Costumbres Funerarias en Cuba: El Entierro de Niños y Rituales Mortuorios

05.11.2025

En La Habana, a pesar de la percepción de ruina y soledad que algunos puedan tener, existe un rito de la muerte que permite amar a la ciudad: el Cementerio de Colón.

En La Habana hay millones de historias enterradas en los muchos cementerios existentes, aunque uno, el Cementerio de Colón, en el Vedado, acoja en sus siete kilómetros cuadrados el ochenta por ciento aproximadamente de los difuntos de la capital de la isla. Dada su extensión y riqueza, cada día es más visitado, entre otras cosas porque va en aumento el tanaturismo, y nada de extraño tiene, por ejemplo, ver cómo lo ejercen grupos en bicicleta.

Monumento Nacional desde 1987, la fundación del Cementerio de Colón -así llamado porque a él se pretendía llevar los restos del marino y descubridor- data del 30 de octubre de 1871, fecha de la primera piedra y bendición de las obras según el proyecto del arquitecto gallego Calixto de Loira Orellán Cardoso, curiosamente el primer enterrado en el camposanto diseñado por él. La magnífica portada neobizantina de la entrada principal guarda, según la tradición, otro secreto: en el monumento escultórico encima de esa puerta hay una pequeña urna con las cenizas de un obrero muerto, de identidad desconocida, durante la construcción.

El Cementerio de Colón: Un Museo al Aire Libre

Entramos en este museo al aire libre, en este auténtico libro de historia. A lo largo y ancho de sus grandes avenidas, abiertas hacia otras más pequeñas que lo recorren en todas las direcciones, podemos comprobar fácilmente la riqueza cosmopolita que atesora: más de 56 000 mausoleos, capillas, panteones, galerías, osarios, esculturas, materiales, en fin, de arquitectura funeraria hacen de él seguramente el cementerio más rico de la América hispana. Dicen los que padecen esa manía comparativa tan de moda, que ocupa el tercer puesto en importancia mundial, después del genovés de Staglieno y el barcelonés de Montjuich. Queda dicho, aunque, eso sí, con la conciencia de la relatividad.

Lo que sí es cierto es que de los aproximadamente tres millones de personas aquí enterradas el silencio definitivo no ha sido capaz de borrar la proyección histórica de algunas: la tumba más visitada, incluso de Cuba, es la de Amaira Gómez de la Hoz, popularmente «La Milagrosa», que murió junto a su bebé en el momento del parto, allá por 1901. Afirma la tradición que la enterraron con el niño acostado a sus pies. Un año después, al inhumarlos, encontraron los cuerpos incorruptos y al niño descansando en los brazos de su madre. Desde entonces acude el pueblo a visitarla, solicitar de su favor milagros para lograr un embarazo, sanar a un hijo, sacarlo de la cárcel…

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Muy visitada es también la de Leocadia y el hermano José, exponentes de la religión yoruba, o las que encarnan historias de amor, como la de Catalina Laza -un mausoleo inconfundible para una extraordinaria pasión amorosa- o Margarita y Modesto. No lo es menos el panteón de Daiquiri y el monumento a Rintí, su perro fiel que murió a los pies de su dueña, en cuya lápida hay una enorme ficha de dominó: la mujer era fanática de ese juego y murió de un ataque al corazón cuando perdió toda su fortuna por un tres doble.

Añada, entre tantas posibles, las de Alberto Korda, el autor del retrato más famoso del Che, Joselito Fernández, el autor de Guantanamera, que murió pobre y saqueado por sus familiares, la del ajedrecista José Raúl Capablanca con su alfil de mármol, la de los estudiantes de medicina asesinados por el gobierno colonial español o el monumento a los bomberos muertos trágicamente en acto de servicio en 1890: obra del español Agustín Querol, no pocos, siempre dentro de lo relativo de los gustos, lo consideran el más hermoso y espectacular de la necrópolis, bien visible además por la situación y la altura, de unos diez metros. La lista se haría interminable: Carlos Manuel de Céspedes, Cirilo Villaverde, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, los panteones regionales españoles, el leonés entre ellos…

Todo, por supuesto, bajo la mirada de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la isla. El Cementerio de Colón es otra clave para entender la compleja identidad cubana, buena parte de su mitología. Aquí se abre la posibilidad de encuentro con un mundo mágico, donde no reclaman tanto la atención los héroes como los antihéroes.

Tradiciones y Curiosidades Funerarias

Como en La Habana toda, únicamente apelando al realismo mágico cubano se puede entender, o se puede entender un poco mejor la necrópolis en que nos encontramos. Advertirá aún la presencia de tumbas enrejadas como jaulas, que trataron en su tiempo de evitar la profanación, el robo de cadenas y dientes de oro o la recogida de vísceras de recién enterrados para su venta. Tres tumbas de las que visité en mi último viaje contienen tres historias que lo confirman.

Más vivo está el recuerdo de un tipo curioso, estrambótico incluso, el chulo más conocido de Cuba. De familia burguesa, de gran belleza física y refinado, el proxeneta más conocido del barrio habanero de San Isidro, en aquella época la meca de la prostitución, Alberto Yarini (1882-1910) fue amante de distinguidas damas y mantenido por mujeres. Cuentan que más de veintitrés tuvieron el honor de llevar tatuado su nombre en alguna parte del cuerpo. Cayó abatido a balazos por una de las bandas que se disputaban mujeres y prostitución. Dada su enorme popularidad, una verdadera multitud asistió a su entierro.

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Hablan de «un proxeneta devenido en patriota», en cuya tumba la leyenda dice que bailan las jineteras antes de estampar sus besos de carmín en el mármol. Me aseguran que siguen viniendo solicitando suerte en su trabajo. Confieso que no he sido testigo de tales rituales. Solo lo soy de la presencia de flores que atestiguan su recuerdo. «Siempre viene gente -afirma el sepulturero que me acompaña-. Sobre todo jóvenes, que le imploran y piden el favor de parecerse a él, de seguir sus pasos». El cine también se ha encargado de mantener cercana su figura: Los dioses rotos (2008) pretende demostrar la vigencia del personaje.

Entre tantas otras curiosidades, decir que solo hay una persona enterrada de pie en este cementerio, aunque también hay dudas al respecto. La caja fue puesta en la bóveda en posición vertical. Fue su última voluntad: decía que un tipo que había caído de pie en la vida tenía que caer así también en el infierno. Eugenio Casimiro Rodríguez Carta fue condenado a cadena perpetua en 1918. Matón a sueldo, una cadena de crímenes, entre ellos el alcalde de Cienfuegos, manchaba sus manos.

Lo cierto es que aquí hay muchas curiosidades. Seguramente el viajero encontrará nuevas y sorprendentes, en el contexto de ese realismo mágico que se respira. Hay muertos para todos los gustos. Aparte del mapa de la necrópolis, con algunas de las referencias más notables -y aquí sí que juegan un papel importante los gustos-, sepultureros, enterradores, jardineros… pueden convertirse en sus mejores aliados.

El "Velorio del Angelito": Celebración de la Inocencia

Esta mezcla entre duelo y celebración que era el velatorio se hacía aún más confusa en el caso de la muerte de un niño. No en vano entonces no era “velatorio” sino “velorio”, palabra que si bien en primera acepción es sinónimo de velatorio, en segunda es “fiesta o reunión que se celebra en los pueblos durante la noche”. En una sociedad profundamente religiosa como era la España rural del siglo XIX, se tenía como dogma de fe que si un niño menor de siete años (y bautizado, claro) moría no sólo iba al Cielo, sino que, de tan inocente y libre de pecado que era, se convertía en ángel. “Velorio del angelito”, lo llamaban.

Se cantaban canciones, se practicaban juegos, se comía y se bebía (cómo no), se escribían o chistaban al oído del difunto mensajes para familiares ya fallecidos o peticiones de buena fortuna y, sobre todo, estaba prohibido llorar.

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El Entierro de Pachencho: Una Tradición Atípica

Desde hace 33 años, el asentamiento de Santiago de la Vegas, poblado cercano a La Habana, «celebra» un funeral atípico entre las costumbres arraigadas para los cubanos. Una lenta procesión parte del centro del pueblo hasta el cementerio local. Sobre una carroza improvisada, viaja el muerto en un ataúd descubierto, a la vista de todos los peregrinos transcurre el entierro de Pachencho. Le acompañan un cura y su desconsolada viuda. «¡Ay, Pachencho, mi amor, te vas de este mundo y me dejas sola, con estos cuatro muchachos!, ¿Por qué lo hiciste…? Al llegar al camposanto, la multitud se despide mientras bajan solemnemente el féretro en una fosa, seis pies bajo tierra.

Aparece una amante para disputarse con la esposa los honores al difunto. Después, la esposa decide regalarle un último baile. Existen varias versiones sobre los orígenes de esta tradición. Otros dicen que se basa en una obra teatral de igual nombre, representada en los años 70 del siglo pasado. Mientras tanto, la más aceptada por vecinos y funcionarios de la localidad, asegura que data de 1937 cuando surgió un grupo musical llamado Piquete Santiaguero. Estos congueros se encargaban de terminar los carnavales con un entierro simbólico.

Muchos han evaluado estas escenas como una burla a la muerte. Además, muchos se disputan la oportunidad de encarnar los personajes del occiso, la esposa, la amante y el cura, que se convierten en protagonistas por un día.

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