La Quinta del Biberón: Tragedia y Juventud Perdida en la Guerra Civil Española
En abril de 1938, la Segunda República atravesaba uno de sus momentos más críticos de la Guerra Civil Española. Acorralado por las derrotas en el frente, el gobierno de Juan Negrín tomó una decisión desesperada: movilizar a miles de adolescentes para cubrir las enormes bajas y reforzar un ejército exhausto en retirada.
Así, con reclutamientos forzosos, cerca de 30.000 menores fueron arrancados de sus hogares y lanzados a la guerra, entre ellos muchos jiennenses. Les llamaron "La Quinta del Biberón", un nombre que nació de un grito de indignación. En Jaén, se les conocía también como "La Quinta del Chupete", una ironía macabra que escondía una tragedia: niños de 13, 16 o 17 años, con uniformes a los que les colgaban fusiles que apenas podían levantar, jóvenes que no sabían nada de la vida y que fueron enviados a morir en las batallas más cruentas de la contienda.
El historiador José María García Márquez documentó en su obra "Andaluces muertos y desaparecidos en el Ejército Republicano" que al menos 283 menores andaluces de menos de 16 años cayeron en combate. Algunos tenían incluso 13 años. Una fotografía en blanco y negro, tomada frente a las rejas de la Catedral de Jaén, captura el horror de esos rostros infantiles, pasos vacilantes, miradas perdidas. Muchos de aquellos niños (cuyos nombres hoy yacen en fosas o registros olvidados), serían los últimos defensores de la República.
No hubo tiempo para instrucción. "No sabíamos pelear. Pero incluso para los que sobrevivieron, la paz fue otra condena. Muchos acabaron exiliados a Francia, y allí traicionados por su gobierno, fueron internados en los campos de concentración franceses de Argelès o Saint-Cyprien, hacinados entre alambradas. Otros fueron enviados a batallones de trabajos forzosos en el Sáhara o prisiones franquistas... La guerra les robó la juventud; la posguerra, el futuro.
La Batalla del Ebro: Un Infierno para la Quinta del Biberón
La Batalla del Ebro fue la más larga de la Guerra Civil: 115 días de bombas, disparos, hambre y terror. Más de 15.000 hombres murieron en la última gran ofensiva del Gobierno republicano, que veía cómo la victoria se le escapaba. En aquella batalla, la república reclutó a miles de hombres que se habían considerado demasiado jóvenes para luchar, la denominada 'Quinta del biberón'.
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Jaume es uno de los últimos supervivientes de 'la quinta del biberón'. Su testimonio es oro para la historia: con más de 100 años, puede contar en primera persona cómo fue la Batalla del Ebro, una de las más sangrientas de la Guerra Civil. Su primera noche, evidenció que eran aún unos niños: "El primer día que nos llevaron allí había paja para dormir por la noche pero no dormimos. Todo el mundo jugando con la paja... No teníamos idea de lo que era una guerra", ha aseverado.
En julio de 1938, el canario Juan Negrín, presidente del ejecutivo de la II República, se vio obligado a tratar de retomar la iniciativa en la guerra para intentar frenar la ofensiva en Cataluña de las tropas franquistas. Tenían que devolver la fe a los soldados y restaurar la moral. Para ello, reunieron a tropas con experiencia, veteranos y algunos voluntarios como milicias internacionales, pero también recurrieron a nuevos reclutas. A algunos de ellos, los más jóvenes e inexpertos, se les conocería como la Quinta del Biberón.
Muchos de estos chicos no llegaban a los 18 años y, de repente, tuvieron que abandonar el calor de su hogar para enfrentarse a la dura Guerra Civil. Miquel Morera era un superviviente que con 104 años contaba su experiencia en la Quinta: «En mi compañía tenía ciento treinta y cuatro críos de diecisiete y dieciocho años que hace un mes aún estaban en sus casas: catalanes, valencianos, murcianos... Se les ordenó presentarse con cuchara, plato, manta y calzado. Algunas madres los acompañaban de la mano hasta la puerta misma del cuartel con bocadillos envueltos en papel de periódico». En aquel momento, Miquel tenía tan solo 16 años. Su padre, maestro armero, se encontraba sirviendo en Teruel cuando le propuso que se uniera a él en la lucha. Según cuenta, los 16 años de antes no eran los de ahora. Ya con 14 años había tenido que ponerse a trabajar y a aprender un oficio. Sin embargo, el caso de Miquel, que luchó con convencimiento y creía en una causa, no fue igual al de otros muchos jóvenes que se enfrentaron por obligación a la crudeza de la guerra.
Jaume Calbet, otro superviviente de la Quinta, también relató su experiencia. Él tenía 17 años y recuerda que no era consciente de a qué se enfrentaría. Plasma muy bien la esencia de la Quinta al contar que cuando fueron llevados al parque Samá de Reus no durmieron porque se pasaron la noche tirándose paja unos a los otros mientras jugaban. Aquella noche ninguno imaginaba lo que se sentiría al matar a otro hombre.
Calbet contó: «Estuve en el Frente de La Fatarella, La Serra de Cavalls, aguanté, el primer día de la séptima ofensiva de los nacionales, desde primera hora de la mañana hasta que oscureció, la artillería por un lado y a la aviación por el otro, hasta que se hizo de noche. No puedo olvidar que a mí un obús me sepultó medio cuerpo en tierra y piedras. En esa batalla perdí a dos compañeros. A mi amigo Fornós, por un trozo de metralla que le impactó en la cabeza, y al otro, porque un obús le destrozó toda una pierna. Insisto. Cuando vas a algo así, no piensas en nada. Ni que puedes matar ni que te pueden matar o herir».
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Algunos de estos jóvenes ni siquiera habían probado el alcohol, algunos lo hicieron antes de la batalla para elevar el ánimo. Además, no iban preparados, tuvieron que luchar en alpargatas y sin uniforme. Según Jaume Calbet: «Yo solo tenía 17 años. De lo que realmente tenía ganas era de jugar, de hacer bromas con los amigos, de reírme de todo... Pero me lo quitaron. Me robaron la juventud».
Después de sufrir los padecimientos y las penurias de la guerra, los supervivientes tuvieron que volver a casa para ser arrestados junto a sus familiares. Morera, por ejemplo, estuvo en una prisión y luego fue trasladado a un campo de concentración.
El Contexto Político y Militar
En febrero de 1938, las tropas sublevadas habían ocupado Teruel, y Franco preparó entonces una ofensiva en un amplio frente en Aragón con quince divisiones de infantería, además del Corpo di Truppe Volontarie (CTV) italiano. En poco más de un mes, los sublevados llevaron a cabo el más espectacular de sus avances, llegando, incluso, a amenazar València y Barcelona. El avance franquista resultó casi un paseo militar. El día 10 se reconquistó Belchite, ocupado en agosto anterior por la República. Por primera vez en la guerra, se emplearon los carros de combate de forma concentrada y como punta de lanza, de acuerdo con las teorías de la Blitzkrieg, o guerra relámpago.
El 15 de abril de 1938, las brigadas navarras al mando del general García Valiño llegaron al Mediterráneo en Vinaròs, chapotearon en el mar y saludaron mano en alto, triunfalmente, ante las cámaras de los noticiarios. Hacia el día 19, los sublevados controlaban ya 60 kilómetros de la orilla mediterránea. La responsabilidad del desastre se atribuyó al ministro de Defensa Nacional Indalecio Prieto, que se vio obligado a dimitir.
Franco tomó una decisión importante, a nivel político y militar en la primavera de 1938. Ante la crisis motivada por las exigencias territoriales de Alemania, Franco necesitaba andarse con pies de plomo para no provocar un masivo apoyo francés a la República. Afortunadamente para los gubernamentales, Franco optó por esa segunda alternativa, es decir, por abrirse paso hacia València, avanzando con el propósito de llegar hasta Sagunt.
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En respuesta al fulgurante avance franquista, el nuevo gobierno de la República llamó a filas a cinco clases más de reemplazos. Al principio de la guerra, las fuerzas gubernamentales habían consistido en milicias voluntarias, más tarde militarizadas e incorporadas al Ejército Popular. Veintiún años era la edad a la que se llamaba al servicio militar, pero, a mediados de 1937, ambos bandos habían incorporado a filas a mozos más jóvenes. En total, durante la Guerra Civil, la República emplazó hasta veintisiete clases de reserva y de quintas. En febrero de 1938, se habían citado ya las clases de 1929 y de 1940, es decir, a hombres de treinta años y a muchachos de dieciocho.
El historiador Pedro Corral, en su libro Desertores, cita, por ejemplo, a Juan Boix, nacido en enero de 1920 y perteneciente a la quinta del Biberón. Huérfano de padre y jornalero del campo, mantenía a su madre y a sus dos hermanas. Preocupado por la suerte de su familia, con un grupo de otros chavales de su edad intentó huir a Francia para escapar de la leva.
Consecuencias y Memoria
El Ejército Popular de la República en Aragón acabó desbandando (en abril del 1938), que es lo peor que le puede ocurrir a una tropa regular porque significa que los soldados, presos del pánico, corren con el objetivo de regresar a sus casas. Para cubrir las numerosas bajas, se ordenó la realización de nuevas quintas el 13 de abril, entre ellas la quinta del 1941, que sería formada por los que deberían ir a servir en el año 1941 cuando tuvieran 21 años, pero las necesidades de la guerra les obligó a hacerla cuando tenían 17 o 18. A Federica Montseny se atribuye la frase que eran tan jóvenes que aún tomaban el biberón.
La tragedia de la batalla queda bien representada por los soldados que han pasado a la historia como «La Quinta del Biberón». El Gobierno de Negrín, en la esperanza de que el estallido de la II Guerra Mundial salvase a su república, no tuvo ningún remordimiento en llamar a fila a viejos y a niños. La Quinta del Biberón, las levas de 1938 y 1939, arrastró al combate a 30.000 menores de edad, algunos con poco más de 14 años, que fueron enviados luchar y morir por la República en el último año de la guerra. Al verlos uniformados dicen que Federica Montseny afirmó: «¿Diecisiete años? Pero si todavía deben tomar el biberón». Muchos, muchísimos de ellos, cayeron en la batalla del Ebro.
Parece que la situación se repite, la lectura de esta obra coincide con un gran acontecimiento que cambiará la historia de este país. En aquellos momentos, la situación era diversa y peor que la actual, ahora hay que estar confinados mientras que en la guerra la orden era la de salir de casa y estar dispuesto para luchar en el frente. Durante años se enviaron a niños y adolescentes, los de la Quinta del biberón, que no tenían formación ni instrucción militar y que sufrieron todo tipo de penurias, fueron masacrados por los cañones de los enemigos.
En el bando opuesto, la cosa no era mucho mejor ya que los de la Quinta de los pelargones y los requetés también fueron enviados al frente con las mismas penurias pero bajo la dirección de Franco quien quería aniquilar a toda costa al ejército de la república, un ejército que estaba en connivencia con la URSS y que ofrecía ayuda, a cambio del correspondiente pago en oro.
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