Carta de un Feto a su Madre: Una Reflexión Profunda
No es fácil escribir esta carta. Busco palabras de bálsamo, palabras para dos padres en duelo, pero no las encuentro. Aun así, aquí estoy, con palabras huecas pero tratando de transmitiros esperanza.
Quiero deciros que el dolor que sentís ahora tiene límites, que el amor de la gente que os rodea no quita el dolor que sentís, pero sí lo alivia mucho. Que todos tenemos un instinto dirigido a superar cualquier pérdida por difícil que sea.
Que conviene que estéis pendientes de vuestras necesidades, las que estén en primera línea, y satisfacerlas. Que habrá sorpresas en el proceso, habrá gente que se alejará y otras personas de las que no esperábamos nada, que se acercarán.
Que las expectativas muchas veces no se cumplen, que puede ser menos malo de lo que hemos imaginado, o menos largo. Que el dolor golpea, pero no dura para siempre.
Que habrá momentos en los que dudaréis de si vais a superarlo. Es normal dudar, tened paciencia. Dosificaos el dolor, id poco a poco. Tendréis días malos, pero cada vez serán menos.
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Al final, existe un horizonte en el que el dolor no se borra, pero se nota menos. Todas estas claves pretenden servir de orientación a las personas que han sufrido la pérdida de un ser querido o intentan ayudar a una persona doliente de su entorno.
Lo cierto es que vivimos en un mundo del que somos incapaces de percibir lo que nuestros sentidos no son capaces de observar. En cualquier caso, percibamos o no más allá de nuestra realidad vital somos capaces de sentir que la Vida terrenal transciende nuestra identidad material. Lo podemos pensar y debatir, pero la duda siempre está en el aire.
La muerte puede no ser más que salir del útero materno que nos ha dado Vida. El cuento tiene una función simbólica importante. Una forma sencial para que podamos reconciliarnos con nuestra existencia que a veces nos parece incomprensible.
Dos bebés gemelos que dialogan en el vientre de la madre es un cuento, una forma sencilla para que podamos reconciliarnos con nuestra existencia que a veces nos parece incomprensible.
Puede suceder que, cuando creáis que todo ha acabado, el dolor reaparezca en fechas importantes.
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Aquella tarde intuí que algo crecía en mi interior y la prueba de embarazo me dio la razón. Estábamos esperando a nuestro primer hijo y la reacción fue de emoción y alegría sin saber que aquellas lágrimas de felicidad se transformarían, tres meses después, en lágrimas de tristeza. Ese bebé que tanto quería e imaginaba en mi cabeza nunca llegaría a nacer.
El aborto espontáneo sigue siendo un tema tabú hoy en día, muchas mujeres atraviesan por esta experiencia tan dolorosa, pero no la comparten por distintos motivos, lo que aumenta más, si cabe, el desconocimiento sobre este asunto. Hasta que no lo vives en tu propia piel no eres consciente de la cantidad de pérdidas que se producen durante la gestación. Es difícil encontrar cifras cuando no son voluntarias, pero suceden con más frecuencia de lo que imaginamos y buscar un motivo solo te llevará a sufrirlo más intensamente.
Esta fue mi experiencia. Habíamos podido ver en una primera ecografía al que iba a ser nuestro pequeño y todo parecía ir bien. Sin embargo, en la semana once empecé a notar mi pecho menos hinchado y mi sentido del olfato, que había tenido tan desarrollado desde el principio, se apagó. No le di importancia, pero eran señales de que algo no funcionaba, y fui consciente de ello cuando aquella mañana me recosté sobre una camilla fría para una nueva revisión. Mis nervios se activaron cuando la ginecóloga empezó a poner una cara extraña y me dijo: "está muerto". Sin ningún tipo de delicadeza, sin anestesia, sin explicar nada.
Salí del edificio y me senté en el suelo de la calle a llorar mientras llovía, fuerte, tan fuerte como aquella desoladora sensación que nos invadía a mi pareja y a mí.
Me informaron que tenía dos opciones: hacerme un legrado o abortar de forma medicalizada. Decidí la segunda para no entrar en un quirófano y evitar cualquier daño en mi útero. Además, la enfermera me confirmó que sería un sangrado más intenso que el de una regla, nada más. No fue así.
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Me ahorraré los detalles del proceso, solo diré que tras horas de expulsar sin descanso, regresé a aquellas urgencias porque me sentía a morir. Y vuelves a otra camilla helada y a verte rodeada de un montón de médicos que intentan estabilizarte, pero que siguen sin dar una muestra de apoyo. Quizás tuve mala suerte, pero deberían de contar con otro tipo de protocolos cuando tienen delante a una mujer deshecha.
Lo siguiente que recuerdo es estar sola en una sala verde. Era un 21 de abril de 2016 y mi voz interior me decía: "Tranquila, esto pasará. En un año las cosas serán diferentes". Y así fue, literal.
Un aborto lleva consigo un duelo. En mi caso, yo no solicité ayuda psicológica, pero no está de más pedirla si crees que la necesitas. Es fundamental que te apoyes en tu pareja, también está pasando por la misma pérdida, y el amor y la comprensión son esenciales para superarlo. Hablar sobre ello fue parte de la curación.
Pasarás por momentos en los que busques una explicación a lo sucedido, incluso creas que tu cuerpo no funciona bien. No te obsesiones con encontrar causas en Google, en internet lo único que, tal vez, te reconfortará es leer testimonios de otras mujeres que han pasado por lo mismo. Para mí fue un bálsamo.
Una vez sentí que estaba preparada para seguir, le escribí una carta de despedida a mi hijo y retomé mi vida sin perder el foco en que pronto quería volverlo a intentar. Tu cuerpo y tu mente te dirán si estás preparada, escúchalos.
Mi siguiente embarazo lo viví con temor e incertidumbre (eso sí, con mimo gracias a una maravillosa ginecóloga, la Dra. Caliendo) y no se me quitó hasta que tuve a mi hijo entre mis brazos un 2 de abril de 2017. Entonces recordé lo que me dije ese día horrible en aquella sala fría de hospital: "En un año las cosas serán diferentes". Y sí, ahí estaba Gael. A veces, los milagros existen.
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