El Cruel Experimento de Federico II y el Impacto del Afecto en el Desarrollo Infantil
Actualmente pocas personas pondrán en cuestión la importancia del afecto en el desarrollo del ser humano. Está demostrado el impacto que los primeros vínculos causan en la salud en general, es decir, la vertiente física, emocional y cognitiva. A estas ideas cada vez se les asigna mayor peso, sobre todo desde aquellos espacios en los que se trabaja por el cuidado y la educación de menores. Pero aunque sea ahora cuando más visible es esta concepción del desarrollo del ser humano, estas propuestas existen desde hace mucho tiempo.
El Experimento de Federico II
En el siglo XIII, Federico II de Prusia, con el objetivo de tener un ejército compuesto por “perfectos soldados” (sin sentimientos compasivos), ordenó un experimento. Este rey mandó construir un edificio de maternidad en el que los bebés estaban totalmente cubiertos en lo que a higiene y alimentación respecta. Pero el personal que les atendía tenía prohibido dar a esas criaturas la más mínima muestra de cariño o afecto.
Federico II (1194-1250), emperador del Sacro Imperio Romano y rey de Sicilia, mandó a algunas nodrizas educar a unos niños sin permitirles que hablasen con ellos, con el fin de saber qué idioma hablarían. Como resultado de este «experimento», que impidió una relación afectiva normal, los niños murieron.
Federico creía que, sin influencia humana alguna, el lenguaje adámico surgiría espontáneamente en los niños sin que nadie se lo hubiese enseñado. El resultado no fue este y estuvo muy lejos de lo que él esperaba. Todos los bebés sin excepción murieron, ninguno pudo siquiera alcanzar los tres años de edad.
En los primeros años de vida, el cerebro humano se desarrolla gracias a la estimulación sensorial y social y, si un bebé crece en silencio o aislamiento, esas conexiones no se forman correctamente. Además, sin un vínculo emocional que le aporte seguridad, el cuerpo sufre una sobrecarga de cortisol, la hormona del estrés: este exceso provoca pérdida de apetito, insomnio, debilidad inmunológica y, con el tiempo, fallo de los órganos vitales, y conduce a la muerte.
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Lo paradójico es que, sin pretenderlo, Federico demostró algo que los psicólogos y lingüistas confirmarían siglos después: el lenguaje no es solo un sistema de sonidos, sino el reflejo de la interacción humana; sin comunicación y sin amor, la vida se apaga.
Avances Científicos y Hospitalismo
Con el paso del tiempo llegaron avances científicos y médicos, y se modernizaron los centros en los que los niños y niñas se encontraban internados/as. La calidad en la alimentación que se ofrecía era mayor y las infecciones estaban más controladas.
No obstante, los bebés y niños continuaban mostrando dificultades en estos centros. Los síntomas eran diferentes en función de la edad de los niños y niñas y del tiempo que permanecían internos. Los bebés y niños/as pequeños/as, manifestaban síntomas físicos como por ejemplo pérdida de peso o retraso motor.
En el siglo XIX algunos pediatras empezaron a sospechar que quizás el cuadro que estos niños y niñas mostraban tenía que ver con factores emocionales. Ya se propuso entonces que la falta de atención, amabilidad, cariño, protección y afecto estaba en la génesis de las dificultades de esos/as pequeños/as.
El Estudio de R. Spitz
En el estudio más difundido que realizó R. Spitz comparó a dos grupos de niños internados en condiciones diferentes. Inicialmente se comprobó que los menores que participaron en el estudio tuviesen un buen estado de salud. En ambos grupos las condiciones de higiene y alimentación eran parecidas.
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- El grupo A estaba compuesto por hijos/as de reclusas y vivían en la guardería del centro penitenciario. Estos menores fueron criados de manera continua por sus madres.
- El grupo B lo formaban niños y niñas que fueron criados y alimentados por sus madres sólo hasta los tres meses. A partir de ese momento fueron internados en un orfanato sin sus progenitoras y siendo atendidos por una niñera que cuidaba de unos diez bebés simultáneamente.
Las observaciones duraron hasta que los niños tuvieron 4 años. La mayor parte de criaturas del grupo B que alcanzaron los 4 años no aprendieron ni a hablar ni a caminar. De este grupo, casi el 40% había fallecido en los dos años que siguieron al inicio del estudio. Dentro del grupo A no falleció ninguno de los menores en el tiempo que se les estuvo observando.
Estando todos los bebés en las mismas condiciones en lo que a alimentación e higiene respecta, la única diferencia era la carencia afectiva.
En la actualidad el hospitalismo se considera un síndrome que se da en niños y niñas pequeños/as a consecuencia de la separación de sus figuras de apego e internamiento en alguna institución. El origen del cuadro está en la ausencia de afectividad en el cuidado de esos niños y niñas. Una vez alcanzada la tercera fase, si la ausencia de afectividad en el vínculo con los niños y niñas se prolonga, se da una regresión en el desarrollo motor y un deterioro generalizado.
Las alteraciones inherentes al hospitalismo afectan en tres áreas: la somática, la intelectual y en la estructura de personalidad. Durante la infancia los niños/as se nutren más de una relación afectuosa con su figura de apego que de los cuidados más puramente instrumentales. Sin una presencia cariñosa, que empatice con lo que el bebé siente, le acompañe y le mire, el desamparo es tal que la salud se debilita profundamente. Es pues esa primera relación la que le servirá al niño/a para establecer relaciones no solo con los demás, sino consigo mismo/a.
La Importancia de las Relaciones Sociales
¿Quién se atrevería a cuestionar la importancia de los buenos alimentos y muy especialmente el de la leche materna para el buen desarrollo del recién nacido? Pues bien, de no menor importancia son las buenas relaciones sociales para el niño. Por naturaleza el ser humano desde su nacimiento está orientado hacia las buenas relaciones parentales y sociales.
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Para el buen desarrollo del niño tanto la leche materna como su buena atención relacional son absolutamente necesarias. El buen desarrollo del niño depende eminentemente de las buenas relaciones humanas.
El recién nacido después del parto no tiene todavía activado el sistema antiestrés. Esto lo pudo demostrar el neurobiólogo canadiense Michael Meaney de la Universidad McGill de Montreal. Pero obviamente es importante que el recién nacido pueda hacer algo contra situaciones de estrés. A través de la atención empática y la dedicación cariñosa de la madre y del padre así como de los abuelos y otras personas, se activan los genes contra el estrés en el recién nacido.
Dicho de otro modo, con el parto, la naturaleza dota al recién nacido de unas barreras que bloquean los genes contra el estrés. ¿Cómo se desarticulan estas barreras? La contestación es sorprendente: la atención vinculante y cariñosa hace que desaparezcan esas barreras.
Podemos afirmar por lo tanto que el trato cercano y cariñoso de los recién nacidos influye decisivamente para que el niño goce de una estabilidad saludable y se pueda defender en la vida ante situaciones difíciles. En caso contrario estará propenso a depresiones y otras muchas enfermedades. Vemos por lo tanto que ya desde muy pequeños dependemos de modo eminente de las relaciones sociales.
Antiguamente se pensaba que el buen desarrollo de un niño dependía de si poseía buenos o malos genes, pero no es así ya que depende sobre todo de cómo son activados o desactivados. Esto se conoce bajo el nombre de regulación genética. De este modo podremos entender más fácilmente que lo importante no es tanto el texto de los genes sino su actuación dependiendo para ello de cómo influye el medio ambiente para que los genes actúen de un modo o de otro.
Los aproximadamente 23.000 genes de nuestro cuerpo podemos entenderlos quizás de un modo más gráfico como las teclas de un piano que han de ser tocadas convenientemente para emitir la nota apropiada y, lo genial es cuando, gracias a su buena interacción entre el ambiente y el genoma, permite interpretar las mejores melodías.
El bebé en los primeros meses de su vida no se da cuenta de ser un Yo, un individuo independiente. Sin embargo, para poder percibirse como tal, necesita vivir en un entorno en el que pueda experimentar relaciones humanas consistentes. Pero a partir de los dos años necesita además un lugar para ensayarse y ejercitarse; necesita los requisitos para poder jugar y es precisamente aquí, en el juego, donde encontrará un sinfín de posibilidades para aprender a actuar en sociedad.
Aquellas personas que enseñan al niño a jugar son insustituibles porque el niño necesita para su buen desarrollo verdaderos tutores de carne y hueso. Los tutores que actúan tan solo a través de una pantalla de televisión o de una pantalla de internet tienen la gran desventaja de que no pueden interactuar individualmente con el niño.
Para su buen desarrollo los niños requieren durante los 24 primeros meses relaciones diádicas. La resonancia ha de ser de uno con uno; los bebés necesitan una comunicación personal, es decir, diádica. El “yo” y el “otro” se iluminan recíprocamente y solo pueden entenderse en su interconexión. Y es aquí, en esta interdependencia, donde las “neuronas espejo”[1] juegan un papel primordial.
Podemos afirmar que el desarrollo del sentido del yo, es decir, su autorreconocimiento, se verá más favorecido cuando actúe en un contexto social rico, aprendiendo para ello el mejor dominio de las relaciones sociales. Esto nos lleva a la conclusión de que las neuronas espejo son importantes para el desarrollo del «otro» pero también para el desarrollo del «yo», como las dos caras de una moneda. En caso de separarlos terminaríamos no con una moneda, sino con un trozo de metal sin valor.
De lo dicho podemos deducir que las estimulaciones armónicas de las neuronas espejo durante los primeros años de vida son vitales para el buen desarrollo y bienestar espiritual y corporal del niño. En caso contrario, el niño reaccionaría con actitudes de rechazo, congoja y miedo. Esto puede comprobarse mirando a un bebé con cara de palo, inmóvil, esclerotizada (lo que en inglés se denomina still face procedure), sin afecto y simpatía, incluso ante sus gestos afectivos. A la larga, este modo de actuar puede conducir a situaciones de estrés graves en los pequeños. Esto se conoce como «mobbing en la cuna».
Las Cruzadas Infantiles
Parece increíble que, después de la fatiga que acusaban las naciones del Occidente cristiano a principios del siglo XIII, bastase la predicación de un pastorcillo de doce años para desatar un frenesí religioso disparatado que animó una empresa completamente absurda. Esteban, un joven de la pequeña ciudad de Cloyes (no lejos de Orleáns), se presentó en mayo de 1212 en la corte del rey Felipe Augusto de Francia con una carta que, según aseguraba, le había sido entregada por Jesucristo en persona mientras guardaba sus ovejas, con el encargo de predicar la cruzada.
El rey lo envió a casa, pero el pastor cayó en un delirio de fervor místico y anunció que encabezaría una cruzada de niños para la salvación del cristianismo. Y que, así como el mar Rojo se había abierto ante Moisés, el Mediterráneo se abriría para que la cruzada infantil pudiera alcanzar Tierra Santa. En menos de un mes el pastorcillo predicador reunió a millares de niños, unos 30.000 según los cronistas. En compañía de algunos religiosos y de otros peregrinos adultos, salieron de Vendôme en julio de 1212 hacia el sur; el pastor Esteban viajaba en un carrito con toldo y los demás a pie.
La noticia de la cruzada infantil francesa desencadenó un movimiento parecido en Alemania. Un joven campesino llamado Nicolás inició en Colonia la predicación y en pocas semanas reunió a su alrededor un ejército de niños. Al igual que en Francia, la procesión estaba formada por sencillos aldeanos e hijos de familias nobles. La cruzada de los niños comenzó con las predicaciones de un joven pastor francés.
Es fácil comprender que unos niños, en su ignorancia y afán de aventuras, se dejasen arrastrar a semejante empresa. Lo que resulta difícil de entender son los motivos por los que sus padres les permitieron marcharse, los adultos se tomaron el asunto en serio y ningún sacerdote ni obispo intervino para prohibir la expedición a aquellos Santos Lugares, donde habían fracasado y perecido ejércitos enteros. Acaso fuera precisamente el fracaso de las cruzadas anteriores lo que hizo concebir una última esperanza en las cruzadas infantiles.
Unos años antes, en 1199, el papa Inocencio III había convocado la cuarta cruzada, pero no se había dirigido a los reyes sino, expresamente, a los «pobres». A medida que la Iglesia se hacía más rica y poderosa, y era mayor la ostentación que reyes y príncipes ponían en sus expediciones a Tierra Santa, más cundía entre el pueblo llano la idea de que los pobres eran los verdaderos elegidos.
De estos ideales de pobreza y humildad cristianas, que inspiraron órdenes religiosas como la fundada por san Francisco de Asís, derivaba la creencia casi mágica en la posibilidad de vencer a los infieles con las armas de Jesucristo. ¿No había dicho Él mismo «dejad que los niños se acerquen a mí, pues de ellos es el reino de los cielos»?
El hombre de hoy en día apenas logra representarse la mentalidad medieval, que combinaba la fe con la ignorancia, la fantasía y una buena dosis de magia y superstición. La mayoría de los protagonistas de aquellas infelices cruzadas partieron con el permiso y la bendición de sus padres. Sólo cuando un pequeño grupo de niños llegó a Roma y logró ser recibido por el papa Inocencio, éste les explicó en tono cordial, pero firme, que eran demasiados jóvenes par ir a una cruzada, y los animó a regresar.
El papa Inocencio III convocó a la cuarta cruzada expresamente a los pobres. De los que habían salido de Colonia, menos de la tercera parte llegó a la ciudad portuaria de Génova a finales de agosto. El hambre, la sed y las penalidades del paso a pie por los Alpes habían causado numerosas víctimas. También la expedición francesa padeció hambre y sed. Muchos murieron al borde del camino; otros volvieron sobre sus pasos y trataron de hallar el camino de regreso a sus casas.
Los pocos que lograron alcanzar Marsella o Génova corrieron en seguida a las playas para vivir el milagro del mar abriéndose ante ellos. Al comprobar que no sucedía tal cosa, su decepción fue inmensa. El emperador Federico II pudo rescatar a algunos de los nin~os vendidos como esclavos gracias a un tratado con el sulta´n.
Algo parecido ocurrió a la cruzada alemana encabezada por Nicolás. Algunos de sus miembros continuaron hasta Brindisi y allí encontraron barcos dispuestos a llevarles a Tierra Santa; otros, en especial las niñas, se quedaron en Italia por temor a las penalidades del regreso. Muy pocos consiguieron volver a las regiones del Rin. Los padres de los niños que habían perecido en el camino, después de haber creído en las promesas celestiales, clamaron venganza terrenal, y el padre de Nicolás fue preso y ahorcado.
Aparentemente, los niños franceses tuvieron más suerte en Marsella. Al cabo de varios días, y como el mar insistía en no querer abrirse, dos mercaderes marselleses se declararon dispuestos a transportarlos sin cobrar, para mayor gloria de Dios. Esteban aceptó la oferta, y los dos mercaderes, Hugo el Hierro y Guillermo el Cerdo, fletaron siete barcos y zarparon.
Pasaron dieciocho años antes de que se volviese a tener noticia de lo que había sucedido a sus pasajeros. En 1230, un sacerdote que regresaba a Francia procedente de Oriente contó cómo acompañó a la expedición de Esteban; dos de los siete barcos se habían estrellado contra las rocas durante una tormenta, en la isla de San Pietro, al suroeste de Cerdeña, y todos sus ocupantes se habían ahogado. El flautista de Hamelin sería un lejano recuerdo que las cruzadas infantiles dejaron en el folklore europeo.
Los que no encontraron comprador en Argel fueron conducidos a Alejandría, donde se cotizaban mejor los esclavos francos. La mayoría fue adquirida por el gobernador egipcio para que trabajasen en sus fincas. En total, según el sacerdote, debían sobrevivir aún unos 700; algunos de ellos quedaron libres en el año 1229, cuando el emperador Federico II firmó un tratado con el sultán Malik al-Kamil, pero muchos continuaron siendo esclavos hasta su muerte.
El recuerdo de estas cruzadas se ha conservado en el folklore. Medio siglo después de tan terrible desenlace comenzó a circular la leyenda del músico que encantaba a los niños con su flauta; años más tarde fue convertido en encantador de ratas.
[1] Vid. Alfred Sonnenfeld, Educar para madurar. Las cinco claves neurobiológicas para que tu hijo sea feliz (Madrid 2016) pp. 77-109.
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