San Juan Evangelista: Vida, Muerte y Legado
San Juan Evangelista es una figura central en el cristianismo, conocido como el "discípulo amado" de Jesús. Su vida, muerte y legado han sido objeto de estudio y veneración a lo largo de los siglos.
Nacimiento y Orígenes
Conocido por la Iglesia como “discípulo amado”, Juan, apóstol de Jesús, nació en Betsaida. Era hijo de Zebedeo y Salomé, y hermano del apóstol Santiago. San Juan Evangelista era un judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien desempeñaba el oficio de pescador. Galileo, hijo de Zebedeo y Salomé, hermano menor de Santiago, con quien aprendió el oficio de pescador: este es todo el currículo que tenía Juan cuando fue elegido para seguir a Dios a orillas de una playa cualquiera del lago de Genesaret.
Junto con su hermano Santiago, se hallaba Juan remendando las redes a la orilla del lago de Galilea, cuando Jesús, que acababa de llamar a su servicio a Pedro y a Andrés, los llamó también a ellos para que fuesen sus Apóstoles. El propio Jesucristo les puso a Juan y a Santiago el sobrenombre de Boanerges, o sea "hijos del trueno" (Lucas 9, 54), aunque no está aclarado si lo hizo como una recomendación o bien a causa de la violencia de su temperamento.
En el caso de Juan, la llamada llegó en torno a los 25 años, siendo el más joven de los discípulos. Se dice que San Juan era el más joven de los doce Apóstoles y que sobrevivió a todos los demás.
Relación con Jesús
Juan tuvo la inmensa dicha de ser el discípulo más amado por Jesús. Juntamente con su hermano Santiago y con Simón Pedro Juan fue uno tres discípulos hacia los que el Maestro sentía una predilección especial. En el Evangelio que escribió se refiere a sí mismo, como "el discípulo a quien Jesús amaba", y es evidente que era de los más íntimos de Jesús.
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El Señor quiso que estuviese, junto con Pedro y Santiago, en el momento de Su transfiguración, así como durante Su agonía en el Huerto de los Olivos. En muchas otras ocasiones, Jesús demostró a Juan su predilección o su afecto especial. Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar la cena de la última Pascua y, en el curso de aquella última cena, Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y fue a Juan a quien el Maestro indicó, no obstante que Pedro formuló la pregunta, el nombre del discípulo que habría de traicionarle.
Es creencia general la de que era Juan aquel "otro discípulo" que entró con Jesús ante el tribunal de Caifás, mientras Pedro se quedaba afuera. Juan fue el único de los Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y las otras piadosas mujeres y fue él quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor. "Mujer, he ahí a tu hijo", murmuró Jesús a su Madre desde la cruz. "He ahí a tu madre", le dijo a Juan. Y desde aquel momento, el discípulo la tomó como suya.
Cuando María Magdalena trajo la noticia de que el sepulcro de Cristo se hallaba abierto y vacío, Pedro y Juan acudieron inmediatamente y Juan, que era el más joven y el que corría más de prisa, llegó primero. A los pocos días, Jesús se les apareció por tercera vez, a orillas del lago de Galilea, y vino a su encuentro caminando por la playa. Fue entonces cuando interrogó a San Pedro sobre la sinceridad de su amor, le puso al frente de Su Iglesia y le vaticinó su martirio.
Después de la Ascensión de Jesucristo, volvemos a encontrarnos con Pedro y Juan que subían juntos al templo y, antes de entrar, curaron milagrosamente a un tullido. Los dos fueron hechos prisioneros, pero se les dejó en libertad con la orden de que se abstuviesen de predicar en nombre de Cristo, a lo que Pedro y Juan respondieron: «Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios.
Martirio y Exilio
De los apóstoles sabemos que murieron mártires todos menos San Juan, quien murió anciano y de muerte natural, en Patmos, lo dicen los escritores eclesiásticos más antiguos. Aunque la muerte de Juan no fue de forma violenta como ocurrió con los demás apóstoles, sí padeció bastante por la causa de Cristo. Pero sin embargo, la tradición también quiere para nuestro evangelista un martirio, del que no murió, sino que milagrosamente sobrevivió.
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A grandes rasgos, la tradición cuenta que en el año 94, imperando Domiciano, fue apresado el apóstol Juan, que residía en Éfeso. Fue llevado a Roma y allí fue conminado a apostatar de la fe cristiana. Para convencerle, le condenaron a ser metido en una tina de aceite hirviendo, instalada junto a la llamada Puerta Latina, de la ciudad de Roma, o sea, adonde luego estaría la Puerta Latina, que data del siglo III.
Estando presente el senado y mucho gentío deseoso de conocer a tan famoso apóstol de Cristo, el anciano Juan (la iconografía le pone joven casi siempre) fue desnudado, flagelado y por escarnio le cortaron los cabellos. Luego fue metido en la tina. Entró el santo con alegría al caldero, y al punto, el fuego comenzó a menguar y el aceite a enfriarse. Atizaban el fuego los paganos, pero por más leña que ponían, el aceite no causaba daño al santo. Salió Juan de la tina más vigoroso que en sus años jóvenes, quedando muy confundidos sus captores, y alegría de los cristianos que allí se hallaban, algunos de los cuales confesaron su fe.
Viendo el emperador que nada había logrado, mandó desterrarle a Patmos donde continuó su misión apostólica y donde escribió su Apocalipsis. Luego de la muerte de Domiciano el santo evangelista volvió de su destierro y fue recibido por los cristianos con gran cariño y veneración por su testimonio valiente de Cristo. Y aunque no había muerto por Cristo, todos le consideraban mártir.
Tertuliano y San Jerónimo dan testimonio del hecho que les ha llegado por tradición, y en el siglo VIII ya aparece la conmemoración de la “dedicatio” de una iglesia en honor a San Juan Evangelista, junto a la Puerta Latina. Hasta 1969 se celebró esta memoria "ante Portam Latinam", pues fue una de las celebraciones suprimidas por la reforma litúrgica.
Muerte
Se estima que falleció de forma natural a los 98 años, en Éfeso, hacia el tercer año del reinado de Trajano, 100 después de Cristo. Es el único de los Apóstoles que no murió martirizado.
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Obras y Escritos
San Juan escribió su Evangelio y sus Epístolas en Éfeso (Asia Menor) y el Apocalipsis en la isla de Patmos, en el mar Egeo. El mismo nos revela el objetivo que tenía presente al escribirlo. «Todas estas cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y para que, al creer, tengáis la vida en Su nombre».
Su Evangelio tiene un carácter enteramente distinto al de los otros tres y es una obra teológica tan sublime que, como dice Teodoreto, «está más allá del entendimiento humano el llegar a profundizarlo y comprenderlo enteramente». La elevación de su espíritu y de su estilo y lenguaje, está debidamente representada por el águila que es el símbolo de San Juan el Evangelista.
También escribió el Apóstol tres epístolas: a la primera se le llama Católica, ya que está dirigida a todos los otros cristianos, particularmente a los que él convirtió, a quienes insta a la pureza y santidad de vida y a la precaución contra las artimañas de los seductores. A lo largo de todos sus escritos, impera el mismo inimitable espíritu de caridad.
Simbolismo
En la iconografía de San Juan Evangelista, además de con los atributos genéricos del libro y la pluma, como evangelista incluye la llamada “águila de San Juan”, que le distingue de los otros tres. A San Juan Evangelista se le representa con un águila al lado, como símbolo de la elevada espiritualidad que transmite con sus escritos.
Hay otro modelo iconográfico, un poco menos común, en el que el santo aparece sujetando un cáliz con su mano derecha, y de él sale una serpiente verde. La tradición nace a partir de una historia que narra cómo, estando en Éfeso, a Juan le ofrecieron una copa de vino envenenado.
Legado
El culto de Juan apóstol nació desde la ciudad de Éfeso, tras la muerte del santo a una edad muy avanzada. Dentro de la iglesia de Jerusalén, Juan, ocupó un lugar importante en la dirección del primer grupo de cristianos. El culto de Juan apóstol, se afianzó a partir del siglo VI, cuando el emperador Justiniano, construyó en su honor una gran basílica en Éfeso, de la que todavía quedan imponentes ruinas.
San Juan es sin duda un hombre de extraordinaria y al mismo tiempo de profundidad mística. Al amarlo tanto, Jesús nos enseña que esta combinación de virtudes debe ser el ideal del hombre, es decir el requisito para un hombre plenamente hombre. Es necesario recuperar a San Juan como modelo: El hombre capaz de recostar su cabeza sobre el corazón de Jesús, y precisamente por eso ser valiente para estar al pie de la cruz como ningún otro. Por algo Jesús le llamaba «hijo del trueno».
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