La Venganza del Hijo Ilegítimo en la Literatura y el Cine
¿Conocen la historia del libro “La solución del 7%”? Recuerdo haber visto la película una tarde y quedar fascinado con la trama. Por supuesto, busqué el libro para ver la versión original, anuente de que muchas veces la cinematografía se queda corta al momento de plasmar la trama de un buen manuscrito.
Para los que no lo conocen, es un relato que cuenta cómo Moriarty realmente nunca fue el “Napoleón del Crimen” sino una simple figura del pasado de Sherlock Holmes, tergiversada por sus traumas infantiles y su adicción a la cocaína. Con la ayuda de Sigmund Freud logra recordar y salir del delirio en el que estaba sumido. En el proceso, se ve involucrado en la desaparición de uno de los pacientes del buen doctor, en una ardua persecución y en un desesperado intento por detener una guerra en Europa (por lo menos, retrasarla).
Traigo este recuerdo de mi pasado a colación porque mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que el libro no fue escrito por Sir Arthur Conan Doyle, sino por el norteamericano Nicholas Meyer. Si el nombre no les suena, no se preocupen. Yo tampoco lo conocía por sus habilidades literarias, pero si por su participación en el mundo del cine. Analizando el caso ahora, con un poco más de años y experiencia, debo aceptar que era obvio la falta de participación de Conan Doyle en el proyecto.
Meyer trató de hacernos creer esta realidad alterna, asegurando al lector que tanto “La solución final” (donde Holmes muere al enfrentarse a Moriarty) como “La aventura de la casa vacía” (cuando explica como sobrevivió el enfrentamiento con su enemigo) eran fabricaciones. Inventos escritos para justificar la ausencia del gran detective. Debí ver que no tenía lógica el argumento, desde la perspectiva del escritor.
Después de todo, trató de quitarse de encima a Holmes en varias ocasiones y cuando lo mató finalmente fue gracias a Moriarty. El libro de Meyer, que se tituló en español “Elemental, doctor Freud: solución al siete por ciento”, no es más que un pastiche. Según la RAE, un pastiche es “Una imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente”.
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El problema radica en que, a veces, las segundas manos dedicadas a crear estas historias se toman atribuciones que, de seguro, el creador original no habría aprobado. Tomen, por ejemplo, el libro “La mano del muerto”, la continuación del conocido éxito de Alexandre Dumas “El conde de Montecristo”. En esta ocasión, el personaje buscando venganza no es otro que Benedetto, el hijo ilegítimo de Villefort, uno de los que en el libro original traicionó a Edmund Dantes, convirtiéndose en el blanco de su ira.
Ahora, Benedetto, actuando como haría Dantes un año y medio antes, empieza a manipular el entorno del conde de Montecristo para hacer su vida miserable. Si piensan que esta historia no tiene sentido (después de todo, por qué Dumas destruiría a Dantes) no se equivocan. Por mucho tiempo se asumió que este libro era obra del escritor francés, cuando en realidad su autor fue el portugués Alfredo Possolo Hogan, quien trabajaba para Dumas. La pregunta obligada sería ¿Dumas vio el libro de Possolo como un tributo o como un insulto?
Hay poca evidencia al respecto, pero la opinión de los expertos es que no se sintió complacido del mismo. Los que lo han leído arguyen que dista mucho de la prosa de Dumas, opinión con la que concuerdo. Lo malo es que hoy en día, si tratan de comprar un ejemplar, el nombre que saldrá en la portada será el de Alexandre Dumas. ¿Qué otros personajes han regresado al mundo de las páginas, después de la muerte de sus creadores?
La escritora británica Sophie Hannah recibió el beneplácito de Agatha Christie Limited, controlado por James Prichard, el nieto de la Dama del Crimen, para escribir una nueva serie de novelas con el personaje de Hercule Poirot (Los crímenes del monograma, Ataúd cerrado, El misterio de las cuatro cartas y Los asesinatos de Kingfisher Hill). Hannah se mantuvo fiel al personaje, con todas las idiosincrasias propias del detective belga, pero dándole un corte más moderno a sus tramas.
El escritor español Carlos Zanón trajo de vuelta, quince años después de la muerte de Manuel Vásquez Montalbán, al icónico Pepe Carvalho en “Problemas de identidad”. La idea fue sugerida por el conocido librero Paco Camarasa (Q.E.P.D) y aceptada por los herederos de Montalbán, quienes le cedieron la ingente labor a Zanón. Su Carvalho es más amargado, una sombra física y moral del pasado, pero conservando sus características básicas, sin los pilares que le servían de apoyo en las aventuras previas.
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Ausente está Charo, su novia de toda la vida, y Biscúter no es el mismo de siempre. Su amor por la comida gourmet dista mucho del presentado en los libros anteriores y aunque conserva su afición por quemar libros, uno de los sacrificados es “Asesinato en el comité central” de Manuel Vásquez Montalbán (de los favoritos del autor). Es una apuesta más arriesgada que la jugada por Hannah con Poirot.
Cuando se toma la pluma y se escribe sobre un querido personaje, adorado por lectores de todo el mundo, pero creado por otra persona, ¿qué es mejor? Esta maniobra no es rara en la literatura negra, donde los lectores fieles parecen ser particularmente asiduos a seguir viendo a sus detectives como seres inmortales, destinados como Sísifo a resolver caso tras caso por toda la eternidad. Robert B. Parker terminó el inconcluso “Poodle Springs” treinta años después de que Chandler falleciera (solo escribió los primeros cuatro capítulos).
Los herederos de Chandler debieron estar satisfechos con el trabajo, ya que Parker escribió un libro adicional con el personaje de Marlowe. Una secuela a su reconocido “El sueño eterno”, titulado “Una oportunidad para soñar”. Curiosamente, fue el mismo Parker quien decidió no continuar con más libros, ya que, en sus propias palabras, no pasaría el “resto de sus días escribiendo los libros de otro”.
A pesar de esto, los herederos se negaron a dejar a Marlowe descansar en el retiro, así que eligieron un nuevo adalid y John Banville (alias Benjamín Black) retomó el trabajo con “La rubia de los ojos negros”, regresando al espíritu de un Marlowe más a lo Chandler, pero tomándose ciertas libertades que no fueron del agrado de sus lectores. En 1999, antes de fallecer, Mario Puzo sugirió que alguien debería seguir con la saga de “El padrino”, así que en el 2002 Random House abrió un concurso para elegir a su sucesor, siendo galardonado Mike Winegardner, un profesor de escritura creativa de Florida.
No es justo pedirle a un escritor que satisfaga los deseos de toda una horda de lectores, fascinados con un personaje, pero con todo gran poder viene una gran responsabilidad y aceptar el reto de darle vida al personaje creado por otro escritor, de meterse en la mente de su autor y mantener la esencia del mismo, sin romper ninguno de los principios que lo hacen ser quien es, pero ayudándolo a evolucionar en el tiempo, no es una tarea fácil.
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Por favor, recuerden esto si tienen la suerte de ser bendecidos con un contrato editorial para continuar el trabajo de alguno de los grandes del género (pasados, presentes o futuros). Alejandro Dumas hijo poseía dos dones: un gran olfato para encontrar buenas historias y una pluma genial para convertirlas en relatos que han pasado a la historia de la gran literatura mundial. Su novela, «El Conde de Montecristo», es un buen ejemplo.
La historia real fue publicada en 1838 en el tomo V de unas «Memorias históricas extraídas de los archivos de la Policía de París», cuyo autor fue Jacques Peuchet, archivista de la Policía. De no haber ocurrido de verdad habría sido increíble. Dumas la reconvirtió y la publicó en formato serial en el periódico de «Le Journal des Débats» entre 1844 y 1846, con gran éxito. Ese mismo año, de 1846, vio la luz como novela completa.
Fue el antecedente histórico directo más evidente de la estructura de muchas de las series -que habría que denominar seriales- que hoy vemos en las diferentes plataformas, como Netflix, Amazon, Apple, Disney o Movistar. La historia real de lo que después se transformó en «El Conde de Montecristo» comienza en Nimes, en el sur de Francia, en 1807, durante los carnavales. Tres amigos, Mathieu Loupian, tabernero de Nimes, viudo y con dos hijos, Solari, cliente habitual de la taberna de Loupian, y Chaubart, otro cliente del mismo establecimiento, decidieron, gastar «una broma» a un cuarto, llamado Pierre Picaud.
Este había invitado a los tres para celebrar su compromiso con Marguerite Vigoroux, una mujer rica a la que Loupian también pretendía, junto a un cuarto, Antoine Allut. Ya fuera por envidia o por simple diversión, con el afán de gastarle una broma pesada, lo denunciaron falsamente y le acusaron de ser un espía inglés que estaba conspirando contra Napoleón Bonaparte, quien en ese momento ostentaba el título de Emperador de los Franceses. Solari y Chaubart, por instigación de Loupian, sustanciaron la falsa denuncia contra Picaud con sus declaraciones. Dos testigos falsos de libro.
Antoine Allut, aunque no participó activamente en la conspiración que llevó al encarcelamiento de Picaud, estaba al tanto de la falsa acusación y no hizo nada para impedirla. Picaud fue detenido, juzgado y condenado a 7 años de prisión -sobre lo que no se le informó-, que cumplió en la fortaleza de Fenestrelle, en los Alpes franceses, ubicada en la actual región de Piamonte, Italia, entonces bajo control galo. El hombre, literalmente desapareció en una noche de la faz de la tierra. Ni su novia ni sus padres volvieron a saber de él. Los derechos humanos o civiles en aquel tiempo eran cosa del futuro. Así funcionaban las cosas.
En la novela de Dumas, la prisión de Fenestrelle se convirtió en el castillo de If, una cárcel situada en una pequeña isla en el archipiélago de Frioul, frente a la costa de Marsella, en el sur de Francia. A 3,5 kilómetros de esa ciudad. El abate Faria, personaje de la novela, se llamaba en la realidad un sacerdote milanés llamado Torri. Fue quien le legó al “conde de Montecristo” de la realidad una inmensa fortuna con la que llevó a cabo su venganza. En la cárcel, Picaud hizo amistad con el padre Torri, un viejo clérigo milanés de familia noble, que se encariñó tanto de él que antes de morir le legó una enorme fortuna.
Tras recibir la fortuna legada por el padre Torri, Picaud regresó a Nimes bajo una identidad falsa, adoptando el nombre de Joseph Luchar. Allí comenzó a planificar y ejecutar su venganza contra todos aquellos que lo habían traicionado y causado su encarcelamiento. Tenían que pagar lo que habían hecho, más allá del ojo por ojo. Alejandro Dumas eligió, para su historia, la más mundana ciudad de París. Para evitar ser reconocido, Picaud utilizó diversos disfraces e identidades, lo que le permitió infiltrarse en la vida de sus enemigos sin levantar sospechas.
Un recurso que Alejandro Dumas utilizó muy bien en su celebérrima novela. Quien sabe si Picaud se inspiró en Eugène-François Vidocq, un excriminal, que fue el creador de la Sûreté Nationale, la Policia Nacional Francesa. Vidocq fue un maestro del disfraz tanto en su carrera delictiva como en la policial. La venganza no sucedió en semanas o meses. Pierre Picaud la ejecutó a lo largo de una década, de una manera metódica y despiadada. «El conde de Montecristo» de la realidad descubrió que su prometida, Marguerite Vigoroux, había esperado su regreso durante dos años.
La venganza no sucedió en semanas o meses. Pierre Picaud la fue ejecutando a lo largo de una década, de una manera metódica y despiadada. Primero acabó con Mathieu Loupian, el hombre que le quitó a la que iba a ser su esposa. Sedujo y deshonró a la hija de Loupian, fruto de su primer matrimonio. Luego incendió su propiedad. Y después lo asesinó apuñalándolo, simbolizando así el culmen de su ajuste de cuentas con el hombre que inició su sufrimiento. El mismo destino siguieron los dos testigos falsos que hicieron triza su futuro: Solari y Chaubart.
De los dos se hizo amigo con identidades distintas. Al primero lo envenenó a través de sus bebidas, logrando que su muerte pareciera producto de una enfermedad natural. Con el segundo utilizó el mismo recurso, pero a través de los alimentos. El modo de morir fue, en ambos casos, agónico. Un ensañamiento de libro. Calculador y metódico, se aseguró de ser testigo directo de su deterioro desde las sombras, disfrutando de cada momento.
Aunque Picaud logró completar su venganza, su vida también tuvo un desenlace trágico. Temiendo por su vida, lo asesinó en 1826. De esa forma, el hombre que había dedicado años a planear y ejecutar su justicia poética personal murió como consecuencia de su obsesiva búsqueda de venganza, dejando un legado de soledad y tragedia. Una historia real que Alejandro Dumas hijo convirtió en una de las obras cumbre de la literatura mundial.
Con Scaramouche actuando en los teatros y Moreau aprendiendo a batirse en salas de armas y amaneceres brumosos, el cine de aventuras se despliega en toda su grandeza, avanzando con soltura y no poco humor entre rencores obsesivos, misteriosas genealogías y novelescos amores. La mejor película de George Sidney nos regala el mejor duelo a espada con el que se pueda soñar. Esperado pero imprevisto, brioso y colorista, acrobático, sin elipsis, teatral.
Dicen que Richard Burton se batía cada noche en su Hamlet de Broadway con una fogosidad y un denuedo que trascendían el dopaje galés a base de whisky. Pero Mel Ferrer y Stewart Granger, dos galanes tirando a petimetres, batiéndose por todo el Ambigú durante casi siete minutos y más de cien planos, no pueden superarse ni con Shakespeare. Ni siquiera la prodigiosa banda sonora de Víctor Young interviene en el duelo -nada como un director de musicales para saber cuándo está de más la música-.
De cómo y porqué la venganza no se consuma o la amistad entre dos bellezas es posible o Napoleón rubrica la farsa, no quiero apuntar nada aquí. La película tiene como eje principal la venganza, un tema que sería explotado hasta la saciedad en los spaghettis, al contarnos la historia de tres hermanos (Brad, Chris y Jeff) que de niños ven cómo unos forajidos asesinan a su padre. Esta película fue la segunda incursión en el género del director Joaquín Romero Marchent. En realidad, este tipo de producciones tenía como objetivo hacer filmes de fantasía para librarse de la censura.
Los hermanos Romero Marchent crearon en los años 60 un sistema de producción cinematográfica integral. Amantes de John Ford y del western, adiestraron caballos y entrenaron a especialistas, creando el decorado de un poblado en Hoyo de Manzanares (Madrid). “Por primera vez, el cine español tenía una infraestructura: los figurinistas de vestuario, los atrecistas o los iluminadores podían ahora dedicarse al cine a tiempo completo.
Un taxista anónimo llamado Diego condujo a los Romero Marchent al lugar que cambiaría la historia del western, los paisajes del desierto de Almería. Luego llegó Hollywood y Sergio Leone que con sus spaguetti western se quedó con todo: los decorados, los caballos, los trajes, los especialistas y hasta el productor, aprovechando una industria que los Romero Marchent tenían funcionando a toda máquina. Ángel Ortega, un hombre lobo en Madrid. Gordejuela es el maravilloso nombre que le da Martínez de Pisón al representante cinematográfico de Ángel.
Un curioso agente de igual serie B que sus representados. Este actor creó a finales de los 60 el concepto “Fantaterror” para referirse a las películas de cine fantástico y de terror producidas en España. Este tipo de películas se caracterizaba por contener elementos fantásticos, violentos, sangrientos, religiosos y eróticos. Con la relajación de la censura, en España comienzan a producirse películas que serían inconcebibles en los años más duros del franquismo.
La decadencia del régimen y de la salud del dictador permitió que en las pantallas asistiéramos a un cine con monstruos, desnudos y criminales: “El cine de terror, igual que el cine quinqui y las películas del destape, cogió carrerilla y llegó a popularizarse mucho más que hasta ese momento. Aún así, este cine no dejaba de ser, en general, de bajo presupuesto y más cercano a la serie B que a las grandes producciones de terror que conocemos hoy.” («El Fantaterror: la época dorada del cine de terror en España«, Clara Coira, Milana.
Uno de los temas favoritos de este cine de terror fue el del hombre lobo y Paul Naschy fue su principal creador y protagonista: “«Ex levantador de pesas y sincero enamorado del Fantástico, sobre cuya tumba habrá que colocar el lacónico epitafio “Hizo lo que pudo”. No pudo mucho, la verdad, pero hizo bastante».”. En el artículo «La marca del hombre lobo«. La leyenda de Paul Naschy, de Rubén Lardín, en El Centro Virtual Cervantes, os podéis deleitar con la carrera de este actor, ídolo y modelo para el protagonista de nuestra novela.
Paul Naschy es un ejemplo a seguir para Ángel. Su trabajo junto al célebre actor en La marca del hombre lobo y en Los monstruos del terror hace que tome conciencia de que para triunfar en el cine de la época había que ser algo más que un actor secundario: “En una industria como aquélla, un actor que aspirara a interpretar buenos papeles no podía quedarse esperando a que le llamaran. Tenía que escribirlos él mismo, hacérselos a medida.
Este paréntesis de felicidad familiar, en el que Ángel parece asentarse en la profesión como guionista y actor llega a su etapa culminante con su salto al cine de las estrellas en la película Las petroleras, una producción con Claudia Cardinale y Brigitte Bardot como protagonistas: “algunas jornadas de rodaje iban a desarrollarse en la provincia de Burgos, cerca de su pueblo. En su manera de ver las cosas había una buena dosis de providencialismo. La presencia de estas dos estrellas en un país casi autárquico fue el acontecimiento del año.
Finalmente un nuevo miembro llegaría a la familia: la primera hija, Cristina, pero ese oasis de paz y tranquilidad duró poco: “Fueron unas horas de felicidad completa. Ángel vuelve al hogar familiar donde su mujer y su hijo sólo se acuerdan de él gracias a los papeles que interpreta en las películas que van a ver al cine. “-¡Ahora se lían a tiros! -¡Qué listo es este chico!
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