Código Sagrado para Cancelar el Aborto: Un Análisis Bioético y Social
El excepcional florecimiento de la bioética ha alcanzado una expansión mundial fuera de lo común. Fue concebida por V.R. Potter como “ciencia de la sobrevivencia” y como “puente hacia el futuro,” y se ha ido consolidando a través de un sinnúmero de instituciones, publicaciones, comités, programas, congresos, códigos, pronunciamientos legales, etcéteras.
Es imposible comprender este auge sin atender a las revoluciones teóricas y prácticas, producidas en el ámbito de las ciencias y tecnociencias de la vida, concretamente, el de la biología molecular. No se comprende sin atender a los prodigiosos hallazgos de ese microuniverso primordial, clave de la vida en general y de la humana en particular, que es el universo de los genes, así como el de las neuronas.
Aunque es evidente que el vasto territorio de la bioética no comprende solamente lo relativo a las biociencias y a la biotecnología, sí tiene sentido considerar prioritarios estos trascendentales descubrimientos de las “tecnociencias”, precisamente por el fenomenal impacto que han alcanzado en el orden ético, político, social y cultural en general. Su trascendencia no se da solamente en el orden de las aplicaciones de los conocimientos, sino en las repercusiones explícitas o implícitas en nuestra idea de la vida y de la naturaleza humana.
Ha sido, en gran medida, la portentosa tecnología de nuestro tiempo la que ha hecho posibles las profundas revoluciones en el conocimiento acerca de la vida en general. El poder tecnológico ha sido el instrumento de esos novísimos saberes, nuevos “ojos” y “manos” microscópicos que penetran en el micro y nanouniverso del genoma y de las neuronas cerebrales.
Pero al mismo tiempo, ese formidable poder cognoscitivo tiene la capacidad, no solo de contemplar y conocer teóricamente esa asombrosa dimensión de lo real, sino que posee a la vez el codiciado poderío de manipularlo y transformarlo; pues, junto con el poder ver y conocer, se da la posibilidad de “tocar”, alterar, modificar, transmutar “lo visto”. Se interpenetran teoría y práctica.
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Lo trascendental, entonces, no son únicamente los conocimientos sino las nuevas capacidades humanas de cambiar e incluso de mutar la naturaleza, en especial la humana, en sus niveles más profundos y originarios. Son notables, a la vez, los impresionantes avances en las propias tecnologías, en el progreso asombroso de los instrumentos de conocimiento, llegando incluso al ámbito de lo que constituye la escala nanométrica y de la llamada “robotética”.
Las revoluciones se han dado, en efecto, tanto en el saber científico como en el poder tecnológico, literalmente tecnocientífico, y en la implicación recíproca de ambos, en la que la bioética tiene una imprescindible presencia. Pues el ámbito práctico, relativo a las aplicaciones, conlleva necesariamente el teórico, el de los nuevos descubrimientos de la biología molecular, especialmente de la genómica y de las neurociencias.
Ocurre así que estos nuevos saberes y poderes de las tecnociencias biológicas no permanecen circunscritos a su propio ámbito de investigación, sino que irradian al todo social, dando lugar a profundos cambios en la cultura y en las formas de vida del presente; cambios intrínsecamente ambivalentes, portadores de grandes beneficios, pero al mismo tiempo de toda índole de riesgos y serias amenazas, incluso para la humanidad como tal.
Será justamente la bioética, la interdisciplina destinada a dar respuesta ética a tales cambios en Bios, en el ámbito de la vida y sus valores, y a encontrar las razones y los diques concretos para hacer frente a los peligros.
Al crecimiento, en verdad exponencial, de las ciencias y tecnologías de la vida, corresponderá el notable desarrollo de la bioética en los últimos decenios. Vendrá así la publicación de obras fundamentales sobre la problemática bioética y la determinación de principios éticos.
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La UNESCO, señaladamente, habrá de elaborar 3 decisivas declaraciones: La Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos (1997), la Declaración Internacional sobre los Datos Genéticos Humanos (2003) y la Declaración Universal de Bioética y Derechos Humanos (2005). Asimismo, se fundará toda clase de comités, asociaciones, foros nacionales y mundiales; se abrirán centros de enseñanza, programas de posgrado o de investigación, cátedras, etcétera.
En Problems of Moral Philosophy (Adorno, 2001) Theodor Adorno advertía que las normas tradicionales de comportamiento han dejado de ser obvias e indiscutidas (p. 16). De ahí que la Bioética se haya convertido en una suerte de razón instrumental orientada a la resolución de conflictos con procedimientos tomados de la teoría de juegos y de la decisión racional (Barrio, 2015, p. 28).
En el pasado, en efecto, las comunidades resistían los embates de la calamidad aferrándose a los asideros de la religión y a su concepción transtemporal de la realidad (Bell, 2004, pág. 143). Las creencias, en efecto, sintonizan las acciones humanas con el orden cósmico y proyectan imágenes de ese orden sobre el plano de nuestra experiencia» (Geertz, 1973).
Hoy, sin embargo, nos encontramos en un estadio decisivo de la historia en el que la creencia y su contrario coexisten como alternativas válidas (Taylor, 2006, pág. 13). Antiguas certezas como el carácter sagrado de la vida humana, desde su concepción hasta su muerte, están hoy en entredicho.
Lo relevante es que, en este escenario de confusión, se ha hecho fuerte la creencia en el carácter relativo de cualquier ideal de vida buena. De la imposibilidad, en definitiva, de afirmar un código moral como universal. Hacerlo, constituiría un atentado contra el quicio mismo del sistema democrático: la libertad individual (Llano, 1996).
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Este sistema tiene la virtud de permitir que el interés general no se resienta cuando tropieza con la resistencia de algún afectado (Spaemann, 2003c, pág. 432), pero que no resuelve la cuestión de por qué deben aceptarse las normas que contravienen nuestra conciencia o en cuyo procedimiento de legitimación no hemos participado.
Este último es el caso de los engendrados no nacidos, para quienes el acuerdo alcanzado por terceros implica su muerte a manos de un médico. Un ejemplo palpable de lo dicho, se concreta en la oferta de prestaciones sociales a las gestantes con embarazos conflictivos.
En general, las administraciones públicas no las ofrecen para preservar la integridad de la vida no nacida ni para garantizar la libertad de la gestante para que responda a sus responsabilidades como madre sin que su vulnerabilidad socioeconómica, la presión de un progenitor irresponsable o una conciencia insuficientemente informada le impidan hacerlo. Antes bien, desprecian estas cuestiones amparándose en la legitimidad de un procedimiento que consiente la conformación de mayorías legislativas con el apoyo de minorías políticas que, a cambio de su ayuda, exigen determinadas imposiciones ideológicas.
Este Observatorio ha reiterado que la moderna genética, la embriología y la obstetricia han mostrado, con suficiencia, que la vida humana comienza con la fecundación del ovocito, evolucionando hacia el embrión, el feto y el recién nacido en un proceso de perfecta unidad vital, continuo y sin interrupciones, que identifica al nuevo ser como humano y genéticamente distinto a todos los demás (Aznar, 2014).
El embrión, en efecto, no es una «extensión» del cuerpo materno, sino que posee su propia identidad genética y contiene en sí mismo toda la información necesaria para el desarrollo completo del nuevo ser hasta su estado adulto; o que el zigoto es ya un ser vivo «nuevo», humano, distinto a su madre y capaz de autogobierno biológico durante el proceso gradual de su formación.
Lo cierto, sin embargo, es que bajo el paraguas de la “salud reproductiva” las administraciones públicas sí presentan el alumbramiento y el aborto como alternativas equivalentes. Y, en cierto sentido, resulta comprensible que así lo hagan pues son ya varias las décadas en las que asistimos a la rendición de lo deontológico frente a lo estratégico.
En este sentido, desde que el hombre fue consciente del sobrante de razón que le permitía elevar su mirada para hacerse preguntas que trascienden la mera supervivencia, hubo tres cuestiones que le preocuparon especialmente y continúan haciéndolo. Está en primer lugar, la cuestión de la libertad, anverso de esa moneda en cuyo reverso está la responsabilidad.
El vivir humano humano, en efecto, es biografía que transcurre entre decisiones que no obedecen al esquema «estímulo-respuesta» y de cuyas consecuencias nos hacemos cargo. Pero ¿y si erramos en nuestras elecciones? No se trata, por tanto, de poder elegir entre traer al mundo o desechar un hijo “no perfecto” o no deseado; ni de si queremos o no paliar nuestra frustración por una relación infecunda, cosificando el cuerpo ajeno como una incubadora; ni de si podemos pedirle a un médico nos quite la vida para huir de un final no deseado; Se trata, más bien, de saber qué es lo que se corresponde con el logro objetivo de nuestra vida.
Nuestra segunda gran preocupación es, sin duda, el dramático contraste entre nuestra constitución relacional y la patente dificultad que experimentamos en nuestras relaciones personales y sociales. Nuestra concepción es ya fruto de un encuentro. También nuestro nacimiento es un hecho social y, a menudo, incluso para salir del seno materno necesitamos ayuda, ser «girados».
Por último, la gran preocupación del ser humano es la certeza de la muerte. No sólo de nuestra muerte, que la enfermedad anticipa como su ministro portavoz. (De ahí la obsesión por lo saludable y por el cuerpo perfecto). También, y sobre todo, de la muerte de quienes amamos. Porque las personas no «se mueren» sino que «se nos mueren». Y su partida nos deja un vacío irreemplazable pues, en tanto que singulares, somos únicos e irreemplazables.
En cualquier caso, el contraste entre la belleza de la vida y la frustración de la muerte nos conduce al interrogante metafísico. ¿Es posible que todo acabe con la muerte? ¿Hay un sentido último? El interrogante antropológico se convierte, así, en un interrogante teológico.
Se podrá decir que el interrogante teológico se abre sólo para los creyentes. Sin embargo, creyentes y no creyentes compartimos una misma certeza: hubo un acto creador. La diferencia radica, tan sólo, en quién consideramos que creó a quién.
Para los creyentes, es Dios quien ha creado al hombre. «Varón y mujer» lo creó, a imagen y semejanza suya. Y siendo así, el carácter sexuado de nuestro cuerpo, pero también su vulnerabilidad y su finitud responderían a un designio. No serían fatalidad, sino cualidad constitutiva que insta a aprovechar la oportunidad, a abrazar el tiempo y dar valor a su paso y a su declinar.
Pero, si es el hombre quien ha creado a Dios, (a imagen de sus intereses y de sus anhelos), su papel en la historia del hombre bien podría haber sido el de despojarle de su temor natural a la muerte para permitirle entregarse a causas ajenas, probablemente muy beneficiosas para los constructores y conservadores de tan brillante idea. Y en tal caso, el desvelamiento de su falsedad debería ser, como lo entendió parte del existencialismo, una obligación moral y el requisito indispensable para la libertad interior e, incluso, para el bienestar del hombre.
Evidentemente, la fe en Dios no es condición para que haya juicios verdaderos ni convicciones morales definitivas. Todas estas cosas habrían de ser buenas o malas con independencia de que Dios exista o no. Pero la fe sí fundamenta su incondicionalidad puesto que, si Dios no existe, quien posea una convicción debe estar dispuesto a convertirla en una hipótesis disponible (Spaemann, 2014, pág. 34).
Vaciar el mar implica la imposibilidad de pasar al otro, de llegar a donde él. Joven sin sentido de la vida. ¿Qué más actual que esta profecía del viejo loco para el hombre de nuestro tiempo, vagabundo en un universo al que no encuentra sentido, y condenado a rondar de un empleo en otro, de amor caduco en amor caduco, de ciudad en ciudad, sin hallar en ningún sitio la raíz donde asentarse?
La experiencia de algunos docentes, en la Universidad, es la de abrir cada día la puerta de nuestro despacho a alumnos que, en pleno día de su vida (salud, juventud, belleza, disposición mental, posibilidad de estudiar y posibilidad de disfrutar), acuden a nosotros para que encendamos una lámpara que les indique un camino.
Estas palabras, pronunciadas en el puerto de una población costera, en el que las naves esperan para acercar al hombre a su supervivencia mediante la pesca, pero también para trasladarlo sobre una base firme hasta la otra orilla, lugar de encuentro con el otro, con el que «no soy yo»; con el diferente que también es, a su vez, socio en el intercambio comercial, amigo, hermano con el que negociar.
En este contexto, es fundamental considerar el apoyo a las mujeres embarazadas en situación de vulnerabilidad. Un ejemplo palpable de lo dicho, se concreta en la oferta de prestaciones sociales a las gestantes con embarazos conflictivos. Las administraciones públicas no las ofrecen para preservar la integridad de la vida no nacida ni para garantizar la libertad de la gestante para que responda a sus responsabilidades como madre sin que su vulnerabilidad socioeconómica, la presión de un progenitor irresponsable o una conciencia insuficientemente informada le impidan hacerlo. Antes bien, desprecian estas cuestiones amparándose en la legitimidad de un procedimiento que consiente la conformación de mayorías legislativas con el apoyo de minorías políticas que, a cambio de su ayuda, exigen determinadas imposiciones ideológicas.
Además, y sin eludir en ningún momento la carga de la prueba, este Observatorio ha reiterado que la moderna genética, la embriología y la obstetricia han mostrado, con suficiencia, que la vida humana comienza con la fecundación del ovocito, evolucionando hacia el embrión, el feto y el recién nacido en un proceso de perfecta unidad vital, continuo y sin interrupciones, que identifica al nuevo ser como humano y genéticamente distinto a todos los demás (Aznar, 2014); que el embrión, en efecto, no es una «extensión» del cuerpo materno, sino que posee su propia identidad genética y contiene en sí mismo toda la información necesaria para el desarrollo completo del nuevo ser hasta su estado adulto; o que el zigoto es ya un ser vivo «nuevo», humano, distinto a su madre y capaz de autogobierno biológico durante el proceso gradual de su formación. La entidad de estos argumentos no ha sido rebatida convincentemente hasta el momento.
En esto consiste, precisamente, el carácter fundamental de los derechos: en su indisponibilidad para depender de la conciencia de los demás (Spaemann, 2005, pág. 38).
Lo cierto, sin embargo, es que bajo el paraguas de la “salud reproductiva” las administraciones públicas sí presentan el alumbramiento y el aborto como alternativas equivalentes. Y, en cierto sentido, resulta comprensible que así lo hagan pues son ya varias las décadas en las que asistimos a la rendición de lo deontológico frente a lo estratégico.
Un ejemplo palpable de lo dicho, se concreta en la oferta de prestaciones sociales a las gestantes con embarazos conflictivos. En general, las administraciones públicas no las ofrecen para preservar la integridad de la vida no nacida ni para garantizar la libertad de la gestante para que responda a sus responsabilidades como madre sin que su vulnerabilidad socioeconómica, la presión de un progenitor irresponsable o una conciencia insuficientemente informada le impidan hacerlo. Antes bien, desprecian estas cuestiones amparándose en la legitimidad de un procedimiento que consiente la conformación de mayorías legislativas con el apoyo de minorías políticas que, a cambio de su ayuda, exigen determinadas imposiciones ideológicas.
Probablemente, esto sea lo que ocurre en España. Así se colige del informe «Mapa de la Maternidad» elaborado por la Fundación REDMADRE. Éste señala que, un año más, las ayudas de las administraciones públicas españolas (estatales, autonómicas y locales) a mujeres embarazadas en situación de vulnerabilidad, no alcanzaron los ocho euros de media por mujer en 2020. De hecho, desde 2018 apenas se han incrementado en dos euros (cope.es, 2021) y tan sólo Andalucía se ha sumado a la lista de siete Comunidades Autónomas que ofrecen ayudas a las mujeres embarazadas con dificultades. Precisamente sólo Andalucía, junto con Galicia, supera el millón de euros para este tipo de ayudas. Por debajo de los 500.00 € se encuentran Madrid, Asturias y Castilla y León. Menos de 100.000 €: Baleares, La Rioja y Cataluña.
En la misma línea, REDMADRE testimonia que 8 de cada 10 mujeres embarazadas que reclaman sus servicios, llevan su embarazo a término. Y esto certifica que, cuando una gestante en situación de vulnerabilidad recibe el debido apoyo, opta por ser madre antes que por abortar.
Desde esta perspectiva, no se pueden equiparar las ayudas a la gestación con las ayudas al aborto. Porque, o bien los no nacidos carecen de un expreso derecho a la vida -en cuyo caso el aborto no plantea ningún problema de conciencia- o bien sí lo tienen y su vida no está a disposición de la conciencia de otras personas.
Códigos Sagrados Numéricos
Los códigos sagrados numéricos son secuencias de números que se cree que tienen propiedades especiales y pueden utilizarse para diversos propósitos, incluyendo la sanación y la manifestación de deseos. A continuación, se presentan algunos códigos sagrados relacionados con la salud, la abundancia y otros aspectos de la vida:
- Sanar pensamientos negativos sobre la sexualidad: 3337
- Disfunción Primaria: 5714
- Para personas que se preocupan en exceso: 215633
- Descanso: 61271
- Librarse de una cirugía: 8092
- Alma Afín para negocios: 0799
- Ángel de la abundancia: 71269
- Viaje favorable: 100
- Atraer el amor de su vida: 11550
- Despejar caminos: 75139
- Protección contra los trabajos de magia negra: 1617
- Sellar sus auras: 19-9-1913
- Auto boicot: 593
- Milagros: 4418 y 1913
- Cancelación de Lazos Kármicos: 14710 y 1579
- Vivir el momento presente: 789
- Los 7 ángeles que gobiernan la ley de atracción: 87949
- Deseo de ser Sanado: 111500
Estos códigos pueden ser utilizados mediante la repetición y la visualización, con el fin de atraer energías positivas y lograr los objetivos deseados.
En resumen, la bioética nos invita a reflexionar sobre los límites de la ciencia y la tecnología, y a defender la dignidad y los derechos de todos los seres humanos, desde su concepción hasta su muerte. La discusión sobre el aborto es compleja y multifacética, y requiere un análisis profundo y respetuoso de todas las perspectivas.
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