El Poder de los Detalles Sensoriales en la Escritura y los Desafíos del Sistema Educativo
La carnalidad se sitúa en la raíz del precepto «muéstralo, no lo cuentes» que todo profesor de escritura creativa repite machaconamente, pues funciona. Por carnal me refiero a lo que se puede aprehender a través de los cinco sentidos.
La Escritura Carnal: Un Puente a la Experiencia
Cuando se escribe una escena hay que ayudar al lector a emplear el gusto y el tacto, así como la imagen y el ruido. Cuanto más carnal sea la naturaleza de un escritor, mejor será a este respecto. Además, existen subcategorías en función de los sentidos. Un comilón voraz puede evocar el mordisco salado de pastrami sobre pan de centeno negro, el adicto al sexo destacará en la carne tersa, el de ojo pictórico en la belleza visual, etc.
De cada una de las memorias manarán las experiencias físicas que abundaron en el pasado: el olor a gumbo con sabor a ajo, la mano propia sobre el pelaje de un animal o el fósforo del océano iluminando de un verde ácido todos los cuerpos bajo el agua.
El refinamiento en la escritura carnal significa seleccionar información sensorial -objetos, olores, sonidos- para narrar detalles basados en sus efectos psicológicos sobre el lector. Un gran detalle que se percibe como característico sustenta su veracidad. Así, un lector puede asimilarlo. Los mejores tienen un significado poético excepcional. El gran escritor rastrea el mundo en busca de objetos totémicos.
Ejemplos de Maestría Sensorial
El dramaturgo y genio del relato corto Antón Chejov podía inyectar hipodérmicamente un objeto tan iconográfico y tan resonante en significado que su sola presencia bastaba para retratar un personaje. En su influyente cuento La dama del perrito, un vividor seduce a una señorita casada y santurrona durante varias semanas en un lugar de veraneo. Más adelante, ella solloza en la cama mientras él corta una rodaja de melón. El fruto rebanado no sustituye simbólicamente a la mujer desesperada, pero la frialdad del apetito que el vividor siente por él, a la vez que ella solloza, habla por sí sola.
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El primer autor de memorias que me sedujo hacia su universo físico con esa exactitud pudo haber sido Maya Angelou en Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. En Pascua, de pie frente a los feligreses, la pequeña Angelou se olvida de las frases que ha de decir y se siente enjaulada en aquel vestido de tafetán color lavanda que creía que iba a transformarla en una de «una de esas lindas niñas blancas que eran el ideal de todo el mundo, el sueño de un mundo como Dios manda». Esa ansiada feminidad de niña blanca -tan reñida con su propia condición física- socavó toda su confianza (que en parte incluía el enemigo interior del cual volveré a hablar en breve).
Mientras se abochorna y resopla, revolviéndose en sus adentros por recordar, el vestido de seda raído hace frufrú a su alrededor y suena como el «papel rizado en la parte de atrás de un coche fúnebre»; de ahí que esta maravillosa metáfora sonora evoque una época y un lugar en que los coches fúnebres arrastrados por caballos estaban cubiertos de un tejido fruncido.
Empezando por la luz del sol, Angelou nos sitúa en un tiempo y en un lugar acerca de los cuales solo ella pueda dar cuenta: «Pero el sol de las primeras horas de la Pascua Florida había revelado que ese vestido era un remiendo feísimo de un desecho, en tiempos púrpura, de una mujer blanca. Era largo como el de una señora mayor, pero no ocultaba mis flacas piernas, untadas con vaselina y empolvadas con arcilla roja de Arkansas.
Resulta curioso que los lectores «se crean» lo que se les describe con claridad física. Una vez me dijo un lector: «Sabía que cuando añadiste ese viejo bote de desmaquillador de la marca Bab-o estabas contando una verdad como un templo». Un chico con el que jugué a los besos en secundaria se quedó estupefacto de que, treinta años después, evocara su camisa roja con un diminuto caballito de mar. «Qué clase de bruja eres si te acuerdas de eso», me dijo. De nuevo, en instantes de máxima excitación, el foco se estrecha; los recuerdos sensoriales de esos estados puede que en ocasiones brillen más que otros en la memoria.
Cualquiera que esté impregnado de adrenalina y de la hormona del estrés cortisol -al igual que cuando Angelou estaba aterrorizada frente a los feligreses- manifiesta impresiones sensoriales con mayor intensidad que en períodos más habituales de tiempo.
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Por supuesto, los detalles físicos, por muy convincentes que sean, no demuestran realmente nada de nada por lo que a la verdad se refiere. Sin duda, tengo recuerdos erróneos de toda índole. Puede que el chico que besé estuviera masticando chicles Bazooka Joe o Dubble Bubble, por ejemplo.
La Importancia de la Memoria y la Práctica
Los escritores no carnales quizá deban dar lo mejor de sí mismos para convertirse en descriptores dignos de atención. Todos empezamos esbozando someramente a un personaje -el pelo, los ojos y el peso, a semejanza de los datos en un carné de conducir- y un escritor menos considerado puede que no llegue a echar a perder la página si vuelve otra vez a la presencia física de esa persona, como si tal revelación genérica de la memoria produjera una impresión eterna. (De niña, era una persona tan acelerada, ansiosa y extremadamente vigilante que parecía que estudiase a la gente a través de una lupa.
Un sentido persistente del lugar debe emanar de unas buenas memorias en cuanto se ha cerrado su contracubierta, y puede que más tarde abras la portada de nuevo tal y como lo harías con una verja que da a un nuevo paraje. Cualquiera que tenga una memoria precisa puede llegar a ser un descriptor medianamente decente a base de práctica.
Hilary Mantel explica que su confianza para rememorar recuerdos reside en que estos pueden florecer de sus intensas cualidades físicas: «Aunque mis recuerdos tempranos sean imprecisos, creo que no lo son, o no son del todo una paramnesia, y pienso así por su apabullante poder sensorial; llegan hasta mí completos, a diferencia de las formulaciones generalizadas y vacilantes de los asuntos trastocados por la fotografía.
Comparemos a dos escritores eminentes: uno en un instante no carnal, y otro en uno carnal. Un pasaje de Adiós a todo eso de Robert Graves -aunque sea bueno como prosa- nos narra más su estado psíquico posterior a la Primera Guerra Mundial de lo que nos lo muestra: «Mi mente y mi sistema nervioso seguían en la guerra.
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Compárenlo con el detalle físico del «mal destello de la memoria» de Michael Herr en Despachos de guerra, que asemeja a un viaje de ácido en el pasado: «Había cierta música de rock-and-roll que te llegaba mezclada con fuego graneado y hombres chillando.
Las memorias carnales no han de ser traumáticas, por supuesto. Las simples se perpetúan cuando se repiten. Un amigo neurólogo se llevó a su hija en edad universitaria a un restaurante de una nueva cadena, subsidiaria de la que habían frecuentado todos los sábados para tomar una magdalena de zanahoria cuando ella era una niña pequeña. En el nuevo restaurante, mi amigo le coló un trozo de magdalena de zanahoria sin mencionarle la conexión anterior. A la hija se le activó la memoria. Describió con todo tipo de detalle el viejo restaurante y cómo habían ido después al jardín botánico.
¿Se acuerdan ustedes de cuando en la película Robocop Peter Weller se amoldaba al interior de esa especie de traje metálico con ojos electrónicos y manos robustas y tensadas? Un escritor carnal sobresaliente no diseña un robot, sino algo parecido a un avatar con respiración y con gusto dentro del cual puede introducirse el lector, por lo que revestirá sus manos y se hallará en su pellejo.
La Explosión de Dobles Grados en España: Un Síntoma de Problemas Más Profundos
La reciente explosión de dobles (e incluso triples) grados en la universidad española es un síntoma más de los profundos problemas de nuestro sistema educativo y de las ineficiencias del mercado de trabajo nacional. La educación universitaria cumple, en una economía moderna, un doble papel. Primero, permite a los estudiantes acumular capital humano. Segundo, la educación “señala” la calidad de un estudiante, que de otra manera es difícil de evaluar.
En España existe poca dispersión en la calidad (real o percibida) de las universidades. De igual manera, nuestro derecho laboral limita la capacidad de oferentes y demandantes de trabajo en buscar soluciones individuales a sus problemas concretos de búsqueda y emparejamiento. Dadas estas circunstancias, existe un fuerte incentivo en ambos lados del mercado a entrar en una “guerra armamentística” de cantidad (que se puede controlar) y no de calidad (que no se puede cambiar fácilmente).
Las empresas quieren contratar a estudiantes que sean trabajadores y capaces. Y como es complicado y costoso determinar, por las razones esbozadas anteriormente, si un estudiante de economía de universidad A es mejor que de la universidad B o si el estudiante X es mejor que Y, las empresas prefieren contratar a un estudiante con un doble grado en economía y derecho simplemente porque este ha tenido una nota de corte más alta y ha demostrado “más empuje” durante sus estudios.
Para las universidades satisfacer esta demanda de dobles grados es sencillo. Los decanos pueden así presumir de “programas de excelencia” y atraer a buenos estudiantes sin abrir la caja de pandora de una verdadera reforma que, dada la estructura de gobernanza de la universidad española, es casi imposible.
Consecuencias Negativas de los Dobles Grados
- Excesivos años de estudio: Los dobles grados llevan a un número excesivo de años de estudio, con sus costes monetarios y de oportunidad.
- Formación a medio cocinar: Al final el doble grado es una quimera. Aprender bien economía a nivel de grado requiere dedicación completa por cuatro años.
- Excusa para la inacción: Los dobles grados ofrecen a las universidades una excusa para presumir de algo de lo que en realidad carecen, satisfacer en falso la demanda de los estudiantes más lanzados que reclaman una mejor educación y eludir los cambios en estructura y contenido de la enseñanza que ya se retrasan en exceso.
Posibles Soluciones a Largo Plazo
- Crear programas de grado de excelencia: Alguna institución podría crear programas de grado de excelencia y bien diseñados, atrayendo a los mejores estudiantes y empresas.
- Introducir más flexibilidad: Dar más flexibilidad a las universidades para decidir sus programas de estudio, permitiendo diseños más adaptados a las demandas del mercado laboral.
- Grados con tramos comunes y especializados: Seguir el ejemplo de SciencesPo o Polytechnique, con grados que ofrecen un tramo común y tramos posteriores especializados.
- Mayor libertad para los estudiantes: Dar más libertad a los estudiantes para decidir sus programas de estudio, permitiendo carreras más especializadas e individualizadas.
- Incrementar la percepción de calidad: Aumentar la percepción de la diferencia de calidad entre distintas universidades, reduciendo la competición en cantidad e incrementándola en calidad.
Si la mayoría de los estudiantes trabajadores estudian un doble grado y las empresas prefieren contratar a dobles grados, a un estudiante individual le quedan pocos incentivos a estudiar un grado simple, por mucho que esta sea su opción favorita.
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