El Significado de "La Virgen Lava Pañales y Los Tiende en el Romero"

25.10.2025

Navidad es sinónimo de muchas cosas: familia, regalos, comidas, esperanza… y por supuesto también de villancicos. En nuestro país, hay muchos villancicos conocidos y que se cantan año sí y año también por toda la familia. Hacia Belén va una burra, 25 de diciembre, Campana sobre campana o La marimorena, son algunos ejemplos de ello. No obstante, si hay que quedarse con uno, Los peces en el río ocupa el escalafón más alto.

Un cantar que destaca sobre todo por tres cosas: su animada melodía, su letra extravagante y que el peso de la narrativa de la melodía no cae sobre un protagonista del portal de Belén, sino sobre unos peces. Pero, ¿cuál es su origen?

Orígenes e Historia del Villancico

Según algunos historiadores, el canto surgió por el siglo XIII, llegando a España en los siglos XV y XVI, mientras que en Latinoamérica se empezó a difundir desde el siglo XVIII. Originalmente, eran canciones profanas, con un estribillo pegadizo y que se usaban como registro de los principales hechos que ocurrían en una comarca (amores y desamores, fallecimientos y demás noticias de interés del pueblo).

Posteriormente, la sencillez de sus letras llamó la atención de la Iglesia, que decidió apostar por este tipo de cantos como método para divulgar su mensaje evangelizador, sobre todo centrándose en el nacimiento del Niño Jesús -aunque la Iglesia ya disponía de composiciones musicales propias-. Su temática se concentra, además de en el Mesías, en la Virgen María, San José, los Reyes Magos, los pastores y la Estrella de Belén.

De esta manera, y con el paso de los años, el villancico se convirtió (un hecho que se fija en torno al siglo XIX), al igual que las luces y el típico abeto navideño, en un símbolo fundamental del mes de diciembre en general, y de la Navidad en particular.

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En primer lugar, hay que subrayar que su procedencia no está muy clara, aunque algunos estudios apuntan a que tiene una influencia árabe, tanto por su tonalidad, como en la estructura de la composición. Asimismo, tampoco se conoce a su autor, ni la antigüedad que tiene, pero hay fuentes que destacan que este villancico empezó a popularizarse y a empezar a pasar de generación en generación a partir de la primera mitad del siglo XX.

Por otra parte, a diferencia de lo que ocurre con otros villancicos, Los peces en el río es un cantar que apenas tiene notoriedad fuera de nuestras fronteras. De hecho, los pocos países que lo comparten, lo hacen de una forma secundaria. Sin embargo, si hay una versión de Los peces en el río que ha conseguido el reconocimiento unánime de todos, ese ha sido la interpretación única de Manolo Escobar.

Análisis de la Letra y su Significado

A simple escucha puede parecer el villancico más infantil y quizás con menos referencias religiosas, pero la realidad es otra. Según la escuela Enforex, este villancico es considerado atípico. Su principal peculiaridad sería que no se centra en el niño Jesús, sino en la Virgen María, algo que no es habitual. Por otro lado, la escena que narra es bastante tranquila, sin altercados ni movimiento de ángeles, campanas, pastores...

Se trata de una escena cotidiana: la Virgen María se peina y le cambia el pañal al niño Jesús. Asimismo, parece que es menos directo que otros villancicos, y estaría cargado de simbolismo.

Los peces, los protagonistas del villancico, serían los seguidores de Jesús. Para entenderlo hay que recordar que los apóstoles eran pescadores. El símil de beber es el de brindar por la llegada del niño Jesús.

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Por otro lado, la mención del romero haría referencia al renacimiento y la inmortalidad; los cabellos de oro son sinónimo de la sabiduría divina y el peine de plata simboliza la pureza.

De entre las hierbas del campo -nacidas, que no sembradas- descuella el romero por su importante carga simbólica, pues según la creencia popular fue en sus tallos donde la Virgen tendió la ropita del Niño. Por eso esta cuarteta ha corrido media España al son de panderetas y zambombas:

La Virgen lava pañales y los tiende en el romero; los pajaritos cantando y el romero floreciendo.

Que esta planta fue utilizada en conjuros para propiciar la bonanza de los comerciantes y la dicha en los hogares andaluces lo sabemos merced al siguiente texto granadino: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Sancto, romero sois nazido y no sembrado, dame de la virtud que Dios te ha dado, asi como eres romero entre en mi cassa la grazia de Dios, la Virgen Santissima las florezio, con los pañales que en ella tendio, a la gitana de Egipto de lepra sano y para Belen partio y assi como esto es verdad, entre en mi casa el bien y salga el mal.

El "Hatico": Un Ajuar para el Niño Jesús

Andalucía, Extremadura y La Mancha fueron tierras donde, al son-son de la zambomba, se han cantado un sinfín de romances, coplas y canciones narrativas durante el mes largo que antaño duraba la Navidad. En el pueblo ciudadrealeño de Miguelturra comenzaban esas reuniones al anochecer del día 8 de Diciembre, cuando la Iglesia celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción y las gentes de aquella localidad el que llamaban Día de las Hogueras, pues alrededor de ellas empezaban a entonarse los romances profanos y los villancicos inspirados en la infancia y vida de Cristo.

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Allí escuché por vez primera el cantar que llaman allí el hatico (1) y que hoy quiero participar a mis lectores, reflexionando un tanto en su lenguaje y en el sentido que encierra. Veamos el texto:

El vinticuatro del mes
va a nacer el Dios Divino
y como su Madre es pobre
no tiene para vestirlo.

Yo le haré el hatico
lo mejor que pueda,
que no esté desnudo
mi querida prenda.

La camisilla y la chambra
se la haré de holanda fina,
con puntillas y entredoses
y bordados de la China,
también el pañal
y el metedorcillo
se lo voy a hacer
de hilo finito.

El jugón y la mantilla
se lo haré de lana buena,
bordado en hilillo de oro
y estrellas de lentejuelas.

La faja le haré
de raso finito,
para le fajen
ese cuerpecito.

El gorrito, niño mío,
verás cómo te lo formo,
me da pena de taparte
ese pelito de oro;
te lo haré de tul,
todo muy calado,
para estarte viendo
el pelo rizado.

Ya tiene el hatico hecho,
muy limpio y muy aseado,
no como tú te mereces,
hermoso cielo estrellado,
que tú te mereces
vestirte de oro
porque en ti se encierran
todos mis tesoros.

Te suplico, madre mía,
que cuando nazca tu hijo,
que te ocupes de pedirle
por este pequeño hatico,
que nos dé salud
y para comer,
y luego nos lleve
(y) al cielo con él.

Con la misma melodía del ejemplo anterior recogí asímismo este fragmento -aunque en el lugar lo consideraban versión- en el pueblecito de Villahermosa (2), ubicado también en la provincia de Ciudad Real:

El vinticuatro del mes
va a nacer un Dios Divino
y como su madre es pobre
no tiene para vestirlo;
yo le haré el hatico
lo mejor que pueda,
que no pase frío
mi querida prenda.

El gorrito, niño mío,
te lo haré de mil calados,
me da lástima taparte
ese pelito rizado;
también el pañal
y el metedorcito
se lo he de hacer
de hilo finito.

Te suplico, madre mía,
que cuando nazca tu hijo
me tengas en la memoria
desde este pequeño hatico
y nos des salud,
y para comer,
y luego nos lleves
al cielo con él.

He incluido el argumento de nuestra composición entre los denominados por los investigadores como enumerativos, pues al igual que sucede con El vestido de la dama o con Las vestiduras sagradas (3), nuestro poema encuentra en la relación de prendas que van cubriendo el cuerpo según el sexo, la edad o la condición, el hilo con que va enhebrando su argumento central; son enumeraciones abiertas frente a las que presentan las denominadas canciones seriadas, que describen listas limitadas tales como los días de la semana, mandamientos, sacramentos o sentidos corporales.

El vocablo hatico es diminutivo de hato, voz que Covarrubias, en su Tesoro de 1611, comienza a definir como: “Se llama el vestido y ropa de cada uno” (4). El Diccionario de la Real Academia lo define, junto con otras ocho acepciones, como: “Ropa y otros objetos que alguien tiene para el uso preciso y ordinario”. Los diminutivos hatico y hatillo aparecen frecuentemente en nuestra literatura para designar con ellos el breve ajuar que se transporta en un pañolón o fardo y que solía constituir todo el patrimonio mueble de los más pobres.

Los villancicos tradicionales vieron siempre a la Sagrada Familia muy de tejas para abajo, pues en ella encontraban el trasunto de la mísera existencia que arrastraba la inmensa mayoría -y especialmente quienes cantaban este tipo de composiciones tradicionales-. Por ello miraban con tristeza y desazón la desnudez del redentorcillo nacido entre pajas y calentado sólo por el vaho del buey o la vaca, porque la mula se entretuvo más en devorar aquellas amarillentas mantillas vegetales, por lo que fue bien castigada con la esterilidad; pero eso es ya harina de otro costal.

De entre los autores del Tetramorfos, sólo San Lucas (II. 7) repara en el indumento que cubrió al Nazareno al tiempo de nacer: “…y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre…”; y entre los evangelios apócrifos encontramos muy someras referencias a los mismos pañales.

Y es que no fueron pocos los relicarios de nuestras iglesias que se jactaron de albergar en sus anaqueles algún pañal del Niño Jesús. Pues bien, en el Evangelio árabe de la Infancia (VII. 1 y VIII) se alude a uno de estos pañales-reliquia, que de verse reunidos habrían sido suficientes para empapar los orines de toda una guardería.

Simbolismo y Costumbres

Esta obsesión por cubrir la desnudez del Dios-Niño fue el motivo central en muchos de los villancicos anónimos, que desde la Baja Edad Media al Renacimiento resonaron en las bóvedas de catedrales, iglesias y conventos. Dichas composiciones se ambientan casi siempre en un idílico mundo pastoril, donde zagales y labriegos dialogan sobre el prodigio divino del Nacimiento y disputan entre sí sobre la calidad de las dádivas que ofrecen; muchas veces son prendas de esta canastilla -que ahora nos interesa- las que llevan como presente.

Poco a poco estas composiciones navideñas van tornándose más veraces y comienzan a enumerar con realismo las prendas que presumían los pequeñuelos de las clases menestralas (16) cuando las campanas repicaban gordo. Los niños de teta gastaban esta suerte de atuendo hasta que, frisando ya los dos años, comenzaban a campar solos, y entonces se les ponía un amplio manteo envolvente de vivos colores, que -ceñido a la cintura - les daba la peculiar figura acampanada que proporciona esa prenda. Luego algunos, por promesa de sus deudos, vestían de frailecillos hasta los cinco o seis años, y otros pasaban directamente al calzón rodillero -cuando lo había- y a la camisa, que sería hasta la muerte su segunda piel.

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