David Gistau: Biografía de un Periodista Apasionado

27.11.2025

David Gistau fue muchas cosas, pero fundamentalmente un hombre de lealtades "casi mafiosas", un tipo con reglas internas que tenían que ver con la dignidad y la protección a los suyos, esos suyos que iban desde la familia a los amigos. Un escritor de columnas que se reencontraba con lo salvaje, con lo tierno y con lo atávico si se trataba de defender a su clan, a su tribu. ¿Habrá algo más honorable, aunque honor sea una palabra tan vieja?

Decimos que Gistau fue un hombre atravesado por la paternidad, pero no sólo por la que encarnó como progenitor un tiempo breve, sino por la que perdió a los quince años súbitamente, por una maldita explosión de gas. Un niño, un adulto pendiente de la ausencia del padre del que dejó de esperar que llamase a la puerta de casa, del que olvidó -al final- su último número de teléfono, pero al que siempre tuvo extrañamente presente.

Ahora es incómodo, doloroso e injustamente conmovedor leer a Gistau en la pequeña biografía y la recopilación de artículos -políticos, culturales, personales- hilvanada por David Lema -El penúltimo negroni (Debate), con prólogo de Manuel Jabois-, porque uno entiende. Uno entiende quién fue el hombre.

Fue moderno, Gistau, y fue valiente y escéptico y desacralizador; fue culto sin imposturas, fue sarcástico sin ser cínico y fue cómico desde su inteligencia mordaz e irónica. Escribió horóscopos agudísimos, más fiables desde la chanza que los de Esperanza Gracia. Fue guionista y entretenedor.

Jabois recuerda en el prólogo de este libro dos cosas fundamentales: que con Gistau no se ha muerto una “joven firma” ni un “heredero de Umbral”. En realidad se ha ido un hombre que quiso trascender para los suyos. Y uno siente, leyendo El penúltimo negroni, que sus hijos podrán encontrar a su padre bueno en estas páginas, y que, aun siendo adultos, le reconocerán.

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A David Gistau (Madrid, 1970) le gustaba mucho el Negroni, ese cóctel italiano a base de ginebra, Campari y vermú rojo que se sirve en vaso bajo y ancho a la vez. Él siempre se tomó el penúntimo Negroni porque nunca pensó en irse. Y siempre le va a faltar a él y a sus amigos tomarse un Negroni más.

Gistau era un “hombre del que he disfrutado muchísimo”, ha dicho Herrera, “un hombre del que nada es postizo, un padre de cuatro hijos que bromeaba con que por fin tenía una novia con más barriga que él cuando ella estaba embarazada y que pensaba que esa nueva versión de padre sería el cimiento sobre el cual proyectar cosas que perdurasen.

David Gistau gozó desde muy temprano de una libertad inusual, y supo hacer uso de ella como nadie. «En este libro se encuentra una parte fundamental de David Gistau, aquella que desgranó en las páginas de los periódicos. «David Gistau fue nuestro Hemingway: artículos brillantes, boxeo, vida.

No quise hacerme su amigo porque no me atrevía. Tampoco me atrevo a escribir esto. Cuando coincidíamos en los saraos de columnistas, o en alguna cena, yo miraba abajo como el explorador que se ha cruzado un gorila en el sendero. Trataba de no llamar su atención.

Lo que se pierde hoy es más que un poeta que escribía prosa en los periódicos: se esfuma una opinión desacomplejada. No le tenía miedo a las turbas, ni a los anunciantes, ni a los jefes, ni a los lectores. No había venido para agradar a la despectiva ortodoxia del pensamiento dominante.

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El periodista, que deja mujer (Romina) y cuatro hijos, era amante del fútbol y del boxeo. Gistau desveló, ante la carcajada general del público, que quiso llamar a su hijo 'Luke' para poder decirle "Luke, yo soy tu padre", pero que acabó llamándolo Luca después de la prohibición de su mujer.

"La historia de Luka Modric", apuntó Gistau en aquella presentación del libro de Azpitarte y Puertas, "es un poco como la de Peter Pan: hay una guerra fuera (la de los Balcanes) y los niños se refugian en el fútbol". "Soy admirador del periodismo americano, que gusta mucho de estas biografías, y este libro corresponde a esa escuela", señaló un David Gistau que también destacó la importancia de la figura de José Mourinho a la hora de que el Madrid se hiciera con los servicios del talentoso centrocampista de Zadar, un refugiado más que perdió a su abuelo en la Guerra de los Balcanes, cuando Luka era sólo un niño.

Dos décadas en la prensa española con la personalidad de vetar con celo cualquier contagio. Más Tom Wolfe que Bud Spencer. Le llamaban trinidad: reportero, columnista y padre. El pensamiento escrito por encima de la pirotecnia. A la madurez, el verbo se hizo esencia.

David Gistau mueve el balón en el centro del cuestionario. Ningún reparo en contestarlo todo. Ningún reparo en romper las preguntas hechas en domicilio para poner cada cosa en el lugar atractivo de los puntos medios. En sus palabras no hay hipérboles, ni quejas, ni rencores, ni pérdidas de tiempo. No hay fuego. No hay humo. No hay nada, parece, que no haya musitado unas cuantas veces antes de aparcar sobre ruedas.

Con respecto al estilo, siempre he intentado que mi escritura sonara como el rock duro. Más que los puños y la violencia, busco la cadencia de Angus Young, el guitarrista de AC/DC. Prefiero el fútbol que suena a rock antes que a cuarteto de cuerda barroco tipo Guardiola. Me atraen las personalidades que suenan a rock and roll.

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Intenté hacer un ejercicio muy contrario al de la columna. La pieza española de la columna, tal y como la concebimos, es distancia corta y suele potenciar mucho el barroquismo y el estilo. Cuando escribo un texto más largo, con sus personajes y sus tramas, trato de hacer una pieza americana donde destaca la concisión, la preponderancia del verbo sobre el adjetivo, la reducción de las subordinadas al máximo posible.

Tengo una aversión a la vida social relacionada con el oficio desde siempre, y va en aumento. Siempre digo “no” a congresos, charlas, ser padrino de una promoción universitaria… Aunque sé que me pongo un poco en riesgo de perder distancia con lo que puede funcionarme como fuente, ese mamoneo, ese roce social, es perjudicial para escribir, porque terminas sintiéndome atrapado por demasiados afectos y demasiados compromisos.

Lo que sí he notado muchas veces es un impulso natural a intentar decepcionar cuanto antes a grupos de personas que consideraban que yo era su columnista. No puedes guiarte por las ganas de agradar a conjuntos de seguidores. Al contrario: si hace falta, debes enfadarlos. Tú no escribes para confirmar lo que ellos piensan. No estás a su servicio. No eres su guiñol.

He sentido más o menos afinidad a la gente que formaba parte de ciertas cabeceras, incluso me he visto más parecido a un determinado periódico, pero nunca he cambiado ni mi forma de escribir, ni mi relación con los lectores. De todos los periódicos en los que he trabajado, El Mundo es al que más me parezco.

Usted nació al cuché por la influencia de su padre, por el olfato de Umbral, por el pesquis de Anson y por las reminiscencias de Hemingway. Mi padre fue involuntariamente importante para mi vocación periodística. Él fue el abogado del diario Pueblo. El hecho de ir a verlo a la redacción, que estaba en la calle Huertas, y palpar cierto ambiente, me influyó, claro.

Anson fue una ayuda cuando estuve en La Razón, aunque después hemos perdido el contacto. Con él me hice columnista. Pedro J. me llamó cuando Antonio Burgos se marchó a ABC. Para conectar conmigo, utilizó de intermediario a Melchor Miralles, al que yo conocía de unos trabajos en televisión. Pedro J. siempre me dijo que me había echado el ojo y estaba esperando un hueco para meterme en el periódico, aunque él, con muy buen criterio, me quería más de reportero que de columnista.

No creo que haya que distinguir entre periodismo y literatura. Yo, al menos, diferenciaría más bien entre escritura narrativa y escritura opinativa. En periodismo, la escritura narrativa son la crónica y el reportaje; y en literatura, la novela. La escritura más reflexiva en el ámbito periodístico es la opinión, y en literatura, el ensayo. Ahí está la porosidad.

En estos años, dice, ha madurado. Y ha hecho esfuerzos para que la idea prime sobre el estilo en sus textos. Lo normal es que, con la edad, tanto para leer como para escribir, te atraigan cada vez menos los jueguecitos, la pirotecnia del estilo, hacer frases, y en cambio necesitas que destaque más la idea, el pensamiento. Ahora me cansan las columnas barrocas llenas de estilismo, porque lo que quiero es que me cuenten algo, que me hagan pensar.

No es casual cuando en la muerte hay no conenso, sino unanimidad. En la admiración y el dolor. David Gistau ha sido un gigante en las últimas dos décadas y así se lo han reconocido sus colegas. Los de su generación, los de la siguiente y los de la anterior.

Su estilo era de contundencia, maza de yunque, sin un gramo de lastre. Mejor revelación que símbolo. Tal vez sea eso lo que pasa cuando uno habla desde dentro, cumpliendo el principio socrático de que inteligencia y virtud son intercambiables. Sabía olfatear el incendio antes de que alguien chascase el fósforo.

Afrancesado y anglófilo a la vez. No por el estilo, ni por la estética. Pero sí desde una concepción iconoclasta. Y por haber consolidado una posición a contracorriente que impedía clasificarlo. David votaría siempre a los demócratas en EEUU. Y era un liberal, no desde la concepción depredadora del capitalismo, sino desde una visión generosa de las libertades. Empezando por la de expresión, que hizo de sus columnas un maridaje asombroso entre la forma y el fondo.

David Gistau dormía plácidamente la última vez que le vi. Manuel Jabois estaba en una minúscula habitación del Clínico, leyéndole un libro cuando yo llegué. Nunca pensé que jamás le volvería a ver.

Es de una fraternidad de clan palermitano: de esos que se harían cortar un dedo por uno de los suyos. En el periodismo, ha sido lo más parecido a Liebling que hemos tenido en España. En lo epidérmico, un sonido de Motörhead con ecos cántabros.

Cada una de sus frases, tanto en el periódico como en la radio, estaba gobernada por un verbo. Era poseedor de una prosa brillante como pocas, fruto de ese acercamiento muy personal a la actualidad con licencias literarias. Inventó un género que le permitía ser culto sin ser pedante y le habilitaba para desprender, en cada exhalación, un sentido del humor inteligente y deslumbrante. David era un gran conversador y en la radio uno de sus éxitos fue trasladar la sensación de un diálogo en el bar.

En cuanto al puto folio, siempre hizo lo contrario de lo que se esperaba de él, que era uno de los consejos que solía repetirle a sus amigos que escribían pero no como él. Sus jefes de La Razón lo enviaron con treintaytantos a una guerra convencidos de que llegarían las crónicas desgarradoras de un reportero de raza y lo que llegó desde Pakistán fue una burla a la impostura.

Así era su escritura, refinada y contumaz, certera, directa, magra. Rápida y ágil como un peso welter e invencible como la de un peso completo. En él hasta la nostalgia pegaba fuerte, pero sin renunciar al combate de la ironía y la inteligencia.

Cuando murió Jorge Berlanga, escribió de su compañero de contraportada el más aséptico de los obituarios porque así se lo pidió Jorge desde la cama terminal del hospital.

La tribuna de autoridades estará vacía. Esto tiene un propósito testimonial: ellos nunca entendieron la crítica de David y él siempre los quiso lejos para que no comprometieran su independencia. Lo llamaba «el mamoneo». Creo que él y Martín Ferrand son los únicos que yo he conocido que llevaron esta forma de entender la profesión hasta las últimas consecuencias.

Encuadrado generalmente en el liberalismo político, era sobre todo un comentarista libre, con una fuerte alergia hacia las grandilocuencias engañosas y los simplismos moralizantes que pretendiesen tratar al ciudadano como a un menor de edad.

En una España de vividores sedentarios, David Gistau, con su algo de Bakunin (la misma barba de Jehová y una disposición a fumar cigarros sentado en un barril de pólvora para poner de los nervios a las visitas), fue, lo primero, un hombre de acción.

Cada uno tiene sus vocaciones y sus vicios. Algunos de ellos inconfesables por frustrados. En mi caso, no me escondo, siempre quise ser Francisco Umbral. Ahora tengo una gata y es lo más cerca que estaré nunca de escribir como él. Bueno, no siempre he querido ser Umbral en realidad, solo hasta que empecé a leer a David Gistau. Desde ese momento el objetivo era parecerse a David Gistau.

No es sólo que fuera uno de los mejores de este oficio, si no el mejor: es que era un imprescindible. Uno de esos tipos con los que te alistarías en cualquier causa que tuviera que ver con la justicia, con el honor, con la dignidad, con la decencia. Con David Gistau podías apuntarte a cualquier cosa y a cualquier sitio: a una velada de boxeo, a una tertulia cultural, a narrar una revolución, a ver un partido del Madrid, a tomar un café, una copa o una colina fortificada por un nido de ametralladoras.

Su conversación era brillante, pero sin caer en la pedantería. Recomendaba libros y apuntaba los consejos literarios de los demás. Porque le gustaba, sobre todo, escuchar. Más aún al contrario.

El columnismo quizá fuera el territorio más propicio de Gistau, que en Guadalajara recuerda: «Para un columnista siempre constituye una ventaja hacerse con un capitalito de lectores fieles. No hace falta que sean miles, basta con que de vez en cuando suene la campanilla de la puerta que se abre en el colmado donde despachamos lectura periodística».

Los hombres y mujeres que se dan cita en este libro podrían legítimamente llamarse Generación Gistau; no porque, insisto, lo imiten, lo sigan o le rindan culto, sino porque él ennobleció con su obra el espacio por el que ellos ahora transitan. Es en cierto modo lo que ocurrió con Manu Leguineche y aquella generación de jóvenes reporteros de guerra de los años 70 y 80 del siglo pasado.

Con David Gistau, además, añade Pérez-Reverte, «se da una circunstancia insólita, al menos en un país como España, donde la sombra de Caín siempre es alargada: resulta casi imposible encontrar a alguien que esté contra él». Más allá de sus incontestables méritos literarios y periodísticos, permanece una personalidad arrolladora, fascinante y entrañable.

Dice Karina Sainz Borgo que, recién llegada a España, apabullada por nuestra pasión por el columnismo, contó con el magisterio de Gistau, de quién aprendió, dice, «y muy seriamente, el funcionamiento de los resortes de la escritura. Escribiera donde escribiera, lo leía. Ya fuese en El Mundo y luego Abc, o sus colaboraciones de radio, primero con Carlos Alsina y luego en la Cope, devoraba sus crónicas de deportes, sus columnas políticas y parlamentarias o sus reportajes. Me parecían joyas envueltas en un papel áspero y efímero.

En su Carta a un joven columnista, Jorge Bustos, profundiza en lo concreto del género: «La columna, tal como yo la entiendo, no es un desahogo subjetivo ni una mera reflexión con propósito de influencia: es un arte. Como cualquier arte exige una técnica y persigue la belleza. La belleza de la verdad y secundariamente la belleza de las palabras.

Por el ahí madrileño en el que se afilaba las columnas Gistau aparece A. J. Ussía, que se confiesa «obsesionado con la mirada» y, de hecho, las multiplica en un cruce de citas que termina en el Gistau que encuentra en Madrid una sorpresa que le remite a la Mafalda de sus años argentinos.

Y vuelve, terca, esa niñez, en la conversación que Rubén Amón se obstina en mantener con el homenajeado: «Joder, David. Hemos hablado de estas cosas. Hemos compartido una mesa y un vino sabiendo que terminarían presentándose los espectros. Hemos evocado la ausencia de nuestros padres. Y hemos encontrado toda la intimidad que requiere admitir la vulnerabilidad de la paternidad. Cuatro hijos tuviste. Tienes, no tuviste. Porque a Gistau se lo conjuga en presente. Porque, como dice Pérez-Reverte, «su obra sigue viva, y no sólo para sus amigos».

Cierra la antología un epílogo de Ángel Antonio Herrera, que recuerda que Gistau «escribió de todo, del fútbol a la política, o al famoso, y en cada modal practicó la rebeldía sin soberbia, y el desacato casi como ludismo, porque el juego es la fineza mayor de los que van en serio».

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