Espíritu Santo: Amor del Padre y del Hijo - Significado Profundo
Lo más original del cristianismo es que el Dios que Jesús nos ha revelado no es un ser solitario, lejano o inaccesible, sino un Dios cercano, entrañable, preocupado por nuestra felicidad.
Vive una comunidad de amor de las tres Personas, en una felicidad desbordante, que quieren compartirla libremente con todas las personas que llaman a la existencia, con cada uno de nosotros.
Cuando Jesús nos ha hablado de Dios, nos ha dicho que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob es su Padre y que él es su Hijo único, y que del amor de ambos brota el Espíritu Santo.
Y los Tres ponen su morada en los corazones que acogen esta gracia de Dios.
Precisamente, Jesús ha hecho que el misterio de Dios no sea algo inaccesible, sino un misterio atrayente como la zarza que Moisés vio sin consumirse en el monte.
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O como aquel huésped que se acercó a la tienda de Abrahán -eran uno y tres al mismo tiempo- y Abrahán le rogó que no pasara sin detenerse.
Hay un Dios, al que se accede por la razón, el Dios de los filósofos.
Es Dios verdadero, pero quedarse sólo ahí resulta un Dios frío y especulativo. Y está el Dios revelado, el que ha salido al encuentro del hombre desde antiguo, por medio de los profetas, y últimamente en su único Hijo Jesucristo, plenitud y centro de la revelación.
Conocer el Dios de Jesús significa entrar en lo más profundo del misterio.
Jesús no nos ha revelado este profundo misterio para satisfacer nuestro entendimiento en cotas de conocimiento que la mente humana nunca hubiera podido alcanzar.
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Jesús nos ha revelado este misterio, nos ha introducido en él para que lo disfrutemos, para llenar nuestro corazón de felicidad.
Para que nos gocemos de tener a Dios como Padre y no vivamos nunca más como huérfanos, sino amparados por su cobertura paternal que se hace providencia cada día.
Para que sintamos la cercanía y la semejanza con Cristo, el Hijo único, que nos ha hecho hermanos y nos ha enseñado a amar como él nos ama, hasta la muerte, hasta dar la vida.
Sería una pena que un cristiano no gozara de este misterio continuamente, porque lo considerara algo difícil e inaccesible, algo sólo para iniciados.
El misterio de Dios, Santísima Trinidad, se nos ha comunicado para que lo disfrutemos, para que vivamos siempre acompañados por su divina presencia en nuestras almas.
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Y esto desde el momento de nuestro bautismo. Para que aprendamos a vivir en comunidad, donde el amor transforma todas las diferencias en riquezas mutuas.
Con motivo de esta solemne fiesta de la Santísima Trinidad, la Iglesia nos recuerda el papel de los contemplativos en la vida de la Iglesia.
Jornada pro Orantibus, que este año tiene como lema: “Contemplar el mundo con la mirada de Dios”.
En nuestra diócesis de Córdoba, 24 monasterios de monjas y 1 monasterio de monjes, además de los ermitaños, nos están recordando a todos esta mirada contemplativa del mundo con la mirada de Dios.
Agradecemos esta vocación tan bonita y beneficiosa para la Iglesia y para la humanidad.
El Espíritu Santo como Amor
San Juan nos ofrece algunas definiciones de Dios, y de entre ellas la más querida y usada por los cristianos es esta: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8).
Es una expresión ciertamente bella ante la cual todos nos hemos conmovido, pero encierra en sí un significado más profundo y teológico de lo que pueda parecer a primera vista.
¿Qué es necesario para que se pueda hablar de amor? Al menos tres elementos: el amante, el amado, y el vínculo que los une, es decir, el amor.
Entonces, si Dios es amor, en él debe haber estos tres elementos: el Amante, el Amado y el Amor, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Efectivamente, la Escritura llama al Hijo “el Amado” (Mc 1, 11; Mc 9, 7; Ef 1, 6) y también dice que el Amor de Dios no proviene sino el Espíritu Santo (Rm 5, 5; Rm 15, 30), de quien la liturgia dice: “el Espíritu Santo es Amor”.
Dios está completo en sí mismo, porque el Padre ama al Hijo en el Espíritu Santo.
Dios está completo en su ser, está completo en su amor, y no necesita nada.
¿Entonces, por qué creó? Por amor.
El amor de un esposo y una esposa, cuando es auténtico y puro, no se conforma ni se cierra en sí mismo, sino que se abre al don de una nueva vida, de modo que los hijos son el fruto más precioso del matrimonio; los que se aman deciden engendrar una vida con la que compartir su existencia y sus bienes, para poder gozar juntos de la plenitud el amor.
Así también, Dios quiso crear a los hombres para compartir su vida y su existencia, sus dones y su amor, con su criatura.
Así dice San Ireneo de Lión: “Así pues, cuando al principio Dios plasmó a Adán, no lo hizo por necesidad, sino para tener a alguien que fuese objeto de sus beneficios.
Ni nos mandó seguirlo porque necesitase de nuestro servicio, sino para procurarnos a nosotros mismos la salvación.
Porque seguir al Salvador es lo mismo que participar de la salvación, así como seguir la luz es recibirla.
Pues los que están en la luz no la iluminan, sino que ella los ilumina y los hace resplandecer; no le dan nada a ella, sino que reciben de la luz el beneficio de estar iluminados.
De modo semejante, quien sirve al Señor nada le añade, ni a Dios le hace falta el servicio humano.
Sino que El concede la vida, la incorrupción y la vida eterna a quienes le siguen y le sirven, de modo que convierte el servicio que ellos le prestan en servicio para ellos mismos; así como a quienes le siguen les da sus beneficios más que recibirlos de ellos: en efecto, él es rico, perfecto y no pasa necesidades.
Por ello también el Señor pide a los seres humanos que le sirvan; pues, como él es bueno y lleno de misericordia, quiere derramar sus beneficios sobre quienes perseveran en su servicio.
Dios por su parte nada necesita; en cambio al hombre le hace falta la comunión con Dios.
Y es una gloria del ser humano perseverar y mantenerse en el servicio de Dios.
Por eso el Señor decía a sus discípulos: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os he elegido» (Jn 15,16).
Con estas palabras les daba a entender que no eran ellos quienes le daban gloria a El al seguirlo, sino El quien a los seguidores del Hijo de Dios concedía su gloria” [1].
Dios creó para compartir sus beneficios con el hombre, por puro amor.
Es Él quien nos da todo a nosotros, y no nosotros quienes le hacemos un favor al seguirle.
Dios no nos necesita, nosotros le necesitamos a Él; es una gloria seguirle y servirle, y esto mismo no le beneficia a él, sino a nosotros.
El Espíritu Santo en la Trinidad
Desde la eternidad, las tres Personas de la Deidad han estado unidas.
Tras la entrada del pecado, decidieron asumir distintos roles para redimirnos.
El “Hijo” se humilló, y se sometió al “Padre” (Filipenses 2:5-8).
Dios fue malinterpretado y rechazado a lo largo de la historia.
Pero llegó el momento en que decidió hacerse hombre y vivir entre nosotros (Juan 1:14).
Jesús dejó claro que era igual a Dios (Juan 10:30), aunque temporalmente estaba sometido como Hijo al Padre.
Su vida era un reflejo del Padre (Juan 14:9).
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