Función Materna y Paterna: Diferencias y Roles en la Crianza
Dentro de las denominadas funciones parentales en la crianza de un niño, se combinan dos tipos de funciones: función materna y función paterna. Es importante destacar que tanto la función materna como la paterna no están ligadas únicamente a un sexo, sino al rol que una persona en relación asimétrica con un niño/a está en disposición de desempeñar.
Función Materna
La función materna no viene dada por los modelos de género, que indican las conductas o los patrones educativos que los padres y madres pueden realizar, sino por un efecto que tienen que ver con funciones estructurantes del psiquismo. Tampoco la función materna, desde el psicoanálisis, puede entenderse como un conglomerado de consejos de puericultura, crianza y educación de los hijos, más allá de que pueda resultar interesante conocer ciertos aspectos que contribuyen en el día a día de la interacción padres e hijos que nos aportan otras disciplinas.
La función materna es la interacción en sintonía relacional con el bebé que va configurando un afuera acogedor y amable donde el bebé pueda sentirse formando parte del entrono y el entorno adaptado a su necesidad. A través de esta función se va dosificando el encuentro con ese afuera ajeno y extraño del espacio extra corpóreo que experimenta el recién nacido para convertirlo en un encuentro amable y esperanzador.
La psicoanalista Esther Bick nos dice que: “Cuando el bebé nace, queda en la posición de un astronauta proyectado al espacio exterior sin cápsula espacial (…). El temor predominante del bebé es el de desintegrarse o licuarse. La extrema dependencia del bebé humano al nacer es tal que sin una figura contenedora el lactante no sobrevive. Su condición neurológica de inmadurez hace que el ser humano quede subordinado al otro en una disparidad asimétrica de saber y de poder, y de producciones simbólicas y sexuales.
Por eso la función de la madre no consistirá sólo en cubrir las necesidades autoconservativas, de alimentación, aseo, sino de que a través de éstas el bebé podrá ir obteniendo un plus de placer. La «madre» como función (me referiré de este modo en adelante) es la que interpreta las necesidades del niño, le transmite el código de la lengua de la cultura a la que pertenece y contribuye a la implantación de la sexualidad en el psiquismo incipiente del niño tomando al hijo como objeto de amor a través de sus cuidados corporales. Sexualidad tomada en sentido amplio, no reductible a la genitalidad y tampoco a los ordenamientos de género.
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Una sexualidad que no se reduce a la autconservación sino que tiene que ver con los órdenes del placer. «Una sexualidad presubjetiva que en los inicios no está definida por una posición del sujeto sino que captura, de distintos modos, diferentes formas de representaciones deseantes y de los investimentos del mundo». Si bien se trata de una función, podemos ver como se va gestando este sostén emocional que permitirá al niño constituirse como sujeto humano desde antes de nacer, cuando surge el deseo mismo de hijo -diferenciado del deseo de maternidad- y luego durante el transcurso del embarazo.
Por eso en la función materna su lugar es privilegiado para acompañar al niño en el recorrido relacional con el mundo que le rodea, pero no en todos los casos es posible y eso no significa que sea sinónimo de complicaciones en el niño. Su madre en sus vocalizaciones, miradas, con su aroma, su caricias entre lo autoconservativo y el mundo, introduce el placer en sistemas representacionales. El bebé no sólo se nutre con leche, sino con todo lo que acompaña a la alimentación, la voz de su madre, la sensación de piel a piel que le calma y le sostiene.
En el baño, al cambiarlo, se da un encuentro de miradas, de gestos, de palabras, de sensaciones que su madre va despertando en él, experimentando una manera de ser sostenido o no, con firmeza o incomodidad, acunado o arullado. Todo lo que el niño recibe luego lo irá transformando y podrá él comenzar a producir algo nuevo.
Función Paterna
La función paterna desde el vocabulario psicoanalítico tiene un significado diferente al significado más común. Para el psicoanálisis, la función paterna facilita la separación entre lo biológico y lo pulsional, es decir, de los instintos. De esta manera, se favorece el acceso a lo simbólico. Es una función afectiva socio-cultural, de carácter real y simbólico que trasciende las funciones que puede ejercer individualmente un padre (Arvelo, 2001).
Así pues, la función paterna no necesariamente tiene que ser cumplida por el padre real, porque lo realmente importante es que se cumpla con el objetivo de la función paterna, que no es otro que transmitir al hijo que no podrá serlo todo para la madre, no tendrá exclusividad para el hijo. Por lo tanto, vemos el simbolismo de esta función, que quiere distanciar a la madre y el hijo. La función paterna constituye un epicentro crucial en la estructuración psíquica del sujeto (Dor, 1989 citado en Sánchez, 2015).
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El hecho de que el hombre no sea una mujer, lo imposibilita de poderse quedar embarazado, y eso es un limitante biológico que hace que el hombre pueda coger el importante rol de interlocutor del eje diádico madre-hijo. La función del padre estará basada en separar a la madre del hijo: por un lado, el niño dejará de ver a la madre como un objeto de deseo y, por otro lado, la madre dejará de ver al hijo como “falo”, que no lo sea todo para la madre.
Desde Canvis, siempre exploraremos la historia del paciente y todas sus etapas de desarrollo serán importantes para poder construir el contexto. Por este motivo, para Canvis es importante explicaros la importancia que tiene la función paterna durante el desarrollo del niño o niña.
- Desde el nacimiento: la madre y el padre deben presentar un modelo de identificación para la niña o niño. Deben ir de la mano en las decisiones y deben participar ambos en los cuidados del pequeño desde un principio.
- Durante el primer año de vida: para que el padre pueda elaborar su posición femenina, debe realizar tareas que están relacionadas socialmente con las mujeres (no debería ser así) como puede ser cambiar los pañales, cuidarlo afectivamente, darle de comer, etc.
- Durante el segundo año de vida: el rol del padre debe ir destinado a que el niño y la madre se puedan separar y no dependan tanto el uno del otro. Una manera de conseguir está separación será a través del juego. El padre debe proponer juegos y resolver la relación diádica con la madre (Fernández, 2008). De esta manera, el niño podrá construir un vínculo a través del juego y separarse en un entorno de confianza de la madre.
- Etapa escolar: el padre debe tomar un rol importante, tiene que estar implicado en el proceso educativo de su hijo, mostrando interés y ayudándole siempre que sea necesario.
- Adolescencia: en esta etapa es importante que el padre aprenda a tolerar la frustración. La frustración que genera ver que el hijo va ganando autonomía y ya no lo necesita tanto. Durante estos años, la función paterna tendrá que ser capaz de tolerar los cuestionamientos que lleguen por parte del hijo y entenderlos. Será importante entender que el crecimiento del hijo conlleva la caída del padre, habrá que saber tolerarlo, aceptarlo e incluso potenciarlo.
Así pues, vemos como el padre tiene un papel muy relevante a lo largo del proceso evolutivo del niño o la niña, su presencia es muy importante y el rol que tiene que ejecutar, aún más. En los primeros años de vida, la madre y el padre tienen mucha responsabilidad, son las dos personas que más tiempo deben pasar con el recién nacido, y tiene que ser un tiempo de calidad.
Diferencias en la Crianza
Muchas veces se producen diferencias a la hora de criar al hijo por construcciones sociales, que explican que las madres son las cuidadoras primarias y los padres los cuidadores secundarios, hecho que hay que evitar. Como se ha comentado anteriormente, un aspecto que puede potenciar el vínculo padre-hijo es el juego.
Si eres adulto, sabrás que tenemos una voz interior con la que a veces tenemos conversaciones, que nos lleva la contraria, que nos hace hacer ciertas cosas cuando haríamos las contrarias, etc. ¿Sabes de dónde sale esta voz? Está voz también tiene su propia personalidad y ha sido una personalidad construida. Concretamente, el 50% de tu voz interior se construye durante los primeros 6 años de vida. Los materiales con los que se construye son: la manera en cómo nos hablaban nuestros padres, como se comportaban entre ellos y como hablaban de nosotros.
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Luego, el otro 25% de nuestra voz interior se forma de los 6 a los 12 años y se fundamenta en cómo nos habla y nos trata nuestro entorno. Por esto, los padres tienen que estar atentos en la etapa escolar y mostrarse como una pata fundamental de ayuda hacia sus hijos. Si estos tienen problemas en la escuela, se debe escuchar al hijo y contenerlo y recogerlo emocionalmente. Se tiene que sentir acompañado, aunque a veces su comportamiento dificulte esta conducta.
Desde Canvis, consideramos que potenciar la aceptación de uno mismo y la autoestima es vital para el éxito terapéutico. Nuestra voz interior puede determinar la manera en cómo nos tratamos a nosotros mismos, es decir, nuestra autoestima. Estos dos factores influirán directamente en la validación o el rechazo de nuestro comportamiento.
Si hay una autoestima fuerte con una seguridad en la toma de decisiones, entonces validarás/aceptarás tu propia conducta, aunque después no te haya dado resultados. En cambio, si no hay autoestima ni seguridad en la toma de decisiones, entonces confrontarás tus conductas, no las aceptaras y las rechazarás. ¿Quieres estar toda la vida rechazando tus propias conductas? Des de Canvis te ayudaremos a que esto no sea así.
La estabilidad emocional de los hijos depende mucho de la estabilidad emocional que tengan los padres. Es importante conocer las emociones para saber identificarlas y entenderlas en nosotros mismos y en los demás. De esta manera, podremos gestionar mucho mejor los estímulos externos, lo que nos venga del mundo exterior a nosotros. Poder tener una buena gestión de las emociones nos ayudará a afrontar des de la estabilidad situaciones que antes nos podían activar de manera poco funcional.
En un estudio realizado por el ayuntamiento de Barcelona a mediados del 2021 se identificó que el 26,5% de los jóvenes de esta ciudad afirman sentirse solos, porcentaje que supera al de las personas de más de sesenta y cinco años, que es del 18,7%. Las consecuencias de los sentimientos de soledad pueden ser graves, y no solo en el ámbito mental, sino también en el físico. De hecho, un estudio reciente de la Asociación Americana de Piscología ha concluido que sentirse solo equivale a los efectos que te puede dar fumar quince cigarros al día.
El rol de la madre tiene importancia, pero el del padre también. La función paterna si no está bien ejercida puede ser un factor de riesgo para el hijo, pero si está bien ejercida puede ser un factor de protección, más si el soporte emocional es de calidad. ¿Quién tiene la responsabilidad? Desde el centro de psicología Canvis podremos tratar todos los temas expuestos, y podremos ayudarte a ejercer la función paterna o por ejemplo a orientarte sobre cómo gestionar no haber tenido esta función paterna, entre muchas otras cosas.
Percepción de la Crianza Materna y Paterna por Hijos
Numerosos autores subrayan la importancia que la percepción de los hijos tiene sobre los hábitos de crianza de sus padres (Grusec y Goodnow, 1994; Ivanova e Israel, 2006; Roa y Del Barrio, 2002). La información obtenida por los hijos, se ha mostrado no sólo fiable (Carrasco, Holgado y del Barrio, 2007; Samper, Cortés, Mestre, Nácher y Tur, 2006), sino también más coherente que la suministrada por sus padres en relación con otras fuentes (González, Cauce y Mason, 1996; Morris, et al, 2002) y con diversos constructos de ajuste emocional en el niño (e.g., rendimiento escolar, sintomatología depresiva, problemas exteriorizados) (Paulson, 1994; Roa y Del Barrio, 2002; Schaefer, 1965).
Más aún, Gaylord, Kitzmann y Coleman (2003) encontraron que la información suministrada por los hijos sobre la crianza de los padres posee una mayor validez predictiva sobre el grado de aceptación entre sus iguales, frente a la información aportada por sus padres. La razón que puede explicar esta diferencia es que la información suministrada por los padres parece estar sometida a una mayor deseabilidad social (Roa y Del Barrio, 2001, 2002).
En cualquier caso, en la mayoría de los trabajos realizados con población infantil se muestra que la concordancia entre las distintas fuentes de información es de moderada a baja (Achenbach y McDonough, 1987; Cole, Martin, Powers y Truglio, 1996; Del Barrio, 1990, 2002; Epkins, 1993; Jané, Araneda, Valero y Doménech, 2000; Klein, 1991; Lanz, Scabini, Vermulst y Gerris, 2001) y, particularmente, en lo relativo a los hábitos de crianza (Gaylord et al., 2003; Paulson y Sputa, 1996; Smetana, 1995). Por tanto, el análisis de la perspectiva infantil sobre la crianza es necesario y está justificado, no sólo para garantizar la información obtenida, sino para consolidar la validez de constructo, al que dicho análisis contribuye, así como para contrastar las diferencias aportadas respecto de otras fuentes.
Una gran parte de la investigación coincide en hallar diferencias en la percepción que los hijos tienen de los estilos de crianza del padre y de la madre (Collin y Russell, 1991; Pipp, Shaver, Jenning, Lamborn y Fischer, 1985; Rodrigo et al., 2005; Shek, 1998). Hijos e hijas, tanto en la niñez como en la adolescencia, perciben a la madre más positivamente que al padre en lo que respecta a los aspectos emocionales y a los aspectos democráticos de la crianza (Klein y O'Bryant, 1996; Paulson y Sputa, 1996; Shek, 2000).
Las madres, a diferencia de los padres, son más aceptadas (Forehand y Nousiainen, 1993) y son percibidas por los hijos como más comprensivas (Youniss y Smollar, 1985), más cercanas (Paulson, Hill y Holmbeck, 1991), más cariñosas, más controladoras, más implicadas en las tareas escolares de casa (Paulson y Sputa, 1996), con estilos de disciplina más flexibles e igualitarios (Pipp et al., 1985), menos severas (Sorbring, Rödholm-Funnemark y Palmerus, 2003) y más centradas en el hijo/a (Samper et al., 2006). En cambio, los padres son percibidos como más autoritarios, rígidos, severos, restrictivos y formales (Collins y Russell, 1991; Klein y O'Bryant, 1996; Paulson y Sputa, 1996; Shek, 1995, 1998, 2000).
Los hijos informan que el padre utiliza métodos de disciplina más severos (Sorbring et al., 2003) y están claramente orientados a proporcionar consejos prácticos y guías de comportamiento (Youniss y Smollar, 1985). Sin embargo, cuando se estudian las diferencias de estas percepciones en función del sexo de los hijos, los resultados dejan de ser tan homogéneos.
La literatura recoge cierta controversia acerca de cómo el sexo de los hijos condiciona la percepción de los estilos de crianza parentales. Algunos estudios siguen encontrando claras semejanzas (Forehand y Nousiaien, 1993; Musitu y Cava, 2001; Shek, 1998; Smetana 1995), otros indican sólo pequeñas diferencias (Dornbusch, Ritter, Herbert, Roberts y Fraleigh, 1987); otros, en cambio, hallan claras e importantes diferencias en función del sexo del hijo (Gaylord et al., 2003; Mestre, Samper, Tur y Díez, 2001; Shek, 2000).
En aquellos trabajos en los que aparecen diferencias relevantes, los varones perciben a sus padres más estrictos (Gaylord et al., 2003; Sorbring et al., 2003) y negligentes que sus hermanas (Hines, Kantor y Holt, 2006). Las mujeres, por el contrario, perciben a sus madres más afectuosas (Younis y Smollar, 1985), y menos estrictas que sus hermanos. Todo lo cual apoyaría el papel mediador del sexo en la percepción del estilo educativo de los padres (Sorbring et al., 2003). Conclusión que queda sustentada por resultados procedentes de otras culturas como la asiática (Shek, 1998, 2000).
El análisis de los datos se complica cuando se considera la edad. En general, los resultados hallados sostienen que a medida que los hijos crecen perciben una disminución del apoyo e implicación en ambos padres (Litovsky y Dusek, 1985; Paikoff y Brooks-Gunn, 1991; Paulson y Sputa, 1996; Shek, 2000; Spera, 2005; Steinberg, 2001) y se advierte también un menor grado de control y supervisión (Litovsky y Dusek, 1985; Paikoff, Brooks-Gunn, 1991 Musitu y Cava, 2001), cosa, por otra parte, perfectamente coherente con el proceso de desarrollo del niño.
Algunos investigadores precisan que, cuando los hijos crecen, los padres utilizan, en mayor medida, estrategias disciplinarias inductivas, basadas en el razonamiento, en la interacción verbal y en el manejo de reforzadores, en detrimento de estrategias disciplinarias autoritarias basadas en la interacción física, en la imposición o el poder (Furman y Buhrmester, 1992; McNally, Eysenberg y Harris, 1991; Musitu y Cava, 2001). La ausencia de resultados concluyentes sobre esta controversia relativa a la mediación del sexo en la percepción de la crianza materna y paterna, así como el efecto de la edad sobre la misma, justifica la necesidad de realizar nuevos estudios al respecto.
Por otra parte, es obvio que la sociedad en los últimos veinticinco años ha sufrido extraordinarios cambios socioeconómicos de diversa índole que afectan a la identificación del rol sexual, y de los que cabría esperar un reflejo en la socialización de los hijos y, especialmente, en los posibles cambios relativos a una educación más igualitaria (Lanz, Scabini, Vermulst y Gerris., 2001). Ésta es sin duda, una de las razones que hace necesaria la investigación sobre los patrones educativos y la aportación de datos actualizados sobre sus diferencias en relación con la edad y el sexo de los hijos.
El presente trabajo tiene por objetivo aportar nuevos datos sobre la percepción de la crianza que los hijos tienen sobre sus madres y padres. Se incluye una amplia muestra de sujetos con un extenso rango de edad, no siempre estudiado, incorporando el análisis tanto de hábitos de crianza positivos (e.g., comunicación, afecto) como negativos (control autoritario, hostilidad). Todo ello permitirá conocer de forma actualizada cuál es la percepción de nuestros menores sobre su crianza y, de acuerdo con la perspectiva de los hijos, cuál es el grado de tipificación por sexos y el ajuste evolutivo de dicha crianza a los diferentes grupos de edad.
Estudio sobre la Percepción de la Crianza
Participantes
Un total de 1182 sujetos participaron en el presente estudio, de los cuales el 45,3% fueron varones y 54,7% mujeres. Sus edades estaban comprendidas entre los 8 y los 16 años (M = 12,17; DT = 1,61). La mayoría de los sujetos proceden de niveles socio-económicos medio (43%) y medio-alto (42,5%), en su mayoría primogénitos (50,7%) o nacidos en segundo lugar (34,4%) y con dos hermanos de media. El 87,8% de los sujetos provienen de hogares en los que conviven ambos padres.
Procedimiento
Los sujetos fueron seleccionados aleatoriamente del conjunto de colegios de la ciudad de Madrid y su área metropolitana. Las pruebas se administraban colectivamente en el grupo clase por psicólogos entrenados y en presencia del profesor.
Instrumentos
Cuestionario de comportamiento parental para niños (CRPBI; Child's Report of Parental Behavior Inventory) (Schaefer, 1965; adaptado al castellano por Carrasco, Holgado y del Barrio, 2007; Samper et al., 2006). Este instrumento consta de 52 ítems, cada uno de los cuales se refiere a diferentes hábitos de crianza del padre y de la madre. Todos los ítems fueron evaluados mediante una escala tipo likert con tres niveles de respuesta: 1 (siempre), 2 (algunas veces); y 3 (nunca). El autoinforme valora por separado, pero con los mismos elementos, al padre y a la madre.
Resultados
Como puede verse en la Tabla 1, las puntuaciones medias en la totalidad de los factores maternos fueron significativamente superiores a los paternos, con la excepción del factor Hostilidad, cuyas puntuaciones resultaron equiparables para madres y padres. El estudio de las diferencias por sexo y edad se llevó a cabo mediante dos análisis multivariados de la varianza (MANOVA), uno para las variables relativas a los hábitos de crianza paternos y otro a los maternos.
| Factor | Madres | Padres |
|---|---|---|
| Comunicación/afecto | Superior | Inferior |
| Control | Superior | Inferior |
| Hostilidad | Equiparable | Equiparable |
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