Argumentos en contra de la gestación subrogada
El debate sobre la denominada gestación subrogada está arreciando en España de la mano de una campaña política a favor de su regulación. No obstante, es un panorama cambiante y difícil de capturar en una foto fija.
Voy a exponer sucintamente argumentos éticos, deontológicos y consecuencialistas para demostrar que la gestación subrogada es moralmente indeseable y, en consecuencia, a mi juicio, debería estar prohibida.
A casi 30 años del controvertido Caso Baby M, y tras décadas de leyes diversas en distintos países ‒a modo de gran experimento biomédico y socioeconómico‒, constatamos que, impulsada por la globalización, la gestación subrogada se ha consolidado en un modelo mayoritariamente mercantilista que atenta no solo contra los derechos humanos, sino que constituye una inmensa injusticia global. La vulnerabilidad y la precariedad, dada la asimetría entre las partes concernidas, no pueden ser descontadas de una estimación ética y política de la gestación subrogada.
El argumento de la autonomía y sus paradojas
El argumento de los defensores de la gestación subrogada radica en la autonomía de la mujer que va a quedar embarazada, en su voluntariedad, junto a otras consideraciones relativas a la libertad reproductiva y a la propiedad del cuerpo. Sin embargo, constatamos una paradoja: un supuesto libre consentimiento, vía contrato o acuerdo, que anula, con respecto al futuro inmediato, la misma autonomía reproductiva de la mujer. Invocar la autonomía para luego, acto seguido, suspenderla, es lógicamente contradictorio, y desde el punto de vista de la ética, simplemente aberrante, pues liquida la propia autonomía como principio.
Kant nos explicó que ceder la libertad y someterse a la tutela y los fines de otros no es una opción en la medida en que atenta contra la dignidad y degrada la humanidad en cada uno de nosotros. No es una cuestión interpretable: la autonomía no puede cancelarse temporalmente; debe actualizarse en cada momento porque el consentimiento informado es un proceso y no un mero resultado.
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En otros ámbitos, como en la experimentación con seres humanos o los trasplantes de vivo a vivo, la opción de retirarse o negarse está disponible siempre, precisamente para no cancelar la autonomía de quien, voluntariamente, se presta a estos procedimientos. En la gestación subrogada, la versión que se da de la autonomía de las mujeres es una anomalía bioética de gran calado, porque la autonomía no es nunca hipotecable. Ningún contrato o acuerdo puede cancelarla.
Implicaciones éticas y médicas
Asimismo, la indicación médica de una gestación subrogada frente a la infertilidad, agotadas otras vías, pero no la de la adopción, enfrenta el núcleo duro de la ética médica: la no maleficencia, el no dañar. En la gestación subrogada se «indica» un embarazo a un tercero, una mujer que no es, en principio, una paciente del especialista médico, y que va a correr con los riesgos psicofísicos derivados de un embarazo y un parto.
Finalmente, si ponemos en el punto de mira la demanda, podemos preguntar lo siguiente: ¿es moralmente lícito pedir a una mujer que se convierta en un medio para el fin reproductivo, con los riesgos que implica, existiendo, además, otras vías como la adopción? Anderson responde a nuestra pregunta: «(….) hay algunas maneras de tratar a las personas que son moralmente objetables, incluso si ellas consienten en ser tratadas de esas formas. Uno no debe convertir el abuso físico o emocional de otra persona en respeto por su autonomía y dignidad diciendo tan solo: «Tú consentiste en ser tratada de esta manera» ‒incluso si la otra persona consiente‒.
Explotación reproductiva y mercantilización de los cuerpos
En países como India, Tailandia, Ucrania e incluso México, la llamada gestación subrogada se ha implementado como explotación reproductiva organizada por las agencias y clínicas beneficiarias. Dickenson ha denunciado que la subrogación ha quedado subsumida en la tendencia global que fomenta la mercantilización de los cuerpos y compromete derechos humanos básicos en los sectores más vulnerables: «El bando a favor del alquiler de vientres enfatiza los beneficios de la práctica, entre los cuales se cuentan la diversidad de opciones reproductivas y concesiones para el pluralismo sexual. Pero aunque esas puedan ser consideraciones genuinas e importantes, no se las puede poner por encima de la necesidad de evitar la explotación de algunas de las mujeres más vulnerables del mundo». Es más, ella denuncia cómo el Reino Unido, sumándose a la ola neoliberal de la desregulación, ha desmantelado los comités éticos relativos a la bioética de la reproducción. Valora, en cambio, la deriva francesa de optar por evitar que los mercados fomenten la comercialización de los procesos corporales.
Ergas expone dos pendientes resbaladizas: la creación de un mercado de bebés por encargo, de un lado, y del otro, dada la disparidad de las legislaciones nacionales, el fenómeno de los bebés apátridas. El caso Baby Gammy nos permite abrir los ojos a las realidades ocultas del negocio transnacional de la gestación subrogada.
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Suele pensarse que puede frenarse la transnacionalización mercantilista de la gestación subrogada con una regulación suficientemente restrictiva, pero el caso del Reino Unido avala lo contrario. No hay una nómina suficiente de mujeres que se ofrezcan como «gestantes» y la demanda se traslada al extranjero ‒se deslocaliza la reproducción‒. En un mundo atravesado por desigualdades de clase, de género y de raza, así como gobernado por relaciones neocoloniales recreadas por la globalización neoliberal, resulta improcedente hablar, de forma abstracta y descontextualizada, de autonomía irrestricta o de contratos de gestación subrogada que suspenden el derecho de autodeterminación sobre el propio cuerpo y los mismos derechos de filiación.
La bioética neoliberal se ha impuesto, sin apenas oposición, legitimando, en el caso de la gestación subrogada, la despersonalización de las mujeres contempladas como meros medios para resolver la infertilidad al margen de toda consideración de justicia. La autonomía como principio irrenunciable no admite alquileres ni hipotecas.
Margaret Atwood, en El cuento de la criada, que publicó en la década de 1980, imaginaba la servidumbre reproductiva en un país, Gilead. Hoy la distopía ha llegado porque el afán de lucro espoleado por la globalización neoliberal ha convertido a la maternidad en un negocio, un mercado tóxico, sometido al marketing y a la publicidad ‒basta, para comprobarlo, teclear «gestación subrogada» en Google‒.
La regulación de la gestación subrogada y sus variaciones va en la dirección de afianzar la injusticia global con una política de hechos consumados en diversos países y prestar un impulso a una mercantilización creciente de los cuerpos de las mujeres a escala transnacional, que se traduce en realidades análogas a la trata de personas y al tráfico de bebés.
Quince razones contra la gestación subrogada según Jennifer Lahl
Jennifer Lahl, enfermera pediátrica y crítica de la gestación subrogada, ofrece quince razones por las que esta práctica debe ser ilegal en todo el mundo:
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- "Es tráfico de bebés" y no se parece a la adopción.
- Ser "paridora a sueldo" no es ético.
- Los bebés en "limbos" pueden ser objeto de tráfico, también de órganos.
- Hay riesgos extra en la salud, como en una donación de órganos.
- A las madres gestantes no se las informa bien... y las pobres accederían igual.
- No permitimos la compra-venta de órganos ni en casos de vida o muerte...
- Va contra los derechos humanos.
- Daña a madre e hijo rompiendo el vínculo materno-infantil.
- El niño, al crecer, sabrá que fue comprado, un producto comercial.
- Al pasar el tiempo, la gestante también quiere saber de los hijos que parió...
- No existe el "derecho a tener un hijo".
- Los contratos de subrogación crean esclavas por 9 meses.
- Es una industria movida por dinero... y por dinero hará lo que haga falta.
- Una sociedad de divorcio fácil, frecuente... que compra niños.
- El cliente quiere devolver la mercancía... ¿qué dice el contrato?
Estas razones resaltan los riesgos físicos y psicológicos para las gestantes y los niños, la explotación de mujeres vulnerables, y la cosificación de la maternidad.
En 2016, en Suecia, sin embargo, se avanzó hacia la prohibición de la gestación subrogada. Países como India, México y Tailandia han revisado sus legislaciones en direcciones restrictivas en 2015.
En la actualidad, la gestación subrogada es una práctica legal y está regulada en unos pocos países o regiones. Cada país tiene su propia legislación sobre esta práctica. Por ejemplo, en Rusia, donde la comunidad LGTBIQ+ está perseguida, las parejas homosexuales tienen prohibida la gestación subrogada. En Ucrania, la madre que solicita un vientre de alquiler tiene que ser incapaz de gestar por su cuenta debido a una incapacidad médica.
España es uno de los múltiples países donde la gestación subrogada no es legal: la Ley 14/2006 sobre Técnicas de Reproducción Humana Asistida no permite esta práctica. Los que están en contra de los vientres de alquiler critican que es una forma más de explotación hacia la mujer. En este caso, hacia la madre gestante, que es usada como una incubadora durante nueve meses. Además, esta práctica afecta sobre todo a las mujeres más vulnerables o en situación de exclusión. Por último, hay que tener en cuenta las consecuencias físicas y psicológicas que el embarazo puede provocar en las mujeres gestantes.
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