La Traducción Catalana de "Ulises": Un Análisis Profundo
Mucho se ha hablado sobre las virtudes y flaquezas de la primera versión castellana de Ulises, la que publicó J. Salas Subirat en la editorial argentina Santiago Rueda en 1945. Aparecida dos décadas después de que el escritor irlandés hubiera conmocionado al mundo literario, la traducción de este habitante de los márgenes del campo literario porteño, hecha contra una ausencia pavorosa de bibliografía y un inglés que manejaba no sin vacilaciones, parece a algunos -y no son pocos-, aun con falencias, la mejor versión.
¿Quién fue Salas Subirat?
Pese a ser uno de los traductores más notorios de la historia argentina, se conservan informaciones dispersas de su vida. Además de publicar novelas, ensayos y libros de poemas entre los años veinte y los cuarenta, fue un prolífico escritor de libros sobre venta de seguros, actividad a la que se dedicó casi toda su vida en la compañía La Continental de Buenos Aires. También fue uno de los primeros autores en América Latina de libros de autoayuda como El secreto de la concentración, que editó en la colección de «Superación Personal» de la editorial Americalee.
Había nacido el 23 de noviembre de 1900 en San Cristóbal Norte, hoy un barrio céntrico de Buenos Aires (que ya no lleva el «Norte» en su nombre) pero que por entonces era una parte del primer anillo periférico al centro capitalino. En aquellos años, la capital argentina se estaba transformando de manera vertiginosa. El loteo de los suburbios y la ampliación de la red de tranvías habían ofrecido a trabajadores de cierta calificación y a la emergente clase media la posibilidad de acceder a una vivienda propia en esos nacientes barrios en los que se amalgamaban los criollos (como aquellos compadritos que mitologizaron el tango y Borges, por ejemplo) con las multitudes inmigrantes.
Poco se sabe de su padre, José Salas Puig, salvo que en algún momento de comienzos del siglo XX tenía un taller de afilación. De los Subirat, en cambio, es posible conocer un poco más. Venían de Girona. Allí nació Florentina, la madre del traductor, en 1876, hija de Juan Bautista Subirat, peluquero de profesión, y de María Abella. Aparentemente, tanto el padre como la madre (con su familia) del traductor llegaron en 1889.
La Inmigración Catalana y las Sociedades de Ayuda Mutua
Con la ola inmigratoria fueron fundándose en la Argentina sociedades de ayuda mutua que, en el caso de los que llegaban de España (y también de otros países europeos), tomaban como punto de referencia la provincia o la región y no tanto el país de proveniencia. Así se configuraron el Casal de Catalunya, el Centro Gallego, el Centro Asturiano y una miríada de agrupaciones incluso más acotadas en su referencia geográfica.
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Llegado muy joven en 1869 con muy pocos recursos, Aleu había alcanzado rápidamente una holgada posición económica. En Buenos Aires, creó el diario El Español (de corta vida en 1875), la revista L’Aureneta (primer periódico catalán de Sudamérica, en 1876), fundó el Centre Catalá, la Cruz Roja Argentina, se desempeñó en diversos cargos municipales y desarrolló una fuerte actividad empresarial en varias ramas de la economía. Aleu ejercía un marcado liderazgo comunitario, por el que fue reconocido en sus varias visitas a Barcelona. Encabezó el Comité de Acción Catalana de Sud América (que reunía entidades de todo el subcontinente), fundado en 1919, y era uno de los delegados de la Casa de América de Barcelona, que en los hechos equivalía a ser una suerte de cónsul catalán en la Argentina.
Vicente Cutolo, en su Historia de los barrios de Buenos Aires, completa el perfil sobre Aleu: «Cuantos catalanes de cierta notoriedad arribaron a estas playas fueron cordialmente invitados a su hogar, donde eran agasajados con un suculento almuerzo». Pasaron por esa casa Pablo Casals, Juan Goula, Enrique Borrás, Santiago Rusiñol, Julio Borrel y Miguel Viladrich, entre otros.
La Relación de Salas Subirat con sus Orígenes Catalanes
En cuanto al traductor, guardó relación con sus orígenes catalanes, aunque no pareció tener un vínculo cercano con las actividades comunitarias. Pese a que hablaba el idioma catalán desde la cuna, la única reseña que publica sobre un libro de esa procedencia es a partir de una versión en castellano. Se trata de La nacionalidad catalana, de Enrique Prat de la Riba, en versión de M. Cases, editada en Buenos Aires por La Biblioteca Catalana. Los desmanes del directorio militar de España, que desterró a Unamuno y culminó en estos días con la clausura del diario La Época, dan singular relieve a este libro que pone en circulación la Biblioteca Catalana.
Posiblemente, el ímpetu imperialista que percibe Salas Subirat en la obra tiene que ver con la asociación entre nacionalismo conservador e imperialismo que por entonces, tanto él como sus compañeros de la revista, imbuidos de un ánimo internacionalista, realizaban de manera lineal. Un segundo vínculo visible de Salas Subirat con la comunidad catalana de Buenos Aires pasa también por los libros.
Su segunda obra, Marinetti. Un ensayo para los fósiles del futurismo (1926), fue publicada por Editorial Tor, un emprendimiento fundado por Juan Torrendell, intelectual algo bohemio que en su juventud, en Catalunya, había sido uno de los impulsores del modernisme junto a Gabriel Alomar, el mismo que acuñó el término «futurismo» antes que Filippo Marinetti. La Biblioteca de Exposición y Crítica en que se publicó Marinetti se presentaba como una «colección de folletos monográficos, sobre temas de palpitante actualidad” que se ofrecían a un precio muy bajo y prometían no encolumnarse en una línea ideológica determinada. Los primeros volúmenes fueron El clero católico y la educación, de Constancio C. Vigil, y Un enemigo de la civilización: Lugones, de Julio Fingerit. El libro es una mezcla de ensayo artístico, libro divulgatorio sobre el movimiento liderado por Marinetti y panfleto antifascista.
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Los vínculos notorios de Salas Subirat con la comunidad catalana argentina no parecen ir mucho más allá de estos datos circunstanciales. Esto no es extraño en un argentino hijo de inmigrantes. En tiempos en que el nacionalismo era un sentimiento más arraigado en las élites que en los sectores populares de donde venía la mayor parte de los recién llegados, casi todos ellos (y sus padres) habían aceptado gustosos el pacto de nacionalización a cambio de ascenso social que les ofrecía el Estado argentino. En ese sentido, el sistema educativo público era una gigantesca y aceitada máquina de asimilación que tenía como objetivo manifiesto diluir en los hijos toda marca de identidad de los padres inmigrantes.
Esto no implica, de todas formas, que su origen catalán -inmigratorio, habría que decir, en un sentido más general- no hubiera influido de otra forma, quizás más lateral, en su formación y su proyecto intelectual. Una circunstancia ineludible es que el contraste entre un espacio privado y un espacio público en que se hablaban idiomas diferentes pudieron aguzar su oído y su interés para la traducción y el aprendizaje de idiomas.
La Influencia Lingüística y el Aprendizaje de Idiomas
Justamente, quizás la mayor influencia de su origen catalán se diera por una carencia. Los intelectuales hijos de inmigrantes venían por lo general de hogares poco dotados de recursos culturales, cuando no directamente analfabetos (no parece ser el caso de los Salas), y no era excepcional que dejaran la escuela tempranamente para salir a trabajar. De esa forma, solían completar su formación de manera autodidacta e intuitiva. El catalán no le legaba a Salas Subirat una tradición literaria prestigiosa, al menos según las concepciones dominantes de una Argentina seducida en esas décadas por literaturas como la francesa, la inglesa, la rusa y, en menor medida, la italiana.
Todos los jóvenes intelectuales de origen humilde, muchos agrupados en el llamado grupo Boedo (nombre de un barrio periférico), fungieron incluso como traductores improvisados en sus revistas independientes. Así, los de origen judío ruso o ucraniano, como César Tiempo (alias de Israel Zeitlin), solían traducir del ruso. Había, por supuesto, un virtual ejército de traductores del italiano (Castelnuovo, Barletta, Stanchina, Vignale, Riccio y un largo etcétera). Pero -a juzgar por los comentarios incluidos en revistas como Los pensadores o su sucesora, Claridad- no parecía haber en el catalán un repertorio de obras que atrajeran a esa generación y que, por lo tanto, sirvieran de campo de pruebas para el futuro traductor.
Tal vez por esta carencia fue que Salas Subirat explotó desde muy temprano una asombrosa facilidad para el aprendizaje de otros idiomas, animado por el impulso de ir a la literatura en su fuente original. A sus 26 años, además del catalán familiar, ya mostraba dominio del inglés (en 1923 montó una Academia de inglés y taquigrafía) y un manejo al menos básico del italiano (como lo muestra su libro sobre Marinetti) y el francés (publica una reseña de un Barbusse que no había sido traducido aun y menciona varias fuentes en ese idioma en A cien años de Beethoven). Tras su ingreso como traductor (aparentemente, del inglés) a la filial sudamericana de la empresa comercial soviética Amtorg, en 1925, aprendió también el ruso, según recuerda en un artículo de prensa décadas después. En esa misma nota, junto a un pasaje que se ocupa de los idiomas que maneja, entre los que suma al portugués y el alemán, hay incluso una anotación a mano en la que alguien apuntó «japonés».
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Todos estos idiomas, incluso el inglés, en cuyo aprendizaje pudo haber tenido un rol minoritario la interrumpida instrucción escolar primaria o la frecuentación de cursos en entidades como el Centro Asturiano, parecen haber sido adquiridos de manera autodidacta. En definitiva, como ocurrió con la mayor parte de los hijos de inmigrantes en la Argentina, la herencia catalana es tan arraigada como diluida. Lo catalán fue la forma particular que tuvo Salas Subirat de experimentar el origen migratorio común. Otros debieron hacerlo mediante otros parámetros.
Quizás, el grado de distancia con las pautas culturales argentinas -en el que desempeñaron un rol fundamental las creencias religiosas- era lo que determinaba el grado de conservación de ese legado: judíos, alemanes, daneses, holandeses, sirio-libaneses, por ejemplo, solían retener más de su herencia que quienes llegaron de los países latinos y católicos. De la misma forma, la dirigencia comunitaria solía reclutarse de capas sociales más acomodadas.
Ese componente es difícil de determinar, pero las actividades casi febriles de Salas Subirat recuerdan aquellas frases que Domingo Faustino Sarmiento dedicó a la frenética industrialidad de Barcelona. Profesor de inglés, oficinista, corredor de seguros, capacitador de seguros (por lo que viajó por numerosos países), traductor, novelista, poeta, escritor de libros de superación personal y hasta, en los años treinta, fabricante de los juguetes Chaminú.
El Ulises de Salas Subirat: Un Monumento a la Hibridación Lingüística
Alguna vez Borges pretendió fundar la literatura argentina sobre el reconocimiento y la producción de un tono propio, ajeno a las mutaciones que produjo la inmigración en el habla y luego en la escritura. Ese tono que solo podrían formular los poseedores tradicionales del idioma y la cadencia argentinos, esto es, aquellos que lo vinieron hablando por generaciones. Resulta evidente dónde estaba Salas Subirat. Su Ulises es la completa antítesis de aquel postulado. Salas, en tanto hijo de inmigrantes, en tanto intelectual autoformado en el desorden y el tanteo del idioma literario, nunca podría alcanzar la condición exigida por Borges.
No es un elegido de esa voz argentina. Por eso, quizás, la recepción de Borges de su versión es entre crítica y burlona. En Salas Subirat es posible percibir un tono de incomodidad. No solo en Ulises. Repasar su producción literaria ofrece el mismo espectáculo, desde la ingenua novela La ruta del miraje (1924) hasta los mucho más convincentes -sin ser deslumbrantes- relatos de La traición del sol (1941), o en sus libros de poesía de los 40 (Alije y trasbordo y Las hélices del humo).
Parte de este problema fue abordado por Carlos Gamerro en Ulises: claves de lectura, cuando señala que la misma disputa simbólica entre una lengua metropolitana y una subalterna que trasluce Salas Subirat está presente también en Joyce, quien desde la diáspora irlandesa, pretende y logra refundar la lengua de la metrópolis. Pero, como se vio, la relación centro-periferia no es solo la del espacio hispanohablante iberoamericano. Hay también una relación centro-periferia dentro del espacio literario argentino, que tiene en el primer lugar a los que heredaron cierto tono propio (que, dicho sea, eran también quienes tenían cierta habitualidad con las lenguas literarias fundamentales: el inglés y el francés) y en el segundo lugar a los que no participan de aquel tono y tenían una relación algo externa con las lenguas de la gran literatura.
Así, podría decirse que el Ulises de Salas Subirat se encuentra condicionado a cuatro bandas. Condicionado por una tradición literaria argentina en consolidación que le resulta a medias propia, a medias ajena. Condicionado por su aprendizaje irregular del idioma inglés, sin vínculo con hablantes nativos. Condicionado por un castellano peninsular que es considerado aun una especie de norma respecto de la cual el resto de las variantes no son más que desviaciones (así era enseñado en la escuela; así era adoptado como lengua literaria, sobre todo, por algunos de quienes tenían en esa institución la única vía de acceso a la literatura).
En definitiva, no hay en ese Ulises ni castellano peninsular ni castellano rioplatense preinmigratorio en estado puro. Hay, en cambio, un vaivén que nunca alcanza a estabilizarse, ni siquiera encuentra un compromiso definitivo. Es pura ebullición, pura crispación, pura oscilación entre la duda y el atrevimiento.
Juan José Saer, en el artículo citado al comienzo, lo definió con precisión poética: «el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor -aparte quizás de Roberto Arlt- había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad». Esa materia viviente no es otra cosa que esa variante rioplatense del castellano de la primera mitad del siglo XX, que tiene vestigios del tono criollo que anhelaba Borges, aspiraciones a la supuesta norma de la variante ibérica culta y marcas inequívocas del nuevo léxico, el nuevo ritmo, la nueva melodía que habían ido macerando tras el tsunami lingüístico que significó la inmigración para la cultura argentina.
En resumen, un castellano habituado a -por estar formado en- la hibridación y el neologismo, que tan bien, por razones obvias, calzó en la horma de la obra de Joyce. Este Ulises, en síntesis, es un corolario posible de un largo proceso de conformación lingüística. Es uno de sus monumentos.
Resulta simbólica la coincidencia de que en 1945, cuando se publique, esté abriéndose en la Argentina otro período de conmoción cultural profunda, con la aparición de nuev...
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