Orígenes y Significado de los Trajes de Pastora para Bebé

25.11.2025

En las sociedades tradicionales aragonesas, dedicadas fundamentalmente a labores agrícolas y ganaderas, la pauta fundamental era la austeridad en la economía de subsistencia.

En este contexto, la indumentaria propia de las clases populares, de la gente de la calle, tenía que ajustarse a unas limitadas posibilidades económicas. Las prendas se llevaban hasta que eran inservibles y aun después de eso se reutilizaban para otros usos, aunque fuera para trapos, recurriendo al zurcido y remiendo para alargar la vida de las ropas.

Solo existía una excepción: los trajes de fiesta, ya que, dado el escaso uso que se les daba, podían conservarse durante generaciones. El mejor traje de que disponía un hombre en el Aragón del siglo XIX sería el que le acompañaría en los momentos más relevantes de su vida: su boda, las grandes fiestas y, finalmente, su entierro.

La Indumentaria Femenina Tradicional

Ninguna de las prendas que usaban las aragonesas tenía bolsillos. Un elemento imprescindible para las mujeres era la faldriquera, faltriquera o bolsillo bajero, que servía para guardar pequeñas cosas o dinero; se ataba a la cintura sobre las enaguas y se accedía a ella a través de las aberturas laterales de la saya y los refajos.

Para cubrir el torso existieron varias prendas que se sucedieron en el tiempo. Heredado del siglo XVIII se usaron los cuerpos muy ajustados y con fuertes armazones o varillas. La pieza más generalizada en el siglo XIX fueron los jubones, que seguían muy pegados al cuerpo pero ya no incorporaban los elementos rígidos, sujetos con cierres metálicos, y eran cortos hasta la cintura.

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Las mangas, también muy ajustadas, tenían forma para facilitar el movimiento del brazo. Para épocas más calurosas se usaba el justillo, prenda similar al jubón pero sin mangas y entallada por delante mediante cordón (encordadera) y ojetes.

En los últimos años del XIX surgieron las chambras o cuerpos, cuyo uso se mantuvo en muchos casos hasta bien entrado el siglo XX. Pero lo habitual era que las mujeres llevaran por encima de los hombros pañuelos, mantoncillos, mantones o toquillas.

Las medias con las que las mujeres cubrían sus piernas estaban tejidas con agujas en lana o algodón. Predominaban los colores en blanco y negro, tenían pie y llegaban justo hasta la rodilla.

El rasgo característico de estos peinados era la sujeción, donde se trataba de evitar en lo posible que penetrara en ellos la suciedad y los piojos. Para cubrir la parte posterior de la cabeza, el más común entre las ancianas hasta época reciente era el moño "de rosca", peinado que sustituyó al de picaporte en la segunda mitad del siglo XIX. Se realizaba tensando bien el cabello y recogiéndolo en la nuca, donde se trenzaba, enroscaba y sujetaba a la cabeza con horquillas y peinetas, o las trenzas.

El Traje Masculino Tradicional

Entre los hombres se mantuvo hasta el último cuarto del siglo XIX, de forma generalizada, el tipo de traje considerado tradicional, aunque el origen de algunas de sus prendas pueda remontarse más atrás. Una cuestión ya mencionada es el hecho de que los hombres asimilaron con mayor rapidez que las mujeres las nuevas tendencias y prendas.

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En un principio también el hombre utilizó, como única ropa interior, la larga camisa de lienzo, hilo o algodón, con cintura, largos faldones y mangas anchas. Podía llevar cuello, cuya forma variaba según las tendencias de la moda. Confeccionado en tejidos similares a los de las camisas, era un pantalón corto hasta debajo de la rodilla, donde se ajustaba mediante cintas, con una abertura a modo de bragueta: el calzón, pantalón ajustado a la pierna hasta debajo de la rodilla.

Prenda casi obligada era el chaleco, que iba sobre la camisa, en el caso de que fuera cruzado. Esta prenda se confeccionó en materiales más diversos que otras prendas del traje. Para fiestas o grandes celebraciones el tejido que se utilizaba era el terciopelo brocado, sedas adamascadas o incluso bordados.

Sujetando chaleco y calzón iba la faja enrollada a la cintura. La chaqueta del traje era una prenda de mucho vestir y estaba confeccionada con el mismo tejido que el calzón. Se usaban medias adornadas con elaborados puntos, con una tirilla tejida que pasaba por debajo del talón. Muy a menudo, y protegiendo el pie tanto en verano como en invierno, se colocaban unos gruesos calcetines o piales.

Los artesanos de cada localidad confeccionaron un amplio repertorio de tipos de calzado, que variaba en función del uso que se le fuera a dar. Entre las prendas para la cabeza, había puesto sueltas, con lazada, con doble vuelta en forma de gorra, pero no fue el pañuelo la prenda considerada más característica de los aragoneses, sino los sombreros de alas muy anchas.

El clima determina también la necesidad de llevar prendas muy abrigadas para e1 invierno. Entre ellas fue muy común la manta, parda o de cuadros en vivos colores, o las zamarras de lana, negras en los casos más sencillos y de colores en los llamados “de astracán”.

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Variantes Regionales del Traje Tradicional

Las zonas cuyo relieve facilita las comunicaciones y las de aquellas otras aisladas entre montañas tienen una repercusión en la indumentaria. En los Valles occidentales, el traje tardomedieval se compone por faldones fruncidos que desde el corpiño llegan hasta los pies. Bajo esta prenda las mujeres llevaban una camisa, de lino en la parte alta mientras que los faldones estaban hechos de cáñamo o estopazo, con un cuello plisado y almidonado llamado gorguera. También destacan las amplias mangas unidas por su decoración a base de pequeños bordados a cruceta en color.

Cubriendo las piernas, iban las enaguas y refajos sobre las que finalmente se colocaba el vestido, generalmente de color oscuro. Para el traje festivo, usaban una basquiña especial muy bien plisada, y se añadían al traje otros complementos, como pañuelos de seda en la cabeza y joyas que no se usaban a diario. Se conoce también la existencia del "traje de cofradía” en el que las mujeres llevaban saigüelo negro con una escarapela de cintas sobre el pecho.

Las mujeres ansotanas conservaron un característico peinado: los "churros". Separado a los lados, se disponía en dos trenzas que después se forraban, añadiendo un postizo de tela, con una larga y ancha cinta de calidad y color variables.

Respecto del traje masculino, el hombre fue quien adoptó con mayor rapidez las innovaciones, dadas sus posibilidades de establecer contactos con otras comarcas. El resto del traje masculino se ajusta a lo comentado con anterioridad: calzones y chaleco realizados en el mismo material (paño o pana), medias o calcillas y alpargatas. Sobre el pañuelo se colocaba a menudo el sombrero llamado "de Sástago", de copa semiesférica y con alas cortas, que los hombres compraban en las ferias del llano.

Conforme nos vamos desplazando hacia el este, en la zona central del Pirineo aragonés, encontramos valles más abiertos y mejor comunicados: los del Valle del Aragón y Valle de Tena, zona frecuentemente recorrida por viajeros y peregrinos a Santiago, concretamente de la que seguía el llamado Camino Francés, lo que favoreció el desarrollo de una industria artesanal de tejidos de lana.

Para los siglos XVII y XVIII se documenta el uso de prendas muy parecidas a las que se llevaron en los valles de Ansó y Echo. Para proteger la falda llevaban grandes delantales, en ocasiones con complicadas labores de plisado en la cintura. El calzado era el habitual: alpargatas o abarcas y zuecos para el agua. A la cabeza se anudaban un pañuelo doblado en diagonal con el pico hacia atrás y atado por delante.

En Chistau, mantuvieron por más tiempo que en otras zonas el traje de calzón, con decoraciones bordadas en vivos colores, en las aberturas inferiores de las perneras y en las solapas del chaleco. La comarca más oriental de esta amplia zona que hemos ido recorriendo por el Alto Aragón es la Ribagorza, con influencias catalanas.

Normalmente se colocaba ésta sobre el pañuelo de cabeza a modo de gorro, recogiéndola por su longitud -entre seis y nueve palmos-, en sucesivos pliegues sobre la frente. De nuevo aparecen como calzado los zuecos o “socs”, exclusivamente de madera o bien con el empeine de piel, de punta muy levantada y con fuertes herrajes. Se vistieron varios tipos de abrigos, el más singular es el jaique, gabán con mangas, sobrecapa y vuelo acampanado, con alta tirilla para proteger la nuca.

La Indumentaria en el Valle del Ebro

Esta zona es la de mayor extensión dentro de la comunidad aragonesa, desde los Pirineos al Sistema Ibérico. El medio natural condiciona también aquí los modos de vestir. El clima es continental, lo que determina la aridez de la zona. El valle del Ebro es el principal eje de comunicaciones entre el norte de la península Ibérica y el Mediterráneo.

En Zaragoza residían las clases sociales más acomodadas, entre ellas la nobleza y la burguesía, que siempre han destacado por adoptar con rapidez las nuevas modas internacionales. En las zonas rurales de esta zona, durante el siglo XIX, los contactos con la ciudad favorecieron la adopción de nuevas tendencias en el vestido.

Esto no implicaba necesariamente un rápido abandono de las formas tradicionales, pues la gente centra su interés al hablar del traje tradicional y que en general no podía permitirse un brusco cambio de vestuario. Las prendas básicas eran las descritas con anterioridad: para las mujeres, enaguas y refajos, faldas, camisa, jubón o chambra, y pañuelos o mantones por los hombros.

En la ciudad, el cambio en los gustos respecto de la indumentaria fue más rápido, y la oferta de tejidos y diseños mucho más variada. Las mujeres, mientras tanto, seguían manteniendo modos más tradicionales.

Novedades en el Vestir Femenino

Los mencionados mantones de Manila eran piezas de seda bordadas en China que llegaron a España a través de las rutas comerciales que partían de Filipinas, y muy pronto se copiaron en nuestro país sobre diferentes calidades de seda.

  • Mantones de ala de mosca: insectos que se concentran en los cuatro ángulos de la pieza o tan solo en dos de ellos enfrentados.
  • Mantones de crespón lisos: El crespón es un tipo de seda sin brillo que alcanzó una gran difusión.
  • Pañuelos adamascados.
  • Pañuelos de seda estampados.
  • Pañuelos de gro: Esta denominación popular deriva de un tipo de seda gruesa sin apenas brillo.

También se usaban pañuelos de merino bordados, elaborados a partir de hilo de lana muy fina, obtenida de las ovejas de esta raza, con motivos florales y animales que recordaban a los de los mantones de Manila, en tonos crudos, amarillos o rosas.

  • Pañuelos de merino estampados.
  • Mantones de merino lisos: Era el modelo más sencillo confeccionado en este material al no presentar ninguna decoración salvo en algunos casos el fleco añadido.
  • Mantones de lana adamascados con seda: Estas piezas de abrigo mezclan dos materiales con texturas diferentes y en algunos casos combinan también colores, aprovechando el brillo de la seda para crear mayor contraste.

Otro tipo de mantones eran los de lana de pelo, que aparecían con largo pelo peinado en una de las caras, y fueron usados por las mujeres como principal prenda de abrigo hasta fechas bastante recientes. También se usaban mantones de punto y capuchas, mantones o chales de lana, generalmente rectangulares, que se colocaban cubriendo la cabeza a modo de capuchón.

Orígenes Documentados del Traje de Pastora

En el origen de las hermandades de la Pastora y la Asunción se mezclan historia, memoria y leyenda; resulta casi imposible señalar el primer origen de los rosarios públicos en Cantillana, germen de las actuales hermandades, pero lo que se tiene por cierto y seguro es que a mediados del siglo XVIII ya existían en Cantillana varios rosarios públicos de mujeres que se hacían en la calle en fechas señaladas siendo presididos por estandartes dedicados a advocaciones marianas.

Parece ser que pronto surgió la rivalidad entre dos de estos rosarios, particularmente con respecto a la preeminencia de uno sobre el otro. En pocos años los rosarios de la Asunción y la Pastora de Almas se dotan de normas y reglas, pero manteniendo su carácter esencialmente femenino y para finales del siglo XVIII o principios del XIX ya se puede hablar de una clara división entre ambas hermandades la cual, durante todo el siglo XIX irá impregnando sistemáticamente a todas las capas de la sociedad cantillanera.

Ya durante la segunda mitad del siglo XIX y particularmente durante el siglo XX, las celebraciones en honor de una imagen u otra van ganando vistosidad y complejidad y para los años 60 del siglo XX se puede afirmar que el sistema actualmente vigente ya se encontraba totalmente desarrollado.

Preparativos y Desarrollo de las Celebraciones

Los preparativos son largos y variados, extendiéndose algunos de ellos a lo largo de todo el año. Por ejemplo, y si consideramos la financiación de las hermandades y las fiestas como parte de los preparativos, todos los meses algunos miembros de una u otra hermandad acuden a casa de los distintos hermanos a pedir donativos, este suelen ser más elevados cuando se acercan las fechas festivas.

Aproximadamente a mediados de julio ya comienzan a decorarse las calles de la población; la decoración de cada calle corresponde exclusivamente a los hermanos que viven en la misma, que se organizan bajo la dirección de un "alcalde de calle", éste recogerá las aportaciones económicas de los devotos de su hermandad y organizará la colgadura de banderitas y luces, así como el levantamiento de postes para banderas.

Dado que es una rareza que en una calle solamente vivan hermanos de una de las dos hermandades, deben turnarse para colgar sus respectivos adornos; en ocasiones se pueden llegar a verse luces que alternan las filas encendidas con las apagadas, correspondiendo las primeras a los hermanos de la cofradía que en ese momento celebra sus fiestas, y las apagadas a la otra.

Las celebraciones en honor a ambas imágenes siguen unos calendarios muy estrictos desarrollados a fin de evitar roces entre ambas y que las dos hermandades puedan desarrollar sus actos plenamente. El pistoletazo de salida oficial lo da el pregón de la Asunción que tiene lugar en la tarde-noche del 31 de julio, en la iglesia parroquial.

El edificio se encuentra lleno a rebosar, el coro ocupa su posición a los pies del templo y acompaña algunos de los momentos de la celebración con las coplas en honor a la Asunción. La decoración que se despliega en la iglesia para este acto es pasmosa, las columnas se cubren con terciopelos rojos y en el altar se despliegan numerosas velas que, junto con las lámparas de araña que penden del techo, iluminan toda la iglesia.

El día quince de agosto es sin duda el día grande para cualquier asuncionista; por la mañana tiene lugar una función principal en la iglesia parroquial, a la cual asiste multitud de público, pero el acto central del día tiene lugar sobre las 20.30, con la salida de la talla de la iglesia. Durante el recorrido la masa de gente se desplaza a la par que el paso, pareciera que entre todos moviesen la imagen al unísono.

Tras un par de horas de procesión el paso enfila finalmente la calle Martín Rey, donde los fieles se agolpan impacientes desde hace algún tiempo. La entrada resulta apoteósica, pero al llegar al centro de la calle se extiende un silencio sobrecogedor hasta que una voz comienza a cantar el himno de la Asunción, a continuación se le unen las voces de todos los asistentes y es la calle entera la que canta al unísono.

Durante la última semana del mes de agosto el trabajo es frenético, tanto en el interior de la iglesia parroquial, donde se desmonta el altar de la Asunción y se erige "el Risco" de la Pastora, como en la calle, donde los vecinos de las distintas calles desmontan las banderolas blanquiazules asuncionistas para que otros puedan preparar las banderas de España y Andalucía que decoran las calles del pueblo durante la celebración de las fiestas de la Pastora.

Normalmente el primer sábado de septiembre comienza la novena a la Pastora y durante las noches siguientes la iglesia se llenará de fieles, particularmente mujeres, que participan en los actos. Estos rosarios, que suponen un reflejo especular de los que celebró la Hermandad de la Asunción, presentan algunas sutiles diferencias, como la salida y retorno a la iglesia parroquial.

En cuanto al número de feligresas que toman parte, su número es considerablemente elevado y todas se tocan con mantillas blancas (para solteras, niñas y mujeres jóvenes) o negras (para mujeres casadas o de cierta edad) y su orden es estricto, primero abren la procesión las niñas de menor edad, seguidas de las mujeres jóvenes, a continuación y ya con mantilla negra, las mujeres casadas por orden de edad y finalmente el simpecado, que es acompañado por dos mujeres recién casadas.

El día de la Natividad de María es el día grande para los pastoreños, comienza con una función solemne en la iglesia parroquial a la que se suele invitar a otras hermandades que comparten la advocación de la Pastora en un deseo de estrechar lazos con ellas. Una de las diferencias más notables refiere a la decoración de las calles, ya que en muchas de ellas se levantan arcos blancos adornados con flores y leyendas en honor a la Pastora.

Pero sin lugar a dudas el momento más esperado en la ceremonia del sombrero que tiene lugar en la calle Martín Rey sobre la medianoche. La calle se encuentra decorada con varios arcos florales y en su centro se levanta un templete decorado con flores blancas, que es donde se retirará el sombrero a la imagen.

El paso hace su entrada en silencio y con todas las luces apagadas, avanza lentamente entre una multitud que ocupa hasta el último centímetro de pavimento, y al llegar bajo el templete un predicador sube al paso para lanzar una arenga a los presentes en la que se alaba a la Pastora de Cantillana, acto seguido retira el sombrero y, al mismo tiempo, se encienden todas la luces de la calles, se sueltan palomas blancas, cae sobre el paso un diluvio de pétalos de flor y desde las terrazas se lanzan cohetes y fuegos artificiales.

En 2010 el rosario de final de novena tuvo lugar el 14 de septiembre, este rosario repite en general el itinerario y el desarrollo del rosario de vísperas, pero cuenta con la particularidad de que antes de la salida de las mujeres en rosario, los varones protagonizan una pequeña procesión extraclaustral con el Santísimo. Se podría afirmar que este pequeño ritual constituye un modo de equilibrar el protagonismo femenino de las celebraciones y crear un espacio ritual para los hombres.

Los actos tienen lugar durante el penúltimo sábado de septiembre y han ido ampliándose, ocupando sistemática más tiempo y espacio, a partir de una breve representación teatral que tiene lugar el penúltimo domingo de septiembre y que es conocida como "La Subida". Actualmente los actos comienzan ya el martes de esa semana con la inauguración de la caseta de la hermandad en la pequeña feria que se organiza en la Alameda de Cantillana, dicha feria permanecerá abierta durante toda la semana y constituirá un lugar de reunión para todos los asuncionistas, pero prácticamente todos los días tienen cierto contenido festivos.

Variantes del Traje de Pastora

El hombre calzaba alpargata abierta, y en lugar de calcetines usaban piuques blancos calcillas azules. El resto de su vestimenta se completaba con un calzón de cordellate de la tierra, chaleco de pana negra, capa de cordellate o manta o pañuelo a la cabeza, con sombrero o sin él, y en el caso de que lo usara, era de fieltro, copa baja y ala ancha.

La faja que usaba (de estambre y muy excepcionalmente de seda) era por lo general azul o morada y la chaqueta se sustituía a veces por la blusa. Las mujeres llevaban sayas ajustadas a la cintura, plisadas o con cuello, y un mantón de merino cruzado y sujeto a la cintura.

Para los últimos destaca la tela de «cordellate», de lana cruda, que se confeccionaba en el lugar, y con la que se hacían las sayas de pastora, para protegerse del frío y de la lluvia. Atrián asegura que estas sayas «podían ser lisas, aunque con realda o adornadas con una faja de otro color, a veces recortada, que se cosía junto al borde inferior». En este último caso, el cordellate se usaba para realizar refajos y faldas bajeras, sobre las que se disponía una saya y un delantal, de color azul con finas rayas verticales blancas.

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