De la discusión nace la luz: Significado y alcance

26.10.2025

El modismo "de la discusión nace la luz" sugiere que en el intercambio de pareceres puede surgir el medio de resolver un problema. Por eso, se aconseja cambiar impresiones para llegar a acuerdos y aclarar cuestiones.

Esta paremia recuerda la práctica tomista de la *disputatio*, ya que la empleaban los universitarios del siglo XIII. Como señala José Antonio Estrada Sámano, «la luz para la discusión, es la Verdad, que hace libres a los hombres, decimos los neo-tomistas».

Un modismo es una “expresión fija, privativa de una lengua, cuyo significado no se deduce de las palabras que la forman”. Son términos originados por la costumbre y la generalización a partir de usos concretos, con un significado no evidente para quien no lo conoce, y cuyo origen puede ser lejano.

Los modismos suelen representar ideas difíciles de reflejar de otra manera y, por su carácter convencional, son altamente económicos, ya que nos permiten formular ideas complejas con pocas palabras.

El valor del debate en diferentes ámbitos

El vicedecano del COAM, Pablo Olalquiaga, ha hecho referencia a las sesiones críticas de arquitectura de la Revista Nacional, destacando cómo "era apasionante ver cómo esos íntimos amigos se metían una caña terrible, discutían de verdad sobre problemas de todo tipo, sobre problemas de arquitectura, o sobre problemas reales de la sociedad". Era un debate muy encendido en el que nadie intentaba convencer a nadie, a pesar de tener ideologías políticas muy diversas.

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Inmaculada E. Maluenda, doctora arquitecta, ha querido poner una nota de esperanza como marco de apertura: “Sí creemos que hay soluciones a este problema, y que desde luego es el momento de insistir. Toca trazar salidas, canalizarlas desde una asimilación del problema real, sin reducir la cuestión a una futura solución teórica.

Javier Burón, especialista en políticas y mercados inmobiliarios, considera que una buena política de vivienda debe siempre concentrarse en el verbo obtener: “Debemos obtener viviendas asequibles, asequibles siempre, y no todas tienen que ser de nueva construcción; hay que sacarle chispas a la huella ecológica ya producida para generar una infraestructura y conseguir atender a mucha gente a precios no de mercado para que exista una competencia real”.

Jorge Galindo, doctor en Sociología, ha profundizado sobre su tesis desde un punto de vista esperanzador: “Hay una manera ilusionante de pensar en todo esto, y es pensar en las ciudades en las que queremos vivir, en cómo queremos que sea el lugar en el que nuestros hijos van a crecer”, a lo que ha añadido: “Tengamos el debate en ese marco, hablemos de qué políticas le pueden hacer honor a ese tipo de ciudad".

Javier Gil, doctor en sociología y experto en economía política, vivienda y financiarización e investigador del CSIC, ha puesto de relieve que los precios no suben por el aumento de la población, argumentando razonadamente que “también suben en municipios que pierden población”. En su opinión, los precios suben por procesos especulativos: “Considero que esa es la dinámica central detrás de lo que está pasando hoy día, la vivienda cada vez tiene menos una función social y cada vez es más un activo financiero.

La traducción como diálogo

En 1993 los participantes en esta conversación, más un equipo de redacción integrado por Carlos Alonso Otero, Mariano Antolín Rato, María Luisa Balseiro y Miguel Martínez-Lage. pusieron en marcha VASOS COMUNICANTES.

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Esther Benítez: En mi caso, por puro azar. Esto es, cuando yo empecé a traducir, fue en el año 66 ó 67, no existía ningún tipo de formación universitaria, y aunque la hubiera, quizás no habría acudido a ella. Tenía la formación típica que se puede exigir a un traductor, una licenciatura, o, mejor dicho, dos: en filología románica y filología italiana. Después, cuando ya empiezas a trabajar, te entra el gusanillo.

Clara Janés: Mi caso es un poco distinto. Yo empecé a traducir movida por un impulso, por un instinto de conocer bien una obra y de darla a conocer. Empecé con una novela, Martín el náufrago, de Golding, muchos años antes de que le dieran el Nobel. Me gustó muchísimo, pensé que aquí no se conocía a este autor, lo propuse y milagrosamente lo aceptaron. Entonces me metí en eso, sabiendo insuficiente inglés para una obra tan difícil, y fue una pelea bestial para llegar a buscar todo el sentido de la obra. Más que una traducción era casi una meditación continua sobre la obra, pero me mereció muchísimo la pena.

Clara Janés: Sucede que me interesa mucho, que me meto dentro de la obra y, claro, lo que me interesa es la poesía. Pero esto hace que me sienta todavía muy amateur, aunque llevo casi treinta años trabajando, porque sé que el tiempo que empleo, económicamente no me reporta, porque si me tengo que poner a aprender una lengua para traducir a un poeta… y ahora estoy haciendo un disparate parecido: he empezado a traducir la poesía de Rumi y he empezado a estudiar el persa, lo cual no sé adónde me llevará. Pero es un impulso de descubrimiento y de dar a conocer a los demás algo que no se conoce y que creo que merece la pena, y luego el riesgo… quizás en ese aspecto soy bastante nietzscheana, me gusta vivir en peligro y eso es un riesgo tremendo.

Catalina Martínez: Esa es la gran diferencia entre el autor y el traductor. El autor puede crear con absoluta libertad mientras que el traductor tiene que atenerse fielmente a lo que ya está dicho.

Miguel Ángel Vega: Se trata de integrar, digamos, ese aprendizaje de la traducción y ese innatismo traductor. No recuerdo literalmente la frase de García Lorca que dice que uno es poeta por la gracia de Dios y por el esfuerzo propio. Yo creo que una cosa parecida se podría aplicar a la traducción. Se puede ser traductor por inspiración, por voluntarismo, por simpatía con el texto, pero sobre esa simpatía, sobre esa afición se puede montar también un saber hacer, el aprendizaje y uso de ciertas técnicas traductológicas, el desarrollo de una estética traductora, una experiencia textual… Creo que en esto estribaría la ciencia de la traducción.

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Miguel Sáenz: Yo dudo de que haya enseñado a traducir. He dado clases, pero no sé si nadie habrá entendido nada… Creo que, en el fondo, todos hemos llegado a traducir por casualidad, porque no había escuelas de traducción, no había posibilidades de formarse. Pero si alguien tiene afición a la literatura y al idioma, llega un momento en que quiere transmitirlo. Si lees algo en un idioma que conoces por la razón que sea, sientes deseos de traducirlo.

Catalina Martínez Muñoz: Cuando yo me encontré en el momento de iniciar unos estudios universitarios sí existían ya las escuelas de traducción, o sea que yo entré aquí con premeditación y alevosía, puede decirse, aunque también por lo mismo que Clara, por un impulso y un gran interés por la traducción y un agradecimiento profundo a los traductores que durante muchos años me habían permitido leer obras que no habría podido leer de otra forma. Siempre me había parecido una cosa fascinante. De todas formas, después de haber pasado por una escuela de traductores, creo que la traducción no se puede enseñar. Se pueden establecer ciertas pautas, se puede ofrecer una formación lingüística sólida, no sólo en lo referente al idioma, pues se supone que ya hay que saberlo cuando se entra en estas escuelas, sino estrictamente lingüística, que me parece fundamental para nuestra profesión.

Miguel Sáenz: Nadie nace traductor. Lo primero que adquieres y aprendes es tu idioma, en tu familia o luego. De manera que nadie nace traductor, como nadie nace escritor.

Esther Benítez: Yo aprendí muchísimo revisando traducciones ajenas, al lado de una persona como Marcial Suárez, que era el jefe de redacción en la editorial donde yo era secretaria de redacción, y que tenía un gran genio del idioma, estoy hablando del castellano. Es fundamentar contar con alguien que está todo el día señalándote posibilidades del castellano para solucionar la casuística de la traducción. La barrera es la persona que carece de sensibilidad para el castellano, esa es la barrera fundamental.

Clara Janés: Se puede aprender. Quiero abundar en eso que dice Esther, porque yo, como más he aprendido ha sido consultando todas mis dificultades, sobre todo en prosa, tremendas, con Rosa Chacel. Las soluciones que me daba ella eran tan bestiales que sólo apuntar todo aquello ya era un curso de traducción. Y no es que ella se haya dedicado a traducir, sólo alguna vez… Cuando trabajaba en Marguerite Duras todo se lo consultaba a ella, cada día, y me quedaba alucinada.

Miguel Ángel Vega: Yo diría que el aprender a traducir traduciendo, learning by doing, hay que completarlo también con el learning by learning, si se me permite. No sé si es exacta la expresión en inglés. Es decir, aprender a traducir traduciendo, pero también aprender a traducir pensando, reflexionando.

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