El Hijo del Chófer: Significado y Relevancia de una Historia Turbia
Me sorprende que proliferen las películas y series sobre el terrorismo vasco en un momento de tanta insensibilización hacia sus crímenes. Francamente, no sé si es algo ilógico, pero me hace ser suspicaz. Por eso empecé a ver con pocas expectativas El desafío: ETA, la serie documental producida por Amazon Video.
Quizá sea inevitable que unas víctimas sean más recordadas que otras: Gregorio Ordóñez o Joseba Pagaza eran objetivos de ETA y la repercusión de su muerte fue inmensa. Pero a la sombra del símbolo quedan aquellas víctimas que no eran objetivos. Es importante recordarlo: ETA asesinó, desde sus inicios, de forma indiscriminada.
Y aunque no es nada nuevo, siento que el desgarrador testimonio del hijo del chófer ha despertado algo. Un matiz se me había escapado: lo que oculta la nauseabunda retórica del conflicto no es la verdad de los hechos, sino la perversa crueldad de los actos. Nos estremecemos cuando el cuchillo yihadista siembra el terror en una plaza europea.
Como sociedad tenemos una deuda pendiente con quienes han sufrido el terror. Nuestro compromiso pasa por no aceptar como interlocutores democráticos a quienes legitiman el asesinato, a quienes aplauden la sangre y el llanto. Debemos exigir ese perdón.
Esta decisión la vimos ya en El hijo del chófer (Tusquets), de Jordi Amat, donde también salía mucho Josep Pla (el hijo del chófer, Alfons Quintá, es el hijo del chófer de Josep Pla). Igualmente, tanto Amat como Xavier Pla privilegian la frase corta.
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El periodista Alfons Quintà (1943-2016) apareció muerto en su domicilio junto a su mujer, Victória, el 19 de febrero de 2016. Quintà fue el primer delegado de ‘El País’ en Cataluña, primer director de TV3 y autor de grandes exclusivas. Quintà asesinó a su mujer con una escopeta de caza y después se suicidó. Un final truculento, pero la deriva siniestra del reportero venía de lejos.
Alfons Quintà tenía 16 años (1959) cuando trató de chantajear a un amigo estrecho de su padre, el escritor Josep Pla, para lograr que su familia le dejara salir al extranjero. El joven Quintà sabía cosas sobre los contactos de su padre y Pla con el exilio antifranquista. Cosas que quizás interesarían a la policía franquista.
"Quintà tiene información y está dispuesto a usarla para chantajear a Josep Pla. La información es poder. Quintà lo aprende pronto", escribe Jordi Amat en ‘El hijo del chófer’, sensacional biografía sobre Quintà que publica hoy Tusquets.
El chaval Quintà prometía, en efecto, por la red de contactos paternos y por su pericia para moverse entre bambalinas sin grandes escrúpulos; así que acabó llegando a lo más alto de la pirámide profesional, aun a costa de alienar a todos y descarrillar por exceso de maniobras oportunistas y maldades.
El Día D de Alfons Quintà fue una reunión con Jordi Pujol en 1982. Tenía 38 años. Es el punto de inflexión que anticipó la segunda parte de su vida periodística, parodia grotesca de la primera. De titán del cuarto poder a marioneta del Poder, con un confuso final en el que batalló contra los espectros de su pasado disparando en todas las direcciones.
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La compra Quintà fue la oveja negra original del pujolismo. No había tomado aún posesión Pujol como presidente de la Generalitat, tras ganar sus primeras elecciones en 1980, cuando Quintà publicó en ‘El País’ que algo olía a podrido en Banca Catalana, controlada por la familia Pujol.
Todo se precipitó cuando Juan Luis Cebrián, director de 'El País', dio una patada hacia arriba a Quintà, que, ofendido, abandonó ‘El País’. Pujol olió sangre, citó a Quintà y le hizo una proposición deshonesta y atractiva a partes iguales.
Poco después de reunirse con Quintà, Pujol se encontró en el velatorio de Josep Pla a Narcís de Carreras, expresidente de La Caixa. Carreras, para congraciarse con el 'president', criticó a Quintà por sus artículos sobre Banca Catalana, pero Pujol le dijo: "No te preocupes, el asunto Quintà ya está solucionado", cuenta Jordi Amat en el libro.
Aunque Quintà llevaba meses erosionando su reputación, Pujol le ofreció el cargo más estratégico de la nueva Generalitat: la creación de TV3. ¿No sería mejor darle ese cargo sensible a uno de los nuestros en lugar de a este señor que nos ataca todo el rato?, alegaron los perplejos asesores del 'president'.
Pero Pujol sabía que Quintà ya era uno de los suyos, como describe Amat en el libro: “Como conoce la complejidad humana para usarla en favor de su afán de poder -Pujol es un animal político-, ahora puede convertir en aliado a quien hasta este momento ha sido un enemigo. Quintà está en una situación de debilidad que puede serle útil. Pujol, que conoce que el comercio de los hombres es la verdad profunda de la política, sabe que puede serle útil… Lo está fichando y al mismo tiempo lo está coaptando… La gente pensará que ha habido un chantaje. Piensa demasiado. No es un misterio. Es la otra cara de la realidad. Son los negocios del poder. Existen unos códigos y ellos dos, sin explicitarlos, los conocen. Pujol los domina. Quintà cree que también. Ni hace falta hablar de Banca Catalana. Forma parte del pacto. Termina la reunión. Fin”.
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Quintà puso en marcha con éxito TV3, al crear una estructura profesional y una programación de estándares europeos, pero a cambio, borracho de poder, empezó a perder la cabeza en la oficina. Confundió el poder con la tiranía y el abuso.
“El problema no es ideológico. O eso es secundario. Es algo más peligroso. El problema es la conducta y la progresiva instauración de un clima de asedio y terror… Actúa como un tirano… Depende de cómo esté ese día, porque su humor es muy variable, algunos redactores no se levantan de la mesa para no cruzarse con él por el pasillo. Hay mujeres que sienten con asco cómo va acercándose su respiración… Rosa Maria Calaf, que empieza a comprender que el director no es un excéntrico sino una persona dominada por la maldad se atreve a comentar la situación con compañeros y responsables. Pero nadie lo ve ni la cultura del momento exige una relación profesional marcada por el respeto. El director del proyecto sabe que tienen el poder y sabe que puede actuar, sí, como un tirano porque cumple su misión”, escribe Amat.
Tras la segunda victoria electoral de Pujol, el caso Banca Catalana estalló del todo, con la fiscalía anticorrupción señalando a los Pujol por la quiebra del banco y por apropiación indebida. Como director de TV3, Quintà se encargó personalmente de elaborar la pieza televisiva que entronizó a Pujol: el 'president' como víctima de Madrid, aclamado por el bello pueblo, si atacaban a Pujol, atacaban a Cataluña.
Meses después, Quintà fue despedido como director de TV3, pero recuperado después por los fontaneros más turbios del pujolismo para dirigir un nuevo periódico, ‘El Observador’, creado para competir con ‘La Vanguardia’, pero que se hundió de manera rápida y deshonrosa (bebió del fondo de reptiles de Javier de la Rosa para engrasar negocios en el triángulo Generalitat, Kuwait, Zarzuela).
El Quintà tardío decía haber sido "engañado" para hacerse cargo de TV3. ¿Tenían todos estos bandazos periodísticos coherencia alguna? Para buscarla hay que bucear en la cabeza de Quintà, cargada de ambición y furia.
"Mirando lo que nadie quiere ver, Alfons Quintà oscurece la realidad en sus artículos a la vez que se autorretrata mostrando su carácter y sus obsesiones. Está la realidad, donde la vida pasa, y hay otra dimensión de la realidad, que también forma parte de la vida, donde domina la ambición, la lucha por el poder y la supervivencia. Esta otra dimensión es la que ve Quintà. La única. Como si viviera allí o casi siempre estuviera atrapado", escribe Amat.
Además de ambición, poder y supervivencia, hay un hilo secreto que une a todos los Quintà: la venganza. El problema de Quintà no es que mintiera o dijera la verdad (hubo de todo) es que su motivación solía ser la venganza. Periodismo de investigación como instrumento para saldar cuentas pendientes (reales o imaginarias).
El padre de Quintà llevó una triple vida: hizo más caso a Josep Pla, del que era hombre para todo, y a sus aventuras sentimentales, que a su familia. Ahí empezó a fermentarse el resentimiento del joven Quintà, que ya no volvería a aguantar ni media traición en su vida.
Resentimiento total hacia todo aquel que le diera la espalda (empresas, compañeros de trabajo, parejas sentimentales) aun cuando alejarse de él estuviera justificado por sus explosiones lunáticas. Quintà, como jefe y pareja retorcida hasta la patología.
"Pareciera como si la imposibilidad de matar al padre la reconvirtiese en una vivencia brusca con las mujeres, otorgándole al sexo una importancia psicótica. También ese fuego interior le convertía en un obsesivo sin freno, empeñado en conseguir una información al precio que fuese yendo más allá de la moral (...) Dispone de enormes conocimientos y de una memoria envidiable, pero es un ser que en la dimensión privada y social resulta muy difícil de soportar. Así se muestra y así es contemplado y así se normaliza su figura en los medios periodísticos. Los problemas que le van surgiendo, los de la época o alimentados por su personalidad conflictiva, los interioriza como humillaciones. Tiene que vengarlos", escribe Amat.
El hijo del chófer es, por tanto, más que una biografía. Es el descenso a los infiernos de un periodista que lo fue todo, la intrahistoria de las relaciones entre el pujolismo y la prensa y el trastorno de un hombre como reflejo de las disfunciones del sistema. También es un libro crudo sobre la cara b del periodismo en España; sobre la corrupción del cuarto poder (encantando casi siempre de conocerse).
Amat ensambla la trastienda de la construcción de una vida con la trastienda de la construcción de un país. Vistas desde el patio trasero personal y social. Lo que pasa cuando nadie está mirando. El monstruoso Quintà como espejo deformante de un sistema de poder.
Visión analítica, estilo frío y ritmo hipnótico... El hijo del chófer es uno de los grandes libros de no ficción del año.
Entrevista con Jordi Amat
PREGUNTA. ¿Qué diría un psiquiatra sobre Alfons Quintà?
RESPUESTA. Cuando empecé a imaginar cómo era la personalidad del periodista asesino y suicida, mi idea de partida era que esencialmente se trataba de un hombre malvado. Pero hay conductas diversas -la del chantaje, para empezar- que algún médico me ha comentado que permitirían describirlo como un psicópata. A algunas de sus parejas, retrospectivamente, les parece que actuaba como alguien que sufría un trastorno bipolar.
P. ¿Nos dice algo la trayectoria de Quintà sobre lo que antaño se conocía como el oasis catalán? ¿El oasis era un espejismo?
R. En el mundo de los hombres del poder, en Cataluña o en cualquier parte, los oasis, como tú sugieres, son espejismos. Presentar la esfera del poder y la influencia como un oasis, como repite el tópico que se originó en la Cataluña republicana, puede encubrir lo que en realidad son relaciones de fuerza e interés. Lo que el libro creo que descubre es que bajo ese oasis mítico, lo que había era una charca.
P. ¿Quintà es más producto del sistema, manzana podrida o reflejo de las disfuncionalidades del sistema?
R. Todo a la vez, diría. Es un caso patológico, lo sabemos, desde su primera juventud. Pero su carrera profesional, que empieza a finales de la década de los sesenta, también desvela las patologías del sistema periodístico y político de un tiempo tan excepcional como es el de la agonía de un régimen, el del tránsito a otro y el de la construcción de un nuevo orden.
P. Acabó convirtiendo el periodismo de investigación en un instrumento para la venganza. ¿Es una excepción en la profesión? ¿Era un mal periodista?
R. Espero que sea una excepción, pero es evidente que hay quien actúa desde el cuarto poder no para informar mejor sino para traficar con la información y consolidar influencia y cuotas de poder político.
P. ¿Ha cambiado este libro su visión sobre las relaciones entre periodismo y poder?
R. Diría que, más que cambiar mi visión, he ido confirmando lo que hasta ahora solo era una sospecha. El poder no quiere ser fiscalizado y...
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En el invierno de 1962, dos hombres de mundos opuestos se enfrentan sobre un tablero de ajedrez. Uno es Arturo Pomar, el niño prodigio de la posguerra que ahora trabaja como auxiliar de Correos en Ciempozuelos. El otro es un joven americano, un tanto excéntrico, de nombre Bobby Fischer. Uno fue peón del franquismo; el otro lo será de la Guerra Fría.
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