La Filosofía de Gustavo Bueno sobre el Aborto: Un Análisis Profundo
El aborto, un tema polémico y complejo, ha sido objeto de debate desde diversas perspectivas. Desde la filosofía, y particularmente desde el enfoque del filósofo español Gustavo Bueno, el aborto presenta una serie de contradicciones y desafíos que merecen un análisis detallado.
Principios y Reglas en la Bioética: Un Marco Conceptual
Puede afirmarse que lo que se contiene bajo la denominación de Bioética, en lo que tiene de disciplina doctrinal, es expresable a través de un conjunto de principios y de un conjunto de reglas. No se trata de reducir las doctrinas bioéticas a esos conjuntos de principios o de reglas que, en todo caso, no son exentas, como si aquellas fueran meros sistemas proposicionales. Son doctrinas referidas a situaciones reales planteadas por la vida real, ya sea considerada en situaciones singulares propias de la dinámica hospitalaria, como en las situaciones globales con las que se enfrenta la política mundial relativa, por ejemplo, al control de la natalidad o la distribución de alimentos para el tercer mundo. Pero sí tiene sentido considerar a tales conjuntos de principios o de reglas como los centros de atribución más significativos en el total del contenido de la disciplina.
Las declaraciones de «principios» constituyen, de hecho, una de las actividades más características de la disciplina bioética. En muchas ocasiones estas declaraciones son ratificaciones o «recuperaciones» de principios propuestos con anterioridad a la constitución de la Bioética como disciplina (Código de Nüremberg o Declaración de los Derechos Humanos en 1948; Declaración de Helsinki de 1964). Podríamos poner por caso la Declaración universal sobre el genoma y derechos humanos del Comité de Bioética de la UNESCO de 1997. Han adquirido un predicamento especial tres principios incluidos en el llamado Informe Belmont, propuesto por la comisión del Congreso de los Estados Unidos que trabajó durante los años 1974 a 1978 âel «principio de autonomía», el «principio de beneficencia» y el «principio de justicia»â a los cuales se agregó, en otras propuestas, el «principio de no maleficencia», como es el caso de la propuesta de T.L. Beauchamp (que fue miembro de la Comisión Belmont) y J.F. Childress, en su libro Principles of Biomedical Ethics (Oxford University Press 1979, 3ª ed. 1984). La propuesta de reglas es explícitamente diferenciada de la propuesta de principios en muchas ocasiones.
Por ejemplo, en el Convenio de Asturias del Consejo de Europa, antes citado, se establece como regla general el contenido del artículo 5 del capítulo II, sobre el consentimiento («regla general: una intervención en el ámbito de la sanidad sólo podrá efectuarse después de que la persona afectada haya dado su libre e informado consentimiento»)
La Distinción entre Principios y Reglas en la Bioética
¿Qué hay detrás de esta distinción entre principios y reglas, utilizada en diverso grado en la disciplina bioética? Desde luego, mucho más de lo que pueda sospechar quien comience por entender esta distinción como simple distinción gramatical, o, a lo sumo, como cuestión convencional entre principios teóricos y principios de mero procedimiento. En torno a esta distinción pueden considerarse convocadas las principales cuestiones filosóficas que la Bioética, en cuanto disciplina, suscita. Y esto es debido, sin duda, a que la propia distinción entre principios y reglas sólo puede ser analizada adecuadamente mediante un tratamiento filosófico, o dicho de otro modo: la distinción desborda cualquier tratamiento meramente técnico o categorial, aunque no sea más que porque la distinción aparece en contextos categoriales muy diferentes (no sólo en el campo del derecho se distinguen principios y reglas, también en el campo de las Matemáticas o en el campo de la Física).
Lea también: Gustavo Gaviria: Biografía
Y esto significa que la distinción entre principios y reglas no es exenta, sino que ella está inmersa en una constelación de ideas cuyas relaciones aparecen establecidas en función del sistema filosófico, explícito o implícito, desde el cual se consideren. Por ello mismo, un cambio en la consideración de una proposición dada como principio o como regla, puede significar un cambio radical en la consideración filosófica de la disciplina de referencia (considerar a los axiomas de la mecánica de Newton como reglas es tanto como pretender transformar las leyes que rigen el comportamiento objetivo de los cuerpos en leyes que rigen las operaciones de los físicos). Y esto se advierte ya con claridad analizando el proceder de las diversas «declaraciones de principio» de la Bioética.
Si nos atenemos, por ejemplo, al Informe Belmont y a sus continuadores (en España el profesor Diego Gracia y su grupo, principalmente), sacamos la impresión de que los «principios», respecto de las «reglas», mantienen la relación de lo más general a lo menos general (y, en el límite, al caso particular). La concepción filosófica de los sistemas doctrinales que puede presuponerse aquí es la concepción proposicionalista de las disciplinas; una concepción que procede de los Segundos Analíticos de Aristóteles, que construyó la teoría de la ciencia como doctrina del silogismo científico, aun cuando esta concepción se amplió muy pronto a las teorías no científicas (teológicas o doctrinales) mediante la equiparación, a efectos gnoseológicos, de los axiomas a los postulados, e incluso a los dogmas revelados.
La unidad de una doctrina en cuanto sistema proposicional coherente (y la coherencia es solamente una característica lógico deductiva, que no garantiza en absoluto la validez de la doctrina, sino que incluso puede servir para invalidarla, mostrando su falta de ajuste con la realidad) se funda en la unidad del sistema de axiomas o de principios, cada uno de los cuales procede, según Aristóteles, de una intuición intelectual, que ya no es una ciencia; este sistema de axiomas daría lugar deductivamente a proposiciones conclusivas (teoremas) susceptibles por lo demás, en el mejor caso, de ser verificadas empíricamente o, por lo menos, de no ser falsadas. En este proceso deductivo comienza propiamente la intervención de la razón, en el sentido escolástico, presente aún en Kant.
Según esto, la razón no aparece propiamente a escala de un principio o axioma aislado, entre otras cosas porque de un único principio nada puede deducirse, sino su propia reiteración; la razón comienza a actuar en el discurso, que sólo puede darse en la composición de principios o axiomas independientes entre sí (tal como lo estableció David Hilbert). Desde este punto de vista, hay que considerar improcedentes las pretensiones de quienes creen poder caracterizar como «ética (bioética) racional» a la ética o a la bioética estrictas, o al menos a una concepción de la ética o de la bioética, definida como una alternativa frente a otras existentes o posibles (Bioética musulmana, Bioética socialista...) y esto debido a que toda ética o bioética, en cuanto disciplina, es siempre racional, sea cristiana (¿acaso la teología dogmática no es racional en el momento en que compara dogmas, deduce consecuencias, &c.?), sea laica (y, por cierto, la llamada «ética laica» no es anticristiana, sino precisamente cristiana en tanto pretende desarrollarse, «por la razón natural», en el ámbito del «laicado»), sea positivista, &c.
Todo hombre que cultiva una disciplina es racional, incluso el que se declara irracionalista («su corazón tiene razones...»), salvo que entre en un estado de demencia. Lo que se invoca con frecuencia con el nombre de racionalismo bioético o ético es sólo una sinécdoque (pars pro toto) de una especie dada de racionalismo, por ejemplo, el que se opone a las premisas tomadas de una revelación propia de religiones positivas: es el racionalismo antignóstico que monopolizó el título de racionalismo (como si este título no pudiera aplicarse también, por ejemplo, a Santo Tomás de Aquino). No es suficiente, por tanto, más que de un modo puramente negativo (antignóstico), la caracterización de racionalista a un sistema de bioética dado; es preciso declarar en un sentido más positivo los principios de los que se parten, en nuestro caso, los principios de una bioética materialista.
Lea también: Dieta para cólicos menstruales
En cualquier caso, la idea tradicional de razón, aunque vinculada a los sistemas doctrinales proposicionales, no se reduce a ellos; incluso cabe señalar una estrechísima analogía entre la racionalidad proposicional y la racionalidad de ciertos sistemas sociales, por ejemplo, el sistema o institución de la familia humana (la familia es un sistema que está constituido a partir de «principios» que son independientes respecto del parentesco de sangre, exogamia en su límite, en virtud de las cuales se establecen las alianzas matrimoniales; estos «principios» darán lugar a «resultados» que mantienen con los principios relaciones de filiación). Por lo demás, la concepción proposicional de los sistemas tiene muchas variantes, por ejemplo, la que consiste en interpretar los principios como meras funciones proposicionales (principios formales, en sí mismos vacíos), entendiéndose, en cambio, las conclusiones como aplicación de las funciones a casos particulares o valores de variables, mediante reglas específicas de aplicación.
Y también habría que considerar como una clasificación, o desarrollo por clasificación de la misma concepción proposicionalista de los sistemas doctrinales, a la distinción entre las concepciones deductivistas (o fundamentalistas) de la bioética y las concepciones inductivistas de los sistemas doctrinales proposicionales. Las concepciones fundamentalistas, se dirá, creen necesario partir de principios bien establecidos (suelen citarse los principios kantianos, como si antes de Kant no se hubieran ya establecido otros principios de la sindéresis o de la prudencia) a fin de poder obtener de ellos las consecuencias y resoluciones de los casos particulares, mediante reglas específicas de aplicación; mientras que los inductivistas, desconfiando de cualquier sistema de principios a priori (se dice, como si los principios no estuviesen dados siempre apagógicamente, en función de las consecuencias), preferirían partir de los casos y, analizándolos, regresar a lo sumo a los principios.
Utilizando esta distinción tan convencional, y escolástica en el peor sentido, por su esquematismo, pretenden algunos establecer la clave de la diferencia entre una «bioética europea» (de tipo fundamentalista que postula, por ejemplo, el principio de autonomía, al que se atribuye un cuño kantiano, sin duda empujados por el prestigio que la filosofía clásica alemana conserva en la Europa de la Bolsa de Frankfurt) y una «bioética norteamericana», la que se habría manifestado en el Informe Belmont y, por cierto, sólo dos años después de intentos infructuosos de llegar a establecer «por vía inductiva» un sistema de principios, que es cuando la Comisión se decidió por el método de los casos. Los principios del Informe Belmont habrían sido obtenidos, se dice, o quisiera decirse, por una operación de regressus sobre casos particulares previamente enjuiciados, a la manera como los catadores enjuician la calidad del vino de una muestra; pero este regressus no pudo conducir de modo unívoco a un sistema determinado de principios, puesto que serían posibles diversos niveles de ellos (que suelen conceptuarse ad hoc como «principios prima facie», sin que se precise si la prima facie se refiere a la del médico que se enfrenta por primera vez con las cuestiones morales, es decir, a una prima facie psicológica, o si se refiere a los principios obtenidos en el regressus, es decir, a una prima facie lógica).
Ahora bien, semejantes criterios de oposición entre una supuesta bioética europea y una supuesta bioética norteamericana son tan débiles como la propia concepción proposicional de los sistemas doctrinales. Desde el momento en que mantenemos una relación dialéctica circular o apagógica (no lineal) entre principios y consecuencias, en virtud de la cual los principios lo son precisamente en función de sus consecuencias, a través de su «alianza» con otros principios, se nos mostrará como superficial (como dibujada en el plano psicológico más que en el gnoseológico) la oposición entre deductivismo e inductivismo, entre progressus deductivo o regressus inductivo. Las llamadas conclusiones no lo son propiamente, al menos en el sentido silogístico aristotélico, y comenzarán a requerir ser consideradas también como principios, y no sólo en el silogismo práctico, sino también en el llamado silogismo científico.
Por ello, es preferible tomar como punto de partida a los juicios o reglas, que no derivan de principios generales previos, sino que tienen fuerza propia, procedente acaso de fuentes que manan de dominios categoriales precisos, incluso de orden etológico. La función de los llamados principios generales no es, por tanto, de «fundamentación», cuanto de «coordinación» y «sistematización» a una escala de complejidad racional cada vez mayor. Cuando trazo un paralela a un lado del triángulo para probar que sus tres ángulos valen un ángulo llano, no utilizo un principio general según el cual los ángulos determinados en una recta suman uno llano, como si fuese un principio previo a la propia figura analizada, puesto que me refiero a él como un principio que está actuando en el momento mismo en el que la «paralela auxiliar» la percibo como cortada por los dos lados que determinan los tres ángulos del triángulo; esta disposición es, sin duda, reiterable, no es tampoco una singularidad individual irrepetible, pero se manifiesta a través de cada reiteración.
Lea también: Riesgos del magnesio durante el embarazo
Asimismo, cuando el médico actúa como tal tratando de curar a un enfermo, devolviéndole su fortaleza por métodos farmacéuticos o quirúrgicos, actúa éticamente, pero no en virtud de una aplicación de principios éticos generales y previos exentos, puesto que es su propia acción aquella que por sí misma «inaugura», por así decir, las líneas de su acción ética: son los principios generales de la ética los que presuponen a los principios materiales de la acción y no recíprocamente. Los maestros escolásticos advertían ya que son los principios de la lógica utens los que están a la base de los principios generales de la lógica, llamados formales (en rigor, principios de otro nivel, establecidos por la lógica docens). Y sin que todo esto signifique que las proposiciones o reglas particulares hayan de ser irracionales o prerracionales, acaso meras rutinas o pautas de conducta verbalizadas, heredadas de nuestros antepasados homínidas.
Desde el momento en que concebimos a las normas por las que se rigen los hombres como resultantes de las confluencias de rutinas previas, confluencias que llevan al establecimiento de alguna rutina victoriosa (aunque nunca de modo absoluto) habrá que reconocer que la norma implica ya, por sí misma, el ejercicio de la razón (cálculo, jerarquización) consistente en la confrontación o comparación de rutinas diferentes mediante el discurso (como cálculo de consecuencias). Ulteriormente entrarán en confluencia normas (racionales) diversas, y una racionalidad más compleja actuará en el momento de su obligada coordinación. O, si se prefiere, la racionalidad de una sociedad civilizada, aparecerá en el proceso mismo de esa confluencia, sin que pueda apelarse «a la razón» como si fuera un instrumento superior aplic...
El Aborto como Error Filosófico según Gustavo Bueno
Para Bueno, el aborto no posee una legitimidad originaria ni derivada. La pretensión legitimista del aborto no es solo injusta, inmoral, e impolítica, también es un error filosófico monstruoso. La legitimación del aborto es una barbarie contra la moral, la política, la justicia y contra la propia razón, además de ser lo contrario a la eucaristía como signo de reconciliación del género humano entre sí y con Dios (una disociación del género humano). Con todas estas credenciales, ha de tener (por fuerza) lo suyo de antifilosofía.
A la naturaleza criminal del aborto hay que añadir la falsedad de la filosofía merodeadora de sus diversos valedores. Puede parecer muy pretencioso afirmar que el aborto no tiene ser o al menos no debería ser, o decir que es contrario al ser y a la verdad de las cosas. Más de ser cierto en algún lugar debe haber una rendija por la que adentrarse a escrutar su naturaleza autodestructiva y la falsa filosofía que lo sostiene.
El aborto no tiene otra verdad que la negación de un ser humano y de su nacimiento. Pero para existir tiene que cavar su propia fosa, esto es, negarse a sí mismo. Perpetrar el aborto, reduce la posibilidad de nacimientos futuros y por ende de nuevos abortos. A mayor número de abortos menor número de nacimientos, y menor número de abortos podrán tener lugar en el futuro. Tirando de la dialéctica matemática, si el aborto se proyecta hasta el infinito, entonces tiende numéricamente a cero, o lo que es lo mismo, su futuro será la nada, el no ser, dejara de existir y no volverá a darse jamás.
El aborto se erige así en una modalidad de suicidio colectivo, como antagonista del nacimiento de cuyo ser necesita para poder tener cierta existencia factual y a su vez dejar de ser a medida que se propaga. En sustancia, no ocurre lo mismo con los nacimientos, los cuales no necesitan del aborto (más bien de que no se produzca) .Si el número de nacimientos tiende hacia el infinito, al final no dejarían de producirse, seguirían aumentando en términos absolutos, en mayor o menor medida. Más el aborto, para su proliferación tiene que ir cavando su propia tumba.
El aborto puede existir en potencia porque el nacimiento se da en acto. Llevar algo a las últimas consecuencias puede dar una idea de la esencia del objeto de estudio, de su razón de ser, de una razón de ser que, en este caso, es el no ser. Llevado a la máxima expresión, si todos los embarazos culminaran en un aborto, desaparecería primero el aborto y con posterioridad el género humano. En paralelo, si llevamos el nacimiento a la máxima expresión (sin computar los abortos involuntarios o incidentales), es un hecho que los nacimientos siempre podrían tener lugar, más el aborto voluntario desaparecería. En este caso, la filosofía matemática permite inferir que el aborto tiende a desaparecer por cualquiera de las dos vías de probabilidad por las que puede transitar.
El aborto es un error filosófico porque no está en la naturaleza de algo el acabar con su propia existencia y a su vez en última instancia con su propia naturaleza. Una contradicción in situ. El aborto como constata una ley matemática muy sencilla, para existir tiene que acabar con lo que le da el ser (con la vida) y de resultas acabar con su ser. Para existir tiene que quitarle la vida a lo que le da el ser, y subsecuentemente quitarse el ser. Nada que, para poder darse, tenga que acabar con su propia existencia, puede perdurar. Radical aporía en la que solo puede caer una mentira cuya pretensión es emanciparse de la verdad.
San Juan Crisóstomo[ii] añadió que el aborto no culmina en matar a un ser humano, sino en hacer que no nazcan niños. Otra vez el aborto denunciado en su rol de contra-ser. En Ortodoxia [iii]Chesterton establecía la misma lógica matemática al decir que con el suicidio un hombre no mata a un hombre sino que acaba con todos los hombres pues aniquila el Universo en la medida de sus posibilidades. Palabras asimilables al asunto del aborto cuyo telón de fondo es la matemática implacable, pero con un distingo: en la medida de sus posibilidades, el aborto aniquila el Universo desde sus comienzos.
Desde otras coordenadas pero asumiendo indefectiblemente los rudimentos de la probabilidad, el filósofo Gustavo Bueno[iv] llegó a decir que el aborto como acto era falso y erróneo, cuando del nacimiento (es obvio) depende el porvenir de la humanidad. “ Trastoca la relaciones del ser y del deber ser porque quienes abortan no desean el ser que se desarrolla en su interior”. El ser que no desea el ser que lleva dentro es el contraser. Cuando el ser en acto se predispone y dispone contra el deber ser, solo cabe la extinción.
¿Qué es lo antinatural? pues una perversión funcional de lo natural, no es algo que no pueda darse sino algo que no debe darse. Esa perversión tiende a destruir lo natural (aquello de de dónde procede) y acto seguido a autodestruirse. Lo natural de una mujer encinta es dar a luz en lugar de destruir la vida que lleva dentro. Que algo pueda tener lugar o realizarse efectivamente como es el caso del aborto, no implica que deba darse.
La prevalencia y pervivencia de las cosas gira en torno a la armonía con su naturaleza. Lo que es natural debe darse pues de hacerse efectivo, prevalece. Por contra lo antinatural o impropio, de hacerse efectivo, no puede prevalecer más que durante el camino hacia su extinción. Por eso el aborto puede existir puntualmente más no puede prevalecer si se hace extensivo a la generalidad de los casos en tanto que su naturaleza o razón de ser es contraria a la realidad que lo permite. Lo que pone de manifiesto su clara inferioridad ontológica con respecto al nacimiento.
El Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno y el Aborto
Gustavo Bueno, figura clave del materialismo filosófico, ofreció una perspectiva particular sobre el aborto. Para Bueno, defender el aborto es consecuencia de un cúmulo de errores, mezclando aspectos biológicos, éticos y políticos de manera confusa. Bueno rechazaba la idea de que el aborto sea un derecho de la mujer, argumentando que se plantea una serie de cuestiones metafísicas que no tienen sentido y demuestran una falta de análisis total.
Según Bueno, la idea de que la mujer tiene derecho a su propio cuerpo y a lo que en él se contiene, basándose en un concepto de propiedad soberana, es errónea. Bueno señalaba que uno no es propietario de su propio cuerpo, sino que tiene propiedad sobre objetos externos, pero no sobre sus propios órganos o el embrión que lleva dentro. Además, el embrión no es simplemente una parte del cuerpo de la mujer, sino que también tiene un padre, lo que introduce la cuestión del derecho de propiedad o herencia.
Bueno distinguía entre el individuo humano y la persona, y entre la muerte del individuo biológico y el fallecimiento de la persona humana. Esta distinción es crucial para entender su posición sobre el aborto, ya que no equiparaba el embrión con una persona en pleno derecho.
Ética, Moral y Política en el Debate sobre el Aborto
Bueno diferenciaba entre las normas éticas, morales y políticas, lo que es fundamental para analizar el significado del aborto desde cada uno de estos sistemas axiológicos. El debate sobre el aborto se complica al mezclar estos tres niveles, ya que cada uno ofrece una perspectiva diferente sobre la cuestión.
Reflexiones Finales
La filosofía de Gustavo Bueno sobre el aborto ofrece un marco conceptual complejo y provocador. Su análisis materialista, su distinción entre individuo y persona, y su crítica a la noción de "derecho al aborto" invitan a una reflexión profunda sobre las implicaciones éticas, morales y ontológicas de esta práctica.
David Alvargonzález, discípulo de Gustavo Bueno, ha continuado explorando estas cuestiones en sus investigaciones sobre bioética, ofreciendo una perspectiva informada y matizada sobre el debate del aborto.
Algunas Publicaciones de David Alvargonzález:
- «The constitution of the human embryo as substantial change», Journal of Medicine and Philosophy, vol 41, Núm. 2. (2016), pp. 172-191.
- «Knowledge and attitudes about abortion among undergraduate students», Psicothema, 29/4, 2017, pp. 520-526.
- «The structure of Bioethics as a pragmatic discipline», Metaphilosophy, vol 48, Núm. 4. (2017), pp. 467-483.
tags: #gustavo #bueno #aborto #filosofía