La Psicología Detrás del Insulto "Hijo de Puta"
El insulto "hijo de puta" es probablemente el peor que podemos dirigir a otra persona. Se utiliza para liberar la rabia que sentimos hacia una pareja infiel o hacia un jefe que nos hace la vida imposible en el trabajo.
Marcelino Cereijido, naturalizado mexicano en 1993, se graduó como médico y doctor en Fisiología en la Universidad de Buenos Aires. Obtuvo un posdoctorado en Biofísica en la Universidad de Harvard. Ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires, del departamento de Biología Celular de la Universidad de Nueva York; y en el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) del Instituto Politécnico Nacional donde es investigador emérito y de excelencia; es también investigador nacional emérito del SNI. Fue jefe de Fisiología Celular y Molecular del Cinvestav.
En su ensayo Hacia una teoría general sobre los Hijos de Puta (Tusquets, 2014), Marcelino Cereijido señala que el insulto "hijo de puta" es utilizado, o tiene su equivalente, en los 30 idiomas que ha consultado el autor. El autor destaca que en algunos países está castigado si se demuestra que así se ha calificado a alguien porque se considera un atributo muy injurioso y por eso, en algunos casos, se ha sustituido por "hijo de perra" o en Argentina por «pucha».
Cereijido, profesor de Fisiología en las Universidades de Múnich y Nueva York, realizó un estudio posdoctoral en la Universidad de Harvard y tiene una gran cantidad de artículos y libros (La madre de todos los desastres, o La muerte y sus ventajas).
Su tesis es un repaso a la condición humana y su relación con su evolución biológica, recorriendo las interpretaciones sociológicas o éticas sobre el insulto. Parte de una definición clara: «Un hijo de puta es aquel que causa mal a sabiendas». Su ensayo replantea una de las dudas existenciales más antiguas de la humanidad: ¿por qué existe el mal?
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Comportamiento Abusivo y Falta de Empatía
Quien tiene un comportamiento abusivo con otra persona es porque es mala persona y tiene distorsionada (si no completamente perdida) su capacidad de empatía. Hacer sufrir a otro de este modo es de ser muy hijo de puta. Y estos hijos de puta no tienen remedio.
En todos los idiomas la respuesta es Si, Yes, Oui (se pronuncia “wi”), “Ja” (suena como “yah”), en alemán, holandés, afrikáans, sueco y noruego, en danés y feroés también es “Ja” (pero se pronuncia como “yeah”), en portugués y criollo de Cabo-Verde se dice “Sim” (suena como “sing”), en hebreo (yiddish) se dice “Ken”, en irlandés, se dice “Sea” (se pronuncia “shah”), en esperanto se dice “Jes” (suena como “yes”) En japonés se dice “Hai” (se pronuncia igual que como se escribe), en hindi y urdu se dice “Haa’n” o “Gee”. En Tagalo se dice “Oo” (suena como “AWE-awe”). En mandarín se dice “?[Shi]” (suena como “Shr”). En persa se dice “Baleh” o “Areh”. En árabe se dice “Na’am”. En islandés, di “Já” (se pronuncia “yow”). En eslovaco, “Áno”. En húngaro se dice “Igen”. En ruso, di ?? “Da”. En serbio, croata, búlgaro y romano Da. En turco, di “Evet” (suena como “ae-wet”). En griego, di “Nai” (se pronuncia “nae”).
No son enfermos ni lo están. Están parasitados por el rencor, la maldad, la mediocridad, el miedo, la inseguridad, la puta envidia y por un megacomplejo de inferioridad. No soportan el éxito, el talento y a la gente buena. Son psicópatas organizacionales que gozan, con el erotismo y la sexualidad sana, sino con el onanismo preadolescente. Al no copular como toca y donde deben están permanentemente insatisfechos.
Son ombligopatas perversos, que todavía no saben que con el ombligo ni se reproduce uno ni se folla. Están castrados mentalmente y disfrutan en su cacería sádica y perversa. Por donde pasan dejan rastro. A más poder e incompetencia más mala baba. Aniquilan psicológicamente hoy a uno, luego a otro etc.
¿Dónde se cobijan? Actualmente hay muchos en las administraciones públicas, en cargos políticos nombrados a dedo, en ayuntamientos y en empresas privadas donde practican el lifting y los eres con la anuencia de gerentes y directores generales.
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Un factor de riesgo es ser funcionario y tener que adaptarte a los políticos de diferente ideología (vienen y van cada cuatro años). Dividen al mundo de forma infantil y maniquea: los míos son muy buenos y los que no comparten mis creencias son muy malos.
El ramalazo paranoide les sale por las orejas. Suelen ser sectarios y practican el amiguismo y nepotismo omnipotente y narcisista. Nunca saldrán de su mediocridad malévola. No hay mobbing si hay personas con valores éticos, que no se comportan como cómplices. El grupo es muy poderoso. Si hay una dinámica sana el hijodeputa acosador no se sale con la suya.
La mejor prueba de un mobbing son los testigos. Siempre hay que dar la cara por un compañero víctima de acoso laboral. No hay mejor ocasión para practicar la empatía solidaria que apoyar y dar testimonio. La mejor defensa es reconocerlo cuanto antes y hacerlo visible. Compartirlo. Denunciarlo a Salud Laboral, Inspección de Trabajo al Comité de Empresa. Hay que afiliarse a un sindicato para que intervenga. Hay que pedir ayuda al médico de atención primaria, al psicólogo e incluso psiquiatra. Hay que asesorarse jurídicamente. Muchas veces es necesario la baja laboral. Tolerancia cero ante estos hijos de la gran ramera que son depredadores cobardes y malévolos.
No decidan ser cómplices que tragan. Ejerzan su autoestima personal y colectiva. No se olviden que cuando acaban con uno luego les puede tocar a ustedes. No permitan que intoxiquen emocionalmente el contexto donde trabajan y la sociedad en la que vivimos. Alguien no asume responsabilidades cuando se protege al acosador. Alguien se pasa la ética y los valores por donde todos sabemos.
Violencia Filioparental: Agresión de Adolescentes a Padres
Joaquim Puntí (Barcelona, 1972) es psicólogo clínico en el Hospital del Parc Taulí, de Sabadell, donde desde el 2002 atiende a la población adolescente del extenso Vallés Occidental que muestra problemas psíquicos o de conducta, entre los que ahora predominan las autolesiones y la violencia contra el padre o la madre.
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El fenómeno es común al resto de hospitales catalanes. Los adolescentes que llegan al hospital tras agredir a sus padres presentan violencia filioparental. Con frecuencia, los trae el Servei d’Emergències Mèdiques (SEM), al que los padres han recurrido porque su hijo está muy agitado y están desbordados, ven que la situación no se calma y existe riesgo para ellos mismos porque, por ejemplo, el chico ha cogido un cuchillo de la cocina y los está intimidando.
Técnicamente, no son enfermos. La psicología moderna los clasifica como personas con trastornos de conducta, un diagnóstico que viene a decir que su forma de responder cuando se les plantea un límite, o no aceptan algo, es la agresión.
En este hospital, y en los del resto de Catalunya, empezamos a tener noticia de esto hace cuatro o cinco años, y no ha dejado de aumentar. Si existía antes, permanecía en la clandestinidad. Antes de definir la situación de estos adolescentes, descartamos que no sufren ninguna patología mental clásica.
La agresión siempre es contra quien intenta ejercer la autoridad y marca unos límites. El padre, o la madre. Lo que nos encontramos cada vez más es que esto pasa en familias monoparentales, en las que la autoridad es la madre. Básicamente, porque esos chicos perciben a las mujeres como más vulnerables. Se está extendiendo al padre. Sobre todo, avanza la sensación de impunidad de los agresores ante sus actos.
Pueden ser agresiones verbales, desde el insulto hasta el desprecio o la amenaza. Físicas, con empujones, golpes, bofetadas, puñetazos, patadas, o sujetando a la madre del brazo de forma forzada. Intimidatorias, con un cuchillo. O destrozan objetos de la casa. O todas a la vez. Siempre contra los padres.
Podríamos decir que estamos atravesando una época en la que el concepto de la autoridad ha entrado en crisis entre los adolescentes. No la toleran, tienen una gran dificultad para aceptar las normas y se rebelan por motivos que pueden parecer insignificantes. Muchos adolescentes piensan que la autoridad únicamente la tiene la policía. Esa es su figura de autoridad. O ni eso. Su única autoridad son ellos. Y a esto añaden su necesidad de tenerlo todo de inmediato. Ahora. Y sin esfuerzo.
Algo tan sencillo como que el padre, o la madre, le diga a su hijo, de 14 años, que a las 12 de la noche le tendrá que dar el móvil porque se ha de ir a dormir. Eso puede ser un motivo suficiente para una respuesta violenta y desafiante ante la persona que, casi siempre, los ha criado.
En primer lugar, con incredulidad. Y con un gran sentimiento de culpa, la mayoría. Su reacción inicial es pensar ‘¿Qué estoy haciendo mal para que mi hijo actúe así?’. Para el padre supone una situación muy desagradable, porque si fuera una persona de la calle la que le estuviera agrediendo llamaría a los Mossos y pondría una denuncia. Pero hacer eso con tu hijo es muy complicado.
Habitualmente, intentan resolver el problema en la familia. Muchas veces, estas situaciones violentas no trascienden porque el padre o la madre, ceden. Y su hijo pasa a tener la autoridad. Pero una conducta lleva a otra peor. En ocasiones, con ese sentimiento de culpa surge la idea de que algo psíquico le puede estar ocurriendo a su hijo. Y entonces nos consultan.
Los padres tienen dificultad para hacerlo, y no lo hacen. Su tendencia es tapar la cosa para proteger al menor. Excepto cuando una madre va al médico con el cuerpo lleno de cardenales provocados por su hijo y el médico informa en un parte de lesiones. En cualquier caso, no obstante, son los padres los que tienen la responsabilidad sobre su hijo.
Desde el hospital trazamos un trabajo en red, en el que intentamos dar el poder a los padres para que afronten una respuesta. Y trabajamos con los chicos, que habitualmente no están colaboradores. A veces, los derivamos a asociaciones especializadas, como la Raíces, del Vallés.
A veces. No con un interés punitivo sino como método para enviar al adolescente el mensaje de que la sociedad no permite esas conductas. Eso activa reacciones que nos ayudan.
A la primera, han de tomar medidas. El día que un chico llama ‘hijo de puta’ a su padre y le anuncia que sobre él no manda, ahí, ha de haber una parada. Una respuesta. Ha de actuar. En la realidad, lo habitual es que esos padres queden desbordados a medida que su hijo muestra una conducta desafiante y marcar territorio.
Sin duda. La salida está en reforzar y apoyar a la familia. Creo que los adolescentes viven en un malentendido. Han acabado asumiendo como natural que en la vida todo ha de venir de cara, que todo sucederá ahora y cuando yo quiero, y que mis necesidades pasan por encima de las de los demás. Se ha producido un cambio de modelo social.
En términos rigurosos, la responsabilidad sobre la educación de un hijo la tiene la familia. Los padres han de asumir eso. Pero cuando entre los adultos nos preguntamos ¿quién tiene la autoridad?, no encontramos una respuesta clara. Algunos padres nos dicen que la autoridad la tiene la escuela, aunque después desautorizan a los maestros.
No. Hace 25 años, las familias tenían claro que en la escuela se aprendían habilidades instrumentales y conocimientos para ganarse la vida, pero, a ser persona, se entendía que quien te enseñaba era la familia. Se estructuraban alrededor de la autoridad que sostenía la figura del adulto. Ahora los padres están en casa menos de lo que querrían, eso les genera sentimiento de culpa y tienden a hacer concesiones.
Educar no es fácil, pero hace 50 años los padres lo hacían y estaban menos preparados que los de ahora. Se apoyaban en un sentido común muy básico: ‘las normas son las que son, y algunas las marco yo. Te gustarán más o menos, pero son las que hay’.
Hacia los 10, 12, 14 años. Las agresiones más graves se producen cuando se acercan a los 18, pero si entendemos como agresión los insultos, esto empieza hacia los 9 años.
Más chicos, pero a medida que crecen se incorporan las chicas. El tipo de violencia empleado por unos y otros es distinto.
Ellos emplean métodos físicos. Violencia física. Empujones. Puñetazos. Coartar con un cuchillo de la cocina. Ellas recurren a una agresión más relacional. El maltrato es psicológico. Es más de machacar sistemáticamente. Menospreciar. Haga lo que haga la madre, se la desprecia. ‘Vaya mierda de comida has hecho’. Sistemáticamente. Busca el caos psicológico.
Sus valores no son el esfuerzo y la perseverancia, sino la inmediatez. Una minoría de ellos reconoce que pierde el control. Otros son claramente heteroculpabilizadores: culpan a la madre de lo sucedido. Y lo dicen. 'Si mi madre me da lo que pido, no habrá problema'.
Que educar es algo que se hace desde el minuto uno tras el nacimiento. Siempre educas. Cuando un niño de meses llora y tú actúas de una forma u otra, estás educando. En ese momento, le estás enseñando que habrá de tolerar que no siempre acudas a su llamada. Educar es saber cuándo has de gratificar y cuándo has de limitar.
Negociar con un niño como si fuera un adulto. Y justificar todas las decisiones. Hay madres que suplican a su hijo de 12 años que se haga la cama. Que si les duele la espalda, que por favor… De esa forma, adopta un papel equivocado. Tampoco se trata de imponer las cosas. Algo así como: ‘Mira Joan, recuerda que para desayunar y poder salir a la calle, antes te has de hacer la cama’. Nada más.
Estrategias para Afrontar Conductas Indeseables en Adolescentes
No son pocos los casos de padres que llegan a consulta desesperados porque no son capaces de que su hijo les haga caso. Cuando no consiguen lo que quieren de sus padres, los insultan y en algunos casos se muestran violentos y amenazantes. Finalmente consiguen lo que quieren (dinero, que les dejen salir de fiesta, que les dejen el coche,…) porque es la única salida que encuentran los padres para resolver la situación. Además es habitual que sean malos estudiantes (o se hayan convertido en malos estudiantes en los últimos tiempos) y que no aceptan normas de nadie. Simplemente, hacen lo que les da la gana.
Habitualmente estos padres vienen a consulta solicitando que el psicólogo vea a su hijo, pero este se niega a acudir a terapia, cuando en realidad, los primeros que necesitan apoyo psicológico y aprender a solucionar este problema son los padres. De repente, esa niña o ese niño tan mono, que nos hacía reír con sus ocurrencias y que siempre estaba dispuesta o decirte “te quiero” mientras buscaba tu abrazo, se ha convertido en un tirano maleducado que no duda en sacarte trapos sucios o amenazarte para conseguir sus objetivos. ¿Cómo no van a necesitar apoyo psicológico esos padres?
La buena noticia es que aún estamos a tiempo de actuar para corregir este comportamiento. La mala noticias es que va a ser duro y difícil, pero ¿qué madre o padre no está dispuesto a esforzarse por el bien de sus hijos?
PASO 1: Extinguir la Conducta Indeseable
Tu hijo ha aprendido que la violencia es una forma útil de conseguir lo que quiere. Sabe que “liándola” consigue que le des dinero o le dejes salir, por lo que repite ese comportamiento cada vez que le niegas algo. El primer paso es dejar de ceder ante su violencia. Tu hijo tiene que aprender que por mucho que grite, de patadas a puertas y amenace, no va a conseguir nada de sus padres. Y si para evitar que reviente la casa o nos agreda, hay que llamar a la policía, pues hay que llamarla. Ningún padre quiere denunciar a su hijo, pero el precio de “ceder y dejarle que se salga con la suya es ayudar a tu hijo a convertirse en un delincuente. Ya avisé que no iba a ser fácil.
PASO 2: Establecer Normas y Límites Claros
Es necesario que el joven sepa claramente que conductas puede hacer y cales no estas dispuestos a tolerar como padres. Las normas claras es el mejor favor que puedes hacer a tu hijo para enseñarle a comportarse correctamente. No hace falta poner demasiadas normas, pero sí que quede claro que son de obligado cumplimiento. En el caso de un adolescente es necesario, como mínimo, establecer:
- De cuánto dinero va a disponer
- Que horarios tiene que cumplir
- Que tareas de la casa son su responsabilidad.
- Que responsabilidades tiene (estudiar, trabajar,…)
No vamos a consentir que salten estos límites y tendremos que ser muy inflexibles a la hora de aplicarlas (ya que estamos en un proceso de reeducación, no podemos dejar pasar una).
PASO 3: Cumplir con tu Palabra
El joven ha aprendido a saltarse los límites y está acostumbrado a que las amenazas de sus padres no se cumplan y acaben cediendo ante su violencia. Es básico cumplir con lo que se le dice para que empiece a aceptar la autoridad de sus padres. Amenazar con grandes castigos (no vas a volver a salir, no te voy a dar ni un duro, no vas a volver a esta casa,…) y no cumplirlos sólo sirven para que acaben tomando a sus padres por el pito del sereno. Si avisas con un castigo cúmplelo. Pero antes de soltar la gran amenaza, ten claro si vas a ser capaz de hacer cumplir con ella.
PASO 4: Reforzar las Conductas Correctas
De igual forma que no vamos a consentir los comportamientos que queremos que deje de hacer, vamos a premiar y reforzar los comportamientos positivos y deseables que tiene tu hijo. La cuestión no es convertirnos en “los malos de la película” sino de transmitir un mensaje claro de cómo esperamos que haga las cosas.
Firmeza y amor es un buen modelo para educar a los hijos, y los hijos tienen que aprender que conductas suyas van a ser respondidas con firmeza y cuales con amor.
Nunca se debe usar la violencia. Cuando una madre dice: Mi hijo es violento es que la situación es realmente complicada desde hace tiempo. En el lenguaje de la violencia, él siempre va a ganar, así que no sirve de nada gritar, insultar ni ponerse agresivo, porque lo único que van a conseguir los padres es perder la autoridad que tienen.
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