Hauke Pattist: La Historia del Nazi Holandés que Vivió Impunemente en España

26.11.2025

Cuando el cineasta José Antonio Quirós asistió en febrero de 1999 en el Teatro Campoamor de Oviedo al estreno de su primera película "Pídele cuentas al rey", un anciano de 79 años que había conocido en su infancia y al que apenas reconoció se le acercó para saludarlo. Era Hauke Bert Pattist, un nazi holandés que residió impunemente en España desde 1956 y que ahora protagoniza su documental "El amigo de todos".

La cinta, que tuvo su estreno comercial en los nuevos Cines Embajadores de la capital asturiana tras ganar el premio del público en el último Festival de Gijón, relata la peripecia vital de Bert Pattist en Oviedo durante el franquismo y la democracia a partir de los ojos de un niño al que un hombre generoso en las propinas y que hablaba varios idiomas había fascinado cuando acudía al restaurante de sus padres.

El pasado turbio de "El Alemán"

“El Alemán”, como le apodaban a pesar de que había nacido en Utrech (Holanda), había sido teniente de las Waffen-SS, uno de los cuerpos del Ejército de la Alemania nazi, había sido condenado a cadena perpetua en 1947 por hechos de guerra en su país natal y había logrado fugarse después de la segunda guerra mundial a España, que vivía bajo el régimen franquista, y donde se asentó en 1956.

El 'cazanazis' Simón Wiesenthal localizó al holandés en la academia de idiomas que regentaba en Oviedo. Tenía una vida social muy activa cuando su pasado salió a la luz tras ser localizado en la academia de idiomas que regentaba en Oviedo por el 'cazanazis' Simon Wiesenthal.

Pattist se refugió en Asturias, donde formó una familia y se integró plenamente en la sociedad ovetense y también en la riosellana.

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El documental "El amigo de todos"

José Antonio Quirós captó enseguida que la doble vida de Pattist daba para más de un guion cinematográfico. Intentó documentarse para acercarse a su figura a través de su familia directa, pero sus hijos declinaron el ofrecimiento. No obstante, la película documental “El amigo de todos (2024)”, centrada en su figura, deja abierto el debate, para que el espectador reflexione y saque sus propias conclusiones.

Un detalle le llamó poderosamente la atención. Dice que nunca pidió perdón, ni se arrepintió, pero tampoco escondió su pasado y, a pesar de ello, la sociedad “seguía dormida y miraba hacia otro lado”, apunta el director que ha llevado su vida a la gran pantalla.

La gran expectación que han despertado los 71 minutos que dura la cinta ha llevado a la dirección de los nuevos Cines Embajadores Foncalada, en Oviedo, a ampliar su proyección hasta finales de mes. No en vano, llega precedida de dos importantes reconocimientos: el premio del público en el Festival Internacional de Cine de Gijón y su selección por el Mercado Internacional de Producciones de Televisión de Cannes.

José Antonio Quirós habló con su madre para saber más detalles, pero ella prefería quedarse con los instantes positivos. Quería rememorar únicamente aquellos platos que le cocinaba o las propinas que le daba su cliente holandés.

“Hay un periodo de olvido, que es eso de la memoria, y a partir de ahí ya el personaje adulto va investigando y se acerca a lo que fue realmente Pattist. Además, reconoce que no aprendemos de la historia. Por ello plantea una cuestión: ¿Qué haríamos nosotros si hubiéramos vivido una época como esa?.

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La película plantea varios interrogantes, entre otros, si finalmente fue o no asesinado Pattist, aunque de nuevo se opte por que sea el espectador el que se pronuncie a tenor de lo que ha visto. No obstante, expone que ha habido algunos documentos que no pudieron salir a la luz por no estar desclasificados y aunque hay ciertas sospechas, él prefiere quedarse con las dudas.

“Mucha gente, cuando entra en esa parte de la película, se queda impactada. Es como si dijeran: ¿Qué está pasando aquí?. También planteamos otras cuestiones, entre otros, cómo los gobiernos dan un mensaje, pero luego aplican otro,. Por ejemplo, hubo tres solicitudes de extradición desde Países Bajos y luego descubres que en los años 70 del siglo pasado, los Países Bajos solicitan los servicios de Pattist para que actúe como captador y convoque a una serie de trabajadores de la industria y del metal, y los lleven ahí a trabajar.

“Me adentré en una sociedad que era la del ver, oír y callar, que es también el entorno en el que yo me crié” afirma.

Tuvo un parón de casi dos meses donde no sabía por dónde tirar, impresionado por un programa de televisión donde el periodista José María Iñigo entrevistaba a Pattist, que entonces tenía 62 años, donde se hablaba sin tapujos de su pasado como oficial nazi. José Antonio Quirós logró salir de ese bache gracias al visionado de esa entrevista cuando vio estupefacto que los espectadores aplaudían.

“Lo vi con un cierto humor e ironía. En ese momento -añade- decidí tirar para adelante porque vi que eso no era normal. Y aguanté hasta el final con los aplausos para que al final uno se pueda hacer preguntas del tipo: ¿Por qué aplauden?. El cineasta opina que ahí se comprueba cómo hay un sector de la sociedad que parece que no piensa o quiere huir hacia adelante.

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Su película documental busca el efecto contrario: quiere que la gente piense y lo hace en varias fases. “Este personaje es una excusa para definir esta sociedad en la que vivimos, que vuelve otra vez.

Aunque José Antonio Quirós opta en todo momento por dar la última palabra al espectador, sí da su propia definición de Pattist. Bajo su prisma, tras estudiar bien a la persona y al personaje, cree que era “un superviviente que busca la adaptación y se adapta.

Los últimos días de Pattist

A Hauke Pattist le gustaban los coches, la caza y las tertulias de café. Escanciaba sidra con maneras de experto. Se reía estrepitosamente. Por las tardes, si el invierno le daba una tregua, paseaba sus 73 años por la ribera del río. En Ribadesella lo recuerdan como un anciano alto y pálido que movía mucho las manos al hablar. Un tipo agudo, socarrón, con tendencia a celebrar sus propios chistes, que pasaba largas temporadas en Oviedo.

Los investigadores Manuel Carballal y Clara Tahoces consiguieron localizarlo a finales de los 90. A Pattist lo buscaba la justicia holandesa por crímenes de guerra. En 1946 un tribunal lo había condenado a cadena perpetua como culpable de la detención de más de 2.000 judíos en Amsterdam, muchos de los cuales fueron torturados o asesinados después. Escapó.

La Fundación Wiesenthal lo consideraba un objetivo prioritario. Pattis reconocía abiertamente su militancia en las SS, pero siempre negó los cargos. Cuando Carballal y Tahoces le preguntaron al respecto, el abuelo les invitó a otra ronda y dijo: «Han sacado las cosas de quicio acusándome de tantas barbaridades.

Hauke Pattist murió en Langreo en enero de 2001 sin haber renunciado a sus «valores raciales», con la conciencia aparentemente tranquila y el certificado de penales limpio.

Efrain Zuroff, ex agente del FBI y actual director del organismo israelí, resume así el sentido de la llamada 'Last Oportunity Operation', un intento desesperado por implicar a la comunidad internacional en la lucha: «Dentro de cinco años el último criminal de guerra nazi habrá muerto, será muy viejo o estará demasiado enfermo como para que podamos sentarlo ante un tribunal. Ésta es una batalla contra el reloj.

Otros nazis en España

Ahora que el juez de la Audiencia Nacional Ismael Moreno acaba de solicitar a Alemania la entrega del guardia John (Ivan) Demjanjuk para que se le investigue como cómplice de los delitos de genocidio y lesa humanidad que se produjeron en el campo de concentración de Flossenbürg, cabe preguntarse si hay que ir tan lejos para buscar justicia. ¿No quedan nazis vivos refugiados en España?

La respuesta la da el experto Joan Cantarero: «Claro que los hay. El autor de 'La huella de la bota' (Temas de Hoy), un minucioso trabajo de investigación en el que pone al descubierto las vinculaciones entre las organizaciones ultraderechistas «legalmente constituidas» y destacados elementos del nazismo acogidos por España tras la Segunda Guerra Mundial, da tres nombres sin pestañear: Herbert Schaefer, Theodor Soucek y Fredrik Jensen.

A sus ochenta y tantos, Soucek no se esconde. Reside en la urbanización Xanadú, de Benalmádena, y aunque anda bastante tocado desde hace años, todavía sacaba fuerzas para descolgarse, de vez en cuando, con algún texto revisionista que publicaba en revistas tan inequívocas como 'Sieg'. Es difícil aceptar que ese anciano que ayudaba a diario a su esposa Karim a bajar las escaleras de la urbanización Los Beldeberes de Marbella, fue el héroe nazi por excelencia bajo el gobierno de Vidkud Quisling, defensor de la supremacía aria en Noruega y responsable del asesinato de al menos 762 judíos.

En algunas de las reuniones periódicas en las que Jensen y Soucek recuerdan sus batallitas del pasado se deja ver Herbert Schaefer, abogado de las SS, residente en la avenida del Mar (Arroyo de la Miel, Málaga), a quien, además de la historia y los negocios, le interesa el arte. Tanto como para exponer su colección en la Universidad de Yale, donde un estudiante judío reconoció uno de los cuadros que los alemanes habían 'requisado' a su familia durante el expolio nazi.

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