Consecuencias Psicológicas de Ser Obligado a Usar Pañal

21.09.2025

Para algunas personas, la experiencia de ser obligado a usar pañal, ya sea por razones médicas, por prácticas psiquiátricas o por imposiciones externas, puede tener profundas consecuencias psicológicas. Este artículo explora estas consecuencias y cómo afectan la vida y el bienestar emocional de los individuos.

El Impacto de la Contención Mecánica

La contención mecánica, a menudo denominada "contención terapéutica", puede ser una experiencia traumática. Hay algo muy perverso en denominar “contención terapéutica” al hecho de atar personas. Es burdo, un insulto a la propia humanidad de las personas “contenidas” y un ejemplo de manipulación lingüística orwelliana. Como si fuera tan evidente que el maltrato ya habita en la palabra “contención” que se necesitara a gritos un adjetivo que suavice el asunto.

Tras varios comentarios recibidos, decidimos pedir a sus remitentes que escribieran brevemente sobre su experiencia. Ha sido un ejercicio libre y desde Primera Vocal nos limitamos a reproducir sus testimonios. Nuestra intención al publicar dicha imagen es generar un debate como primer paso hacia un cuestionamiento crítico de las prácticas psiquiátricas hegemónicas. Dicho cuestionamiento busca incidir a medio plazo en ellas, y a largo plazo suprimirlas.

Pongamos un ejemplo práctico. Supongamos que unos padres tienen un hijo que es ingresado en el servicio de psiquiatría del niño y adolescente en un hospital X. Y supongamos también que nadie nos quiere engañar con el lenguaje, por lo que la “contención terapéutica” forma parte del propio arsenal terapéutico del servicio (recordemos algo de etimología: terapia, del griego therapeía, asistencia). ¿Es descabellado que se les informe de cómo y con qué frecuencia se aplican las contenciones en el servicio?

La contención mecánica es, en el mejor de los casos, un estrepitoso fracaso asistencial. En el peor, una terrorífica violación de los derechos humanos, que pudre para siempre una parte de quien la ejecuta «por el bien del paciente», atenta contra la dignidad humana y pone la salud y la vida en peligro. Me metí en esto para cuidar y ayudar. Pasa servir al individuo, la comunidad y la sociedad. No para ser un carcelero de inocentes. Basta de maltrato. Basta de tratamientos forzosos. Basta de ingresos involuntarios.

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Testimonios Personales

Hace quince años, fui hospitalizada por un brote psicótico, con comportamiento autolesivo en la vía pública. Me llevó la policía al hospital provincial de Pontevedra. En el hospital, un chico, también ingresado, me advirtió: «Te voy a dar un consejo, haz todo lo que te digan sin protestar». A la mañana siguiente del ingreso tenían que trasladarme al hospital de mi provincia, me lo explicaron pero yo estaba tan horrorizada debido a los argumentos de la psicosis, que no les creí, pensé que me llevaban para hacerme daño. Así que dije NO. Al decirlo, cuatro personas vinieron a sujetarme los brazos.

Me asusté tanto que me revolví mucho, y pataleé, de manera que vinieron otras dos a sujetarme las piernas. Una de las que me sujetó las piernas me hizo una luxación de tobillo, que me dolió muchísimo. empecé a gritar y ya no paré hasta que me hizo efecto el tranquilizante que me pusieron por la fuerza, con el que me quedé inconsciente. Desperté en el otro hospital, atada con correas alrededor del pecho y las piernas.

Al despertar así empecé a llorar de angustia, no sabía dónde estaba ni lo me iba a pasar, tenía muchísimo miedo y pensé que podían volver a hacerme daño, más daño aún. Una enfermera vino al oírme llorar y me dijo que me quitaba las correas «si me portaba bien». Me porté muy bien, solo quería salir de allí, para siempre. No he vuelto a fiarme ya de ningún hospital psiquiátrico, he hecho todo lo posible por no ingresar nunca más.

Viví las correas, en dos ingresos distintos. Llegué al hospital despedazada y a la fuerza. Y su procedimiento fue atarme con correas a una cama de la habitación de aislamiento y ponerme sedantes. Yo exigía mi libertad. Exigía vivir mis abismos por mi cuenta, en mis bosques. Recuerdo a guardias de seguridad encima de mí y a un corro de enfermeras, meterme en esa habitación vigilada y ningunear mi voz, llenar de piedras y muros mi vida. Y sentía cada vez más angustia y locura. Y supe que esa gente nunca podría ser una ayuda. Porque no tenían humanidad.

Recuerdo que me querían poner un pañal, ya que pensaban tenerme atada muchas horas. Y me sentí ofendida, atacada, desnuda, usada, mancillada. A ellos no los sentí ni salud mental, ni terapia, ni seres humanos, su cordura la sentí enfermedad y todo lo contrario a una ayuda para mí. Y me negué y les dije que pensaba mearles la cama y me dijeron allá tú y así lo hice y así estuve muchas horas. Y aún seguí resistiéndome en vano. Gritando hasta la fatiga.

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Una enfermera de la que hice un gran esfuerzo por olvidar su nombre, por temor a algún día a cometer una agresión directa contra ella si me la cruzaba en cualquier parte, una enfermera que esperó ladinamente a que saliera su otra compañera de turno de la habitación, para que no hubiera testigos. Una enfermera. Se acercó a mi cuando yo estaba atada y ni siquiera podía pulsar el timbre para llamar, tenía sed, tenía mucha sed.

Se me comunicó entonces que no se me desataría hasta que viniera la psiquiatra a la mañana siguiente y que si quería orinar, lo haría en la «chata». Me pusieron dos inyecciones seguidas de su lobotomía química, porque no podían hacer que me durmiera. Sólo agredía con la lengua, única arma de defensa posible. La lengua. La reveladora lengua de lxs locxs, que para mí evidencia su necesaria y auténtica función social, y que trata de acallar, amordazar, negar, invisibilizar, el modelo médico y todos sus derivados, que construyen una inmensa ortopedia de supuestas terapias y tratamientos para locxs, basadas en mentiras, que ocultan otras mentiras, como una infinita muñeca rusa.

Sentí quebrarse mi muñeca izquierda, me atravesó el dolor, me recorrió todo el cuerpo. Aullé: «¡No irás a dejarme así toda la noche, me hace mucho daño, aflójame la tira, por favor, por favor…!» Sonrío. Sonrío…joder. Agachó la cara lentamente, acercó sus labios a mi mejilla izquierda, y me susurró: «¡Ah…. es que no colaboraste nada!» Yo estaba atada. Ella sonreía. Guardó la llave en el bolsillo de la bata con un gesto de satisfacción. Ufana por su venganza. La enfermera. Venganza.

Problemas del Control de Esfínteres

La incontinencia fecal o incontinencia a heces se define como la incapacidad de retrasar la defecación, produciéndose una pérdida recurrente e involuntaria de las heces a través del ano. Sin embargo, la causa más frecuente son los traumatismos obstétricos que implican lesiones esfinterianas, es decir las lesiones producidas años atrás durante los partos que asocian lesiones de los músculos que controlan la salida de las heces (esfínteres). La prevalencia real de esta patología es desconocida.

Los trastornos del control de esfínteres son uno de los problemas más comunes en la consulta del pediatra de Atención Primaria. Se expone un caso clínico de un niño de cuatro años que presenta encopresis funcional por rechazo a utilizar el inodoro, así como la intervención llevada a cabo en conjunto por Pediatría y Psicología Clínica. La exposición de este caso muestra cómo la misma manifestación puede esconder distintos problemas que requerirán diferentes abordajes terapéuticos.

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Factores Influyentes en el Control de Esfínteres

Además de la maduración biológica como requisito para el control de esfínteres, existen múltiples factores que influyen en esta adquisición: la madurez socioemocional del niño, su capacidad intelectual, los determinantes culturales y las interacciones psicológicas entre el niño y sus padres. En cuanto a esta última variable, uno de los aspectos más estudiados en la literatura médica está relacionado con el entrenamiento en el uso del inodoro y la dificultad de los padres y los profesionales para juzgar el momento adecuado para comenzar y establecer qué prácticas facilitan esta adquisición.

Durante el proceso de entrenamiento, un 20% de los niños desarrolla rechazo a usar el retrete. Este comportamiento está asociado a consecuencias negativas como retención de heces y orina, riesgo de desarrollar trastornos de la eliminación como enuresis y encopresis, y otras dificultades psicológicas y fisiológicas derivadas. En caso de producirse, todas ellas pueden llegar a requerir la intervención profesional del pediatra o incluso la derivación al psicólogo clínico del Equipo de Salud Mental.

Caso Clínico

Niño varón de cuatro años que presenta problemas relacionados con el control de esfínteres. La madre consulta porque el niño muestra retención voluntaria de heces y orina y rechazo total a sentarse en el retrete. Refiere que el niño solicita y exige a los padres que le pongan el pañal, y solo entonces lleva a cabo las deposiciones.

Hubo un intento de los padres de retirarle el pañal e iniciar el uso del inodoro a los 22 meses de edad, pero el niño no fue capaz de aprender a retener y vivió este fracaso muy negativamente (negándose a hablar del episodio, mostrando vergüenza, etc.). Habitualmente, el niño no lleva puesto el pañal pero, en el momento en que detecta deseos de orinar o defecar, le pide a su madre que se lo ponga. Si ella consiente, el niño lleva a cabo las evacuaciones y la madre posteriormente le limpia y le cambia.

Ocasionalmente se presentan dificultades, porque el niño se niega a desprenderse del pañal. En caso de que la madre se niegue a ponerle el pañal, el niño retiene voluntariamente la orina y las heces, incluso durante horas, y muestra un comportamiento perturbador con manifestaciones de enfado intenso, llanto y rabietas. Ante la preocupación de los padres por el posible malestar del niño derivado de la retención, y por la incapacidad para tolerar y manejar sus alteraciones de conducta, estos ceden y aceptan ponerle el pañal, momento en el que el niño realiza las deposiciones.

El paciente presenta ligeros retrasos en el inicio de la marcha y en el desarrollo del lenguaje. Presenta deambulación con apoyo a los 19 meses y la madre refiere que las primeras frases que el niño emitió fueron a los tres años, dos semanas después del inicio de la escolarización. Antes de este momento, solamente empleaba tres palabras y gestos para comunicarse, lo que conllevó valoración en Atención Temprana.

Existe mucha dificultad por parte de este para tolerar los cambios y la novedad; puede llegar incluso a negarse a participar en actividades lúdicas y placenteras si estas no estaban previstas o no se realizan de la manera que él desea. Se resiste activamente a las actividades fuera de la rutina y muestra una actitud de rigidez. Lleva a cabo una serie de "rituales precoces" que podrían considerarse normales en cualquier niño de su edad, pero que sobrepasan la frecuencia e intensidad habituales.

El Impacto en la Infancia y la Adolescencia

La imposición del uso de pañales en niños y adolescentes, especialmente cuando no es médicamente necesaria, puede generar sentimientos de vergüenza, humillación y pérdida de autonomía. Esto puede afectar negativamente su autoestima y su desarrollo social.

Es un asunto que se lleva discutiendo desde hace años y resulta muy injusto y discriminatorio que estos niños, sobre todo para los más pequeños de la clase nacidos entre octubre y diciembre que aún no han cumplido los tres añitos, tengan que saber pedir y hacer pipí o defecar -asegura Paola de la Cruz, maestra de educación Infantil, de Educación Especial, terapeuta y ganadora del Premio Educa Abanca como Mejor Docente de España 2020-.

El control de esfínteres no debe ser forzado, es un hito del desarrollo natural del ser humano. Los padres no deben sufrir estrés o sentirse forzados a quitar el pañal a su pequeño de forma no natural, y el niño no debe asumirlo de forma mecánica porque el mundo de los adultos, y el sistema educativo en particular, no son capaces de resolver este proceso natural del ser humano.

Este especialista en Pediatría señala que no son pocos los problemas que puede suponer para un niño tan pequeño sentirse en clase señalado por el hecho de llevar pañal y no dejar que controle sus esfínteres de manera natural según su propio desarrollo. «En primer lugar, es habitual que sufran estreñimiento porque están cansados de escuchar frases del tipo «¡pero otra vez te has hecho caca!» lo que genera en el niño la sensación de que está haciendo algo malo que debe evitar, lo que conlleva a problemas instestinales».

Paola de la Cruz añade que también «se favorece que tengan problemas psicológicos al sentirse apartados por estar sucios y creer que se ha portado mal y tiene que esperar con cierta angustia a que alguien le ayude. Se sienten humillados, vejados. Esta situación -prosigue esta maestra de Infantil-puede provocar que sienta rechazo a ir al colegio y que tenga miedo cada vez que quiera hacer sus necesidades fisiológicas. Por todo ello es tan urgente una solución».

Miedo a "Hacer Caca"

El temor a “hacer caca” y el rechazo a intentarlo es uno de los procesos evolutivos más común en la infancia. En algunos casos el miedo coincide con la retirada del pañal y puede estar relacionado con dicho proceso, con el cambio global que supone y con la sensación de expulsar “fuera” algo interno. En ciertos niños se evidencia un sentimiento de vergüenza a la hora de defecar en un lugar diferente al acostumbrado, lo que les lleva a aguantarse causando dolor posterior.

Desde un punto de vista psicológico es importante que sepan que esta fobia es completamente normal y natural. Es una respuesta humana ante el dolor, ante una situación aversiva y desagradable, que es normal temer e intentar evitar. La evitación del dolor y la huida del mismo desde que nacemos es una respuesta evolutiva, necesaria y vital para la supervivencia. En segundo lugar es importante no hablar continuamente del tema, no forzar a los peques a hacerlo, ni mucho menos obligarlos, pero sí hacerles notar que entendemos su situación.

Por otro lado, en los casos en los que no haya habido relación alguna con el estreñimiento y no parezca existir dolor lo más probable es que se deba al cambio de rutina al retirar el pañal y el miedo tiene que ver más directamente con lo que se expulsa. En realidad es muy importante enseñar a los peques cuestiones higiénicas relacionadas con su cuerpo, pero intentando normalizar y naturalizar todo. Para evitarlo siempre es bueno que les expliquemos qué es la caca, cómo se forma, los motivos por los cuales se expulsa y los motivos por los cuales se deben tener unas pautas higiénicas.

Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC)

Es difícil escribir sobre temas de niños. Sin embargo, me motiva una realidad: hay niños que viven su día a día con el sufrimiento y las dificultades causados por un trastorno poco conocido y que como media tarda al menos dos años en ser detectado y tratado. Se tiene en cuenta tanto el malestar que causa al niño como lo que llega a interferir en su vida cotidiana. En la mayoría de los casos tareas como el aseo personal, los deberes, vestirse, conciliar el sueño, se ven francamente alteradas. El diagnóstico “oficial” se hace con los criterios internacionales de la clasificación de enfermedades DSM-IV TR.

Los niños más que los mayores a veces no se dan cuenta de que estas preocupaciones no son racionales y no son capaces de criticarlas, las creen totalmente (p. ej. Con mucha frecuencia, pedirán a los padres que participen de sus compulsiones o rituales para alejar así el temor. Las compulsiones en los niños no siempre se corresponden con una obsesión “racional”.

La medicación aprobada en el TOC infantil son los ISRS un tipo de fármacos no adictivos ni sedativos que se usan en el control de la ansiedad. En CINTECO psiquiatras y psicólogos trabajamos desde hace décadas en la atención a niños que se enfrentan con las dificultades de un trastorno obsesivo-compulsivo.

La Perspectiva de los Educadores

Desde hace veinticinco años, Eva es maestra de guardería en Barcelona. Durante este tiempo ha sido testigo de muchos cambios en la crianza, pero hay una cosa hoy que le sorprende: “Hasta hace unos cinco años, de dieciocho criaturas, dos o tres aún usaban pañal… ¡Hoy es al revés! Son tres las que no lo llevan. Eva es educadora de niños de entre dos y tres años, una edad en la que, si no hay alguna dificultad específica, ya pueden empezar a controlar los esfínteres (por lo menos, de día).

¿Les hacen caso? Hace unos meses, una comentada noticia en el diario ABC revelaba que en Suiza la cuestión de los pañales se estaba convirtiendo en un problema en las escuelas. La presidenta de la Asociación Suiza de Docentes explicaba que cada vez es más frecuente que los niños se escolaricen, con cuatro años, usándolos. El tema ha abierto un debate nacional sobre las responsabilidades de familias y centros educativos: para los maestros, el que aún lleven pañal se debe a la comodidad de los padres.

Para esta docente, dejar el pañal es un hecho fisiológico, que forma parte de un proceso madurativo: “E, históricamente, en nuestra cultura lo que se ha hecho es ‘adiestrar’ a los niños y las niñas para que hagan los aprendizajes: el momento de aprender a hacer un pipí también era así”. Sargatal recuerda esa imagen del niño “sentado en un orinal o en el váter, que no se podía levantar”.

Los estudios, “sobretodo los relacionados con la neurociencia”, dice Sargatal, indican que el proceso de sacar el pañal a un niño implica que se respeten sus tiempos. “Y cualquier proceso madurativo que no respete los ritmos puede tener un impacto negativo. Con los pañales, dice, es un poco lo mismo: “A un niño que ha sido forzado a ir sin pañal, por ejemplo, le cuesta mucho el control de la caca. O no puede hacer pipí si hay más personas… Esto nos está llegando desde el campo de la psicología”.

La edad adecuada para dejar el pañal, explica Sargatal: “Oscila entre los dos y los tres años, que es una normalidad amplia: hay niños que llegan a infantil con dos años, y eso lo hemos de tener en cuenta”. Sin embargo, hace tiempo que la imagen de esa criatura sentada en el orinal, durante horas, ya no se da.

Si cuenta con ambas cosas, se consigue en tres o cuatro días. “Pero si no es así, eso significa que no está preparado o que hay algo que los padres no están haciendo bien”. Para Serrano Marchuet, la idea de crianza “respetuosa” está muy bien: “Siempre y cuando tenga unas normas de base y un conocimiento para llevarla a buen término: así que tan mal está como que forcemos quitar el pañal porque tiene que ir a la guardería -y no está preparado- como que hagamos al revés. Ni un extremo ni lo otro”, sintetiza.

Para Marchuet, el corte de edad que se establece normalmente para sacar el pañal es a partir de los 18 meses: “¿Qué quiere decir? Que por debajo de esta edad, a no ser que veas un interés sumamente elevado, no hace falta ni que lo pruebes… Pero si a los dos años y medio no ha aprendido aún, pues quizás hay que plantearse qué pasa: a partir de esa edad tendría todas esas capacidades desarrolladas de sobras”.

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