De una Mentira Nace la Duda: Explorando su Significado
La duda, ese estado de inestable equilibrio entre el sí y el no, puede surgir de diversas fuentes, y una de ellas es la mentira. Pero, ¿qué significa realmente que de una mentira nazca la duda? Para comprenderlo, es crucial analizar las diferentes facetas de la duda y cómo se manifiesta en nuestras vidas.
La Duda en las Relaciones Personales
Las expectativas sobre cómo debería ser una relación de pareja son un factor decisivo, ya que determinan cómo nos comportaremos ante un problema. Investigadores de la Heriot-Watt University están convencidos de que "muchas de nuestras expectativas sobre cómo debería funcionar una relación de pareja están determinadas por los filmes románticos de Hollywood". La relación de pareja no escapa a esta realidad, sobre todo si la otra persona ha cambiado mucho o se ha mantenido prácticamente inmutable a lo largo de los años. En estos casos, lo que suele ocurrir es que la pareja va perdiendo sus intereses comunes. Cuando una de las dos personas se percata de ello, puede tener dudas. No obstante, las dudas en el amor no significan que se haya dejado de amar al otro, sino simplemente que está cuestionándose el tipo de relación que lleva. La buena noticia es que cuando existe comunicación es posible encontrar una salida.
A veces las dudas nacen de la inseguridad. En otros casos esa indecisión puede provenir de una patología: el TOC de amores, un tipo de trastorno obsesivo-compulsivo, en el que la persona duda constantemente de si quiere o no a su pareja. Las dudas también pueden surgir por el miedo al compromiso. Hay personas que asocian una relación amorosa con la pérdida de la libertad y la anulación del “yo”, por eso cuando el vínculo se va haciendo más estrecho, comienza a dudar de sus sentimientos. Pero que las dudas en el amor no signifiquen necesariamente que ya no se ame a la pareja, hay ocasiones en que un periodo de dudas culmina en una certeza de que ya no se ama a la otra persona y llega el momento de ponerle fin a la relación.
La Decepción como Fuente de Duda
¿Alguna vez te han decepcionado? ¿Has decepcionado a alguien? ¿Te has decepcionado a ti mismo? Todas las personas, en algún momento de nuestra vida hemos experimentado esta dolorosa sensación. Cuando nos sentimos decepcionados perdemos temporalmente la confianza, ya sea en nosotros mismos, en el otro o incluso en la vida. Es como si nos hubieran engañado, cuando realmente nadie nos ha engañado, nadie nos había prometido nada, simplemente habíamos hecho suposiciones o generado expectativas irreales. La decepción es un sentimiento de insatisfacción que emerge cuando no se cumplen nuestras expectativas sobre un deseo o una persona, sobre todo cuando no se había contemplado la posibilidad de que fuera diferente a lo esperado. La decepción conlleva asimismo una fuerte percepción de pérdida. Es una fuente de estrés psicológico.
Con los años aprendí que la desilusión y la decepción son dos cosas distintas. ¿Qué nos ocurre cuando nos decepcionamos? Qué reaccionamos de manera inmadura. Nos enfadamos o nos encerramos en nosotros mismos, nos sentimos inseguros, traicionados y dolidos. Desde esta decepción confirmamos que no podemos confiar, ni en el otro, ni en la vida, ni lamentablemente en nosotros mismos. Cuando alguien que nos decepciona cambiamos la imagen que habíamos construido de esa persona, quizá la habíamos idealizado y se derrumba el pedestal en que la habíamos colocado. ¿Cómo regular este sentimiento cuando nos sentimos tan confundidos? Vivir una decepción conlleva afrontar otros sentimientos dolorosos como el miedo, la frustración o la tristeza que una vez identificados y regulados promueven nuestro autoconocimiento y crecimiento emocional.
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Si nuestra conclusión es que no podemos confiar en nada ni en nadie no hemos aprendido nada. Suerte que la vida, siempre tan generosa ella, nos ofrecerá nuevas oportunidades para sentirnos decepcionados y de ello aprender. Cuando no conectamos con esta confianza nos vamos llenando de resentimiento, heridas, dudas, malestar, dolor, acritud, amargura, soledad y aislamiento, llegando a convencernos de que nuestra vida es insoportable e infeliz. ¿Cuánto confío? ¿En qué confío? En general podríamos decir que esta confianza madura se alcanza cuando conectamos con el amor y la compasión en lugar de conectar con el miedo. La confianza inmadura depende de cómo nos ha tratado la vida, de que los demás nos traten como creemos que deberían tratarnos, de que el otro cumpla nuestras expectativas. Esta confianza se fundamenta en el otro, es externa y nos debilita.
El primer paso en estos casos es identificar y comprender lo que estamos sintiendo. El segundo paso es aceptar que ese sentimiento no somos nosotros y que lo que en ese momento pensamos tampoco somos nosotros. A partir de aquí podremos aprender de esa decepción en lugar de alimentar nuestra desconfianza. De este aprendizaje surge la fuerza para confiar en nosotros, en las demás personas y en la vida en general. Esta confianza madura es un sentimiento que surge cuando tenemos la seguridad, la certeza de podernos abrir al autoconocimiento sabiendo que no nos vamos a decepcionar.
La Mentira Compulsiva y sus Consecuencias
La mentira no nos resulta ajena, recurrimos a ella desde la infancia e incluso siendo adultos. Sin embargo, detrás de la costumbre de mentir compulsivamente no siempre se esconde el deseo de obtener algo o evitar un castigo, el mitómano suele mentir sin tener un motivo válido, por compulsión. Esa tendencia a mentir compulsivamente puede colocarle en situaciones ridículas o llevarle a inventar historias insostenibles. Para el mitómano, mentir se convierte en un hábito, es su forma de relacionarse. El problema es que cuando faltar a la verdad se convierte en un hábito y se cae en la mentira patológica o mentira compulsiva, el mitómano tendrá que enfrentarse a diferentes dificultades debido a que pierde la confianza de los demás.
La personalidad del mentiroso compulsivo se manifiesta en la juventud o la adultez, pero la tendencia a mentir comienza a apreciarse desde la infancia. La tendencia a mentir compulsivamente puede afianzarse como resultado de los castigos recibidos en la infancia. Por eso, una manera para evitar que las mentiras evolutivas den paso a la mitomanía consiste en no castigar a los niños cuando dicen pequeñas mentiras que nacen de su imaginación y/o forman parte de su estadio evolutivo. En otros casos, la mentira compulsiva o patológica es el resultado de la tendencia a eludir las responsabilidades.
Otra teoría apunta a que los mitómanos podrían tener una amígdala menos reactiva ante los comportamientos deshonestos. Investigadores del University College de Londres descubrieron que cuando mentimos por primera vez para ganar algo, se produce una gran activación de la amígdala, la cual se encarga de producir sentimientos negativos que nos hacen sentir mal y limitan el alcance de la mentira. La sustancia blanca interviene en la transmisión de información, por lo que estos investigadores consideran que un mayor volumen implicaría una mayor capacidad cognitiva para procesar las mentiras y manipular. Diferentes trastornos psicológicos están vinculados con la mentira, ya que se trata de una forma de evitación, sobre todo en el caso de las adicciones, cuando la persona no desea reconocer su problema o pierde el control y recurre a la mentira para mantener su patrón adictivo. En la base de la mentira patológica se esconde una baja autoestima, la persona cree que si se muestra tal cual es, no será aceptada. Los mitómanos suelen tener una personalidad insegura, por lo que a menudo sus mentiras no son más que una imitación o un plagio de las ideas, pensamientos o experiencias de los demás, generalmente de personas que admiran.
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La Mentira en el Trastorno Límite de la Personalidad
El tema de la mentira en el Trastorno Límite es un tema polémico. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la define como ” Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”. Esta definición es puramente descriptiva: pone en palabras el hecho, pero no incluye ningún juicio sobre la persona que la usa, ni sobre sus intenciones. Esta definición contrasta con la connotación peyorativa que tiene la palabra mentira. No obstante esta valoración negativa, todos sabemos que hay “mentiras y mentiras”. Con algunas sentimos que nos han querido burlar de forma descarnada. Con otras decepción y tristeza sobre todo por el otro, ya que nos preguntamos: “¿no podía habérmelo dicho? Y en otras ocasiones una mezcla de ambas emociones.
Podríamos caracterizar la mentira como un continuo en base a la intención que la produce. En un extremo se encuentran la mentira autoprotectora. Esta se suele dar como respuesta a las preguntas de los otros y nace ante la necesidad de protegerse de la crítica del otro, de la crítica de si mismo o de tener problemas. Engaña, sí, pero porque es débil y no sabe como manejarse consigo mismo, con su entorno o con sus dificultades. Esta mentira nacida de la debilidad es aquella en la que nos apiadamos del otro. Es una mentira reactiva: si no le hubiéramos preguntado probablemente no hubiera mentido. En el otro extremo del continuo se encuentra la mentira fría. Esta se caracteriza porque la persona actúa para conseguir un beneficio propio o bien para perjudicar al otro. No se coloca en el lugar del otro y no le importa lo más mínimo. No aparece como respuesta a nada, sino como la forma preferente de abordar las situaciones, no existe remordimiento ni culpa.
Podemos reflejar diferentes patrones. Está la persona que sólo tiene un trastorno límite. Como en el caso de la manipulación su intención prioritaria no es engañar al otro, sino defenderse a sí mismos (mentira autoprotectora). La mentira nace de un bajo autoconcepto y de la necesidad de ocultar aquello que les hace sentirse avergonzados. Se pueden sentir avergonzados porque les ha costado sacar una tarea y consideran que todo el mundo la saca fácilmente, o porque piensan que algo lo tenían que hacer mucho mejor o porque no han cumplido con algún compromiso y sienten que el otro les acusará o nos les comprenderá. Una situación muy diferente se da cuando además la persona tiene un trastorno por consumo de sustancias. En este caso la mentira se forma en un proceso. En un primer momento es autoprotectora. Tiene las mismas características que hemos explicado anteriormente, salvo que está dirigida a ocultar sus consumos a los demás. A medida que la adicción se va configurando como tal, la mentira se establece y la persona comienza a autoengañarse. El autoengaño se muestra cuando siente y dice “lo puedo dejar cuando quiera”, es decir, considera que tiene el control sobre sus consumos. Su realidad interna empieza a estar deformada. Aquí “la mentira al otro” nace de “la mentira a uno mismo”: la persona se cree lo que dice y se protege de si mismo antes que de los demás. Si tiene momentos de remordimiento y culpa, en seguida los combate diciéndose “no pasa nada, esta va a ser la última vez”.
Por último si la persona tiene rasgos antisociales, tanto si tiene adicción como sin ella, puede seguir presente la mentira defensiva, pero la que sin duda se hace más sobresaliente es la mentira fría. Se convierte en una forma de vida. La persona piensa y premedita como engañar al otro. De hecho en la Trastorno de personalidad antisocial es un criterio diagnóstico. Así el DSM IVR expresa “las personas con este trastorno desprecian los deseos, derechos o sentimientos de los demás. Frecuentemente engañan y manipulan con tal de conseguir provecho o placer personales (p.ej., para obtener dinero, sexo o poder).
Sin duda la familia es la que primera que está preocupada por las mentiras y las que las detecta más frecuencia. Suelen pedir consejo sobre cómo actuar. Es necesario “estar disponible”, tener abiertos los canales de comunicación. Buscar un momento oportuno para hablar con la persona. Describir la mentira, situándola en una situación concreta encuadrada en un momento, unas personas, un lugar. No enjuiciar a la persona, es decir, no hacer presunciones respecto a sus intenciones. Relacionar la mentira con las consecuencias negativas que tiene para esa persona (generar falta de confianza, perder relaciones, sentirse culpable…). Se trataría de desligarlo de nosotros como padres y afectados de su actitud y dirigir su atención hacia ellos mismos.
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Partiendo de que la mentira es difícil de reducir, debemos comentar de depende de cual sea el diagnóstico de nuestro hijo veremos que esta es más resistente. Por último a nivel terapéutico, seguro que los terapeutas de diferentes orientaciones teóricas la trabajan, pero la única terapia que la contempla dentro de su protocolo y como algo específico a trabajar es la Terapia Dialéctico Conductual. Esta ordena los objetivos de trabajo por orden de importancia y, sin querernos extender en describirla, establece que los primeros son las “conductas suicidas y parasuicidas” y los segundos las “conductas que interfieren la terapia”, incluyéndose aquí la mentira ya que difícilmente se puede progresar en cualquier objetivo (miedos, ansiedad, problemas de relación, etc…) si la persona oculta información.
La Duda como Motor de la Inteligencia
Como dijo William Shakespeare, "La duda modesta es el faro de los sabios". La duda nace de aprender a mirarnos y mirar. Por eso la esencia de la filosofía para Heráclito es admirar, que no es otra cosa que mirar después de muchas veces, maravillado. Sin esa dimensión de racionalidad el hombre se vería guiado al fanatismo, que no es otra cosa que la aniquilación de sus creencias con la verdad. Porque las creencias no son susceptibles de una justificación teórica, pero eso no implica que no sean justificables en lo absoluto. Es necesario dar de ellas una justificación pragmática -en otras palabras, se verifican por sus resultados prácticos-.
La duda que nos detiene, nos paraliza, que puede llegar a obsesionarnos. Y por qué no también, la duda de a quien le flaquea la fe y pone en duda la existencia de su dios; es decir, no la certeza del ateo ni la certeza del creyente, sino la duda que es el espacio en el que pueden encontrarse el ateo y el creyente. La muerte, justo quizás sea la única certeza, es la que mina todo lo que aparentemente está en un pedestal. La duda es más cruel que la peor de las verdades. La duda es la madre de la invención.
Lo que sabemos de Dios es lo que se nos impone en la educación que recibimos, como se impuso a nuestra cultura la religión cristiana por los conquistadores españoles. Nunca estuve convencido de que mi religión fuera esa que me vi obligado a aceptar de niño. Del estudio de las religiones aprendí y me enamoré del ritual cristiano-católico, el más bello y decoroso de todas las religiones y el de las oraciones más poéticas. La duda es uno de los nombres de la inteligencia.
Creamos modelos de sociedad, referentes de países modelo, y sistemas de gobierno enemigos de la libertad. Elaboramos escalas de valor. Patrones de belleza. Gustos y preferencias musicales. Tipos ideales de relaciones humanas, amorosas y sexuales. Preferencias literarias, pictóricas, dancísticas y deportivas. Ponemos en una balanza nuestra utopía y la contrastamos con nuestras fuerzas físicas y el alcance de nuestros recursos materiales, y las expectativas estimadas del tiempo de espera.
Conclusión
En resumen, la duda es una compañera constante en la vida humana. Puede surgir de la mentira, la decepción, la inseguridad o el miedo. Sin embargo, también puede ser un motor de la inteligencia, impulsándonos a cuestionar, reflexionar y crecer. Afrontar la duda con honestidad y valentía es esencial para construir relaciones sólidas, tomar decisiones informadas y vivir una vida auténtica.
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