Manute Bol: Biografía de un Gigante

26.10.2025

A diferencia del resto de integrantes de esta lista, Manute Bol murió a los 47 años por causas naturales… aunque los golpes de su intensa vida ayudaron mucho al desenlace. Podríamos decir que murió por acumulación de mala suerte.

Con 2,31 de estatura, este sudanés fue durante un tiempo el jugador más alto de la historia de la NBA. Pasó por un sinfín de equipos explotando su facilidad taponadora, que le convertían en un elemento de intimidación inigualable.

Ganó mucho dinero, sobre todo gracias a sus contratos publicitarios, pero no le duraba mucho en las manos. Su carácter manirroto, la magnitud de la familia a la que mantenía y su apoyo económico a los rebeldes de Sudán le llevaron varias veces a la bancarrota.

Su mujer le dejó, sus casas fueron embargadas y tras retirarse vivió en Jartum casi en la pobreza, ejerciendo, eso sí, como jefe de la etnia dinka. En 2004 sufrió un grave accidente de tráfico del que se recuperó en Estados Unidos. Pero la artritis mal tratada le acompañó hasta su muerte, el 19 de junio de 2010 a causa de una enfermedad renal.

Le dijo a su familia que volvería pronto, pero sus hijos no volvieron a saber de él hasta que en 2001 apareció en la revista Sports Illustrated.

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Manute había vuelto a Sudán y posaba junto a otra mujer, que llevaba en brazos un niño de un año y medio. Aquel bebé se llamaba Bol Bol y este viernes debutó con los Denver Nuggets en la NBA frente a los Miami Heat: 11 minutos, cinco puntos y cuatro rebotes fueron sus números.

Bol Bol mide 2.18 metros y tiene una envergadura de 2.40. Es un poco más bajito que su padre, pero eso es normal cuando tu padre mide 2.31. Lo que sorprende de Bol Bol es la soltura con la que mueve ese cuerpo, más propia del alero altísimo que es que del pívot lento y estático que era Manute.

Apenas ha jugado un par de amistosos y ya es una de las atracciones del regreso de la NBA en Disney World.

Bol Bol es fruto de la complicada biografía de su padre, un muchacho dinka al que el baloncesto dio la oportunidad de escapar de un país al borde de su segunda guerra civil. En realidad nunca llegó a irse. Durante su carrera profesional, Manute volvió a menudo a visitar los campos de refugiados del sur.

La pequeña fortuna que ganó en la NBA la gastó combatiendo el hambre, reconstruyendo su aldea, Turalei, devastada por el conflicto, y financiando al Ejército de Liberación Popular de Sudán (SPLA).

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Cuando Manute Bol salió en 'Sports Illustrated' la guerra civil de Sudán duraba ya casi 20 años y había dejado más de dos millones de muertos. Había viajado a Kenia para mediar en las negociaciones de paz, pero se rompieron a las dos semanas. De allí había volado a Jartum, donde ahora estaba atrapado: el Gobierno lo acusaba de ser un espía al servicio de Estados Unidos.

Un año después del reportaje, logró huir como refugiado político.

Sudán le costó el dinero y hasta la vida. Manute Bol falleció en 2010 por un problema renal y las complicaciones del síndrome de Stevens-Johnson, una grave enfermedad de la piel que contrajo en una de sus visitas a su país.

Vivió para ver el final de la guerra (2005), pero no la otra mitad del sueño: Sudán del Sur alcanzaría su independencia en julio de 2011, un año después de su muerte.

Un gigante 'moderno'

Salvo el aspecto físico, no hay nada en Bol Bol que recuerde a su padre. Manute era un gigantón escuálido, todo brazos y piernas, que apenas llenaba sus 2.31 de altura con 90 kilos. Y aun eso era bastante más que los 80 que pesaba cuando llegó por primera vez a Estados Unidos. Lo justo para que no se lo llevara el aire. Bol Bol ronda los 100 midiendo un palmo menos. Tampoco abruma por kilos, pero sí es mucho más ágil.

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Hace unos días, en su primer amistoso con los Denver Nuggets, tardó sólo cinco minutos en dejarlo claro: en una secuencia de 10 segundos, taponó una bandeja en la pintura, subió botando él mismo el balón y, nada más llegar al ataque, enchufó un triple limpio sobre bote. Sólo con eso ya demostró más agilidad y coordinación de la que jamás pudo soñar Manute.

Porque a pesar de su tamaño, Bol Bol suele moverse como un alero. Es frecuente verlo lanzar de tres saliendo de un bloqueo (aunque su mecánica aún es algo lenta), cortar sin balón desde el perímetro y correr el contraataque. Es esa combinación la que lo situaba como uno de las mejores promesas de instituto (4º para la ESPN) de una generación en la que también estaban Zion Williamson o RJ Barrett.

Y respondió a las expectativas en la universidad, promediando 21 puntos (con un 52% en triples) y 9.6 rebotes en nueve partidos hasta que cayó lesionado.

Bol Bol sufrió una fractura en el hueso escafoides, una lesión muy complicada en pívots de su tamaño. Fue la lesión que acabó con la carreras de Yao Ming, que tuvo dos años en blanco a Joel Embiid y que amenaza la retirada de Pau Gasol. Esa fue la razón por la que cayó hasta el número 44 del draft y por la que aún no había debutado con los Nuggets (sí había jugado con el equipo afiliado). Bueno, eso y que al parecer no es el chaval más aplicado.

Tardó en abrazar un deporte que su padre quiso inculcarle desde muy pequeño, aunque no hay mejor prueba que su juego de que acabó haciéndolo.

Ranking histórico de los jugadores más altos de la NBA

A lo largo de los 75 años de la historia NBA, muchos han sido los interiores de gran estatura que han competido en la mejor liga del mundo. Sin embargo, tan solo unos pocos superaron el 2.21m de estatura.

  1. El jugador más alto de la historia junto a Manute Bol. Nacido en Tritenii de Jos, Rumanía, llegó a los Washington Bullets en 1993 tras ser elegido en el Draft. Desde ese momento, el pívot rumano compitió durante los siguientes 7 años en la mejor competición del mundo, con un cambio de aires en 1998 que lo llevaría hasta los New Jersey Nets.
  2. Uno de los gigantes con mejor trayectoria de la historia de la NBA. Manute Bol vivió una década entera en la NBA, desde mediados de los 80 hasta mediados de los 90. Con más de 600 partidos disputados, el jugador originario de Sudán pasó por los Washington Bullets, Golden State Warriors, Philadelphia 76ers y Miami Heat.
  3. El senegalés de 27 años, se mudó a Estados Unidos siendo un adolescente para iniciar una vida ligada al baloncesto.
  4. Una de las historias más curiosas de la presente lista. Este montenegrino nacido en 1983 fue elegido en la segunda ronda del Draft 2003 de la NBA por los New York Knicks. Sin embargo, jamás llegó a debutar con la franquicia neoyorquina. Poco más tarde, un contrato temporal de 10 días con los Blazers derivó en su debut en la NBA.
  5. Con la doble nacionalidad alemana-estadounidense, Bradley ha sido uno de los hombres grandes con una trayectoria más larga en la NBA. Al igual que Muresan, en 1993 este interior aterrizaba en la competición, en lo que supondría su primer año de los 12 que pasaría en ella. En ellos, se fue hasta los 6.752 puntos, más de 5.000 rebotes y por encima de los 2.000 tapones.
  6. ¿Quién no conoce a Yao Ming a estas alturas? Y nunca mejor dicho. El interior chino supuso una revolución con el mercado asiático y marcó una época en los Houston Rockets. Entre 2002 y 2011, Ming anotó 9.196 puntos y capturó 4.467 rebotes, formando una pareja icónica con Tracy McGrady.
  7. El jugador más alto en ganar un anillo NBA. Nevitt saltó a pista 155 veces en temporada regular y 16 en playoffs, incluyendo 7 partidos en los de 1985 y colaborando en el título de Los Angeles Lakers.
  8. La representación rusa en este ranking NBA. El paso de Podkolzin fue efímero en la pista pero no tanto en la competición.
  9. No tanto como la de Vranes, pero menor que la de Podkolzin. El caso de Sim Bhullar es una de esas historias breves y singulares. Este canadiense de 226 centímetros anotó 2 puntos en los 3 partidos que disputó en la NBA.
  10. El Nº 1 del Draft de 2023 entra en el top 10 de los jugadores más altos del ránking histórico con sus 2,24m de altura, además de ser el más jóven de este ránking.
  11. El primero de un nuevo grupo de jugadores, algo más abundante que los ya mencionados: los gigantes de 2.24m. Desde su primera aparición en la liga en 2015 hasta el presente, Marjanovic ha participado en casi 200 partidos NBA.
  12. Entre 1996 y 1998, Lauderdale formó parte de los Atlanta Hawks y Denver Nuggets. Jugó 74 encuentros, anotó 255 puntos y dejó su nombre entre los más altos de la historia NBA.
  13. Pura historia de los Utah Jazz y de la NBA. Eaton formó parte de la franquicia entre 1982 y 1993, convirtiéndose en el mejor taponador de siempre y dejando varios récords por el camino. Treinta años después de su adiós, sigue siendo el jugador con más tapones por partido en una temporada (5.56, 84-85) y en toda su trayectoria (3.50).
  14. El segundo pick del Draft NBA de 1988. Nacido en Eindhoven, su figura ya es parte de la historia deportiva más brillante de los Países Bajos.
  15. Junto a Yao Ming, el único integrante del Salón de la Fama entre esta multitud de 7 pies. Sampson fue elegido el primero en el Draft de 1983 por los Houston Rockets, participó 4 veces en el All-Star Game (incluyendo un MVP) y compitió con los Rockets, Warriors, Kings y Bullets.

En la actualidad, la cantera de gigantes sigue en marcha, pero los perfiles han variado una barbaridad si lo comparamos con el juego de décadas atrás. En un baloncesto donde las posiciones ya no están tan claras, los más grandes han tenido que adaptarse a las demandas de las franquicias.

Jugadores de nueva generación

  1. Como hemos mencionado anteriormente, el jugador francés de los Spurs ha entrado en el top 10 de los jugadores más altos de la historia de la NBA.
  2. ¿Quién no quiere a Boban? Uno de los jugadores más carismáticos a día de hoy en toda la NBA. Junto a Tacko Fall, uno de los 15 interiores más altos en los 75 años de la NBA. Tras dominar en Europa, casi 200 partidos avalan su paso por Estados Unidos.
  3. Un jugador de nueva generación. Si hemos hablado hasta ahora de gigantes casi como sinónimo de interiores, Porzingis es uno de los pocos que también puede jugar desde la línea exterior. Gracias a su movilidad y buena muñeca, el letón ha sido uno de esos jugadores de 7 pies que están llamados a revolucionar el futuro.
  4. El hijo de Manute Bol. Nacido en 1999, Bol Manute Bol llegó al mundo en Jartum (Sudán). Los Heat se hicieron con sus derechos en 2019 y lo traspasaron a los Nuggets. De Denver marchó a Boston y de los Celtics saltó a los Magic.
  5. Es otro de los gigantes de la NBA que además de destacar por su altura, destaca también como tirador.

Este primer tercio de temporada NBA tiene el asentamiento de Bol Bol como una de sus historias bajo el radar. Hasta ahora el espigado… ¿Alero? ¿Ala-pívot? ¿Center? Lo que sea. El caso es que en anteriores cursos su desempeño en cancha no iba mucho más allá de insinuar unas condiciones extremadamente bizarras para un jugador de su talla, envergadura y delgadez. Su impacto positivo en el juego era inversamente proporcional al inherente atractivo que suscitan sus highlights.

Y quizás haya algo perverso en la admiración dirigida hacia anatomías tan radicales como la de Bol. Con lo visto hasta ahora, por fin ha llegado el momento de considerar al de los Magic como un jugador NBA por derecho propio. La insistencia o no de los cuerpos técnicos con el talento joven suele ser un tema bastante díscolo y que tiende a responder al puesto del draft que en su día ocupase el chico en cuestión.

A Bol lo que le ha granjeado la confianza de la liga cuando a esta fe no le quedaba otra que ser ciega fue su cuerpo y motricidad. Ahora, al fin, y en palabras del siempre agudo analista Nekias Duncan “sus virtudes pesan más que sus carencias”.

La apariencia de Bol no podría ser más exógena y netamente africana. No como el resto de afrodescendientes que pueblan la liga de arriba abajo, sino como un hijo real y directo del continente que primero conoció la civilización en su grado más heterogéneo. De hecho, Sudán fue el país que le dio la bienvenida al mundo. Sin embargo, cosas de la globalización, Bol Bol cuenta ya por 21 los años que le amparan como ciudadano estadounidense de pleno derecho.

Nada de exótico tiene una biografía cuya superficie comparten un tercio de los jóvenes que escuchan su nombre en la boca de Adam Silver durante la noche del draft. Sucede que para existir un Bol Bol inserto en la sociedad norteamericana apenas gateó la tierra de las oportunidades hubo de haber una primera generación que moldease sus costumbres a esa nación de ilusas promesas para la mayoría de los que acuden a ella en busca de sus sueños.

Sin saber del todo lo que hacía, Bol abrazó el sueño americano desde el momento que su intuición le llevó a caminar tres días desde su natal Turalei hasta Wau, la principal ciudad del sur de Sudán. El gigante africano receló del baloncesto en su primer contacto con el deporte de la canasta, desandando las 72 horas de trayecto totalmente contrariado por aquel juego.

Para explicar su vida en los Estados Unidos resulta relevante hasta cierto punto detallar sus orígenes y rocambolescas costumbres como integrante de la tribu dinka -de las cuales él renegó hasta una edad impropia en su cultura, para vergüenza de su familia-. Siempre hablando desde la perspectiva occidental. Pero sus experiencias en esa etapa están lo suficientemente reportadas y cacareadas por el propio protagonista como para caer en redundancias.

De renarrarlas, sólo quedaría la sospecha de que su choque con la cultura americana sería el del salvaje contra la civilización. Algo que únicamente resulta veraz en parte. Manute siempre contó con padrinos muy cercanos en el nuevo mundo, que pisó por vez primera en mayo de 1983. Solo así pudo sobrevivir al total desconocimiento del inglés con el que llegó y a los largos meses de espera hasta que le fue posible jugar.

Los principales eran Don Feeley, scout que le descubriría allá en Sudán, y Deng Nihal, compañero y amigo de Manute durante su corta experiencia en el baloncesto local sudanés. Este último sería su traductor y su compañero de piso en los Estados Unidos, se encargaron de que Manute nunca se sintiese demasiado fuera de lugar.

De su total desconocimiento del lenguaje se encargó Arleen Bialic, una lingüista a la que se encomendó la tarea de enseñarle nociones básicas del idioma en apenas unos meses. Tomándolo como un reto personal Bialic logró avanzar a contrarreloj, pero la empresa resultaba un imposible.

“Ni siquiera sabía coger un lápiz. Sus carencias formativas e idiomáticas no suponían tanto un problema para sus relaciones sociales, aunque las llevase a cabo con un círculo muy cerrado, como a nivel institucional. Básicamente porque para jugar al baloncesto, el único objetivo con el que había llegado al país, debía hacerlo como alumno universitario.

El otro gran punto que le alejaba de la cultura en la que le intentaban introducir aprisa eran las noticias que recibía desde Turalei. Sobre todo cuando llegó a sus oídos la muerte de su padre, Madut pocos meses después de su llegada a Norteamérica. Su rápido regreso coincidió con el sentimiento de añoranza que se apoderaba de él en aquellos días, pero también con una tensión sociopolítica que acabaría haciendo estallar la guerra civil en Sudán.

A su regreso, Deng le borró cualquier morriña de la quijotera, y los meses siguientes continuaron el arduo aprendizaje del idioma mientras Cleveland State agotaba las vías para inscribir a su flamante pero prohibido fichaje. Ante una segunda negativa, Feeley planteó a Manute un giro de timón. El técnico al fin había encontrado la oportunidad que buscaba como asistente en la pequeña universidad de Bridgeport, Connecticut.

Allí, en un pabellón de apenas 1.800 localidades, en un equipo de repercusión mínima más allá del cerco local y conducido por una universidad camino de la bancarrota; Manute tuvo su primer contacto real con la sociedad norteamericana. El reclamo era obvio.

En Invasión o Victoria: Extranjeros en la NBA, Gonzalo Vázquez define a Bol como “el paradigma de extranjería étnica más acusado de todos los tiempos”. Y no eran otras razones más que esa radical diferencia cultural y las extremas condiciones físicas del protagonista las que servían como primera atracción.

Bob Ehalt, que cubrió a la universidad de Bridgeport en la época, asegura en un texto que es más elegía que obituario que en 30 años dedicados a escribir sobre deporte, no ha vivido una temporada más especial que aquella de 1984-85. “[Manute Bol] fue el único responsable de que aquella campaña fuese mágica. Bol era alguien especial más allá de lo evidente.

Un favorito de todos los vestuarios que llegó a pisar y de los cuales Bridgeport no fue una excepción. Manute fingía una sarcástica arrogancia que, impulsada por su peculiar inglés, causaba risas allá donde fuese. Su forma de hablar aunaba herencias de la jerga afroamericana, palabras inventadas y expresiones extraídas de forma literal de la música que escuchaba -mayormente rock de la época-. Un batiburrillo de resultado hilarante en un personaje gracioso por naturaleza.

Pasaban dos años de su llegada y, aunque Bol nunca había mostrado trabas en su paulatina adaptación, aún estaba lejos de considerarse un ciudadano estadounidense. Despojado de cualquier tipo de agencia, Manute apenas había podido decidir por sí mismo durante su primera etapa allí. No tenía razones para no fiarse de Feeley y su círculo cercano, quienes siempre obraron por el bien del jugador cuando este no tenía las herramientas para asegurar su autonomía.

Consumidos dos tercios de aquella mágica temporada 84-85, Manute le dijo a Bruce Webster, su entrenador en Bridgeport, que tenía la intención de marcharse del equipo para cumplir con lo que le había llevado a cruzar el charco: ganar dinero jugando al baloncesto. En Bridgeport costó asimilarlo, pero tuvieron que dejarle marchar ante los 25.000 dólares que le ofrecieron por jugar unos cuantos meses con los Rhode Island Gulls, un conjunto que competía en la United States Basketball League (USBL), liga menor recién creada que contó sus últimos días en 2007.

Varios directivos con elecciones a la cola de la primera ronda dudaban si jugársela con quien Don Nelson ya había pontificado como el mejor taponador que había visto en la vida. Trece tapones de media por partido en su corta estancia en la USBL daban buena renta del año. Se acabaron llevando el gato al agua los Washington Bullets con la séptima elección de segunda ronda de 1985.

Es aquí donde realmente comienza la completa inserción de Manute Bol en la sociedad estadounidense y su conversión en artefacto de la cultura popular americana de finales de siglo. Y nada más estereotípicamente yanki que la dieta basada en comida basura a la que sometieron a Bol en vistas de su debut NBA. Pero, a pesar del empacho de pizzas, hamburguesas y bebidas azucaradas, Bol llegó al training camp midiendo 2,31 metros y pesando 86 kilos que ponían en cifras una languidez inverosímil.

En Washington también se iban a preocupar de facilitarle la transición en todo lo que excedía los muros del pabellón. Chuck Douglas fue el asistente personal que le asignaron a su llegada a los Bullets y que se encargaría de introducirle definitivamente en las costumbres ciudadanas y las tareas típicas de una persona adulta en los Estados Unidos. De todas ellas, Manute solo desdeñó la idea de buscar el amor en la que era su nueva casa. El jugador estaba empeñado en contraer matrimonio con una mujer que perteneciera a la tribu dinka, para lo cual su hermana Natalina tuvo que hacer de intermediaria unas cuantas veces.

En declaraciones que hoy sonarían de aquella manera, declaró alguna vez desear una esposa “ama de casa. Aquellos eran días en los que la fascinación surgida en el pequeño condado de Bridgeport durante la temporada anterior se expandieron a lo largo y ancho de la nación.

Fuese donde fuese, Bol generaba una expectación que quizás no encuentre parangón histórico en un jugador de segunda ronda. Antes de pisar una cancha NBA, el gigante sudanés ya había firmado contratos publicitarios por valor de más de 100.000 dólares con algunas de las marcas más conocidas de la época. Nike le calzaría, Coca-Cola le daría energía y Kodak le sacaría las mejores fotos. Durante su estancia en la NBA los publicistas y equipos de marketing aprovechaban sus partidos como visitante para grabar y montar campañas como si de una estrella se tratase.

Esto fue cimentando a Bol como una de las caras más reconocibles de una NBA que comenzaba a expandir sus horizontes de la mano del binomio Magic-Bird/Lakers-Celtics, el flamante nuevo comisionado David Stern y aquel milagro de la mercadotecnia llamado Michael Jordan. Quizás nada explique mejor la imagen que proyectaba Bol al mundo como su desempeño en cancha. Verle jugar no solo era divertido por vaticinar quién sería el iluso jugador exterior que se creyese capaz de evitar sus infinitos brazos. También había recreo en adivinar qué le estaría diciendo a la estrella de turno.

Manute amaba el trash talk. Pero, como hacía con todo en el baloncesto, sentía especial predilección con la rama que busca hacer del juego algo alegre. Normalmente cada una de sus canastas venía acompañada de un “no puedes defenderme” y una rápida sonrisa que denotaba sarcasmo y ganas de divertirse. “Cuando juego trato de hacer amigos. En mi equipo y en el rival”, diría más de una vez.

A Manute le gustaba tanto la puya y esos cara a cara que nacen en la salud de la competición que se dedicaba a crear ese tipo de ambientes también en los entrenamientos. Con un enfoque más humorístico si cabe. Así, retaba a pachangas a Mugsy Bogues en las que se dedicaba a intentar driblarle y defenderle lejos del aro, fingiendo enfadarse cuando el menudo base le superaba una y otra vez. Con Charles Barkley tiraba del típico “demasiado pequeño” que tanto se estila hoy y con el que Chuck se reía a carcajadas. Un aullido vaquero acompañaba a cada gancho que acababa en la red. Imposible que cualquiera que le recuerde pueda borrar la sonrisa de la cara mientras lo hace.

Sin embargo, toda su transparente simpatía pronto ahuyentó cualquier sospecha de indulgencia. Los varones dinka acostumbran a responder con violencia ante prácticamente cualquier afrenta. En lo que ni siquiera parecía una lucha por el rebote tras un tiro libre, Jawann Oldham, pívot de los Bulls, se revolvió empujando con el codo a Bol, que se le quedó mirando desafiante. El del equipo local siguió buscando al sudanés con la mirada hasta que le empujó por segunda vez e intentó asestar un puñetazo que Manute devolvería.

Esto, un episodio aislado, no le privó de ser una de las caras de la NBA en la segunda mitad de la década de los 80 y principios de los 90. Lo cual, unido a su innata habilidad defensiva, le permitió ganar grandes sumas de dinero y llegar a firmar un contrato de 1,6 millones de dólares en su tercer año en Philadelphia. En sus primeros años, Bol se permitía ciertos caprichos típicos del jugador que se ve con ese poder adquisitivo de la noche a la mañana.

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