La Leyenda de Nino Ahorcado en Toledo
La leyenda de Nino Ahorcado en Toledo es una historia que ha perdurado a través del tiempo, arraigada en el imaginario popular de la región. Esta narrativa, llena de misterio y elementos sombríos, nos transporta a un pasado donde la justicia y el crimen se entrelazaban en las calles de la antigua ciudad.
En el Toledo de los Reyes Católicos, en el siglo XV, no era habitual pasar largas temporadas en la cárcel si habías cometido algún delito grave, como un asesinato. Lo común era que el asesino fuera ejecutado con diligencia y sin muchas contemplaciones.
Según narra el investigador Óscar López Gómez, en su libro “La sociedad amenazada: crimen, delincuencia y poder en Toledo a finales del siglo XV”, “existían dos modos de quitar la vida a los malhechores: el ahorcamiento o degollándoles con un cuchillo bien afilado de un corte seco en el cuello.” El uso de otras herramientas de ejecución, como la espada o el hacha, no era tan común.
Este tipo de condenas se realizaban en lugares públicos céntricos, también la amputación de un miembro del cuerpo del delincuente, habitualmente en el espacio habilitado para ahorcar.
La Lenta Agonía del Reo
Curiosamente, no se buscaba la muerte rápida y sin dolor del reo, o de forma súbita, sino que se debía morir de “forma natural“, para que el alma pudiera abandonar el cuerpo. Una peculiaridad de Castilla a diferencia de otras zonas de Europa, donde directamente cortaban las cabezas a los delincuentes.
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Incluso, narra el autor, penas como la muerte en la hoguera de la Inquisición o el asaeteamiento (muerte a flechazos por las hermandades), permitía agonizar al reo, asegurando que morían naturalmente.
Imaginen el espectáculo tras estas ejecuciones: personas que se desangraban lentamente, reos colgados del cuello que se asfixiaban entre pataleos y terribles quejidos.
López Gómez aporta este testimonio: “El sábado 9 de julio [de 1502] fue colgado en el mercado de Toledo, por ladrón, un hombre de veintidós años, y fue lastimosamente estrangulado, porque colgó en el aire una media hora antes de que muriese. Y las gentes, cuando estuvo muerto, iban con grandes prisas a besar sus pies, y ponían cruces de paja y de madera en sus zapatos y al día siguiente fue descolgado y enterrado”
Cadáveres de Ejecutados Colgados en Torres de las Iglesias de Toledo
Desde mediados del siglo XV, se tiene constancia de una macabra práctica para los que cometían delitos graves contra el orden público, o que actuaban en contra de la religión cristiana: tras la ejecución, los colgaban por los pies en la plaza de Zocodover.
Así terminó, por ejemplo, Juan de Cibdad en 1449, durante una revuelta contra los judeo-conversos que habiendo sido muerto por un disparo de espingarda, su cuerpo fue colgado de los pies para que todos lo vieran.
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Otro converso, en la revuelta de 1467, Fernando de la Torre, pretendiendo escapar de Toledo por la noche, fue capturado por vecinos de Santa Leocadia. Fue llevado al campanario de esta iglesia, fue desnudado y “tras rodear su cuello con una cuerda que estaba atada en su otro extremo a los maderos de las campanas, le tiraron desde 10 alto del campanario, quedando ahorcado por fuera de la torre, para que todos lo pudieran ver.
Más tarde, llevados a Zocodover, y a modo de espectáculo para multitud de personas, estuvieron dos días colgados por los pies y todo el que pasaba por allí los escupía y daba cuchilladas.
Este curioso hecho de exhibir los cuerpos de los ajusticiados en campanarios era un hecho muy simbólico: las torres se acercaban al reino celestial, actuando como altares en los que ofrecer los cuerpos de los enemigos (sus almas estaban en el infierno por el delito cometido).
Y la costumbre de colgar los cadáveres por los pies, siempre según el autor, tiene ciertas connotaciones satánicas, de inversión, “como si de un mundo al revés se tratara”. El criminal es identificado como alguien satánico, cuyos crímenes amenazaban las bases de sus sociedad y de la Iglesia.
A estos dos últimos conversos, cuyo único delito probablemente fue estar en el lugar equivocado, en un tiempo convulso, no se les permitió ser enterrados en un cementerio cristiano: “Fechos pedazos a cuchilladas, mandaron a los judíos que los tirasen de aquella forca e los llevasen a enterrar cerca del fosario (cementerio) de los judíos”
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Zocodover, una Horca Permanente
En este tiempo, la muerte en la horca era el “procedimiento legal” más utilizado contra los delincuentes peligrosos. En Toledo, hubo dos horcas, una en la plaza de Zocodover y otra a las afueras, junto a las murallas, en un lugar bien visible para todos con el fin de recordar la presencia constante de la represión judicial. Aquí también se ponían los miembros del cuerpo (lenguas, manos y pies) que cortaban a los malhechores, incluso aquí se exhibían las armas incautadas. Era común encontrar, por ejemplo, una mano clavada, de alguien que había cometido una agresión.
El prisionero, hasta llegar a la horca, hacía un recorrido que prácticamente y por costumbre siempre era el mismo:
Partiendo desde alguna de las prisiones, en algunos casos un pregonero, a altas voces, caminaba delante de un asno o mula (una indignidad si el reo tenía cierto estatus) haciendo público el motivo de la condena. Si el delito no era muy grave, se pagaba una pena económica y entre 50 y 100 azotes de castigo. Como hemos visto, si el delito era mayor, la ejecución inmediata.
En el recorrido, que habitualmente pasaba por las Cuatro Calles, Calle Ancha o Comercio (en la actualidad) hasta llegar a la horca de la Plaza de Zocodover, no sería extraño que el reo descabalgara para ser golpeado a la vista de todos. Si la ejecución se realizaba en el brasero de la Vega o en la horca fuera de la muralla, el recorrido bajaría por la actual Calle Armas.
Una completa escenificación, un macabro espectáculo, que buscaba marcar y fijar en las gentes y vecinos que observaban, a buen seguro muy atentamente, lo que sucedía si provocabas algún tipo de problema.
No es raro mencionar la plaza de Zocodover como lugar de ejecución desde la antigüedad, como ya hemos comentado en otros artículos. Donde ahora observamos actuaciones musicales, ferias del libro o tomamos algo en una agradable terraza, hasta hace no muchos años se ejecutaba a decenas de personas cada año, de muy diversas formas. Incluso recordemos el ya famoso “clavicote” que alojaba los cadáveres de aquellos que morían sin posibilidades y esperaban, pudriéndose la caridad de otros para recibir sepultura.
Cuenta la leyenda que una tarde cualquiera del mes de marzo del año 1500 D. Agustín Moreto y Cabañas cruzaba a paso raudo la plaza de Zocodover en busca de abrigo ante la intensa lluvia que caía sobre el empedrado toledano, reflejando los numerosos edificios que jalonan este típico enclave toledano.
En la ya oscura tarde-noche nuestro personaje se apresuraba a resguardarse bajo el Arco de la Sangre. Se comentaba por la ciudad que era tan rápido con la pluma como hábil con la espada… Tan pronto elaboraba un soneto como desenvainaba su acero toledano con el fin de defender el honor o acabar con la vida de algún desdichado. Cierta fama le venía de sus numerosos éxitos en los duelos, atestiguados por las muescas que en la empuñadura de la espada hacía cada vez que acababa con la vida de un contrincante.
De estos encuentros guardaba nuestro “poeta” sus propios fantasmas y recuerdos, pues como a cualquiera, vuelven a visitarnos cuando menos los esperamos.
En sus pensamientos estaba, cuando un raudo desconocido pasó a su lado depositando en sus manos un sobre cerrado. Fue incapaz de distinguir de quién se trataba, pues tan sólo pudo distinguir un rastro de perfume que le resultó vagamente familiar.
Abrió el sobre con curiosidad y un rastro de temor y en un áspero papel pudo leer: “Si sois hombre, si os tenéis por caballero, esta noche a las doce en el Prado de los ahorcados, os espero”.
Ni una sola letra más había en el papel que le acababan de entregar… Aún a riesgo de emboscada o de pesada broma, decidió acudir esta misma noche al lugar indicado, bien armado con capa, espada y al menos dos dagas.
La noche ya había caído sobre Toledo. Noche oscura y fría, en la que una llovizna muy fina lo impregnaba todo, como si el río Tajo ascendiera los rodaderos de la ciudad y con una terrible humedad lo invadiera todo.
Decidió adelantarse al menos media hora para inspeccionar el lugar. Llegado al prado indicado en la carta observó que ni un alma viva se dejaba ver a esas horas en aquél lugar maldito… Inmerso en estos pensamientos estaba cuando un leve sonido proveniente de las sombras hizo que desenvainara su espada, aunque nada pudo percibir entre los espesos ramajes.
¡Quién anda ahí! ¡Da la cara si eres hombre y enfréntate a tu destino! Gritaba más por miedo que por valentía, a algo que levemente se movía entre las ramas. El cadáver le indicaba el lugar donde asesinó a aquella persona, mientras que el terror consumía lentamente su alma.
El cadáver de Agustín fue encontrado varios días después, con el cabello blanquecino y una horrible mueca de terror en el rostro. Nadie supo muy bien cuál fue el motivo de su muerte, aunque a algunos les llamó la atención la soga solitaria que colgaba de las ramas de un árbol próximo…
Adaptación libre de la versión original de la leyenda de Toledo publicada por Fernando Aguilar Carmena, Revista Toledo (1926), núm.
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