La Virgen María Amamantando a Jesús: Significado e Iconografía

01.11.2025

Quizá una de las imágenes más tiernas del imaginario cristiano sea la llamada Virgen de la Leche, en la cual se representa a María amamantando a su hijo Jesús todavía bebé. La estampa de la Virgen María amamantando a un Jesús niño es una imagen bien reconocible para prácticamente todo el mundo. La hemos visto en iglesias, museos, o incluso quizás alguno la haya podido admirar de cerca en la casa de su abuela. Normalmente llamada Virgo Lactans o Virgen de la leche, gozó de una gran popularidad durante el siglo XIV.

Pero esta escena no ha estado exenta de polémica en la historia de la Iglesia y, más aún, ha pasado a formar parte, como veremos, de escenas bastante bizarras.

Orígenes Iconográficos

Antes de analizar los preciosos lienzos sobre el tema que penden de las paredes de esta gran pinacoteca, veamos cuál fue el origen de esta iconografía, que, al igual que sucede con otras imágenes (como el Juicio Final) es una herencia de la cultura egipcia. Así nos tenemos que remontar a la tríada más famosa del país del Nilo: la formada por Osiris (el padre), Isis (la madre) y Horus (el hijo). Pues bien, allí tenemos ya ejemplos de Isis sentada dando de mamar a su hijo Horus en su regazo. Es la llamada Isis Lactans.

Pero este no es el único precedente: en la mitología griega tenemos también el ejemplo de Hera, quien amamantó a Heracles y con la leche que manó de su pecho se formó la Vía Láctea.

Dos de las imágenes más tempranas de la «Virgen de la Leche», «Virgen nutricia», «Virgen del Buen Reposo», «Virgen de Belén» o «Galactotrofusa» en el arte bizantino, las encontramos en las catacumbas de Priscila en Roma (s. II d.C.). En ambas, María aparece sentada y se acerca al Niño a su pecho. Sin embargo, hay autores que rechazan que una de las figuras muestre verdaderamente a la Virgen, pues no hay ningún atributo que la identifique como tal, a excepción de su vinculación con otras escenas paleocristianas que se encuentran también en la misma catacumba.

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En cualquier caso, donde sí tenemos evidencias inequívocas de la Virgen de la Leche es en la zona oriental del Imperio. Tendrá una amplia difusión por todo Bizancio a partir de los siglos VI y VII d.C., siendo un tema bien conocido y extendido por toda la zona de Europa y los Balcanes y que hoy en día, como se comentaba al principio de este artículo, podemos seguir observando de cerca.

Todas las culturas de la Antigüedad hacen referencia de una forma u otra a diosas madres. Tenemos a Ishtar o Inanna, que amamantan al dios Tammuz (Mesopotamia), a Afrodita con su hijo Eros (Grecia), o a Isis con Horus o Harpócrates, dependiendo de la época en la que nos encontremos (Egipto). Isis es una de las diosas más importantes del panteón egipcio. Entre sus principales funciones encontramos la de diosa de la magia, esposa de Osiris y diosa madre del niño Horus, el heredero de Osiris.

Esta deidad será venerada como Madre de Dios (Mout Netjer en egipcio) desde el II milenio a.C., pero no será hasta el VII a.C. cuando tendremos ejemplos iconográficos de lo que se denomina la Isis Lactans.

Con el nombramiento de Alejandro Magno como faraón de Egipto en el 332 a.C. en Menfis, este territorio pasará a formar parte del mundo helenístico. Sin embargo, en lugar de imponer las costumbres propias del territorio alejandrino, se respetará la tradición egipcia, y por tanto, los cultos a divinidades como Isis. Además, se abrirán nuevas vías de comunicación y comercio con el resto del Mediterráneo, lo que hará que la religión egipcia llegue a un vasto territorio, incluyendo Roma.

En cuanto al cómo y por qué se decide acoger esta imagen en el cristianismo, podemos señalar dos posiciones principales:

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  • En la primera, las asimilaciones se darían por causa de un conflicto entre la creciente religión cristiana y la religión pagana. La victoria final del cristianismo habría supuesto que quisieran utilizar las imágenes y tradiciones de los cultos heréticos como símbolo de su triunfo, adaptándolos a sus propias creencias.
  • La otra perspectiva que se contempla, por el contrario, sugiere que esta relación no habría sido producto de ninguna imposición forzada. En medio de un momento de interacción y adaptación, se habría dado un cambio cultural que habría beneficiado al cristianismo, absorbiendo al resto de cultos, los cuales habrían buscado la forma de integrarse en el nuevo panorama religioso.

Su paso al imaginario al cristianismo fue temprano, a través del mundo copto. Y esto es así porque el patriarca Cirilo de Alejandría defendió la divinidad de María y una imagen suya amamantando al Creador reafirmaba su importancia.

Sin embargo, caeríamos en un error si defendiéramos la idea de que la Virgen María es producto de la evolución de la diosa Isis como tal. Son dos entidades independientes, cuya relación se basa en el préstamo iconográfico, y no en una asimilación o adopción de los atributos divinos de Isis. No debemos olvidar que María en ningún momento ha sido considerada como diosa en el dogma cristiano.

Cuatro años antes de esta asamblea, un presbítero llamado Anastasio predicó que María no merecía ser llamada madre de Dios, puesto que era una simple mujer y no podía haber dado luz a una divinidad. Nestorio, uno de los protagonistas del Concilio, defendió esta afirmación frente a la postura de Cirilio de Alejandría, quien apoyaba en cambio la idea de María como Madre de Dios. Finalmente será este quien consiga la victoria, llevando la Virgen desde entonces el apelativo de Theotokos (lit. La que dio a luz a uno que era Dios). No obstante, esto no implicaba que su persona en sí fuera considerada como diosa.

Desarrollo en el Cristianismo

Su imagen cobrará importancia en el catolicismo ya en el románico y en el gótico, donde la representación de la Virgen de la Leche adquiere un papel central en la iconografía cristiana.

Durante el románico, su imagen reflejaba una espiritualidad más austera, con la Virgen como un símbolo de la Iglesia madre y nutricia, que ofrece no solo alimento físico, sino también espiritual a través de Cristo. Con el paso al gótico, esta representación ganó en humanidad y emotividad, mostrando a una Virgen más cercana y maternal, con gestos más tiernos y expresivos. Estas representaciones no solo buscaban inspirar devoción, sino también reforzar la humanización de lo divino, un concepto clave en la teología medieval.

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El primer ejemplo y de gran valor es la llamada Virgen de Tobed, datada en el siglo XIV. Se trata de una singular imagen en la que el Niño Jesús agarra el pecho de su madre para amamantarse. Lo peculiar de esta tabla es que en ella figuran también los donantes Enrique II de Castilla, su mujer, Juana Manuel, y dos de sus hijos, por lo cual tiene también importancia como documento histórico. Es obra de Jaume Serra, un pintor del ámbito catalán, sin duda el territorio donde contamos con obras de mayor calidad en el estilo gótico.

Otros ejemplos reseñables algo posteriores a este son una pieza del maestro de don Álvaro de Luna y otra de Jan Provost, realizadas a finales del siglo XV y comienzos del XVI. Frente a la rudeza de la tabla gótica, estos dos ejemplos, en los comienzos del Renacimiento, presentan mucha más delicadeza en el tema.

Si nos damos cuenta, estamos tocando un tema que pese a ser un gesto de amor maternal, fue pronto visto por los estamentos eclesiales como algo indecoroso. Parece que el hecho de que la Virgen mostrase un pecho iba contra las reglas del puritanismo católico. Así, en el Concilio de Trento, en donde la Contrarreforma quiso dar una respuesta contundente a los protestantes, el tema de la Virgen de la Leche fue vedado y se tachó de indecoroso.

Muestra de las influencias tridentinas tenemos en el Prado una obra de primer nivel: La Virgen de la Leche de Luis de Morales, datado en esta ocasión en 1565. Aquí el tema de la lactancia está tratado con muchísimo celo: la Virgen no tiene el pecho descubierto sino que lo cubre una tela y unas gasas. Mientras, el Niño Jesús, alarga su manita y la introduce por una ranura en los tejidos de su madre para tomar su alimento.

La Leche de la Virgen y los Santos

Pero aquí no acaba la historia del amamantamiento de la Virgen. Y es que la leche de María no solo fue alimento para Jesús, sino que hay varios pasajes de la historia de la Iglesia católica que nos narran una serie de episodios de lo más bizarro: la Virgen lanzando leche de su pecho para amamantar a algunos santos, supuestamente para reconfortarlos con su alimento maternal. Los santos afortunados con este don fueron san Bernardo, san Agustín, santo Domingo y san Cayetano.

De esta extraña alimentación tenemos ejemplos también en el Museo del Prado. El más antiguo es La Virgen de la Leche con el Niño entre san Bernardo de Claraval y san Benito de 1410-15, en el que aparece la Virgen con el nicho en su regazo y los santos uno a cada lado. La Virgen y el niño, a la vez, presionan el pecho materno para que fluya el líquido lactante que cae por los aires hasta llegar hasta la boca de san Bernardo de Claraval, fundador de la orden del Císter.

De este tema, ya en el siglo XVII, contamos con uno de los lienzos más famosos de esta temática: San Bernardo y la Virgen de Alonso Cano.

El último ejemplo que vamos a citar es el de Murillo, titulado San Agustín entre Cristo y la Virgen, fechado en 1664. Aquí san Agustín se encuentra en medio de la escena, y a su diestra aparece Cristo en la cruz y a su siniestra la Virgen María.

Pero si nos fijamos, el tema de la lactancia de los santos perdura tras el Concilio de Trento. ¿Acaso los próceres eclesiásticos que se reunieron para la Contrarreforma toleraron que la Virgen amamantase a los santos pero no a su propio hijo?

Pero aquí no acaba la cosa. Hay otra historia en que la leche de la Virgen cumple otra función divina: ayudar al tránsito de los pecadores al Cielo. Así lo podemos ver en el lienzo titulado La Virgen y las ánimas del Purgatorio de Pedro Machuca de 1517, en la que la Virgen enseña los dos pechos y los aprieta (el Niño Jesús también ayuda con el pecho izquierdo) y así fluyen dos hilos lactantes que van a parar a las almas que sufren en el Purgatorio.

La Virgen de la Leche en América

La imagen de la Virgen de la Leche llegó a América con los conquistadores y misioneros españoles durante la colonización. A través del sincretismo religioso, la advocación fue adaptada en diferentes regiones, donde adquirió rasgos locales, fusionando la iconografía cristiana con elementos indígenas.

En América, destacan las representaciones de la Virgen de la Leche en lugares como la Iglesia de San Francisco en Quito (Ecuador), donde su imagen está relacionada con el arte barroco quiteño, y en Chiquinquirá (Colombia), donde la Virgen es venerada como protectora de la región.

En este caso, madre e hijo están vestidos al estilo gótico. Jesús sujeta un libro abierto que señala con la mano izquierda. María, con la derecha, recoge el pecho y se lo ofrece. En la corona de María, de cobre con piedras pulidas colocadas en cloissonné, destaca un nuevo detalle: a través de los cristales, en la piedra central y en las dos laterales, se pueden apreciar motivos florales.

Desde luego, el tema de la Virgen lactante ha dado mucho que hablar en la historia del cristianismo, como hemos visto.

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