Los Niños de la Puri: Una Historia de Posguerra desde la Inocencia

24.10.2025

Este libro nos narra la historia de la posguerra en el medio rural vista desde los ojos inocentes de una niña de cinco años a la que todos llaman Puri. La historia se desarrolla en el campo, en el año 1950, en la provincia de Córdoba, y sus personajes, así como los eventos que se describen en ella, están basados en hechos reales.

El lenguaje utilizado, el gracejo y la frescura con que la escritora narra cada capítulo, su forma de describir a los personajes y el desarrollo de la acción, hacen esbozar más de una sonrisa.

Diremos que mi suegra se llamaba Puri, aunque su nombre de pila era otro, pero nos referiremos así a ella porque desgraciadamente ya no le podemos preguntar si le parece bien ser la protagonista con sus señas de un reportaje en el canal Comer. Méritos atesoraba de sobras. Era una cocinera excepcional.

El ingrediente primordial de todos sus platos era el amor. Todos esos nombres tuvo en las casas donde sirvió. A veces era simplemente “la Puri”, “la chica” o “la nueva”. Trabajó en hogares pudientes con un servicio doméstico muy nutrido (niñeras, planchadoras, camareras, cocineras…).

Muy jovencita, en una época en que las mujeres eran tratadas como un cero a la izquierda (no podían obtener el pasaporte ni abrir una cuenta bancaria sin permiso del padre o del marido), decidió que aquel municipio la agobiaba y emigró a Barcelona, siguiendo los pasos de su hermana inmediatamente mayor, Fina, cocinera en casas de posibles y que le enseñó muchas recetas. Pero donde no llegaba el bolsillo, llegaba su ingenio.

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Sustituyó los condimentos más caros por otros accesibles, sin que nadie lo notase. Fue una alquimista de los fogones. Sin embargo, de mayor le parecía un prodigio culinario que le preparasen una simple tortilla a las finas hierbas, como las del Pereira de Tabucchi. También se las ingenió para que seis personas cupieran en una caja de cerillas de protección oficial (ella, su marido y sus dos hijos, más su suegra y un cuñado soltero a los que acogió de recién casada y hasta que fallecieron).

En menos de 70 metros cuadrados, en una vivienda de protección oficial, con un único y diminuto cuarto de aseo, sin ascensor y con paredes de ladrillo sin revoque. ¿Os he dicho ya que su mejor aliño era el amor? Pues eso.

La vida de Puri, de todas las Puris, debería ser asignatura obligatoria en la historia de España. Hombres y mujeres sin infancia, que crecieron sin estudiar, con muchos agobios, en un país oprimido y que lo dieron todo por los suyos.

Puri era capaz de convertir unos huevos escalfados con bechamel en un plato para sibaritas. Una cazuela de rape y langosta sin rape ni langosta en una exquisitez que habría llevado al éxtasis a un gourmand tan exquisito como Rossini.

De sus tiempos de criada, oficio que solo dejó cuando se casó, recordaba muchos sinsabores. El paterfamilias tenía intereses en la aduana y acabaría huyendo de España para sortear unos problemas legales de los que nunca respondió.

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Puri, que parecía un personaje del dibujante Escobar, pero sin los resabios de su Petra, criada para todo, se armó un día de valor. Le preguntó a su patrón si le podría conseguir un transistor Grundig. No quería ni que se lo regalara ni comprarlo a plazos. Quería pagarlo a tocateja con sus ahorrillos para sorprender a su novio, pero los aparatos llegaban a cuentagotas y pensó que los contactos del señor le allanarían el camino. Al final le trajeron la radio.

Y aquella pareja se casó. Puri dejó de deslomarse en casas ajenas para deslomarse en su propia casa, cuidando de su marido, su suegra y su cuñado. Y de los niños cuando llegaron: una chica y un chico. Siguió ayudando a la economía doméstica haciendo malabarismos y cosiendo (la costura era, junto a la cocina, su gran pasión).

Sin millones de vidas como las de Puri no existiría nada de lo que tenemos. Ellas y ellos, personajes anónimos, impulsaron el crecimiento económico, la recuperación de las libertades y el país del que disfrutamos ahora, que podría ser mucho mejor, claro que sí, pero que también podría ser mucho peor de no haberse beneficiado de sus tesones y afanes.

Muchos años después, cuando la juventud era un recuerdo lejano, fue a visitar a la señora del transitor Grundig a su chalet de la Costa Brava. Adiós a una época en blanco y negro. Ni siquiera aquellos patricios podían permitirse ya un servicio doméstico tan numeroso como antaño, y menos en verano. “¿Qué quieres tomar, Puri?”.

En eso pensaba ayer, cuando encontré en una revista dos recetas manuscritas de mi suegra. Allí volvía a estar ella. Mi suegra no sabía quién es Bob Dylan, pero estaría de acuerdo con él en que “los tiempos están cambiando”. Se lo confirmaría ver a su antigua patrona sonrojarse por hacer algo que ella hizo tantos años y con tanta dignidad: trajinar en la cocina.

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No fue rencorosa y nunca la vi beber nada que no fuera agua, aunque aquel día se permitió una pequeña venganza. Coca-cola.

Hay veces en que las mejores historias a las que puede aspirar un creador no están a miles de kilómetros ni ambientadas en centurias pasadas, sino en la ‘caja de galletas’ en la que tantas fotografías amarillentas y cartas desvencijadas por el paso del tiempo guardamos. En este párrafo puede encontrarse representada Puri Ferrón.

“Los jazmines y el tiempo” tiene como protagonista a su abuela paterna. “Cuando me contó la historia de su vida, me tocó profundamente”, admite. No es para menos: en plena II República, Guerra Civil y posguerra, tuvo que hacerse cargo de sacar adelante a tres hijos. Su marido, el abuelo de Puri, estaba convaleciente desde el cuello para abajo tras un accidente.

A partir de ahí “una historia sobre la Guerra Civil, pero también sobre la represión. La Guerra en si no trajo muchos bombardeos en nuestra ciudad, pero la represión posterior fue durísima en Ceuta. Era un hervidero de chivateos, de señalamientos”, explica la escritora. Guerra, rencor y una ciudad pequeña y atemorizada de sus propios vecinos. El cóctel perfecto que ninguno quisiéramos vivir.

Sobre la figura de su abuela, señala que “directamente, eran gente de otra pasta. Hoy en día nosotros, cuando llegamos al final de la jornada, nos preguntamos como hemos podido con trabajo, niños, cosas del hogar...

La portada del libro nos invita a pensar que no vamos a tener una lectura fácil, que no nos va a dejar indiferente: una madre coge a un niño de corta edad mientras ambos observan un paisaje derruido por las bombas a su alrededor. Algo que ha podido pasar en cualquier conflicto; algo que puede estar ocurriendo mientras ustedes leen esto en la franja de Gaza.

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