El Evangelio de Hoy Explicado para Niños
Hoy vamos a explorar juntos un mensaje muy especial que Jesús nos dejó en el Evangelio. A través de historias y ejemplos sencillos, entenderemos mejor cómo quiere Jesús que seamos y cómo podemos acercarnos más a Dios.
La Parábola del Fariseo y el Publicano
En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo". El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador". Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no.
En este Evangelio, Jesús nos habla de dos hombres que fueron al templo a rezar. Uno era fariseo y el otro publicano (un cobrador de impuestos). Piensa: ¿Cómo le hablas a Dios cuando rezas? ¿Alguna vez has juzgado a alguien o pensado que eras mejor?
Jesús y los Niños: Un Mensaje de Humildad
En el evangelio de hoy, Jesús pone ante nuestros ojos a un niño como expresión máxima de lo que han de ser sus seguidores, aquellos que quieran ser grandes en el reino de los cielos. En primer lugar, el evangelio de hoy arranca con una pregunta de los discípulos: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”. Se trata de una pregunta que les inquietaba especialmente. En otros textos hemos visto a los discípulos discutiendo quién entre ellos era el más importante, o deseando primeros puestos en ese reino político que soñaban ellos que Jesús traería.
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Jesús podría haber respondido a su pregunta con un “los mayores en el reino de Dios son los puros, los perfectos, los poderosos, los ricos, los que a ojos de todos parecen bendecidos”. Pero no. Jesús siempre sorprende con sus respuestas, y lleva a cabo un gesto más gráfico que cualquier palabra. Nos dice el evangelio de hoy que Jesús llamó a un niño y lo puso en medio y añadió: “En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos; el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos”.
Los expertos explican que no se trata únicamente de un niño, sino de un pequeño, es decir, un sencillo, un esclavo o servidor, una persona despreciada por todos en ese tiempo. Por eso, Jesús no está hablando solo de niños, de infantes, sino de aquellos considerados últimos y despreciables. Ya se trate de un niño o de un pequeño esclavo o servidor, Jesús está apuntando, no tanto a la candidez o a la inocencia de los niños, sino a aquellos sencillos, humildes, últimos, como herederos de su reino, como los mayores en el reino de los cielos.
Por tanto, cuando te sepas pobre, necesitado de Dios, último, es entonces cuando sentirás que Dios habita en ti, te levanta, te fortalece y te hace realmente grande. En otros lugares, Jesús continuará con esta idea: “El que se humilla, será enaltecido… Muchos últimos serán primeros… El que quiera ser primero sea último y servidor de todos”.
En segundo lugar, tras poner a este pequeño en el centro como signo de los que son grandes en el reino de Dios, añade Jesús: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; cuidado con despreciar a uno de estos pequeños”. Jesús está diciendo algo enorme, algo que dirá con más claridad aún en el capítulo 25 de este mismo evangelio de Mateo: “Lo que hicisteis con uno de estos, los más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Claro que Jesús está presente en la Eucaristía y en los demás sacramentos. Claro que está presente en la comunidad cristiana, en su Iglesia. Claro que está presente en su Palabra, pero hay una presencia que hoy Jesús quiere recalcar: él está en los pobres, en los sencillos, en esos que son considerados últimos por el mundo. Y lo dice claramente: el que acoge a uno de esos pequeños, le acoge a él. Por eso, los necesitados, los últimos, los marginados, son casi un sacramento para nosotros.
En tercer lugar, Jesús concluye sus palabras con la conocida parábola de la oveja perdida. Ese hombre que tiene cien ovejas, que pierde una y deja las noventa y nueve en busca de la perdida, cuando la encuentra se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Esta parábola la presenta también Lucas evangelista junto a las parábolas de la moneda perdida y el hijo pródigo. Y con ellas Lucas quiere destacar lo que está dispuesto a hacer Dios por sus hijos perdidos, por los pecadores, cómo los busca, los encuentra y los acoge. Pero Mateo aquí tiene un matiz especial. Hace hincapié en la preocupación particular que tiene Dios Padre con los pequeños, con los débiles, con los últimos. Y la parábola está muy bien traída, porque no cabe duda de que esa oveja que se desvió del rebaño, esa que se perdió, era la más rebelde o menos obediente, o quizá la más débil o enfermiza. En todo caso era la más pequeña, la más necesitada. Por eso concluye Jesús tras la parábola: “No es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños”.
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En definitiva, Jesús está diciendo que los últimos o débiles, los pequeños, son el ojito derecho de Dios, están permanentemente en su corazón. Sucede lo mismo con una madre, que, aunque quiera igual a todos sus hijos, tendrá siempre debilidad por su hijo más necesitado. ¿Entiendes ahora cómo es tu Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo? Pues que este evangelio te lleve a dar gracias a Dios porque tú también eres uno de estos pequeños, de esos débiles, que el Padre cuida con esmero.
Señor Jesús, a veces me creo capaz, bueno, grande, puro. Pero soy un pobre pecador, soy muy débil. Por eso hoy te pido que me ayudes a ser humilde, a saberme pequeño, necesitado de ti.
El Valor de los Niños a los Ojos de Dios
Para ayudarte a conocer el corazón de Dios por los niños, hemos recopilado una serie de versículos bíblicos sobre los niños. Los niños son de un gran valor para Dios y hay muchos versículos sobre cómo los niños son una gran bendición.
- «Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiese las manos sobre ellos, y orase; y los discípulos les reprendieron.
- «He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que llenó su aljaba de ellos; no será avergonzado.
La Biblia contiene versículos sobre la importancia de proteger a los niños. Jesús nos llama a cuidar de los niños y no tratarlos como si fuesen insignificantes. En muchas culturas, los niños son maltratados, abandonados y dejados al margen. Santiago describe la “verdadera religión” de una forma muy distinta a como lo vemos las personas: “cuidar de los huérfanos y viudas”. Dios tiene un amor especial por los más vulnerables, los que están al margen de la sociedad. Es una bendición extraordinaria, amar, servir y proteger a los más vulnerables y compartir con ellos el amor de Dios. ¡El mayor defensor del afligido!
«Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.
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Dios quiere que los padres hablemos de Él a nuestros hijos, con el fin de que conozcan y reciban la sabiduría de Dios. Él ordenó al pueblo de Israel que contasen a los niños todo lo que había hecho por ellos. Quería que las generaciones futuras tuviesen la mayor de las herencias: ¡la sabiduría divina! Si los padres no cumplen con esta crucial tarea, la sociedad se irá deteriorando. Por este motivo hay tantos versículos bíblicos sobre enseñar a los niños.
El amor de la madre es algo tan bonito e inexplicable. La Biblia compara el amor de una madre por su hijo con el amor de Dios por Su pueblo.
«Fuerza y honor son su vestidura; Y se ríe de lo por venir. Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua. Considera los caminos de su casa. Y no come el pan de balde. Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; y su marido también la alaba: muchas mujeres hicieron el bien; mas tú sobrepasas a todas.
«¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?
Dios diseñó la familia y los niños son su regalo. Por este motivo, el crecimiento de cada niño está en su corazón.
«Traían a él los niños para que los tocase; lo cual viendo los discípulos, les reprendieron. Mas Jesús, llamándolos, dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.
«Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos sería el mayor. La Biblia dice claramente que los niños son una bendición, no un problema.
«En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos: “De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos.
¿Sabes que has sido creado a la imagen de Dios? Cada uno de nosotros, del más pequeño al más grande, ¡tenemos un valor inmensurable! Cuando miramos a un niño hambriento o a un hombre rico, ¿los vemos con los mismos ojos que a Dios? ¿Le damos el mismo valor a ambos?
En aquel tiempo, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?». Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.
«El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
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