si no sufrimos por el fallecido es como si no nos importara. Sea como fuere, en general sentimos un profundo miedo a la muerte.
Esencialmente porque estamos apegados a la vida. No en vano, seguimos identificados con el yo ilusorio, cuya principal preocupación es garantizar su propia supervivencia. De este temor se han aprovechado las diferentes religiones, cuyo producto más vendido es la vana promesa de salvación que asegura nuestra continuidad en el más allá.
La noción de que existe un cielo donde descansaremos en paz y viviremos para siempre actúa como un «prozac espiritual» para los que seguimos vivos en la Tierra. En paralelo, cada vez tiene más adeptos la creencia en la reencarnación, la cual sugiere que el alma que habita nuestro cuerpo ha tenido vidas pasadas y gozará de existencias futuras.
Y que cada una de estas encarnaciones le sirve al ser esencial para crecer y evolucionar espiritualmente. De hecho, sostiene que antes de nacer nosotros elegimos dónde y en quién nos encarnamos. También afirma que nuestras decisiones y acciones en esta vida determinan la calidad de cómo será nuestra existencia posterior.
Tanto la idea del cielo como de la reencarnación son muy atractivas y deseables para el ego, pues así puede perpetuarse de forma indefinida. Sin embargo, nadie sabe a ciencia cierta qué sucede cuando morimos. Lo que sí sabemos es que el cuerpo comienza a descomponerse en cuestión de días. Y que el ego como tal también se desintegra.
Pero, ¿qué pasa con el espíritu, la consciencia y el ser esencial? Si bien lo que pueda decirse acerca de este tema son meras conjeturas, todos los místicos han llegado a una misma conclusión: que el alma no muere, sino que vuelve al lugar de donde vino: regresa a casa. Al vivir la experiencia mística de disolución del ego, de pronto verificamos que la muerte no existe.
Lo único que sí muere es la forma física en la que temporalmente se ha manifestado la vida a través nuestro. Y esta chispa de divinidad no tiene principio ni final, sino que vive eternamente. Sucede exactamente lo mismo que ocurre con la energía, que no se crea ni destruye, sino que se transforma.
A modo de analogía, pongamos que la existencia es un vasto océano al que los místicos llaman «dios». Pues cada vez que se crea una de las criaturas que van a habitar en él se toma primero una gota de esa misma agua de mar: el ser esencial, el cual puede tomar forma de pez, molusco, alga…
Y del mismo modo que la gota forma parte del océano, esta esencia divina forma parte de dios. De ahí que cuando fallece un ser humano, el alma vuelva a fundirse con la divinidad de la que procedió en primer lugar.
Tener miedo a la muerte es como si un pez tuviera miedo de morir ahogado. Esencialmente, porque nosotros somos como esa gota. Venimos del océano. Somos el océano. Y al morir nos fundimos con el océano.
Nuestro error existencial consiste en basar nuestra identidad en un yo ficticio que nos hace creer que somos un ente separado del océano, de la vida, del universo, de dios o como queramos llamarlo. El quid de la cuestión es que solo puede morir lo que alguna vez nació: el cuerpo físico con el que el ego está identificado.
Sin embargo, recordemos que nosotros no somos ni el cuerpo ni el ego. Mientras sigamos identificados con el yo ilusorio es imposible que nos liberemos del miedo a la muerte. Éste solamente desaparece cuando finaliza dicha identificación.
Gracias al misticismo y la espiritualidad reconectamos con nuestra naturaleza esencial. Y es entonces cuando comprehendemos que nuestro origen y nuestro destino son el mismo: la unidad cósmica que todo lo abarca y todo lo contiene.
Cuando vivimos despiertos no tememos la muerte porque ya hemos muerto. De hecho, la tenemos muy presente mientras vivimos. Saber que nuestra existencia mundana se puede acabar en cualquier momento ⎯incluso ahora, mientras leemos este libro⎯ provoca que valoremos todavía más el inmenso regalo que supone estar vivos.
Así es como dejamos de dar la vida por sentada. A su vez, cuando vivimos despiertos afrontamos de forma muy diferente la muerte de alguno de nuestros seres queridos. Más allá del inevitable dolor que podamos sentir ⎯fruto de nuestro apego al difunto⎯, una vez culminamos nuestro proceso de duelo recordamos al fallecido con alegría.
Pasado un tiempo, damos gracias a la vida por haber podido compartir tiempo con esa persona especial a la que tanto amábamos. Imaginemos que mañana nos morimos. Y que nuestra muerte genera que nuestros familiares y amigos más cercanos se queden hundidos en la miseria y devastados para siempre.
¿Acaso nos gustaría que nuestra muerte ⎯nuestro legado⎯ provocara que aquellos a los que amamos fueran desdichados? ¿No preferiríamos que pasado el duelo nuestra pareja rehiciera su vida y se reencontrara con el amor? ¿O que nuestros hijos tiraran para delante y fueran felices?
¿Por qué entonces hay tantas personas que no levantan cabeza después de la muerte de un ser querido? Porque el ego utiliza dicho fallecimiento para perpetuarse en nosotros, envenenándonos con litros y litros de cianuro.
Hay quienes malviven en un luto eterno en el que el dolor les impide rehacer y disfrutar del resto de su vida. La muerte de un ser querido es un toque de atención. Un recordatorio de que nuestra existencia mundana tiene fecha de caducidad. Y una invitación para reflexionar acerca de cómo estamos viviendo.
Cualquier persona que ha tenido una experiencia cercana a la muerte lo sabe. Suele ser un revulsivo existencial, que en muchas ocasiones significa un punto de inflexión en su manera de vivir. Irónicamente, la muerte es lo que le da sentido a la vida.
En vez de entristecernos y de llorar por el tiempo que ya no podremos compartir con el muerto, celebremos y alegrémonos por el que sí pudimos disfrutar de su compañía.
Actitudes Psicológicas Ante la Muerte y el Duelo
La muerte siempre ha sido objeto de profundas reflexiones filosóficas, religiosas y científicas. Sin embargo, en las sociedades postindustriales, es difícil aceptar su mera idea, de modo que las actitudes hacia ella han sufrido una evolución desadaptativa.
Podemos diferenciar en Occidente dos momentos en la vivencia de la muerte: uno previo a su Institucionalización Hospitalaria, en el que es aceptada como parte natural de la existencia, y otro, desde que el Hospital pasa a ser la Institución reservada para morir, traduciéndose en un cambio radical en la consciencia e información sobre la propia muerte.
Estos cambios también han alcanzado al Personal Sanitario, generándole muchas veces actitudes distorsionadas tales como no querer nombrar a la muerte o a las patologías "que las atraen", no mirar cara a cara al enfermo terminal, incongruencias y disonancias entre la Comunicación Verbal y la No Verbal y aumento de la atención tecnológica en detrimento de la empático-afectiva, con el riesgo del encarnizamiento terapéutico, empeorándose las condiciones de la muerte.
El Marco Sanitario precisa de componendas éticas y estéticas para afrontar integralmente el proceso de morir, dotándose de medios, conocimientos y actitudes adecuadas para atender las necesidades biopsicosociales del moribundo con el objetivo de morir con dignidad.
El Desarrollo del Concepto de Muerte en la Infancia
Aunque la muerte es inherente a la naturaleza humana desde el momento del nacimiento, es un concepto abstracto, difícil de entender, que se elabora poco a poco durante la infancia. Comprender la muerte significa asimilar sus características innatas y definitivas. Supone entender que la muerte, por un lado, es universal y que todo lo que vive muere; y por otro, es irreversible y cuando el cuerpo muere no puede volver a la vida.
El desarrollo cognitivo desempeña un papel fundamental a la hora de entender el fin de la vida. Hasta aproximadamente los 2 años, los niños no reconocen la muerte como parte de la vida y no entienden lo que significa morir. Desde los 2 a los 5 años, conciben la muerte como un estado temporal o reversible.
Aproximadamente a los 9 años entienden que la muerte es permanente y que tiene una causa. Y años más tarde, siendo ya adolescentes, el concepto de muerte empieza a estar al fin elaborado.
Es fundamental que los niños tengan la oportunidad de hablar abiertamente sobre la muerte y expresar sus sentimientos. Las películas, cuentos o videojuegos son una fuente de aprendizaje sobre la muerte.
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